escucha bien




Una Cerveza en el Bar de la Esquina


No sé cuántos años hace, quince o veinte. Yo estaba sentado en casa. Era una noche de verano muy calurosa y andaba aburrido.

Salí y anduve calle abajo. La mayoría de las familias ya habían cenado y estaban viendo la televisión. Subí hasta el bulevar. Al otro lado de la calle, había un bar de barrio, un viejo establecimiento decorado en madera, pintado en verde y blanco. Entré.

Después de una vida gastada por los bares, les había perdido casi todo el gusto. Cuando quería beber algo, normalmente iba a una licorería, lo compraba, me lo llevaba a casa y me lo bebía solo.

Entré y elegí un taburete alejado de la masa. No es que me sintiese incómodo; me sentía fuera de lugar. Pero si quería salir de casa, no tenía otro sitio adonde ir. En nuestra sociedad, la mayoría de los lugares interesantes son contrarios a la ley o carísimos.

Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. No era más que un bar de barrio como otro cualquiera. Todo el mundo se conocía. Contaban chistes verdes y veían la tele. Sólo había una mujer, vieja, vestida de negro, con una peluca roja. Llevaba una docena de collares y no hacía más que encender el mismo cigarrillo una y otra vez. Me empezaron a entrar ganas de estar de nuevo en casa y decidí largarme de allí en cuanto acabara la cerveza.

Entró un hombre y se sentó en el taburete contiguo al mío. No alcé la vista, no me interesaba, pero, por la voz, calculé que debía de tener mi edad. En el bar le conocían. El camarero le llamó por su nombre y un par de habituales le saludaron. Se sentó allí a mi lado y estuvo con su cerveza tres o cuatro minutos. Luego dijo:

—Hola, ¿qué hay?

—Nada de particular.

—¿Es usted nuevo en el barrio?

—No.

—No le había visto por aquí antes.

No contesté.

—¿Es usted de Los Angeles? —preguntó.

—Más que de ningún otro sitio.

—¿Cree que los Dodgers ganarán este año?

—No.

—¿No le gustan los Dodgers?

—No.

—¿Quién le gusta a usted?

—Nadie. No me gusta el béisbol.

—¿Qué le gusta?

—El boxeo. Los toros.

—Las corridas de toros son crueles.

—Sí, cuando se pierde, todo resulta cruel.

—Pero el toro no tiene ninguna oportunidad.

—Nadie la tiene.

—Es usted muy negativo. ¿Cree en Dios?

—En su clase de dios, no.

—¿Pues en qué clase?

—No estoy seguro.

—Yo he ido a la iglesia desde antes de tener uso de razón.

No contesté.

—¿Puedo invitarle a una cerveza? —preguntó.

—Desde luego.

Llegaron las cervezas.

—¿Leyó hoy los periódicos? —preguntó.

—Sí.

—¿Leyó lo de las cincuenta niñas que murieron en el incendio de ese orfanato de Boston?

—Sí.

—Horrible, ¿verdad?

—Supongo que sí.

—¿Lo supone?

—Sí.

—¿No lo sabe?

—Supongo que si hubiera estado allí, habría tenido pesadillas durante el resto de mi vida. Pero es muy diferente cuando uno se limita a leerlo en los periódicos.

—¿No siente lástima por las cincuenta niñitas que murieron abrasadas? Colgaban de las ventanas, gritando.

—Supongo que fue espantoso. Pero usted lo vio sólo como un titular de un periódico, una noticia de un periódico. Yo en realidad no pensé mucho en ello. Pasé la página.

—¿Quiere decir que no sintió nada?

—En realidad no.

Se quedó un momento en silencio y yo bebí un poco de su cerveza. Luego, gritó:

¡Eh, aquí hay un tipo que dice que no sintió puñetera cosa cuando leyó lo de las cincuenta huerfanitas que murieron abrasadas en Boston!

Todo el mundo me miró. Yo miraba mi cigarrillo. Hubo un minuto de silencio. Luego la mujer de la peluca roja dijo:

—Si yo fuera hombre, le sacaría a patadas en el culo a la calle.

¡Y además, no cree en Dios! —dijo el tipo que estaba a mi lado—. Y no le gusta el béisbol. Le gustan los toros, ¡y le gusta ver morir en un incendio a las huerfanitas!

Pedí al camarero otra cerveza. Para mí. El camarero puso el botellín a mi lado con repugnancia. Había dos jóvenes jugando al billar. El más joven de los dos, un chaval grande, con camiseta de manga corta blanca, dejó el taco y se me acercó. Se me plantó detrás inspirando con fuerza, llenándose los pulmones, procurando que su pecho pareciese más grande.

—Este es un bar decente. Aquí no se admiten gilipollas. Les echamos a patadas. ¡Les damos una buena zurra para que no vuelvan a asomar las narices por aquí!

Notaba su presencia a mi espalda. Alcé la botella y vertí la cerveza en el vaso, la bebí, encendí un cigarrillo. Con pulso bien firme. El siguió un rato allí plantado, después volvió por fin a la mesa de billar. El tipo que estaba sentado a mi lado se levantó del taburete y se trasladó más allá.

—Ese hijo de puta es negativo —le oí decir—. Odia a la gente.

—Si yo fuese un hombre —dijo la mujer de la peluca roja—, le daría una lección. No puedo soportar a esa clase de cabrones.

—Así es como hablaban los tipos como Hitler —dijo alguien.

—Asqueroso gilipollas.

Terminé la cerveza, pedí otra. Los dos jóvenes seguían jugando al billar. Algunos se fueron y empezaron a apagarse los comentarios sobre mí, salvo los de la mujer de la peluca roja. Estaba más borracha que antes.

—¡Pijotero, pijotero..., eres un pijotero asqueroso! ¡Apestas como una alcantarilla! Seguro que odias también a tu padre, ¿verdad? A tu patria, a tu madre y a todo el mundo. ¡Puaf, os conozco muy bien a los tipos como tú! ¡Gilipollas, cobarde, asqueroso!

Por fin, hacia la una y media, se fue. Luego se marchó uno de los chavales que jugaban al billar. El de la camiseta blanca de manga corta se sentó al extremo de la barra y se puso a hablar con el tipo que me había invitado a una cerveza. A las dos menos cinco, me levanté, despacio, y me marché. Nadie me síguió. Subí por el bulevar, llegué a mi calle. Estaban apagadas las luces de las casas y de los apartamentos. Llegué hasta mi casa. Abrí la puerta y entré. En la nevera había una cerveza. La abrí y me la bebí.

Luego, me desvestí, fui al cuarto de baño, meé, me cepillé los dientes, apagué la luz, fui al dormitorio, me metí en la cama y me dormí.


Henry Charles B.







¿
Nada nos puede arrebatar al tiempo o a la existencia, ni aunque seamos un pensamiento congelado de la mente de Walt Disney, o peor aún, de la de Vladimir Ilich.




J.C.



¿has oído acerca de la teoría acerca de la posibilidad de que si uno encierra un grupo de monos con unas maquinas de escribir (o computadores) podrían escribir todas las novelas de la humanidad?... el mundo de lo posible y de lo no tan posible nos abren, y cierran a la vez, la vida y sus sobre-valorados misterios. no hay que pensar tanto, seguir caminando y disimular en las palabras y en los ojos el trago amargo y ardiente, todavía muy infrecuente. aunque quizá ni sea necesario esto último (me refiero a lo de disimular).

como inventar algo que decir resulta infructuoso sin un pozo de donde sacar las palabras, he aquí otro más acerca de las Luger y sus efectos... además, me gusta poner cosas aquí, como también ver si se produce el efecto asqueroso o genial (o al menos entretenido)...






SIN TITULO


estábamos sentados en la oficina después de otro de aquellos partidos de siete a uno, y la temporada iba mediada ya y estábamos en cola, a veinticinco partidos del primero y yo sabía que era mi última temporada como entrenador de los Blues. nuestro primer hitter había bateado. 234 y nuestro primer meta base se anotaba seis, nuestro primer pitcber andaba entre siete y diez con una media de 3, 95. el viejo Henderson sacó la botella del cajón de la mesa y bebió su trago, luego me la pasó.

—y para colmo —dijo Henderson— enganché ladillas hace dos semanas.

—vaya, jefe, lo siento.

—no me llamarás jefe mucho más.

—lo sé. pero no hay entrenador de béisbol que pueda sacar a esos borrachos del último puesto —dije yo, atizándome un buen trago.

—y lo peor —dijo Henderson—, es que creo que fue mi mujer quien me las pegó.

yo no sabía si reírme o qué, así que no hice nada.

y entonces hubo una delicadísima llamada en la puerta de la oficina y luego se abrió, y allí apareció ante nosotros un chiflado con alas de papel pegadas a la espalda.

era un chaval de unos dieciocho.

—estoy aquí para ayudar al club —dijo el chaval.

con aquellas grandes alas de papel encima, un loco rematado, llevaba agujeros en la chaqueta, las alas estaban pegadas a la espalda, o fijadas con un esparadrapo, algo así.

—escucha —dijo Henderson—, ¡quieres hacer el favor de largarte! ya ha habido suficiente comedia en el campo, así que seriedad, hoy empezaron a reírse de nosotros nada más salir, ¡venga, fuera y deprisa!

el chico se acercó, echó un trago de la botella, se sentó y dijo:

—señor Henderson, yo soy la respuesta a sus oraciones.

—oye, chaval —dijo Henderson—, eres demasiado joven para beber eso.

—soy más viejo de lo que parezco —dijo el chaval.

—¡pues yo tengo algo que te hará un poco más viejo! —Henderson apretó el botoncito que había en la mesa, eso significaba TORO Kronkite. no quiero decir que Toro haya matado nunca a un hombre, pero sería una suerte que pudieses fumar Bull Durham por un ojo del culo de goma después de que él te diese una pasada, el Toro entró arrancando casi una de las bisagras de la puerta al abrirla.

—¿cuál, jefe? —preguntó, meneando sus largos y estúpidos dedos mientras examinaba la habitación.

—el mierda de las alas de papel —dijo Henderson.

el Toro se aproximó.

—no me toques —dijo el mierda de las alas de papel.

el Toro se lanzó hacia él, Y DIOS ME VALGA, aquel mierda empezó a ¡VOLAR! aleteó por la habitación, casi pegado al techo. Henderson y yo nos lanzamos a por la botella, pero el viejo me ganó, el Toro cayó de rodillas:

—¡DIOS DEL CIELO, TEN PIEDAD DE MI! ¡UN ÁNGEL! ¡UN ÁNGEL!

—¡no seas imbécil! —dijo el ángel, revoloteando—. no soy ningún ángel, sólo quiero ayudar a los Blues. soy hincha de los Blues de toda la vida.

—de acuerdo, baja, hablemos de negocios —dijo Henderson.

el ángel, o lo que fuese, bajó volando y aterrizó en una silla. el Toro le arrancó los zapatos y los calcetines o lo que fuese y empezó a besarle los pies.

Henderson se agachó furioso y escupió al Toro en la cara:

—¡lárgate, bicho subnormal! ¡si hay algo que odie es el sentimentalismo baboso!

el Toro se limpió la cara y se fue muy quedamente.

Henderson recorrió los cajones de la mesa.

—¡mierda, creí que tenía por aquí en algún sitio contratos!

entretanto, mientras buscaba los impresos de los contratos, encontró otra botella y la abrió. cuando arrancaba el celofán, miró al chico:

—dime, ¿eres capaz de hacer una curva interior? ¿y una externa? ¿qué me dices de un deslizador?

—que me cuelguen si sé —dijo el tipo de las alas—. he estado escondido. lo único que sé es lo que leí en los periódicos y vi en la televisión. pero siempre he sido hincha de los Blues y estoy muy triste por lo mal que os va la temporada.

—¿has estado escondido? ¿dónde? ¡un tipo con alas no puede esconderse en un ascensor del Bronx! ¿cuál es tu truco? ¿cómo lo conseguiste?

—no quiero aburrirle con todos los detalles, señor Henderson.

—por cierto, muchacho, ¿cómo te llamas?

—Jimmy. Jimmy Crispin. J.C. para abreviar.

—oye, chico, ¿qué coño quieres, reírte de mí?

—oh no, señor Henderson.

—¡entonces choca esas cinco!

las chocaron.

—maldita sea, ¡qué manos tan FRÍAS! ¿cuánto hace que no comes?

—comí unas patatas fritas y una cerveza con pollo hacia las cuatro.

—echa un trago, chaval.

Henderson se volvió a mí.

—Bailey.

—¿sí?

