cosas de la vida

Despertar y oir las magnolias, leer y encontrar el momento preciso donde se pudrió todo, lamentarse una vez más, pero sentir más hambre que pena y entonces levantarse, encontrarse a si mismo cada vez más enojado con una abuela, recordar que padece demencia, sentir la necesidad de tomar sus manos para explicarle la situación y sienta cercanía pero apenas tocarlas, dos o tres puntos de contacto, nada más, pretender que la sensación perdure más que las palabras y el razonamiento, enfilar hacia el consultorio recordando esto que acaba de ocurrir y sentir de pronto ganas de llorar en plena calle, evadir la mirada de una señora de cabellos extraños, estructurados cuál árbol deformado por el viento, extendiendose hacia un costado y no otro, sacar el número 26 cuando apenas van en el 2, aunque ha sido peor otras veces, y luego no usar el número, dárselo sin pronunciar palabra a una señora con muleta, sin fijarse si el 26 ya pasó o no, salir y liberar la tos, adelantar a quien va con demasiada calma, pero yo tampoco tengo apuro, solo necesito caminar rápido, mantener un ritmo, un ritmo que nada tiene que ver con la música que voy oyendo, Roberto Carlos, cuando era un chiquillo, porque anoché me volví a topar con ese hombre que apenas canta pero algo tiene su forma de cantar y las canciones que escoge, iba cantando Amada Amante, pero me di cuenta demasiado tarde y solo alcancé a escuchar unos cuantos Amada, Amada Amante antes que diera por terminada su presentación, él mismo hombre que hace meses cantara una canción en portugues, un bossa nova desconocido, momentos antes que le robaran el teléfono a una mujer, y el cantante reclamara, casi como sintiendose culpable, tengo grabado el canto de ese día, pero no he logrado identificar la canción, no soy de aquellos que preguntan, no, y ayer iba cantando Roberto Carlos, por eso hoy quise escucharlo, y me di cuenta mientras esperaba la micro que La Ventana calzaba bastante bien con la escena de personas entrando y saliendo de una carnicería, perros entrando y saliendo, un hombre partiendo en su bicicleta, aunque yo esté en desacuerdo total con lo que significa una carnicería y con la gente que las frecuenta, cosas de la vida, choque de opiniones, y pasa la micro, de esas micros que todavía tienen ventanas de esas que si son ventanas y no solo aberturas difuminadas por las que tratar de mirar hacia afuera y asegurarse que todavía no es tu paradero, ventanas con viento, ventanas ventanas, y asientos cálidos sobre el motor, se libera el asiento del fondo, a un lado de la ventana, y voy allí sintiendome extraño, mirando todo e incluso esbozando una leve sonrisa al presenciar ciertas escenas, una joven compartiendo alcohol gel con un hombre de aspecto descuidado y casi sucio, una mano, luego la otra, y ambos sonríen, y yo sonrío desde la ventana, y la joven que se sentó en el asiento del medio de pronto decide arrimarse hacia mi, tal vez se sentiría más protegida por la placa que evita caer por la escaleras, el solo hecho de sentir su brazo derecho contra mi brazo izquierdo, sentir su pierna comprimiendo la mía, me hace sentir más humano, y es que casi nunca nadie se sienta a mi lado, como cuando nadie escogía al niño más malo para la pelota hasta el final, o al más gordo, o al más lerdo, y se siente bien a pesar que ella sea una desconocida y podamos asegurar que nunca más volveremos a compartir una micro, menos aún un asiento, además ella se tiene que bajar antes, y yo que solo ando paseando sigo de largo, pero no más allá de cierto límite, aunque pensé en tal vez cruzarlo hoy, escapar como lo solía hacer antes, pero ya no estoy para esas patriadas que hacía en busca de algo que necesitaba pero que no sabía que era, destinando tanto tiempo sin recibir nada a cambio, esperando pero inmóvil, no una espera ansiosa, anticipando, solo esperar, pero las oportunidades no esperan a nadie, se entregan abiertas pero dispersas entre los presentes, cosa que solo aquel que deba verlas logre reconocerlas, y luego ya no más, entonces son oportunidades perdidas, curiosas coincidencias que no lograron cuajar en destino, como la joven del otro día en el Metro, que de pronto me doy cuenta lleva los mismos audífonos que yo, pero ella compró otra almohadilla para las orejas, parece haber olvidado las almohadillas para la cabeza, generándose la ocasión perfecta para decirle que yo tengo un par extra, creo que desde ahora las llevaré siempre conmigo, sin que importe si nunca más hablamos después de entregarle las almohadillas, lo importante es reir en el futuro, y archivar las coincidencias, como los cuatrocientos pesos que diera a la anciana de la iglesia San Francisco, que parecía ser la misma de hace 8 años, mismos cuatrocientos pesos que luego me harían falta para comprar un par de gomas en la calle San Francisco y poder reparar la llave del lavaplatos, cuatrocientos pesos, ni más ni menos, cosas de la vida.

pasó de nuevo


Anoché volví a soñar con ella, pero no era un sueño sobre ella, fue más bien que la veía de pie contra un fondo oscuro, de personas oscuras y densas, pero ella se veía iluminada por una luz de fuente desconocida, y su rostro no era igual que fuera del sueño pero yo sabía que era ella y no otra persona, la vi dos veces, así que pude reconocerla sin problema, su pelo peinado cayendo desde el centro, la expresión dulce en su rostro, sin decir palabra alguna, que pudiera haber dicho en realidad, si somos casi desconocidos, pero eso no evita que sueñe con ella cada cierto tiempo, haciendome recordar que en la vida hay algo más, otra sustancia que la miseria, que puede sostener los pasos ya pesados, desviar nuestro camino, llevarnos flotando, conducirnos como ciegos hacia una paz ya olvidada.

solo una bolsa de papel


Una noche vi una bolsa de papel, de esas que entregan en las grandes tiendas, ocupando un asiento en una micro. Más bien ocupando el espacio que se forma entre dos asientos confrontados. La micro no iba vacía, algunas personas iban de pie, parecían preferir ir de pie antes que sentarse al lado de dicha bolsa, menos aún osar moverla. La bolsa no tenía nada que alertara peligro o que pudiera suscitar la curiosidad de nadie, tal vez por el cansancio con que carga la mayoría a esa hora del día nadie tuviera energía suficiente para destinarla a tantear las posibilidades que implica una bolsa de papel así. Yo me senté al lado de la bolsa, un poco sin darme cuenta que estaba ahí. Me preocupé luego de no perturbarla, parecía estar recostada y apoyada en el borde del asiento, la manilla de papel retorcido como una cabeza, un gran ojo mirando sin ver. No se alcanzaba a adivinar lo que pudiera haber en su interior, y la sola idea de tomarla y abrirla me pareció un error, que hay cosas dispuestas con tal cuidado por actores o fuerzas desconocidas que no nos corresponde a nosotros, que no comprendemos el porque de sus actos, el interferir. Podría haber habido cualquier cosa dentro, una bomba artesanal de relojería, un par de calcetines en oferta, restos de una comida rápida que pronto dejaría su mancha inevitable e indeleble de aceite, quizá una boleta que alguien luego necesitará para cambiar una prenda que no se pudo probar, o lo más probable, nada, y que en realidad la bolsa no estaba ahí debido al capricho de nadie, ninguna fuerza subterránea la había llevado a estar ahí, no era más que una bolsa olvidada por una pareja que fue de compras un jueves por la tarde, tal vez fue dejada a propósito, pero sin buscar generar ningún misterio o pregunta en torno a ella. Nadie se había sentado a su lado debido a que hay personas que sí prefieren ir de pie antes que sentadas, que pasaron todo el día sentadas y sus espaldas necesitan sentir que pueden sostener un cuerpo, nada más. Había pensado en escribir un relato en torno al misterio de la bolsa, sobre como un pasajero que recién subía a la micro no comprendía las explicaciones que le daba otro que ya llevaba decenas de paraderos viajando junto a la bolsa, alertando a otros de no sentarse a su lado, tratando de hacerles entender el porqué no debían tocarla o siquiera acercarse a ella. Pero no pude imaginar que posibles explicaciones pudiera dar alguien para comportarse así, sin tener que recurrir a la locura o la fantasía. Unos días después vi un bolsa similar en el piso de otra micro, pero esta bolsa estaba hecha pedazos y pisada por diferentes pies, robada de cualquier trascendencia absurda que pudiera haberle dado alguien alguna vez. La micro correspondía a otro recorrido, y ante la posibilidad que fuera la misma que la vez anterior solo que con otra numeración, confirmé que no tuvieran la misma patente. No la tenían, se trataba de una bolsa distinta, casi como gemelas o hermanas viviendo historias paralelas que nunca se cruzarían, sacrificandose una para que la otra pudiera seguir ahí, apoyada en el asiento de una micro, imperturbable, mirando con su gran ojo de papel.

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: