20/02/10



Hacía Arriba Sin Alas



Estaba sentado en un taburete del 8-Count, sin pensar en nada en particular, como por ejemplo qué hacia yo allí bebiendo whisky con agua. Quizá fuese porque Marie se pasaba todo el tiempo protestando porque yo quería ir a clase de vuelo. Aunque ella siempre estaba protestando por algo. No me malinterpreten, ella era un alma más o menos buena, pero el mundo está lleno de almas más o menos buenas y mira donde estamos: siempre sentados en el último segundo de cada minuto. Bueno, ya se sabe. De todas formas, era tarde y yo estaba sentado junto a aquel tipo mayor que llevaba un jersey de cuello vuelto naranja y pantalones cortos. De vez en cuando me miraba y sonreía, pero yo no le hacía caso. Realmente no tenía ganas de escuchar ninguna conversación típica de barra. Quiero decir que, cuando se está sentado sobre el último segundo de cada minuto, lo mejor es evitar las chorradas. El tiempo es oro ¿no? Pero aquel tipo no pudo aguantar mas. Por fin habló; y me habló a mí.

- Pareces preocupado por algo –dijo.
- Así es -contesté.
- ¿Qué te pasa? -preguntó.

Lo miré. Era uno de esos tipos de ojos realmente juntos. Uno sentía ganas de estirar el brazo y separarlos un poco.

- Quiero volar y no sé.
-Y ¿por qué no?
-¿Que por qué no? ¡Porque primero tengo que ir a clase!
-Yo sé volar -dijo el viejo-, y nunca he ido a clase.

Hice señas al camarero para que trajera otro whisky con agua para mí y una cerveza para el viejo. Estaba bebiendo cerveza de barril. Quizá fuese eso lo que le había puesto los ojos tan juntos: la cerveza joven y barata.

- Es difícil creer eso de que sabes volar y sin haber ido nunca a clase -dije.
- Puedo contártelo, si quieres escucharme -sugirió.
- Supongo que no me queda otra salida, ¿no? -pregunté.

Sonrió.

-Bueno -dije medio dudando-, oigamos eso.

De todas formas no había ninguna mujer en el bar y no había nada en la tele excepto el nuevo presidente, sonriendo levemente, con un tic de cabeza algo demencial, que intentaba ser una buena persona, como el presidente anterior, y hablaba de algo que había salido mal pero decía que, de todas formas, ahora todo iba bien.

-Empezó -arrancó diciendo el viejo- cuando yo tenía alrededor de cinco años. Un sábado por la tarde estaba sentado en mi habitación y los otros niños se habían ido a jugar por ahí y mis padres se habían ido...
- ¿Y descubriste que tenías pilila?
-Oh, no, eso pasó mucho tiempo después. Déjame continuar, por favor...
- Claro, claro.
- Yo estaba sentado en mi cama, mirando por la ventana hacia el patio. Mis pensamientos eran inconscientes, apenas elaborados.
- Empezaste pronto ...
- Sí, eso es lo que estoy intentando contarte. Yo estaba allí sentado y se me posó una mosca en la mano. En la mano derecha...
- ¿Ah, si?
- Si era una mosca particularmente fea: gorda, ignorante, hostil. Agité la mano para que se fuese. Se alzó dos o tres centímetros, se puso a zumbar y entonces, con un sonido realmente horrible, volvió a aterrizar en mi mano y me picó...
- ¡No me jodas!
- Sí…, así fue, espanté la mosca y se puso a volar por la habitación, girando y haciendo un ruido furioso y posesivo. La mano me escocía muchísimo. Yo no tenía ni idea de que la picadura de una mosca pudiera ser tan dolorosa.
- Oye -le dije al viejo-, tengo que irme a casa. Tengo una mujer como una rana que se hincha y me salta encima.

El tipo actuó como si no me hubiese oído.

