Un día acompañé a un extranjero que no habla español, para que se tomara una foto que necesita para una visa temporal que le exigen al hacer escala en París, así son las leyes francesas para con los africanos. Habíamos revisado algún local que quedara cerca de donde está viviendo en Santiago, y fuimos a uno en Ahumada, en uno de esos edificios viejos, con harto bronce, pero no tan viejos como para necesitar un ascensorista. Me pregunto si todavía quedarán ascensoristas por ahí, hace mucho no veo uno. Bueno, la cosa es que llegamos al local en cuestión, que a pesar de su nombre rimbombante e internacional, consistía en una mujer venezolana o tal vez peruana, que tomaba las fotos, las imprimía, cortaba y enviaba por correo electrónico. Estaba ahí sola, junto a su hijo, un niño de unos 5 años que miraba videos en un celular. La dueña del negocio estaba ateniendo a una mujer haitiana, de unos 40 o 50 años, de un aire muy solemne, hablaba un español con un acento sútil, sensual dirían quienes gustan de los clichés más burdos. Luego fue el turno de mi compadre, que andaba a la buena de Dios, sin saber siquiera que formato debía tener la foto. Quien lo hubiera pensado, que esta clase de fotografías, en apariencia tan iguales a cualquiera, debían respetar normativas en cuanto al fondo y al porcentaje que debe cubrir el rostro de la persona. Hicimos una búsqueda rápida, y yo sin tener certeza alguna logré convencerlo que era con fondo blanco no más, como nos indicaba la mujer del local. Se tomó la foto con fondo blanco entonces, y le pasó a la mujer un papel donde había escrito sus correos electrónicos, dos, por si acaso. Pero no recibía las fotos en versión digital, y yo sospeché que había escrito mal el correo, o que la mujer se había equivocado al transcribirlo. Así que fui al fondo del local, donde la mujer imprimía las fotos que recién le había tomado a una joven chilena que se iba a estudiar a EEUU la pobre, con lo locos que están los gingros, con sus tiroteos, sus cultos religiosos, su racismo y todo eso. Llego al fondo del local, y sin esperar autorización alguna, me asomo. Entonces vi una pequeña colchoneta cubierta con una sábana de diseño infantil, algo con osos o aviones, no recuerdo. Quién sabe cuantas horas tiene que pasar el pobre niño ahí en el local, durmiendo siesta y viendo celular, mientras su mamá trabaja tomando fotos a otros inmigrantes como ella, que desean salir del país, ya sea en forma temporal o permanente, mientras ella me imagino que solo quiere quedarse. Me recordó a otro local al que había ido hacía cosa de un mes, en Providencia eso sí, pero también un edificio relativamente viejo, en La Concepción. Lo atendía un argentino o quizá uruguayo, un hombre muy amable. Yo estaba que me meaba, así que como nunca le pregunté si no tenía algún baño que me pudiera prestar. Con una amabilidad que no hubiera esperado nunca tratándose de un chileno (y es que muchas veces me han negado el baño), me dijo que claro, que estaba a la izquierda, detrás de un mueble. Al entrar pude ver que allí mismo guardaba los platos y los vasos que usaba para comer, creo que hasta tenía un microondas. Con una extraña sensación de sorpresa y vergüenza, hice lo que iba a hacer, tiré la cadena, y me enguajé las manos. Le agradecí, lo más sincero que pude sonar, y me fui de ahí, pensando en todos los esfuerzos y sacrificios que aún hoy en día siguen siendo necesarios para muchas personas, con tal de no desaparecer, y uno aquí, pensando en que lo mejor hubiera sido no haber nacido nunca.
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