
Iba caminando bastante apurado, tal vez queriendo por un
momento alejarme de tanta gente que repletaban los vagones del tren subterráneo,
incluso a esa hora, poco después del horario usual de almuerzo. Alejarse un
rato que fuera, porque no iba encaminado a salir de la estación si no que a
combinar con otra línea, en otra dirección, y a mis espaldas seguro venía una
masa de cabezas. Solo puedo inferir que así era, ya que no me di vuelta a mirar
para verificar si se avecinaba un mar de gente o no, y tampoco podía oír sus
pasos o sus cuchicheos. Iba escuchando el solo de un trompetista, cuando mis
ojos coincidieron con la figura de un ángel ubicada en uno de los muros del
andén, varios metros por sobre el suelo, tocando una trompeta celestial de
caricatura, todo el ángel era una caricatura, arte naif si se quiere o alguna
otra corriente por el estilo. Pero esto no importa, lo extraño fue como de
pronto la música parecía venir desde esa figura de metal pintado, si hasta creí
ver la trompeta vibrando, emitiendo sonidos, ir y venir, como en los dibujos
animados. He visto infinidad de veces esa misma figura, pero nunca fue nada más
que una decoración. En ese momento sí fue algo más, y no pude dejar de mirar hacia
arriba mientras caminaba en dirección a la escalera que me llevaría a la
combinación. Sopla angelito, aunque aquí abajo no se oiga más que la goma o
los tacones contra el suelo, alguna tos o un estornudo, un poco de risa o un
comentario al paso. En fin, sonidos mundanos, demasiado comunes ya, que nada
inspiran. Sopla maldito, sopla. En eso iba, cuando una mujer que no se percató
que yo no prestaba atención a mis pasos y que no miraba hacia adelante si no
que hacía arriba, se me cruza por delante y chocamos, por suerte sin mayores
consecuencias.
- Disculpe señorita, ¿le gusta Lee Morgan?
- No sé caballero, primera vez que lo oigo nombrar.
- Era un trompetista, uno muy bueno, sabe, que murió muy
joven, pero a diferencia de otros músicos de su época, no fue ni la droga ni el
alcohol ni una enfermedad lo que lo mató, fue su pareja, que le pegó un tiro
mientras él tocaba en un club, la ambulancia no llegó a tiempo y el pobre se
desangró ahí mismo.
- Que terrible, ni en...¿dónde pasó todo eso?
- En Estados Unidos.
- Ni en Estados Unidos se puede confiar en las ambulancias.
- Puede ser, pero dicen que esa noche la nieve cayó sin
aviso en Nueva York, me imagino que no debe ser fácil manejar con nieve,
imagínese que con lluvia ya se pone complicado.
- Puede ser.
- Y no sabe lo peor, porque una cosa es morir así, pero otra
es que después nadie sepa ni donde está enterrado uno, o sea, tanto dolor y
para que, si después el pobre terminó enterrado en un cementerio de segunda categoría, me
imagino que será algo así como esas galerías del General donde está lleno de
nichos con los nombres borrados. ¡La tumba de Lee Morgan estuvo perdida por más
de 50 años! Como nadie lo buscó, como nadie anotó donde lo enterraron, haber
hecho un mapa o algo así. Una pena, realmente, pero por suerte un hombre salió
a buscarlo, después que vio una película que sacaron sobre la vida de Morgan,
debe haber pensado que era inaceptable que alguien tan importante estuviera
atrapado en ese olvido tan evidente. Al final pudo encontrar la tumba, estaba
enterrada más de 50 centímetros bajo la tierra.
- Sabe, me hizo acordar de una cosa que vi el otro día en la
televisión, sobre una ambulancia.
- A ver, cuénteme, mire que ya ni tele veo.
- La cosa es que, en el sur, en un pueblito pa' la
cordillera, cerca de Liquiñe creo, ¿ha escuchado de Liquiñe?
- Primera vez.
- Bueno, yo conozco Liquiñe porque una amiga viene de allá.
La cosa es que la semana pasada un hombre tuvo que llevar a su hermana en
carretilla, al hospital, o quizás a la posta, sí, debe haber sido a la posta,
que ni hospital debe haber en ese pueblo. En carretilla por los cerros, porque
la ambulancia no iba a ir, así le dijeron, que no iban a ir para allá, y que
como la mujer estaba consciente todavía no era tanta la urgencia.
- ¿Y qué le había pasado a la mujer?
- Tenía un ataque de peritonitis, como no va a ser grave
eso, claro que era, si ahora la mujer está en coma inducido, la operaron al final,
pero demasiado tarde parece. Ni nieve ni lluvia, la ambulancia no fue de puro
malditos no más me imagino.
Ese "de puro malditos" me hizo cambiar sin más la
forma en que veía a la mujer. De pronto la encontré tan interesante, tan
violenta, una especie de fuego o pavesa que flotaba y era arrastrada por el
viento que generaba la gente al pasar, una tras otra. Nosotros seguíamos de pie
bajo el ángel.
- ¿Y usted ha tenido apendicitis alguna vez?
- No, nunca, ¿y usted?
- Tampoco, pero me imagino que debe doler harto.
- Fíjese que ni sé cómo será la peritonitis, que es lo que
le pasa al cuerpo.
- A ver, revisemos.
Las imágenes eran grotescas. Apague el celular luego de ver apenas un par de fotografías.
- Mejor no quedarse ignorante en estas cosas, sabe caballero, además que en esos casos
uno queda a la disposición de los médicos y nada más se puede hacer.
- Y de las ambulancias.
- O de las carretillas.
Se rio como sabiendo que no debía, mirando con indecisión a la espera de
alguna señal que le indicara que ya, que ahora podía reír cuanto quisiera. Yo también reí,
esta fue la señal, ya que ella reaccionó con una risa distendida y sonora.
Claro que la veía con otros ojos ahora, mientras reíamos de desgracias que de
pronto le pueden tocar a uno, frente a las que uno queda tan vulnerable, tan a
la voluntad del resto.
- Ojalá que se recupere la mujer.
- Aunque si fallece, seguro que nadie la olvidará tan
rápido, digo, si hay gente a su alrededor como para llevarla en carretilla
quien sabe por cuantos kilómetros, capaz que hasta por el bosque o cruzando
esteros. Además que ya salió en las noticias.
- No sabría que decirle, mire que entre la nieve, la lluvia
y las hojas de los árboles, de tantos y tantos árboles que hay en el sur, no
sería raro que se le termine borrando el nombre a la lápida o que quede
cubierta por la tierra de hoja.
- Lo importante es tener un mapa, en la memoria, en el
corazón si quiere, pero para eso hay que ir dejando marcas en la vida, hitos
por donde vamos caminando, y que sea algo que el resto pueda ver o sentir. Si
hacemos eso, nunca nos perderemos, no para siempre al menos. No del todo.
Entonces ninguno supo que más decir, pero tampoco ni ella ni
yo parecíamos querer dar el primer paso de vuelta hacia nuestros caminos que se
cruzaban y alejaban. Quizá pensáramos que era necesario marcar este punto,
dejar uno de esos hitos que mencioné, aunque no hubiera siquiera un nombre que
rayar en las murallas. Así que nos quedamos quietos, hasta que la siguiente
oleada de pasajeros nos hizo evidente lo incómodo de la situación y lo natural
que resultaba el dejar crecer el silencio que ya se asentaba entre ambos. Así que nos dejamos
llevar, despreocupados de los hospitales, la muerte o la sangre, pero temiendo no
poder recordar el día y la hora, al menos por mi parte. Me limité a mirar una vez más al ángel antes
seguir descendiendo por la escalera, más hondo dentro de la tierra, pero se
veía tan inmóvil ahí arriba, la trompeta opaca y callada. Luego miré hacía
atrás más allá de donde estaba el ángel, pero la mujer ya no estaba.