—quiero que esté todo el equipo en ese campo a las diez mañana por la mañana. sin excepciones. creo que hemos conseguido lo mejor desde la bomba atómica. ahora salgamos todos de aquí y vayamos a dormir un poco. ¿tú tienes dónde dormir, muchacho?

—sí, claro —dijo J.C.

y bajó volando las escaleras y allí nos dejó.

teníamos el estadio cerrado. sólo estaba allí el equipo. y con las resacas que arrastraban y el ver a aquel tipo de las alas se creyeron que era un montaje publicitario. o un ensayo de uno. se colocó el equipo en el campo con el muchacho en la base del bateador. deberíais haber estado allí para ver cómo se abrieron aquellos ojos inyectados en sangre cuando el chico se lanzó por la línea de la tercera base y ¡VOLÓ hasta la primera! luego tocó y antes de que el tipo de la tercera base pudiese hacer nada el chico llegó volando a la segunda.

todos se estremecieron bajo aquella luz de diez de la mañana. para jugar con un equipo como los Blues hay que estar bastante loco, pero, de todos modos, aquello era demasiado.

luego cuando el pitcher se disponía a lanzar al bate que habíamos puesto, J.C. se lanzó volando a la tercera base ¡como un reactor! ninguno podía verle siquiera las alas, ni aunque hubiesen tenido tiempo para tomarse dos alkaseltzer aquella mañana. cuando la pelota llegó a la base del bateador, aquello había bajado volando y había tocado base meta.

descubrimos que el chico podía cubrir todo el outfield. ¡tenía una velocidad de vuelo tremenda! nos limitamos a meter a los otros dos outfielders en el infield. teníamos así dos shortstops y dos segundas bases. y tan mal como estábamos, estábamos en el infierno.

aquella noche era nuestro primer partido de la liga con Jimmy Crispin en el outfield lo primero que hice cuando llegué fue telefonear a Bugsy Malone.

—Bugsy, ¿cómo van las apuestas a favor de los Blues?

—no hay apuestas. no hay ningún loco capaz de apostar por los Blues ni siquiera diez mil a uno.

—¿qué me das tú?

—¿hablas en serio?

—sí.

—doscientos cincuenta a uno. quieres apostar un dólar, verdad?

—uno de los grandes.

—¡uno de los grandes] ¡espera! dentro de dos horas te llamo.

al cabo de una hora cuarenta y cinco minutos, sonó el teléfono.

—vale, de acuerdo. uno de los grandes nunca viene mal, sabes.

—gracias, Bugsy.

—de nada.

nunca olvidaré aquel partido de la primera noche. creyeron que queríamos gastar una broma para animar a la gente pero cuando vieron a Jimmy Crispin elevarse en el cielo y lanzarse luego en picado en un clarísimo jonrón que habría superado la valla izquierda del centro del campo en más de tres metros, entonces el partido se animó. Bugsy había bajado a echar un vistazo y le observé en su palco. cuando J.C. se elevó para agarrar aquella pelota, a Bugsy se le cayó de la boca el puro de cinco dólares.

pero en el reglamento no decía nada de que no pudiese jugar al béisbol un hombre con alas, así que los teníamos bien agarrados por los huevos. y cómo. ganamos el partido como nada. Crispin marcó cuatro veces. ellos no lograron sacar nada de nuestro infield y cualquier cosa del outfield era un fuera seguro.

y los partidos que siguieron. cómo afluían las multitudes. les volvía locos ver aquel hombre volar por el cielo, pero además estaba el hecho de que habíamos perdido veinticinco partidos y quedaba muy poco y por eso seguían viniendo, a la gente le encanta ver a un hombre salir de la bodega. los Blues lo conseguían. era el mayor milagro de todos los tiempos.

LIFE vino a entrevistar a Jimmy. TIME. LIFE. LOOK. él no les contó nada. «lo único que quiero es que los Blues ganen la liga», dijo.

pero a pesar de todo era matemáticamente difícil y, como el final de un libro de cuentos, llegamos por fin al último partido de la temporada. íbamos empatados con los Bengals para el primer puesto, y jugábamos contra los Bengals, y el ganador lo ganaba todo. no habíamos perdido un solo partido desde que Jimmy se había incorporado al equipo. y yo andaba rondando ya los doscientos cincuenta mil dólares. menudo entrenador era yo. estábamos en la oficina justo antes de aquel último partido nocturno, el viejo Henderson y yo. y oímos ruido en la escalera y luego se derrumbó un tipo por la puerta, borracho. J.C. ya no tenía alas, sólo muñones.

—¡me serraron las jodidas alas, los muy miserables! me metieron a esa mujer en la habitación del hotel. ¡qué mujer! ¡qué tía! ¡y me cargaron la bebida! me eché encima de ella y entonces ellos empezaron a SERRARME LAS ALAS! ¡yo no podía moverme! ¡no podía ni sujetarme los huevos! ¡qué FARSA! y aquel tipo dándole a su puro, y riéndose detrás... ay Dios santo, qué tía tan cojonuda, y ni siquiera pude correrme... mierda...

—bueno, muchacho, no eres el primero al que jode una mujer. ¿sangras? —preguntó Henderson.

—no, es sólo hueso, materia ósea, pero estoy muy triste, os he dejado en la estacada, amigos, he dejado en la estacada a los Blues, me siento muy mal, muy mal.

¿ellos se sentían muy mal? yo perdería 250 de los grandes.

acabé la botella que había en la mesa. J.C. estaba demasiado borracho para jugar, con o sin alas. Henderson dejó caer la cabeza sobre la mesa y empezó a llorar. saqué su luger del cajón de abajo. me la metí en la chaqueta, salí de la torre, bajé a la sección de reserva. ocupé el palco situado inmediatamente detrás del de Bugsy Malone y la hermosa mujer con quien estaba. era el palco de Henderson y Henderson prefería morir bebiendo con un ángel muerto. no necesitaría aquel palco. y el equipo no me necesitaría a mí. telefoneé al banquillo y les dije que le pasaran la cosa al bateador o a cualquier otro.

era nuestro campo, bateaban primero ellos.

—¿dónde está vuestro center fielder} no lo veo —dijo Bugsy, encendiendo un puro de cinco pavos.

—nuestro center fielder ha vuelto al cielo debido a una de tus sierras Sears-Roebuck de tres dólares y medio.

Bugsy se echó a reír.

—un tipo como yo puede mear en el ojo de una mula y sacar un julepe de menta. por eso estoy donde estoy.

—¿quién es la bella dama? —pregunté.

—ah, ésta es Helena. Helena, éste es Tim Bailey, el peor entrenador de béisbol del mundo.

Helena cruzó aquellas cosas de nailon llamadas piernas y perdoné efectivamente a Crispin.

—encantada de conocerle, señor Bailey.

—lo mismo digo.

empezó el partido. como en los viejos tiempos. a la séptima carrera perdíamos diez cero. Bugsy se sentía como Dios, tocándole las piernas a aquella tía, frotándose con ella, el mundo entero en el bolsillo. se volvió y me pasó un puro de cinco pavos. lo encendí.

—¿ese tipo era realmente un ángel? —me preguntó, medio sonriéndose.

—dijo que le llamáramos J.C, para abreviar, pero la verdad es que no sé.

—parece que el Hombre le ha ganado a Dios casi todas las veces que se han enzarzado —dijo.

—no sé —dije yo—, pero según mi opinión, cortarle las alas a un hombre es como cortarle el pijo.

—puede, pero según la mía, los fuertes son los que mueven las cosas. —o la muerte las para. ¿cuál de las dos cosas?

saqué la luger y la apoyé en su nuca.

—¡Bailey, por amor de Dios! ¡cálmate! ¡te daré la mitad de lo que tengo! ¡no, te lo daré todo, todo lo que tengo, esta tía, todo, todo...! ¡pero quítame esa pistola de la cabeza!

—¡si piensas que matar es algo fuerte, PRUEBA algo fuerte!

apreté el gatillo., fue espantoso. una luger. cáscaras de cráneo y cerebro y sangre por todas partes: por encima de mí, de las piernas de nailon de ella, de su vestido...

se suspendió el partido una hora y nos sacaron de allí: a Bugsy muerto, a su mujer, loca de histeria, y a mí. luego siguieron.