- ...de todos modos, yo odiaba aquella mosca, su sorprendente falta de miedo, su arrogancia de insecto, su zumbante ignorancia...
- Lo que necesitabas era un mata moscas.
- ...nada en absoluto para doblegarla. Para quitarla de en medio. ¡Cómo odiaba aquella mosca! Sentía que no tenía derecho a actuar así. Yo quería matarla porque sentía que, en esencia, ella quería matarme a mí.
- Todo está permitido en el amor y en las moscas.
- Observé la mosca. La vi posarse en el techo, luego andar cabeza abajo. Se sentía tan segura y tan superior. Mirando a aquella mosca que andaba de un lado a otro me fui poniendo cada vez más furioso. Tenía que matar aquella cosa. En la grieta más profunda de mi alma sentí esa terrible necesidad de destrozar aquella mosca. Empezó a temblarme todo el cuerpo, a vibrar. Entonces sentí como si mi cuerpo se cargase de electricidad y luego ¡un fogonazo de luz blanca!
- ¡Sí que te afectó esa mosca!
- ...y entonces sentí que mi cuerpo se elevaba, se ¡ELEVABA! Floté hasta el techo, mi mano salió disparada y aplasté aquella mosca con la palma de la mano. Estaba sorprendido por la velocidad de la acción. Y entonces sentí que, lentamente, era devuelto al suelo y depositado allí.
- ¿Y qué paso entonces, abuelo?
- Fui al cuarto de baño y me lavé las manos. Después salí y me senté sobre la cama.
- Supongo que las moscas no habrán vuelto a meterse contigo después de eso ...
- No, no lo han hecho. Pero mientras estaba allí sentado en la cama, intenté volar otra vez y no pude. Lo intenté una y otra vez, pero no pude.
- ¿No será que necesitas una picadura de mosca para que se te encienda el cohete?
- Intenté volar una y otra vez, me esforcé todo lo que pude, pero no hubo caso. Yo sentí que había pasado realmente, pero después de un rato empecé a pensar que quizá lo había imaginado, que quizá había enloquecido durante unos momentos.
- ¿Y cómo te sientes ahora mismo?
- Oh, estoy muy bien e insisto en invitarte a otra copa.

¿Otra copa? Pensé en aquello. La primera no la había pagado él. Pero tal vez era sólo cuestión semántica.

- Muy bien -dije.

Así que llegaron las bebidas y nos quedamos allí sentados, sin hablar. Una vez conocí a un tipo en un bar que afirmaba que se comía su propia carne, así que de las charlas en general yo aceptaba bastante y descartaba bastante. Entonces el viejo empezó otra vez.

- Bueno, después de cierto tiempo me olvidé de todo el asunto, pero entonces me volvió a pasar.
- ¿Te picó otra mosca?.
- No, era el último curso en el colegio, en Ohio. Yo era defensa izquierdo de reserva. Era el último partido de la temporada y yo estaba allí porque el chico que jugaba de titular estaba lesionado. Pero había algo importante, jugábamos contra nuestros más odiados rivales, unos mamones ricos de la parte bien de la ciudad. O sea, que eran unos verdaderos chulos. En serio. Vencerlos era más importante para nosotros que ligar, y eso que nunca o muy rara vez ligábamos porque aquellos ricachones siempre andaban follándose a nuestras chicas. Vencerlos en el campo de juego era la única forma en que podíamos tomarnos la revancha. Soñábamos con eso noche y día. Significaba todo.

Bueno, pensé, ahora pasaremos de odiar a las moscas a odiar a los seres humanos. Ambos son difíciles de soportar.

- El partido estaba en su momento clave. Perdíamos por 21 a 16 y quedaban y quedaban sólo 30 segundos y ellos estaban a 12 metros de nuestra línea de meta. Podían ganarnos sin arriesgarse, con sólo hacer tiempo, pero lo que querían era irritarnos. No les bastaba con tirarse a nuestras chicas, querían además marcarnos otro tanto.
- Demasiado.
- Si. Así que el quarterback retrocede para tirar, es un verdadero capullo, tiene un Cadillac amarillo, entonces lanza el balón haciendo una espiral, uno de nuestros defensas lo toca con las puntas de los dedos en la línea de meta y el balón sale volando en el momento en que pitan el final del partido. Yo estaba en el área de meta porque me habían empujado y me había caído de culo, y cuando me estoy levantando veo el balón viniendo hacia mí. Lo cojo y empiezo a correr. Estoy totalmente rodeado por los chulos. Comienzan a encerrarme. No puedo hacer nada. Vienen hacia mí. Todos esos tipos que han estado metiéndosela a nuestras chicas. Me invade una furia cegadora. En el momento en que saltan para aplastarme con un placaje masivo, empiezo a sentir que ¡me estoy elevando¡ ¡Estoy suspendido en el aire! Tengo el balón y vuelo hacia su línea de meta. Aterrizó en su meta y ¡ganamos el partido!
- Tengo que decirte algo -le dije al viejo-. Eres el mayor embustero que he conocido en toda mi vida.
- No te estoy mintiendo.
- Venga ya -dije-. No he oído nunca hablar de eso. Ni yo ni nadie. Hubiese salido en todos los periódicos. ¡Se hubiese sabido en todo el mundo!.
- Ocurrió en una ciudad muy pequeñita. Lo silenciaron. Lo ocultaron, lo enterraron para siempre. Sobornaron a la gente.
- Nadie podría tapar una cosa así.

