carne congelada

Soñé muchas cosas raras anoche. Primero, había una especie de conflicto armado o confrontación de bandas criminales, recuerdo ver a una vecina, la señora Sara, una viejita de quien sabe cuantos años y que debe medir 1.4m de estatura, llevando un rifle hechizo con el que disparaba hacia el otro lado de la avenida. Personas desconocidas lanzaban molotovs hacia los techos de las casas aledañas a la mía, yo corría por sobre las latas, esquivando piedras y ladrillos, y trataba de apagar el fuego. Se podían oir balazos y explosiones en todas direcciones. Lo más raro fue cuando nos dimos cuenta que en algún punto de la noche y sin que nadie se diera cuenta, unos tipos habían entrado a la casa de un vecino, y luego que salieron corriendo al amanecer, quisimos revisar que fue lo que pasó. Yo andaba con un revólver de plástico primero, pero luego encontraba uno de verdad, se adivinaba por el peso que tenía. Le quedaban cuatro balas, pero en posiciones no consecutivas. Recorriamos la casa, que resultaba ser mucho más grande de lo que aparentaba desde afuera, tenía un patio trasero cubierto de pasto y árboles tapizados de musgo, decenas de habitaciones y pasillos. No encontrabamos al vecino por ningún lado. De pronto, alguien nos dice que faltó revisar en un congelador. Abrimos la puerta del congelador, y ahí está el vecino, dentro de una enorme bolsa plástica, congelado. Alguien lo toca o pasa a llevar sin querer, y se le quiebra una pierna que cae al suelo. Los tipos que durante la noche anterior invadieran su casa y a quienes inicialmente culpamos de asesinar al vecino, nos dicen que ellos no fueron, que sí, entraron a la casa a la fuerza, pero que el tipo ya estaba muerto cuando decidieron ponerlo en el congelador. En el sueño también vi arañas que parecían ser demasiado veloces para tener cuerpos tan hinchados, parecían garrapatas con patas elongadas, creo que adoptaron una morfología similar a esas arañas de alambre que tengo en el escritorio. Yo trataba de pisarlas como casi nunca lo hago en la vida real, y no lograba atinarle a ninguna. Algunas incluso parecían haber desaparecido luego que levantaba mi pie. He soñado varias veces con arañas en los últimos meses.

No, lo más raro no fue la muerte del vecino, fue soñar que alguien dejaba un comentario aquí. Lo peor, es que era un comentario de una mujer ante una entrada donde creo que le confesaba mi amor o algo así, ella decía que se alegraba que por fin pudieramos volver a hablar, sabiendo eso sí que ella ya tenía a alguien más. Ni idea quien era esa mujer, ni tampoco quiero saberlo en realidad. Quizás sea mejor seguir clamando en el desierto.

 

There ain't no end

to the sands I've been trying to cross

que nadie sepa




Sonará cliché, pero vivir es morir. Se muere en nuestro propio cuerpo, y también en cada hierba del campo que cortamos, en cada minúsculo bicho que salta huyendo ante cada acometida de la segadora. Muero un poco junto a una torcaza que duerme a la orilla del camino interior, su cuello torcido, las alas quietas pero orgullosas. Moriré algún día, junto al cernícalo que languidece sobre un poste del alumbrado, y es que ya casi no se ven aves menores por el sector; arrojarse contra una bandurria sería una estupidez. Y cuando ya por cierto sea mi propio cuerpo el que muera, tan carente de cualquier clase de alas o antenitas o garras o raíces, pero de constitución tan parecida, soportado por los mismos cuatro pilares moleculares, cuando sea mi turno por desmigarme en multitud de bacterias y hongos, entonces ofreceré los átomos de mi cuerpo y cada partícula fantasma de mi espíritu, a quien en su disposición le parezca recibirlas, para así morir un poco junto a mi.


Yo no quería pasar la desbrozadora, hacia apenas unas horas había yacido largo rato contemplando la breve extensión de este campo, media hectarea, que puede parecer tanto pero en realidad es tan poco, que en esta época del año está sembrado de flores invasoras pero flores al fin y al cabo, sobre las que se posaban abejorros rechonchos que hacian inclinarse hacia el suelo los tallos de las flores, al posarse en ellas. Pero ningún tallo se quebró, ninguno, hasta que llegué yo, trayendo la devastación junto al humo y un temblor de pies y manos.

y en el cielo vapores

una mujer leyendo a pilar sordo, mientras espera ser llamada en un centro médico

un perro durmiendo al sol, eje invisible en torno al cuál gira el mundo

la humanidad sigue en negación, convencida que alguna vez supo el camino

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