Dios gana al Hombre; el Hombre gana a Dios. madre hacía conservas de fresas mientras todo se desmoronaba.

al día siguiente estaba yo en mi celda y el celador me entregó el periódico:

«LOS BLUES REMONTARON EL PARTIDO EN LA CARRERA CATORCE Y LO GANARON JUNTO CON LA LIGA».

me acerqué a la ventana de la celda, octava planta. hice una bola con el papel y lo metí por las rejas. lo embutí allí y lo empujé entre ellas y cuando caía por el aire lo contemplé, vi cómo se abría, como si tuviera alas, bueno, no quiero exagerar, bajó flotando como suelen hacer los trozos de papel desplegados, hacia el mar, aquellas olas blancas y azules ahí abajo y yo sin poder tocarlos, Dios gana al Hombre siempre, constantemente, sea Dios Lo Que Sea: ametrallador soplapollas o cuadro de Klee, en fin, y, claro, aquellas piernas de nailon rodearán ahora a otro maldito imbécil. Malone me debía doscientos cincuenta de los grandes y no podría pagar. J.C. con alas, J.C. sin alas, J.C. en una cruz, yo no estaba aún muerto del todo, y me alejé de la ventana, me senté en aquel retrete carcelario sin tapa y me puse a cagar, ex entrenador de primera, ex hombre, y a través de los barrotes entraba un viento leve y leve es este modo de dejaros.
 

Charles Bukowski




cuenta hasta 20




con que así son las Luger




DECADENCIA Y CAÍDA


Era un lunes por la tarde en El Diamante hambriento. Sólo había dos personas, Mel y el camarero. Estar en Los Angeles un lunes por la tarde es como no estar en ninguna parte (incluso estar un viernes por la noche es como no estar en ninguna parte; pero más todavía un lunes por la tarde). El camarero, que se llamaba Cari, bebía de algo que tenía debajo de la barra y estaba allí, frente a Mel, que se encontraba lánguidamente acodado sobre una rancia y pálida cerveza.

—Tengo que contarte una cosa —dijo Mel.

—Adelante —dijo el camarero.

—Bueno, la otra noche me llamó por teléfono un tipo con el que trabajé en Akron... Se quedó sin trabajo, por la bebida, y se casó con una enfermera y la enfermera le mantiene. No me gustan demasiado esos tipos... pero ya sabes cómo es la gente, se cuelgan de ti.

—Sí —dijo el camarero.

—Pues el caso es que me telefoneó... oye, ponme otra cerveza. Esta mierda sabe a rayos.

—Vale, pero basta con que la bebas un poco más de prisa. Al cabo de una hora, claro, empieza a perder cuerpo.

—Bien... me dijeron que habían resuelto el problema de la carne... y yo pensé: «¿Qué problema de la carne?»... Me dijeron que fuese a verles. Yo no tenía nada que hacer, así que fui. Jugaban los Rams y el tipo, Al, pone la tele y nos sentamos a verla. Erica, así se llama la mujer, estaba en la cocina preparando una ensalada y yo había llevado un par de cajas de cerveza. Yo digo: oye, Al, abre unas botellas, se está bien aquí y hace buena temperatura, el horno está encendido. Bueno, se estaba cómodo. Parecía como si hubiesen tenido una discusión un par de días atrás y las relaciones estuvieran otra vez tranquilas. Al dijo algo sobre Reagan y algo sobre el paro, pero yo no tenía nada que decir; todo eso me aburre. Sabes, a mí me importa un pijo que el país esté o no esté podrido, mientras a mí me vaya bien.

—Natural —dijo el camarero, sacando el vaso de debajo de la barra y echando un trago.

—Pues bien, ella sale de la cocina, se sienta y se bebe su cerveza. Erica. La enfermera. Se puso a explicar que todos los médicos tratan a los pacientes como a ganado. Que todos los malditos doctores van a lo suyo y nada más. Creen que su mierda no apesta. Ella prefería tener a Al que a un médico. Una estupidez, ¿no?

—No conozco a Al —dijo el camarero.