El viejo señaló con la cabeza hacia un reservado. Nos acercamos y nos sentamos. Era mi turno de pagar las bebidas. Le hice una seña al camarero.

- Dos más -le dije cuando se acercó-, para cada uno.

El viejo no habló hasta que llegaron los cuatro vasos y el camarero regresó a la barra.

- El gobierno -dijo, alzando una de aquellas horribles cervezas jóvenes y bebiéndose casi todo el vaso-. Fue el gobierno.
- ¿Ah, si?
- Querían el secreto, pero yo no lo tenía. Nos hubiera proporcionado el arma secreta más poderosa de todos los tiempos. Una casi invencible. Me sometieron a un terrible interrogatorio, interminable, pero yo, sencillamente, no lo sabía. Mientras tanto, se ocultó todo sobre el partido de fútbol. No sé cómo influiría en la vida de las trescientas o cuatrocientas personas que lo presenciaron, pero supongo que es algo que recordarán hasta el día de su muerte.

Vacié mi primer vaso.

- ¿Sabes, abuelo, que lo que cuentas suena convincente? Estoy a punto de creerte.
- No tienes que hacerlo -respondió-. Es sólo porque has mencionado eso de que querías volar. Ya llevo algunas copas encima y eso me ha hecho recordar.
- Está bien -dije-. Pero sigo queriendo volar.
- Yo puedo enseñarte -dijo el viejo, inclinándose hacia adelante-. Al final lo descubrí.
- Sabes una cosa -dije-, no pienso pagar por eso.
- Es gratis.
- Muy bien -dije-, enséñame.

Me miró por encima de sus cervezas con aquellos ojos.

- Antes de nada, tienes que creer.
- Eso es difícil.
- A veces. Y después, cuando ya estés listo para volar, tienes que hacer esto. Mírame las manos. Haz esto.
- ¿Esto?
- Muy bien. Ahora, coge aire. Y pon los ojos en blanco. Entonces, piensa en lo peor que te ha pasado en toda tu vida.
- Hay tantas cosas...
- Ya lo sé, pero elige la peor.
- Vale, ya lo tengo.
- Ahora di SOLZIMER y te ¡elevarás!
- SOLZIMER -dije.

Seguí allí sentado.

- Eh, abuelo, no pasa nada.
- Pasará. Pero lleva un poco de tiempo y práctica.
- Oye, abuelo, ¿cómo te llamas?
- Benny.
- Bueno, Benny, yo soy Hank. Y tengo que decirte que hacía muchísimo tiempo que no oía una mentira tan bien contada. O estás loco de verdad o eres el gracioso número uno de todos los tiempos.
- Encantado de conocerte, Hank. Pero ahora tengo que marcharme. Soy conductor de autobuses, es mi último año de trabajo y tengo que hacer el recorrido de las 6.30 de la mañana, así que para mí es tarde.
- Yo no tengo trabajo, Benny, pero me voy a beber la última copa a casa, así que saldré contigo.

Fuera hacía una noche bastante bonita, de luna llena con una niebla que iba cayendo. Las prostitutas se la mamaban a tipos en coches aparcados y en callejones. Mi habitación estaba justo a la vuelta de la esquina. No tenía ni idea de dónde vivía Benny. Pero cuando nos estábamos acercando a la esquina, un policía enorme surgió de la niebla. ¡Lo que nos faltaba! Y parecía como si le viniéramos bien.

- Eh, vosotros, chicos, parece que no tenéis mucha estabilidad -dijo-. Creo que lo mejor será que vengáis los dos conmigo a la comisaría hasta que os sequéis. ¿Qué os parece?
-SOLZIMER -dijo Benny-, y comenzó a elevarse.

Flotó hacia arriba justo frente al policía, siguió elevándose y pasó por encima del edificio del Bank of America. Después se alejó velozmente.

- Me cago en... -susurro el policía-, ¿has visto eso?
-SOLZIMER-dije.

No pasó nada.

- Oye -me preguntó el enorme policía-. ¿Tu no estabas con un tipo?
-SOLZIMER- dije.
- Muy bien -dijo-, acabo de ver ese tal Solzimer despegando rumbo al espacio. ¿No lo has visto?
- Yo no he visto nada.
- Muy bien –dijo-. ¿Cómo te llamas?
- SOLZIMER -dije.

Y entonces empezó a pasar. Sentí que me estaba elevando, ¡ELEVANDO!

- ¡Eh! ¡Vuelve aquí! -gritó el policía.

