uno tras otro

Esto tiene que ser una obsesión o un comportamiento compulsivo, no sigue lógica alguna la secuencia de acciones que constituye el acumular títulos de libros, autores y ediciones en la mente, luego adquirir alguno de estos libros cuando se presenta la oportunidad, para que al final termine junto al resto de libros en el estante, sin leer todos ellos. ¿Será acaso una forma de dar solución a esa especie de temor en que se ha convertido la idea que algún día ya no podré tener ningún otro libro? ¿Qué me quedaré atrapado hasta el fin de mis días con los mismos lomos raídos, las mismas páginas amarillentas? Pienso que incluso en un futuro tan distante estos libros que ahora recorro con mis dedos, indeciso, seguirán sin haber sido leídos. Resulta absurdo, no debiera importarme para nada el hecho de no poder tener ningún otro libro, si no los leeré jamás. Tampoco me interesa montar una librería popular y libertaria, para intercambiar volúmenes en forma horizontal y confiando en las convicciones que algunas personas tienen para sobreponerse a las limitaciones y conductas aprendidas por años en esta sociedad, patrones de egoísmo y desconfianza. Supongo que en el fondo me es imposible confiar en forma libre, en días como estos no se puede confiar en nadie, menos aún en una persona que lee. Que lea libros al menos. 

No queda otra opción entonces que un deseo inconsciente que no quiero aceptar, un subterfugio que utiliza el ego para no morir, y que corresponde a la posibilidad de legar a alguien más esta humilde colección, pensando en que quizá algo de mí se vea reflejado en la selección de títulos y temáticas. Como si pudieran tener algo que ver entre sí el gótico sureño y las pampas olvidadas de la Argentina. Tal vez sí tengan mucho que ver entre sí, y es solo que en mi ignorancia me es dado pasar el vínculo por alto. ¿Y a quien le dejaría mi colección? Ni idea, tal vez aparezca alguien en el futuro cercano, alguien de edad suficiente como para recordar todavía la sensación de terminar un libro y juntar sus páginas una última vez, sin saber hacia dónde mirar, que decir o pensar; pero también debiera ser alguien con la distancia suficiente como para asegurar la perduración del legado, quizá incluso de su ampliación y magnificación, antes de tener que enfrentar mi actual dilema, nuevamente. 

No sé de cuánto tiempo dispongo para tomar una decisión o para encontrar los indicios que me apunten a una, creo que lo mejor por ahora es seguir acumulando posibilidades y objetivos, sacrificar el dinero que podría ser destinado a necesidades lógicas o al menos razonables, alimentarme con solo granos y semillas varias por cuanto sea necesario, para poder asegurar la adquisición de un libro sorpresivo, y seguir vaciando secciones en el estante para hacerle espacio a los recién llegados, descartando objetos de toda clase que resultan incapaces de transportar nada de aquí ni de allá, objetos con funciones concretas y bien definidas que rechazan toda interpretación bajo la superficie.

Lo más probable es que simplemente seguirán sumándose y sumándose más y más libros, que se alzarán las pilas de páginas jamás leídas hasta tocar el techo, acumulando polvo y vapores invisibles pero a la larga indelebles, hasta que un día, por un descuido mío, desbalanceados se abalanzarán sobre mí, sepultándome en una tumba literal, que si uno lo piensa bien, dirá mucho de quien fui en vida.




hace no sé cuantas noches ya



Volví a soñar con un mar oscuro y contenido. La noche anterior fue una porción de mar antártico atrapado dentro de una caverna, sobre el cuál flotaban bloques de hielo cúbicos o rectangulares, superficies lisas y definidas. No recuerdo que hacíamos allí, había alguien más creo, pero crucé nadando de un lado a otro sintiendo en el camino un temor no ante la posibilidad de monstruos marinos si no que ante la posibilidad de hundirme en un lugar tan oscuro y quedar por siempre ahí abajo, despierto. Bajo el nivel del agua no había luz alguna, aunque recuerdo que alguien decía "ahí donde el agua tiene un tono amarillo, ahí falleció...", alguien, pero no recuerdo quién. La luz amarilla de fosforescencia tenue emanaba desde una profundidad indeterminada, pero era visible con claridad.

En el caso de anoche, fue una porción de mar que parecía una piscina, aunque quizá fuera un muelle de concreto, desde el cual se lanzaban hombres a recolectar mariscos, peces o algas, y este lugar estaba situado en Chiloé, pero era una más bien una maqueta, una tierra que podías recorrer de un extremo al otro en unos pocos pasos, cruzando ciudades que no eran más que nombres suspendidos en carteles o proyectos sin concluir. No recuerdo porque estaba ahí en este Chiloé simbólico, menos aún frente a la piscina oscura. Y de pronto había gente presenciando algún espectáculo, un show turístico tal vez, y yo tenía que formar parte de aquellos hombres y mujeres que se lanzarían al mar. Los demás nadadores se lanzaron con ropa y yo no entendía que hacía formando parte del show, que al mismo tiempo se sentía como algo natural, un acto de supervivencia, pero me saqué la polera, pensando en nadar con más facilidad, y sumergí en el mar. Bajo el agua no se distinguían más que formas marrones o negras, a la distancia cardúmenes de peces insignificantes, a los que no podías alcanzar nunca por más que nadaras y nadaras. Sigo nadando entre las algas por unos momentos sin saber bien qué era lo que le debía encontrar ahí abajo, salgo a tomar aire y vuelvo a zambullirme. Al poco rato salí del agua al no haber encontrado nada. No alcancé a notar si alguien había logrado encontrar algo allí abajo, quizá siguieran perdidos entre las algas, después de todo, yo era un intruso ahí. 

Una vez fuera de este lugar, continué mi recorrido observando estaciones de trenes, industrias abandonadas, tierra en disputa con los descendientes de quiénes fueron los habitantes que nombraron a esta tierra, y llegué de pronto a una ciudad moderna o quizás solo algo más acaudalada, donde había calles pavimentada, negocios muy pequeños dispuestos uno atrás del otro en rápida sucesión, que ví mientras salía por la boca de un túnel. Iba en camino hacia el sector más alejado de la isla, donde según el mapa que viera al partir mi viaje, ya no había ciudades ni caminos, solamente un manchón verde encerrado por los límites de la isla y sus acantilados. Pero no creo haber llegado hasta ese punto, solamente hasta lo que parecía ser un gran parque recreativo con caminos y senderos, además de una gran laguna torcida como un ocho, brillando su superficie como petróleo inmóvil, de arrugas viscosas y lentas. Había personas en los alrededores, parecían estar teniendo un día de campo, dando paseos y mirando el paisaje, pero yo no me detuve. Me lamentaba de no contar con una cámara fotográfica para capturar un Martín Pescador que estaba posado sobre unos juncos. Después entré en lo que parecía ser un edificio de transición, una estructura que resguardaba el límite entre los caminos de la civilización y la espesura, pero no encontré salida alguna del edificio, no al menos otra salida que no fuera más que un vil engaño. Luego de recorrer un pequeño laberinto dentro de este edificio me encontré sin remedio donde mismo había empezado y comprendí que no tenía caso intentar cruzar más allá.

Anoche, un anoche distinto al anterior, volví a soñar algo relacionado con salir y caminar sin rumbo definido. Respondiendo a una motivación que no recuerdo ahora, emprendíamos una marcha a lo largo de una cordillera en miniatura, toda nieve e irregularidad, yo con dos o tres personas más. Esta cordillera cruzaba la ciudad, y se torcía en noventa grados y...me doy cuenta que empecé demasiado tarde a relatar este sueño, ya olvidé todo lo que ocurría después.

tantra soledad

bebo

pero solo lo necesario

para ignorar que al dormir, debemos despertar

camino

lo que haga falta

con tal de no respirar otro aire que mi aire

hablo

tan rápido, tan lento

que soy un extranjero, en cada de una de mis pisadas

eyaculo

muy hondo hacia dentro

para negarle continuidad alguna a esta tragedia

que no tiene conflicto ni descenlace

alguno



*****


No me ha dado el ánimo ni el tiempo para transcribir un relato de Bisama que no está disponible en internet, ni tampoco un libro que una tarde me dediqué a escanear antes de devolverlo. Pensé incluso en decir que lo había perdido, y de ahí ver como se podía arreglar el asunto, total, era un libro que casi creían perdido en la misma biblioteca, mejor hubiera estado conmigo que en un depósito a la espera que alguien más se avivara. El libro lo venden como a cuarenta lucas en la internet, hubo una única edición y pare de contar, pero a mi no me interesaba para venderlo, solo quería sentir que lo estaba salvando, así de alucinado. Ya antes había intentado pedir otro libro que también se suponía estaba en el depósito, pero no lo encontraron y procedieron a declararlo como perdido. Como se va a perder un libro de, no sé, seicientas páginas digo yo. Menos mal estaba en otro lado y pude empezar a leerlo, quizá lo termine, algún día. Del mismo modo alguna vez me tocó pasar tiempo en un depósito de biblioteca, subterráneo y helado, para mi solito. No recuerdo si debía buscar libros para préstamo o si guardar libros de devolución. Pero recuerdo apagar la luz con la puerta cerrada, de intentar mover múltiples estanterías al mismo tiempo, sin mucho éxito, recuerdo que había una pequeña radio pero que no funcionaba, tal vez había un hervidor y una estufa, así de helado era el lugar. Y ahora no importa mucho que era lo hacía allí, lo único que importa es que ahora extraño y añoro el tener una ocupación tan simple pero en la cuál te podías perder por unas horas a la semana. Extraño tener que hacer la cola en el banco, junto con estudiantes que hacían ayundatías y funcionarios menores, mirando con desdén a quienes eran clientes del banco y tenían una fila preferencial. Años más tarde yo mismo sería cliente de ese banco, y me daba vergüenza usar la fila preferencial, si es que alguna vez lo tuve que hacer. Desde siempre me ha gustado estar escuchando música y mirando alrededor, siempre y cuando haya algo que mirar. Por suerte nunca eran las mismas personas en la cola. Hablando de colas, estoy leyendo un libro que se llama así, La Cola, y el otro día leí un pasaje que me gustó por lo calcado de mi pensamiento y por lo simple de su enunciación, pero no tengo el libro a mano ahora, como para revisar las palabras exactas. Ahora estoy en el primer piso, que es como el subterráneo de los pisos superiores cuando el límite es la tierra, y tengo frío y quisiera poder apagar la luz y escuchar los murmullos y el caminar de las personas allá afuera.

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