—En fin, nos pusimos a jugar a las cartas y los Rams iban perdiendo, y, al cabo de unas manos, Al me dijo: «Sabes, tengo una mujer muy rara. Le gusta que haya alguien mirando mientras lo hacemos. » «Así es —dijo ella—, eso es lo que más me estimula. » Y Al va y dice: «Pero es tan difícil encontrar a alguien que mire. En principio parece muy fácil conseguir alguien que mire, pero es dificilísimo. » Yo no dije nada. Pedí dos cartas y puse una moneda de cinco centavos. Ella dejó caer las cartas y Al dejó caer las cartas y los dos se levantaron. Y va ella y empieza a andar hacia el otro lado de la habitación. Y Al detrás... «¡Eres una puta, una maldita puta! » dice él. Aquel tipo, llamándole puta a su mujer. «¡So puta! « gritaba. Y la arrincona en un extremo del cuarto y le atiza un par de sopapos, le rasga la blusa. «¡So puta! » grita él de nuevo, y le da otros dos sopapos y la tira al suelo. Luego le rasga la falda y ella patalea y chilla. E1 la levanta y la besa, luego la lanza sobre el sofá. Se le echa encima, besándola y rasgándole la ropa. Luego le quita las bragas y se pone a darle al asunto. Mientras está dándole, ella mira desde abajo para ver si les miro. Ve que sí y empieza a retorcerse como una serpiente enloquecida. Así que se lanzan al asunto hasta el fin. Después, ella se levanta, se va al cuarto de baño, y Al a la cocina a por más cervezas. «Gracias —dice cuando regresa—; ayudaste mucho. »

—¿Y luego qué pasó?- —preguntó el camarero.

—Bueno, por fin los Rams remontaron el partido, y había mucho ruido en la tele y ella sale del baño y se va a la cocina.

A1 empieza otra vez con lo de Reagan. Dice que es el principio de la decadencia y caída de Occidente, lo mismo que decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y decadente; la corrupción está por todas partes. Y sigue un buen rato con el mismo rollo.

Luego, Erica nos llama a la cocina, donde está puesta la mesa, y nos sentamos. La comida huele bien: un asado adornado con rodajas de pina. Parece una pierna entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. «Al —digo—, esto parece una pierna humana de la rodilla para arriba. » «Eso es —dice Al—. Eso es exactamente lo que es. »

—¿Dijo eso? —preguntó el camarero, tomando un trago del vaso que tenía bajo la barra.

—Sí —contestó Mel—, y cuando oyes una cosa así, no sabes exactamente qué pensar. ¿Qué habrías pensado tú.

—Yo habría pensado que estaba bromeando —dijo el camarero.

—Claro. Así que dije: «Estupendo, córtame una buena tajada.» Y eso fue exactamente lo que Al hizo. Había también puré de patata y salsa, puré de maíz, pan caliente y ensalada. En la ensalada había aceitunas rellenas. Y Al dijo: «Ponle a la carne un poco de esa mostaza picante, ya verás qué bien le va.» En fin, le eché un poco. La carne no estaba mala. «Oye, Al —le dije—, ¿sabes que no está nada mal? ¿Qué es?» «Lo que te dije, Mel —me contesta—, una pierna humana, la parte de arriba, el muslo. Es de un chaval de catorce años que encontramos haciendo auto-stop en Hollywood Boulevard. Le recogimos, le dimos de comer y estuvo tres o cuatro días viéndonos a Erica y a mí hacerlo; luego nos cansamos de aquello, así que le degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y le metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad a mí me gusta más la ternera.»

—¿Dijo eso? —preguntó el camarero, sacando otra vez el vaso de debajo de la barra.

—Eso dijo —contestó Mel—. Dame otra cerveza.

El camarero le puso otra cerveza. Mel dijo:

—En fin, yo seguía pensando que todo era broma, ¿comprendes? Así que dije: «Está bien, déjame ver el congelador.» Y Al va y dice: «Bueno... Ven», y abre la puerta del congelador y allí dentro estaba el torso, pierna y media, dos brazos y la cabeza. Troceado así, como te digo. Todo parecía muy higiénico, pero, la verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos azules abiertos, la lengua colgando... estaba congelada hasta el labio inferior. «Dios mío, Al —le digo—. Eres un criminal..., ¡esto es increíble, esto es repugnante! » «Espabila —me dice—, ellos matan a millones de personas en las guerras y se reparten medallas por ello. La mitad de la gente de este mundo se está muriendo de hambre mientras nosotros estamos sentados viéndolo por la tele. »

Te aseguro, Cari, que a mí empezaron a darme vueltas las paredes y no podía dejar de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada... Una cosa asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa asesinada debería estar chillando, no sé.

En fin, lo cierto es que me acerqué al fregadero y vomité. Estuve vomitando mucho rato. Luego, le dije a Al que tenía que largarme. ¿No habrías querido tú largarte de allí, Cari?

—Rápidamente —dijo Cari—. A toda máquina.

—Bueno, pues el caso es que va Al y se planta delante de la puerta y dice: «Escucha..., no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre..., libre, ¿entiendes?» «Quítate de delante de la puerta, Al... ¡Déjame salir de aquí! » Va y me agarra por la camisa y empieza a rasgármela... Le aticé en la cara, pero seguía rasgándome la camisa. Le atizo otra Vez, y otra, pero era como si el tipo no sintiera nada. Los Rams seguían en la tele. Me aparté de la puerta y entonces su mujer llega corriendo, me agarra y empieza a besarme. No sabía qué hacer. Es una mujer corpulenta. Conoce muy bien todos esos trucos de las enfermeras. Intenté quitármela de encima, pero no pude. Noté su boca en la mía, está tan loca como él. Empecé a empalmarme, no podía evitarlo. De cara no es muy atractiva, pero tiene unas piernas y un culo de primera y llevaba un vestido ceñidísimo. Sabía a cebollas hervidas y tenía la lengua gorda y llena de saliva; pero se había cambiado, se había puesto aquel vestido (verde) y al alzárselo vi las bragas color sangre y eso me enloqueció y miré, y Al tenía la polla fuera y estaba mirando. La eché sobre el sofá y empezamos en seguida el asunto, con Al allí pegado, jadeando. Lo hicimos los tres juntos, un verdadero trío, luego me levanté y empecé a arreglarme la ropa. Entré en el baño, me remojé la cara, me peiné y salí. Y al salir, allí estaban los dos sentados en el sofá viendo el partido. Al tenía una cerveza abierta para mí y me senté y la bebí y fumé un cigarrillo. Y eso fue todo.

Me levanté y dije que me iba. Los dos dijeron: "Adiós, que te vaya bien", y Al me dijo que les hiciese una visita de vez en cuando. Entonces me encontré fuera del apartamento, ya en la calle, y luego en el coche, alejándome de allí. Y eso fue todo.

—¿Y no fuiste a la policía? —preguntó el camarero.

—Bueno, sabes, Cari, es complicado..., en realidad, fue como si me adoptasen en la familia. Fueron sinceros conmigo, no quisieron ocultarme nada.

—Pues, tal como yo lo veo, eres cómplice de un asesinato.

—Mira, Cari, lo que yo pensé fue que esa gente, en realidad, no me acababa de parecer mala gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es desconcertante. Incluso pienso en aquel tipo del congelador como si fuera una especie de gran conejo congelado...

El camarero sacó la Luger de debajo de la barra y apuntó a Mel con ella.

—Está bien —dijo—, vas a quedarte ahí congelado mientras llamo a la policía.

—Mira, Cari..., tú no tienes por qué decidir en este asunto.

¿Cómo que no? ¡Soy un ciudadano! No puedo permitir que gilipollas como tú y tipos como tus amigos anden por ahí congelando gente. ¡El próximo podría ser yo!

—¡Escucha, Cari, escúchame! Óyeme lo que te digo...

—¡Está bien, adelante!

—Es un cuento.

—¿Quieres decir que lo que me contaste es mentira?

—Sí, era un cuento. Una broma, hombre. Te lié. Ahora, guarda esa pistola y vamos a tomarnos un whisky cada uno.

—Lo que me contaste no era mentira.

—Te he dicho que sí.

—No, no era mentira... Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así. No era una broma, no. Nadie gasta esas bromas.

—Te aseguro que es mentira, Cari.

—No, no puedo creerte.

Cari se inclinó hacia la izquierda para arrastrarse hasta el teléfono. El teléfono estaba allí, sobre la barra. Cuando Cari se inclinó hacia la izquierda, Mel agarró la botella de cerveza y le atizó con ella en la cara. Cari soltó la pistola y se llevó la mano a la cara y Mel saltó sobre la barra y volvió a atizarle (ahora detrás de una oreja) y Cari se desplomó. Mel cogió la Luger, apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una vez, luego metió el arma en una bolsa de papel marrón, saltó la barra, enfiló hacia la entrada y salió al Boulevard. El indicador del parquímetro de junto a su coche ya estaba en rojo. Subió al coche y se alejó del lugar.


Charles Bukowski




Gracias nuevamente a los geniales traductores españoles...


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