Yo seguía subiendo. Era maravilloso. Yo también pasé por encima del edificio del Bank of America. El viejo no me había mentido. Aunque sus ojos estuvieran demasiado juntos. Allí arriba hacía un poco de frío. Pero seguí flotando. Cuando le contara a los chicos lo de esta noche, lo que le había pasado a este borracho, no me creerían. Qué mierda. Viré en picado hacia la izquierda y sobrevolé la autopista del puerto sólo para comprobar el funcionamiento. Parecía lento, pero de todos modos yo estaba muy satisfecho de la vida en general.


Henry Charles Bukowski









Una Ligera Resaca

La mujer de Kevin le pasó el teléfono. Era sábado por la mañana. Aún estaban en la cama.

—Es Bonnie —dijo.

—¿Qué hay, Bonnie?

—¿Estás despierto, Kevin?

—Sí, sí.

—Escucha, Kevin, Jeanjean me lo contó.

—¿El qué?

—Que las llevaste a ella y a Cathy al retrete y les bajaste las bragas y les olfateaste el pipí.

—¿Que les olfateé el pipí?

—Eso he dicho.

—Por Dios, Bonnie, ¿me estás tomando el pelo?

—Jeanjean no miente en esas cosas. Dijo que las llevaste a ella y a Cathy al retrete, les bajaste las bragas y les olfateaste el pipí.

—¡Espera un momento, Bonnie!

—¡Qué espera ni qué coño Tom está furioso, dice que va a matarte. ¡Y a mí me parece espantoso, increíble! Mamá cree que debo llamar a mi abogado.

Bonnie colgó. Kevin también.

—¿Qué pasa? —preguntó su mujer.

—Nada, no pasa nada, Gwen.

—¿Quieres desayunar?

—No creo que pueda comer nada.

—¿Qué pasa, Kevin?

—Bonnie dice que llevé a Jeanjean y a Cathy al retrete, les bajé las bragas y les olfateé el pipí.

—¡Oh, vamos!

—Eso fue lo que dijo.

—¿Lo hiciste?

—Por Dios, Gwen, yo llevaba unas copas en el cuerpo. Lo último que recuerdo de la fiesta es que estaba allí fuera, en el jardín, mirando la luna. Era una luna grande, nunca había visto una luna tan grande.

—¿No recuerdas lo otro?

—No.

—Cuando estás curda, Kevin, te olvidas de todo. Ya sabes que cuando bebes, luego no te acuerdas de nada.

—No creo que haya hecho una cosa así. No soy un pervertido.

—Las niñas de ocho y diez años son muy monas.

Gwen entró en el cuarto de baño. Cuando salió, dijo:

—Ojalá sea verdad. ¡Ojalá haya sucedido realmente!

—¿Qué? ¿Qué coño estás diciendo?

—En serio. Quizás eso te haga meditar. Quizás así te lo pienses dos veces antes de empezar a beber. A lo mejor así dejas de beber definitivamente. Siempre que vas a una fiesta bebes más que nadie. Luego, siempre haces tonterías y cosas desagradables, aunque normalmente, en el pasado, las hacías con mujeres hechas y derechas.

—Gwen, todo este asunto debe de ser una especie de broma.

—No es ninguna broma. ¡Ya verás cuando tengas que enfrentarte a Cathy y a Jeanjean y a Tom y a Bonnie!

—¡Gwen, pero si yo quiero muchísimo a esas dos niñitas!

—¿Qué?

—Bueno, está bien, no he dicho nada.

Gwen entró en la cocina y Kevin en el cuarto de baño. Se echó agua fría por la cara y se miró en el espejo. ¿Qué aspecto tenía un pervertido sexual? Respuesta: como todo el mundo, hasta que le decían que lo era.

Kevin se sentó a cagar. Cagar parecía un acto tan seguro, tan cálido. Aquello no había podido suceder. Estaba en su cuarto de baño. Allí estaba su toalla, allí estaba su esponja, el papel higiénico, su bañera, y bajo sus pies, suave y cálida, la alfombra del baño, roja,, limpia, cómoda. Kevin terminó, se limpió, descargó la cisterna, se lavó las manos como un hombre civilizado y se fue a la cocina. Gwen estaba preparando el bacon. Le sirvió una taza de café.

—Gracias.

—¿Revueltos?

—Revueltos.

—Diez años casados y tú siempre dices «Revueltos».

—Más sorprendente es que siempre me lo preguntes.

—Kevin, si esto se hace público, te echarán del trabajo. El banco no querrá un director de sucursal tocaniños.

—Supongo que no.

—Kevin, tenemos que reunimos con las familias afectadas. Tenemos que sentarnos y aclarar este asunto.

—Lo que me dices parece una escena de El padrino.

