"Melania", de Incontables, por Pedro Lemebel

    



    La vida en Iloca no es siempre un pito de tren a la distancia o el parloteo de las campanas de la capilla: a veces suceden cosas. Y ese día debía ser para la Melania el acontecimiento que cambiaría su vida.

    Por fin, después de tantos años de soledad y miseria, tendría algo valioso, realmente valioso. Ella no conocía a nadie en el pueblo que tuviera un diente de oro. Debía tomar el tren de las ocho a Santiago y no llegar tarde a la consulta. Se miró por última vez al espejo y sonrió: allí estaba el boquerón que brillaría entre sus dientes. Tomó su cartera, un descolorido rectángulo, y caminó hasta la puerta. La calle serpenteaba entre latones y bacinicas cuajadas de cardenales.

    El sol tibio quebraba su sombra en las paredes mientras iba contoneando su afilado cuerpo de solterona.

    Todo era diferente aquella mañana. Al cruzar el patio de Bernardo, unas palomas que comían en un montón de basura emprendieron el vuelo tan precipitadamente que dejaron en el aire algunas plumas y papeles. Nadie supo esa partida. Aquella mañana se iría para siempre la triste y sola Melania.

    El tren se detuvo bufando. Bocanadas calientes ocultaron por un momento la estación hasta que la estructura de metal no fue más que un guion oscuro que resaltaba sobre los cerros de la costa. Tras una ventana, sus pupilas se movían como cristales rotos. El verde follaje era una cinta que corría afuera, cambiando a ratos en los sordos colores de los cerros. Emanaciones gaseosas subían como telones liberando el campo de su prisión etérea. Entonces entraba el sol formando grutas amarillas en la espesa niebla. En momentos el tren se sumergía en el vaho matinal y ella quedaba de nuevo recluida en ese vagón de tercera con su forma como un trazo cruel que rompía lo monótono de los asientos desocupados. Una y otra vez corría entonces detrás de su pasado, y su cara de gárgola se enmarcaba en la ventana para verlo pasar.

    Y fueron tantos… Era un desfilar de hombres que a veces ni siquiera tuvieron un apellido. Algunos los vio pasar meses, años, hasta que les dirigió la palabra y ellos experimentaron el sobresalto de la cara entre bruja e inocente de la Melania: esa faz de arpón contraída por el aire salino y la soledad. Pero de eso hacía tanto que ya casi no se acordaba. Ahora, en su mente la perla que sería su aval rodaba desde lejos a su encuentro, creciendo, licuándose, tomando la forma de una corona que recibía con justicia y humildad. Estiró la una mano para tocarla y desapareció, quedando como fondo el paisaje luminoso del campo.

    El reloj de la estación marcaba las doce cuando llegó a Santiago. De allí a la consulta era media hora. No tenía prisa: en su cartera apretaba los dos mil pesos que juntó durante tanto tiempo. Ella ni se movió cuando le introdujeron la pieza.



    
Al comienzo, la lengua, desacostumbrada al intruso, insistía en acomodarse en su antigua concavidad. La boca la sentía estrecha con los dientes apretujados, pero luego, al pasar por una vitrina se atrevió a sonreír, aunque fue para si misma. Y no dejó de hacerlo; la extraña mueca le trajo consigo hasta la misma estación, donde alguien le tocó el codo y ella cerró herméticamente la boca.

    En todo el pueblo se habló del increíble cambio, incluso el cura en la predica dominical hizo alusión a la extraña perla de Melona. Se la veía a toda hora exhibiendo su preciado tesoro. Hasta Bernardo, cuando lo supo, tuvo un gesto de amabilidad, pero ella no se iba a dedicar solo a Bernardo, habiendo tantos hombres a quienes sonreír. Melania no podía estar más contenta: por mucho tiempo sería la reina de ese lugar. Nadie tenía dinero para viajar a Santiago y menos aún para ponerse un diente de oro.

    No había de que preocuparse.

    Pero cuando se está más confiado es cuando suceden las cosas. Él dentista era viejo y pobre. Llegó al pueblo con una maleta como acordeón y se instaló  con grandes carteles, ofreciendo rebajas y cómodas facilidades para pagar sus trabajos. Ella lo supo al instante y después verse rodeada de tanta gente, se quedó sola una noche, mirando la luna. Ella jamás la había visto tan grande, como una naranja de hielo… pero su boca abierta ya no sería atractiva: tanta gente tendría dientes de oro que mostrar. Ese médico realmente le había hecho daño. Así es que siguió caminando por la huella de una nueva derrota hacia su casa, se tocó el diente de oro y este relampagueó con su destello decorativo, sencillamente inútil. Ese matasanos le había hecho un mal irreparable.

    Las nubes de pronto taparon el cielo, y la luna y Melania desaparecieron en la sombra azul de la noche. Los perros gruñían con fiereza tras los portones. Melania había vuelto caminando como autómata, con los ojos secos, vacíos de todo. En esa oscuridad ni siquiera el diente brillaba; su calle era una manga de tinieblas que ella recorría a trastabillones. Solo deseaba llegar a su casa, que ya debía estar cerca; tenía que buscarla a tientas, tropezando con las piedras, la noche era tan espesa…

    Entonces chocó con la puerta y fue agudo el lanzazo que se inyectó en su ojo.

    Era ese maldito clavo que sobresalía de las tablas el que se había ensartado en su cuenca como una espina. Fue un solo grito destemplado que se clavó en el cielo como una estaca de dolor. Los perros ladraron una vez más y se callaron. La luna teñida de sangre apareció de nuevo como el ojo de la noche arañado por las nubes.

    La llevaron sangrando al policlínico y de allí a la capital, porque en el pueblo nunca hubo un especialista. Un hilo de sangre destilaba de su barbilla y caía al piso del tren que nuevamente la veía partir.

    - Señora, ¿le duele mucho? ¿Fue un accidente? - el boletero le miraba su ojo tapado por un montón de gasa.

    - Si, un accidente, no se preocupe, no me duele tanto.

    Melania se dio vuelta hacia la ventana, molesta por tanta pregunta. De pronto recordó algo y tomando del brazo al hombre le preguntó:

    - ¿Sabe usted si los ojos de vidrio están muy caros?

    El hombre no sabía, pero le mintió con gesto compasivo:

    - No demasiado, es posible que encuentre uno barato.

    - ¿Conoce alguien en Iloca que tenga uno?

    - Solamente el jefe de estación, que murió el año pasado.

    - Muchas gracias.

    Melania sonrió satisfecha y se arrellanó en el asiento pensando que la vida era confusa y que los males tenían una justificación, y que, en algunos casos, eran una sugerencia para encontrarles solución a otros.






*****




El año pasado, luego de leer un relato de Álvaro Bisama que me compartió alguien, como que me volvieron esas ganas por leer que creía me habían abandonado, o que al menos habían decaído catatónicas. Leí otros libros de Bisama, que me hicieron volver a ir a la biblioteca, recordé una cita de Cortázar que alguien usara alguna vez en un escrito, siempre me había quedado en la mente esa frase pero nunca había buscado la fuente. Compré el libro de Cortázar en el cuál venía el cuento del cuál emanaba la frase que yo había leído, resultó ser Todos los fuegos el fuego, y luego compré también el libro donde está incluído el relato de Bisama, Los muertos. Los primeros libros que pedí de Bisama no eran tan buenos, luego vinieron otros mucho mejores. Seguí leyendo más cuentos de Cortázar, encontré Bestiario un día en la feria y hace poco también Las armas secretas, dándome cuenta que en mi colegio nunca nos hicieron leer a Cortázar, solo una vez tuvimos que leer Continuidad de los parques, pero ese es un cuento que, para mi gusto, abusa del factor sorpresa, de aquellos cuentos que se lo juegan el todo por el todo en el final. También me di cuenta que nunca había leído algo de Bolaño, y un día encontré un puesto en el Bío Bío, de un hombre joven, quizá de mi edad o menor, que vendía ediciones de diversas obras, realizadas por el mismo. Recuerdo ir un día en la micro y empezar a leer El ojo Silva, y no parar hasta terminarlo, por suerte era un recorrido largo (quizá lo escogí con ese propósito). Más adelante en la biblioteca pude pedir El gaucho insufrible y Putas asesinas

No he leído novelas, ya que no considero un libro de Bisama que leí como una novela propiamente tal, muy fragmentado y breve. Todavía tengo pendiente El brujo. Me animé a pedir el libro con los cuentos completos de Clarice Lispector, y para mi sorpresa, pude leer casi la mitad del libro en el período de prestámo, considerando la renovación correspondiente. Ahora estoy pensando si lo compro o si lo pido otra vez para terminarlo. Al mismo tiempo que leía el libro de Clarice Lispector, también leí una recopilación editada por Poli Delano, de cuentos chilenos, grata experiencia el leer obras de autores completamente desconocidos para uno y con estilos tan distintos. Este libro tampoco lo pude terminar, pero, por esas coincidencias de la vida, se me apareció la semana pasada en la feria, a 5000 pesos, pero te lo dejo en 4, en el mismo puesto donde me encontrara con los libros de Cortázar anteriormente (tal vez el hombre me recordaba). Buscando autores chilenos más contemporáneos, recordé que había guardado un cuento de Alejandro Zambra en los favoritos, Gracias, y que no lo había leído. Al hacerlo, tuve que pedir Mis Documentos. Ahora estoy en la incertidumbre acerca de si Zambra tiene otros libros similares o no, espero que sí, sinceramente lo anhelo.

En este mismo periodo de tiempo también empecé a leer un poco de poesía otra vez, en todas mis visitas a la biblioteca trato de traer al menos un libro de poesía y otro de narrativa. Pero, siendo yo un tipo que en realidad conoce bien de poco de literatura, y que siente cierto recelo por leer "los grandes clásicos", me encuentro cada vez más cerca de un nuevo estado catatónico, en el que otra vez mis ganas de leer mermarán hasta parecer que han desaparecido, a falta de saber que y a quienes leer. Entonces pregunté en una especie de foro, por otros autores o autoras en el estilo de Bolaño y Zambra. Me recomendaron varias obras para mi desconocidas, pero que lamentablemente no están disponibles en la biblioteca. Si estaba disponible un libro de Marcelo Mellado, que dentro de todo me gustó harto, aunque a ratos tratara acerca de personajes demasiado lejanos a los círculos por los que uno circula o que puede concebir. También me volvieron a recomendar leer a Manuel Rojas, que tiempo atrás otra persona ya me hubiera mencionado, haciendo caso omiso yo en esa primera instancia. Luego de leer un libro con algunos de sus cuentos, me pregunté por que chucha nunca nos hicieron leer algo de él en el colegio, creo que todas las personas debieran leer el cuento Un mendigo. Mencionaron a Fuguet, pero lo encontré forzado, poco creíble, y a mi poco me interesa leer relatos situados en lugares como el Apumanque o Las Condes. Al contrario, y siguiendo la línea de Manuel Rojas pero dentro de una marginalidad actualizada y más cruda, terminé leyendo Incontables, de Pedro Lemebel, en ese entonces conocido como Pedro Mardones. No sé hacer comentarios literarios, solo me puedo limitar a decir que no esperaba una prosa a ratos tan poética, o más directa y eficaz en otros pasajes, como encuentro que es con Melania. Me gustó tanto este breve cuento, y como no lo encontré publicado en internet, que decidí transcribirlo.

Recuerdo que Lemebel fue a participar de una charla en mi colegio, tal vez para una celebración del Día del Libro o algo por el estilo, pero yo era muy cabro y muy hueón como para haber valorado algo así. Creo que ese año todavía estaba la Rocío, la misma de quien hablé antes, creo que a ella sí le gustó. Supongo que habrá que intentar leer Adiós mariquita linda, a ver si podemos saltar de los cuentos a las novelas, aunque no deseo quedarme allí, todavía tengo pendiente encontrar ese cuento sobre un hombre "respetable" que por las noches atropella personas con total impunidad.

PD: En realidad si leí un par de novelas, Mientras dormías cantabas, y Crónica del niño lobo. También Cárcel de mujeres, pero esa es otra obra fragmentada, un diario realmente.

PD2: No sé que tanto saca uno con leer, ya lo dijo Bertoni, leer no basta/culear no basta/¡y va a bastar leer!, pero de alguna forma hay que convencerse que si existen historias detrás de cada persona con quien te puedas cruzar en la calle, algo debe haber detrás de tantas jornadas de trabajos mal pagados, de enfermedades, éxitos a medias y escenas inesperadas, una forma de conectar los momentos precisos con una misma voz que los va hilando y poder así reconocer lo bello o lo profundo, y no dejar que el tiempo marchando lo termine borrando todo.

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