—Kevin, estás metido en un buen lío. No hay manera de eludirlo. Estás en un lío. Mete la tostada. Ponla con cuidado porque si no, saltará. No sé qué le pasa al muelle. Kevin metió la tostada en la tostadora. Gwen sirvió en el plato el bacon y los huevos.

—Jeanjean es un poco coqueta. Es como su madre. Lo raro es que no le haya pasado antes. No es que quiera decir que eso sea una excusa.

Gwen se sentó. La tostadora escupió la tostada y Kevin le pasó un trozo a Gwen.

—Gwen, lo de no acordarte de algo es una sensación rarísima. Es como si jamás hubiera sucedido.

—También hay asesinos que se olvidan de que han asesinado.

—¿Vas a compararlo con un asesinato?

—Puede afectar gravemente al futuro de dos niñas.

—Hay tantas cosas que pueden afectar al futuro de los niños.

—Tenía que haberme dado cuenta de que tu conducta era destructiva.

—Puede que fuese constructiva. Quizá les gustase.

—Hace una eternidad que no me olfateas el pipí —dijo Gwen.

—Así me gusta, que te hagas cargo del asunto.

—Me lo hago: vivimos en una comunidad de veinte mil personas, y una cosa así no quedará en secreto.

—¿Y cómo van a demostrarlo? Es la palabra de dos niñas pequeñas frente a la mía.

—¿Más café?

—Sí.

—Tengo que comprarte salsa de tabasco. Sé que te gusta con los huevos.

—Siempre se te olvida.

—Sí, ya lo sé. Mira, Kevin, termina de desayunar. Tómate el tiempo que quieras. Perdóname. Tengo qué hacer.

—De acuerdo.

No estaba seguro de amar a Gwen, pero resultaba agradable vivir con ella. Se ocupaba de todos los detalles y los detalles eran lo que volvían loco a un hombre. Se echó abundante mantequilla en la tostada. La mantequilla era uno de los últimos lujos del hombre. Llegaría el día en que los automóviles resultarían demasiado caros y la gente no podría hacer más que sentarse a tomar mantequilla y a esperar. Los «niños de Jesús», que hablaban del fin del mundo, cada día tenían mejor aspecto. Kevin terminó la tostada con mantequilla y Gwen entró otra vez en la cocina.

—Bueno, ya está todo arreglado. He llamado a todo el mundo.

—¿Qué quieres decir?

—Va a haber una reunión dentro de una hora en casa de Tom.

—¿En casa de Tom?

—Sí, Tom y Bonnie, y los padres de Bonnie y el hermano y la hermana de Tom... estarán todos.

—¿Estarán allí las niñas?

—No.

—¿Y el abogado de Bonnie?

—¿Tienes miedo?

—¿No lo tendrías tú?

—No sé. Nunca he olisqueado el pipí de una niñita.

—¿Y por qué diablos no?

—Porque no es decente ni civilizado.

—¿Y adonde nos ha llevado nuestra decente civilización?

—Supongo que a hombres como tú, que se encierran con niñitas en los retretes.

—Parece que disfrutas con esto.

—No sé si esas niñitas te lo perdonarán alguna vez.

—¿Quieres que les pida perdón? ¿Tengo que hacerlo? ¿Por algo de lo que ni siquiera me acuerdo?

—¿Por qué no?

—Lo mejor es dejar que lo olviden. ¿Por qué complicas las cosas?

* * *

Cuando Kevin y Gwen llegaron en coche a casa de Tom, Tom se levantó y dijo:

—Aquí están. Ahora, tenemos que conservar todos la calma. Hay una forma justa y decente de solucionar esto. Todos somos seres maduros. Podemos arreglarlo todo entre nosotros. No hay ninguna necesidad de llamar a la policía. Anoche, yo quería matar a Kevin. Ahora, sólo quiero ayudarle.

Los seis parientes de Jeanjean y Cathy se quedaron sentados esperando. Sonó el timbre. Tom abrió la puerta.

—Hola, qué hay.

—Hola —dijo Gwen. Kevin no dijo nada.

—Sentaos.

Se Sentaron en el sofá.

—¿Queréis beber algo?

—No —dijo Gwen.

—Whisky con soda —dijo Kevin.

Tom preparó la bebida, se la pasó a Kevin. Kevin se bebió el whisky, buscó en el bolso un cigarrillo.

—Kevin —dijo Tom—, hemos decidido que tienes que ver a un psicólogo.

—¿No a un psiquiatra?

—No, a un psicólogo.

—Está bien.

—Y creemos que tienes que pagar la terapia que puedan necesitar Jeanjean y Cathy.

—Está bien.

—Vamos a mantener esto en secreto, por ti y por las niñas.

—Gracias.

—Kevin, hay sólo una cosa que me gustaría saber. Somos tus amigos. Hace años que lo somos. Sólo una cosa: ¿por qué bebes tanto?

—La verdad, no sé por qué diablos lo hago. Supongo, más que nada, porque me aburro mucho.



Henry Charles Bukowki

aunque pensadolo mejor




***


No era un sujeto precisamente pesimista. Tenía más bien el recuerdo de que, hasta ahora, muy pocas cosas habían salido bien, junto con la convicción acertada de la poca importancia de aquellos acontecimientos.
Se la pasaba sin hacer mucho durante el día. Aún hace calor y a él no le gusta el calor. Preferiría estar al sur, muy al sur de esta ciudad dormida. Hasta la antártida si fuera necesario.
Ya van a ser las cinco de la mañana. Despertó a las tres. Pronto comenzaran los buses a transitar las calles desiertas y oscuras. Un día, más bien una noche, en que también estuvo despierto hasta tarde, vio a una señora cargada de bolsas yendo a trabajar. Eran las cinco y media de la madrugada. No pudo sentir lástima. Rara vez sentía algo. Las cosas, las sensaciones y las palabras lo atravesaban y nada quedaba en él. Por eso es que siempre tuvo problemas con sus padres, problemas en el colegio, problemas en cualquier parte. Problemas del tipo egoísta. Él egoísta. Los demás exigiendo y exigiendo. Se hace a un lado y los deja pasar. Un día hace mucho decide ir en sentido contrario, escuchando pero no oyendo, hablando pero no diciendo nada.
La cosa es que un día.... y ahí acaba una historia acerca de un sujeto nada memorable, de esos que las películas y los psicólogos dicen el mundo está lleno, cuando eso es mentira. Como cuando dicen que todas las personas se sienten solas. Luego agregan que eso hace al mundo triste. Mal. Mala conclusión.
Por nuestro bien dijeron. Por el bien de nuestros hijos y abuelos. Por el bien de un mundo moribundo y una sociedad auto-diagnosticada. No por el bien de un sueño consumido al alba ni por el bien de las melodías en blanco y negro. Creen estar solos. No desearían estar solos. Nadie lo hace en realidad. Paralizados ante el ocaso, un sol abandonando los egos multiplicados. Para que el sol si existe la luna. Para que las estrellas si existe la luna. Para que todo eso que veo agitarse ahí afuera, todas esas sombras de reojo y todas esas miradas vacías. Para que todo eso si estoy yo. Yo y las letras que comienzan a llenar mi piel, letras recelosas y nunca dispuestas a dejar algo en pie. Yo y mis horas. Yo y mis cuerdas desafinadas. Yo. Para que más, podría decir. Como trato de ser honesto, no lo digo, y es que Yo nunca es suficiete. Pero tampoco lo es todo lo que le mundo pueda entregarme. No. Es mucho más que eso, contenido en mucho menos, lo que uno necesita. No diré que es. No estoy preparado...


No es que tenga insomnio. Es simplemente que no quiero dormir. De hecho, si alguien quiere intercambiar algo de vigilia por somnolencia, acepto ofertas...


en halloween...

In Fear



***


Sin Titulo

Cuando entró en el anden vió como alguien corría, no paralelo, perpendicular a las vías que vibraban ante el paso del tren. El aire era más bien electricidad. Los movimientos más parecían ilusiones. Un salto y luego nada. Cuesta respirar, un poco. La nada, ahora lo comprende.
Digo, el sujeto quedó ahí, en el mismo lugar de hacía unos segundos, el mismo de unos minutos u horas después. Sólo habían unas cuantas personas en aquel lugar, sentadas e inmóviles. Estaban todas solas así que no tenían muchas razones para moverse, casi alcanzó a pensar, pero una mosca se le adelanto a su cerebro. Una mosca. Suspendida. Con alas brillantes y ojos fragmentados yacía la mosca a un lado de él. La tocó y se movió suavemente, pero se detuvo cuando dejó de tocarla.
Esto no era como el mar, no era como flotar. Se parecía más a una masa, como un queque crudo, con almendras encima que no caen pero puedes hacer caer empujándolas, sumergirlas y olvidarlas. Mala metáfora, pensó.

Tenía hambre y nada ni nadie parecía estar dispuesto a moverse. Se sentó a comer algo de chocolate que tenía una mujer en su cartera. No podía quedarse sentado en el mismo lugar ya que le costaba respirar: ni siquiera el aire se movía, por lo que no se renovaba: luego de unas cuantas inhalaciones se volvía inútil e insuficiente. Podría haber formado agua desde el vapor quizá. Obtener aire líquido. Primero comer.
Luego de un poco de las papas fritas que llevaba un niño que bajaba las escaleras y un poco del destilado escocés que tenía un viejo en el bolsillo de su chaqueta, decidió salir. Se acordó del sujeto en el aire y fue a moverlo antes de irse: lo dejó boca abajo, cerca del piso pero sin tocarlo, cosa que si los relojes comenzaban a moverse nuevamente, se diera un buen golpe. No era un moralista ni nada, pero le parecía que si él no había optado por el autosacrificio en todos estos años, nadie podía siquiera considerarlo. Vaya a saber uno que tenía en la cabeza aquel tipo, puede que esté equivocado. Pero bueno, pasan trenes cada dos minutos así que sólo le quité unos cuantos segundos como difunto.
Era imposible que esto estuviera sucediendo gracias a aquel hombre rígido, para detenerlo. Esta escena probablemente se repetía a lo largo del planeta más de una vez y de muchas formas distintas. Y también podía ser para evitar que alguien naciera, alguien dijera algo frente a un micrófono o escribiera unas palabras sólo en su cuarto. Rigor. Esto era algo más grande. Mortis. Seguro lo era. Que frío sonaba. Esclarecedor mas inadecuado en estos momentos.

Llevaba un buen rato caminando por el túnel obscuro (optó por salir en la siguiente estación) cuando notó que su corazón latía, sus células se agitaban lentamente y una de sus manos estaba fría. Pero como era posible esto. Si él podía mover las cosas que estaban suspendidas temporalmente, ¿quién lo movía a él? No podía ser él mismo quién lo hiciera, eso sería un ciclo infinito y absurdo (o al menos así lo parecía desde la Tierra). No era posible, no tenía sentido. Debía tratarse de un sueño probablemente, uno de esos sueños en que puedes volar, o compones una melodía, un poema perfecto (para luego no recordarlo), un sueño que no puede ser falso, quieres se traspase hacía la realidad, y que dudas incluso cuando despiertas de si aún sueñas o no. Un sueño en el que todo lo que nunca has podido hacer ahora se te ofrece tan fácilmente realizable, tan cercano. Eso es, debia de ser un sueño todo esto, uno en el cual podría romper los parabrisas de cuanto auto quisiera, robar cualquier banco sin razón, beber y comer cualquier cosa. Las mujeres. Bellas pero patéticamente inalcanzable aún. Es más, sobretodo ahora.
Tantas posibilidades y su mente incapaz de concebirlas en ese momento preciso. Tantas posibilidades que consumar. Se dedicó a pensar, a imaginar, pero aún se preguntaba y le costaba entender como era que el vivía, se movía y hablaba, mientras que los demás no. Como respiraba, como era que el alimento lo satisfacía, como era que cuando golpeaba algo, sentía el sonido del golpe. Nada tenía explicación en su mente, una mente pequeña que no sabía que ahí residía su error. No caminó más, no hizo nada de lo que pretendía hacer ya que se había convencido del hecho de estar en un sueño. Y hacía un tiempo ya que se había cansado de soñar. Así que se sentó en una banca y esperó a que él o quien estuviera soñandolo, despertara. Las posibilidades se esfumaron. Lo humano en él ganó al fin. ¿El premio? No hay premio en este tipo de concurso.

Aún sentía su corazón latir cuando este se detuvo. No fue algo instantáneo, no podría decir cuanto tiempo estuvo tirado en el suelo: el reloj marcó las diez con veinte en todo momento.
Las calles estaban iluminadas y las personas en la acera se veían preocupadas; las que estaban sentadas, inmóviles y con vasos en sus manos, con palabras (vacías) en sus bocas, parecían felices, del tipo de felicidad que se en la televisión o en las revistas. Nadie nunca supo lo que pasó. Ni siquiera saben si volvieron o no al tipo de tiempo habitual. Cosas así no podían importarle a nadie ya. Todo se reducía ahora a pensamientos eternos, éxtasis eterno, balas entre la carne eternamente, nacimiento y muerte para siempre, ni siquiera existir, ni siquiera no hacerlo.
Astronautas viajando hacía la estrella más lejana, un silencio en los oídos y en vacío en el corazón. Todo tan profundo, tan lóbrego allá afuera. Tan ajeno, tan lejano.
- Viste, perdiste otra vez.-le dijo.- Ya van ocho de diez.
- No lo puedo creer.- respondió luego de suspirar.- Tenía fé en él, no era como los demás.
- Todos dicen lo mismo, pero son iguales al fin y al cabo.- encendió un cigarro.- Vamos, paga lo prometido.
- Otra vez no por favor, ya sabes lo que hiciste la última.
- Eso fue un accidente, creí que lo habíamos superado.
- Tengo que hacerlo, somos los únicos aquí y a mi me gusta hablar de cual...
- A mi también pero no para siempre, ¿así que en cuantos habíamos quedado?
- Tú los proximos cinco mil años, si es que queda algo luego de los primeros cien.
- Dejémoslo en siete y te compro la polera que vimos el año pasado, la que decía I Love Jesus.
-
Sólo pueden ser seis y medio.
- Trato hecho.
- Tendré que esperar por otro Buda para ganar parece.
- Parece que vas a tener que esperar harto entonces.
Se dieron la mano. Uno se fue a dormir un rato y el otro se quedó fumando y mirando aquel hombre muerto en el piso que le había dado seis mil quinietos años de poder. El humo se expandía lentamente y, estando aún tibio, comenzaba a formar otra galaxia.



por y para el enojado Joe...



***


esta canción ya la había escuchado antes aquí... pero no la ví de esta forma así que gracias.


aún sin dormir?



***


Aún no sé que decir, como explicarlo. Llevo casi tres horas, horas de nada. Únicamente oscuridad, silencio, vacío, automóviles. Carente de toda reacción, falto de ideas más que nunca, aunque en realidad pocas veces he mostrado creatividad. De todas formas agradezco sus palabras y no, no le diré que es lo mismo que la otra vez, y no, tampoco recalcaré lo patético de la situación siendo usted una desconocida. ¿Ayuda? Para que. Bueno, en ese caso. No lo creo, y es que soy un vaso que nada puede llenar, un vaso sin fondo de cristal al que todo lo atraviesa, por eso que no puedo ser llenado; estoy incompleto y no puedo intentar tapar con una mano la fuga total: me cortaría con los bordes del vidrio, producidos cuando fui dejado caer al suelo, al frío piso de una sala de urgencias. No, no es una metáfora. Quizá el doctor tuviera problemas de bebida. La sangre, la sangre no es eterna, ni siquiera la vida lo es y lo va a ser la sangre. Además, en mis venas corre y galopa ponzoña enrojecida y espesa, lista para ser bebida y olvidado. Aunque también hoy en día se da mucho eso de temer, lo que conlleva a ignorar todo eso de que la sangre es veneno y nos volvemos una máquina con respuestas aceptables a preguntas esperables.
¿Has intentado apagar la luz sin que desaparezcan? Estuve unos minutos así, rodeado de penumbra. Abrí los ojos y nada había ahí afuera.
Un mosquito menos, todo por unas horas, mentira, unos minutos más de sueño. ¿Y eso para que? Para despertar y no perderse en el pequeño mundo de nuestras habitaciones. Luego comer algo, limpiar los vestigios del día anterior y partir, con paso alegre o claramente despreocupado a lo que nos motiva a tomar todo esto y volver a reproducirlo nuevamente luego de otro mosquito y los minutos que este nos hace perder durante la noche. Es probable que el mosquito esté aquí para avisarnos que es momento propicio para armar una maleta e ir en busca de un lugar donde perderse. Aunque también es aceptable la teoría que indicaría que aquel insecto se alimenta de nuestra sangre.
No hay paz ni amor. Nadie aquí necesita eso. Es más, necesitamos una salida, escapar de estas fabricas donde se producen el amor y la paz, embalados, suavizados, hipoalergénicos, listos para consumir por quien quiera que sea. Hace falta un poco de dinamita para volar los muros de este hogar repleto. Nada de explosiones intelectuales, nada de revoluciones apasionadas. Dinamita sudando nitroglicerina a merced de nuestro destino escrito, borrado, reemplazado por algo nuevo, borrado y re-escrito por última vez. Nadie nunca ha llegado a vivir aquella nueva versión. Libertad dentro de la libertad.
...miro la página y al ver tan poco, y probablemente sin una pizca de sentido o conexión entre las palabras, desisto. Las letras se ven pequeñas, nadando en un océano de espacio en blanco. Estoy un poco cansado. Sería capaz de quedarme dormido en casi cualquier lugar. No, no quiero dormir, quiero decirme a mi mismo aún estoy despierto, aún puede surgir algo, pero vamos, a estas alturas sería necesario abrir mi cabeza, hacer un concentrado de esencia sináptica y beberlo antes de desmayarse ante tal sueño.

Nuevamente, mis disculpas (algo sinceras) para los que presenciaron esto...

***

nunca lo había pensado (esto)

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: