"La dieta del orco", cuento de Álvaro Bisama

 
La mina me dejó, se fue, hueón; no cachó que yo estaba hecho de alta fantasía y se fue cagando y yo me quedé solo en la casa con mi vieja que hablaba puras hueás de que extrañaba a mi papá y me fui a la chucha, culiao, a la reverenda chucha, onda que salía en las mañanas y me paseaba por el Portal Lyon buscando a los pendejos para jugar a las cartas y los hueones me cachaban ahí, flaco y medio pelado y como que me tenían miedo, como que tenía pinta de pervertido pero nada, ni un rollo, si soy más bueno que la cresta, onda que nunca me he ido a las manos en mi vida y eso se los decía a los pendejos, les decía que tenía mis cartas y que era fanático del profesor Tolkien y que la hueá del rollo de la literatura fantástica me rayaba en mala y los pendejos me escuchaban y me preguntaban hueás y yo me pasaba el día así y cuando tenía hambre me metía al Burger King o al McDonald’s y me comía una hueá barata y volvía a sentarme en el suelo y ellos me preguntaban por mi vida y les decía que mi mina me había dejado, que me había mandado a la chucha pero noles contaba que a veces iba a una cabina telefónica que había en un cibercafé y marcaba su número y le dejaba mensajes gritándole te voy a matar, perra culiá, me cagaste la vida y ella nunca me llamaba de vuelta y no, no les decía eso, no les decía que mi vida valía callampa pero sí hablaba de literatura fantástica, les hablaba del profesor Tolkien y de cómo cresta había aprendido a escribir en el alfabeto élfico, les hablaba de la dieta de los orcos y de los hobbits y ellos me decían que los hobbits eran todos maricones, que se gastaban parejo entre ellos, que los culiaos eran entero huecos y que el profesor Tolkien también, que no le creían nada y que la película era una mierda pero yo me defendía porque les contaba que en realidad Chile tenía su propia Tierra Media en los bosques del sur y les hablaba de una serpiente gigante mapuche y los ngechen y que los araucanos se comían el corazón de sus enemigos y los hueones me decían eso es grosso, suena grosso, hueón, ojalá hubieran ganado esos hueones la guerra y yo les decía que sí, sí ganaron y me llevaba el dedo índice a la sien y agregaba sí ganaron, sí ganaron, sí ganaron, porque están acá, hueón, están acá en la volá de la mente y eso los españoles no lo pudieron matar, porque todos somos caníbales, huéon, y un día vamos a despertar y nos vamos a comer el corazón de todos y los pendejos me miraban y asentían y luego seguíamos jugando o cambiando libros y mientras ellos se hacían más viejos yo me volvía más joven, hueón, era un vampiro, porque me alimentaba de ellos y después, cuando atardecía, me iba para mi casa y ahí estaba mi vieja, viendo las noticias, pegada con Megavisión, asustada, cagada de miedo porque Chile se había llenado de delincuentes, porque en cualquier momento alguien se iba saltar la muralla del patio y se iba a llevar la tele, el horno microondas o esa lámpara culiá que era de no sé cuál tía y yo escuchaba a mi madre y luego me hacía un té y me metía con el té en mi pieza y me sentaba en el escritorio y ponía alguna huevada de Mahler o una ópera de Wagner o algún disco de música celta y me ponía a escribir a máquina hasta que me diera sueño y eso podía durar toda la noche, podía durar hasta que amaneciera porque yo estaba escribiendo una novela, hueón, una novela inmensa de la que llevaba dos mil páginas, una saga de cinco libros, que era mi homenaje al profesor Tolkien pero también a los guerreros mapuches del siglo XVII, una novela que se llamaba El cálix de la serpiente y que trataba de un príncipe bastardo al que sus hermanos odiaban en un mundo de islas hechas de pura roca volcánica que los humanos sólo podían cruzar arriba de unas serpientes voladoras, serpientes emplumadas que eran como dragones porque tiraban fuego por la boca y por la raja y la novela duraba cinco tomos porque era una saga lo que estaba escribiendo y contaba cómo este príncipe bastardo, que era el hijo de un rey manco y una muchacha demonio, aprendía a volar una de las serpientes y luego tomaba posesión de las islas hasta que el poder lo corrompía, porque lo que yo estaba escribiendo era una tragedia, hueón, una tragedia artúrica, una historia sobre el ascenso y la caída de este rey que en un momento dejaba embarazada a su hermana y mandaba a degollar a una aldea llena de elfos y nadie se le oponía, nadie le decía nada porque tenía la magia del mundo en sus manos, hueón, tenía la magia y los elfos no la tenían porque ya no les quedaba demasiado tiempo en este mundo, y eso sí, la verdad, eso, se lo había copiado al profesor Tolkien, lo mismo que los hobbits, que no se llamaban hobbits sino jabbings, hueón, y toda la historia la contaba un jabbing castrado que vivía en el centro de una biblioteca que había sido construida dentro de una de esas islas de roca volcánica y el jabbing hablaba de este rey y de cómo lo traicionaban y le rompían el corazón y se enamoraba de su hermana y se le aparecía el fantasma de su padre con la cara llena de gusanos a guiarlo cuando andaba perdido, mostrándole pasos secretos en los mapas de ese mundo que se llamaba Storm Archipiélago y el rey bastado lo escuchaba e intercalaba ahí un mapa que había dibujado con tinta china con el orden y las coordenadas y los territorios de ese mundo y en el centro del mapa estaba la ciudad de Estigia, conocida por sus fabulosos prostíbulos y por su población de jabbings y orcos parlantes de tres cabezas, y en el centro de esa ciudad había un castillo cuyos subterráneos llegaban hasta el centro de la tierra y era ese fuego el que daba la energía para que funcionara la ciudad y el rey a veces bajaba hasta el subterráneo, digamos que más o menos bajaba una vez cada quinientas páginas, y negociaba con unos demonios de fuego algo que recién se sabía en el cuarto tomo, que era su inmortalidad a cambio de la vida de su hijo y los demonios aceptaban y él iba al mundo interior que estaba bajo la ciudad de Estigia y les pasaba la guagua y ahí todo se iba a la cresta, mi novela se volvía oscura porque en el quinto tomo la guagua había crecido y volvía a vengarse de su padre y ya no tenía rostro porque no tenía cabeza, hueón, por los hombres de fuego se la habían sacado y habían puesto ahí una llama de luz azul y eterna y todo terminaba con un final apocalíptico, con una guerra total donde el rey bastardo peleaba con su hijo en medio de un campo lleno con las cabezas cortadas de mil jabbings mientras las serpientes voladoras bailaban en el cielo, mientras mi madre gritaba de alegría en su pieza porque veía un programa de mierda de Megavisión donde los pacos entraban a la fuera a la casa de unos narcos y ella se alegraba porque estaban barriendo a esa basura, estaban apresando a esos delincuentes que le daban droga a los niños de Chile, a los asesinos que traían ese flagelo que había enfermado al país, gritaba mientras yo escribía sobre ese duelo final entre padre e hijo, un duelo cuyos únicos testigos eran los ojos muertos de un millón de jabbings cuyas cabezas desolladas cantaban una canción de amor –la del rey por su hermana—y el fantasma agusanado del padre flotaba mientras abría su mortaja y sacaba un mapa al que se le borraban las líneas con cada estocada que se pegaban el rey y su hijo y yo escribía todo eso y llenaba todo de una prosa fantástica, hueón, una prosa épica que ya se la quisiera cualquier poeta culiao, donde alguien levantaba su flamígera espada hacia el cielo azafranado dibujando un arco de centellas que se abría paso sobre los broches dorados de una armadura forjada de soles, hueón, y escribía eso mientras pensaba cómo cerrar el arco narrativo, porque aquí había un arco narrativo, conchetumadre, el medio arco narrativo, culiao, porque yo había hecho la pega y me había leído tres libros gringos sobre cómo escribir novelas y construir personajes y ambientes que me había prestado un amigo que sabía más que la cresta porque se leía como mil libros cada año y esos manuales estaban la raja porque eran escritos por unos hueones secos, unos hueones a los que hubiera abrazado de conocerlos porque me habían enseñado cómo era estructurar una narración y a separar los capítulos tal y como lo hacía el profesor Tolkien, como lo hacían esa minita que escribía Las nieblas de Avalon y ese guatón culiao del Juego de Tronos y Robin Hobb y el seco, sequísimo, de Steve Ericsson que me encantaba porque todos ellos me rayaban y tenía sus libros en el estante de la pieza, justamente al lado de los manuales de escritura y mis libros de hadas y mitología mapuche; todos esos libros que miraba cuando se me iba la energía del cuerpo y me quedaban como cien páginas para terminar y no me decidía si el hijo del fuego azul mataba a su papá o el papá mataba al hijo o el hijo quemaba con un abrazo al fantasma agusanado porque era una decisión cabrona, hueón, una decisión compleja porque ahí se me iba a la cresta el arco narrativo, ahí se me iba la vida, me la jugaba todo por el todo en ese cierre, chuchetumadre, y no sabía si iba a funcionar pero yo confiaba en los manuales que tenía y en las ciento catorce veces que había leído El Silmarillion mientras pensaba que ojalá termine esto pronto porque quería estar despejado para la partida de cartas de mañana y porque les quería contar a los pendejos del Portal Lyon que había terminado mi saga y que duraba como cinco mil páginas, que duraba miles de hojas que reposaban en varias pilas amarradas cada una con un elástico sobre el escritorio: los tomos I, II, III, IV y V, una saga completa, una mundo completo, un planeta hecho de los huesos de un billón de jabbings muertos que había salido entero de mi cabeza, hueón, y que latía ahí sobre la mesa como un animal vivo mientras yo traba de dormirme, mientras mi madre, iluminada sólo por el resplandor de la tele sintonizaba en una carta de ajuste, soñaba con delincuentes y asesinos ahorcados en una alameda tapizada con sangre seca.
 
 Álvaro Bisama, 2014

















*****


Fueron largos minutos tecleando, pero menos de los que pensaba, y mientras lo hacía fantaseaba con que tal vez me iría bien transcribiendo, si a ratos logro escribir sin mirar las teclas y sin cometer tantos errores. Transcribiendo desde las fotos de cada página, siendo atrapado por el ritmo implacable del relato, releyéndolo una vez más y notando, además de ciertos errores de edición, detalles sobre el relato mismo en que no había reparado en las ocasiones anteriores. ¿Es acaso la madre de quien relata, la señora que vive pegada a las noticias del Megavisión, un reflejo de esa sed de sangre primigenia? ¿Cómo se condice esa búsqueda entre los mitos de esta tierra con la disposición a seguir reglas emanadas desde otros tiempos y naciones? A fin de cuentas, es solo fantasía, en realidad no importa la fuente de inspiración ni las reglas, todo esto puede ser creado y, para los neofitos, podría parecer que nació de la nada, que no hay antecedentes ni tradiciones antes las que responder.
Este cuento se ubica, respecto a su estilo narrativo, en una especie de contraposición al que lo antecede en el libro, titulado "Patria automática", donde la narración está basada en frases cortas y puntos seguidos. No tenía sentido transcribir este otro cuento, que es mi favorito del libro y en general también, ya que está disponible en este LINK. Fue gracias a este cuento que empecé a leer otra vez, a fines del 2022. He leído varios libros más de Bisama desde entonces, aún me faltan un par de los que me llaman la atención. Pienso que debiera comprar otro más que sea, además de "Los muertos", considerando que el autor sigue vivo.
Actualmente estoy tratando de no volver a caer en esta incapacidad de leer que menciono, y que viene y va con los años. Digo tratando, porque siento que ya me tiene tomado por las patas, trepa un poquito hacia arriba por las piernas, día a día, aferrandose a mis vellos. Lo siento en una picazón sin origen, que me invade por las noches.

callao te veis más bonito



Siempre me recrimino a mí mismo que debería hablar más con las personas y aprovechar cada oportunidad que se me presente. Me convenzo que ahora sí, que este será el día en que por fin el mundo oirá mi voz, se las voy a cantar bien claritas, sabrá acerca de todas las injusticias cometidas en contra mía y de tantos otros (¿sabrá?). Pero la promesa se desinfla, despacio, un globo mal anudado, y estos pulmones tiesos y esta boca seca no logran devolverle su porte gallardo de sincera autosuperación, el pecho henchido de orgullo. No. Al final, siempre es lo mismo, una de tres, o no digo nada, o nada más que unas pocas palabras al no saber que decir, o pasa que no puedo hablar en serio y hoy en día nadie tiene tiempo para tristes payasos.

Para peor, no falta la gente en la calle que me preguntan cosas o me meten conversa. Siempre hay algún anciano desorientado que viene de Buin y no sabe llegar a la Plaza de Maipú, estando en camino a Puente Alto. Cuando estoy sentado esperando en un paradero, aparecen los borrachitos pidiendo cigarros (¿tendré pinta de fumador?) o contándome su vida y la de un hijo electricista, orgullo familiar. En casos de mayor extrañeza, se manifiestan cabros en volá de quien sabe que, clamando que el Wallmapu, la anarquía y el copete son su Santa Trinidad, pidiendo un teléfono para llamar a su abuelita y avisarle que llega mañana, que le va a llevar pizza, pero sin decirle que esta noche será de ron de a quina y vino en caja. Me hablan, esperando por mi ayuda o solo por hablar con alguien, que alguien les escuche, y yo no sé que responder, más allá de las indicaciones que pueda dar sobre cómo llegar a tal o cuál lugar. Al menos de estoy seguro, que siempre tendré una respuesta para el caminante perdido. Útil o no, eso habrá que verlo en su momento.

Por ejemplo hoy, un tipo me preguntó si la micro que estaba justo detenida en el paradero llegaba a Pedro de Valdivia, le dije que sí, que todas, y ambos subimos. Pensé que eso sería todo, un cliente satisfecho y a esperar al siguiente, pero el hombre justo tenía que pararse junto a mí, en el espacio reservado para las sillas de ruedas, coches y personas con cajas o sacos llenos de latas de bebida (mi lugar favorito para ir de pie). Entonces me empezó a meter conversa. Me hablaba sobre balazos en su barrio a las 3 AM, diez balazos para matar a algún hueón (aunque nunca supo a quien mataron), de colombianos a guata pelada tasando el ambiente antes del combate por el territorio en contra de los traficantes locales, mientras los hueones que se andaban salvando trataban de pasar piola, mirando para todos lados como quien no quiere la cosa, esperando a ver si les tocaría algo a ellos en medio de la trifulca. También me dijo que hoy andaba con un amigo que quedó cesante, tenían que ir a Providencia a tramitar su seguro de cesantía, y el amigo le dijo que fueran en bicicleta, pero él no andaba en bici y el amigo sí, así que no les quedó otra que irse cada quien por su camino y juntarse allá, no sé bien dónde, una oficina del Seguro de Cesantía o algo así. Me dijo que venía del gimnasio, es probable que anduviera entrenando en ese nuevo que inauguraron acá cerca hace unos meses. Era bajito el tipo, unos 10 o 15 cm más bajo que yo, pero tenía los brazos al aire y se le veían los hombros fuertes. Por suerte no me habló del gimnasio, ahí si que me hubiera perdido como oyente. La cosa es que el tipo me hablaba y yo no sabía que responderle, trataba de poner cara como que estaba poniendo atención, a ratos la micro metía harto ruido al acelerar o frenar y en realidad no podía escuchar y entender todo lo que me decía, luego esbozaba una especie de sonrisa, cuando correspondiera, pero no sabía que decirle. Por donde vivo no es cuicolandia, ni siquiera es como los barrios viejos de clase media, pero hacen años que no hay enfrentamientos a balazos y los robos a casas cesaron luego de la pandemia. Siempre hay hueones raros parados en algunas esquinas, pero de esos que saludan a los viejos y te dan la pasada cuando están tapando el paso. 

Lo último que me dijo fue que recién habia visto un manso choque, que habría tenido lugar un par de paraderos más arriba del punto de la avenida en que nos encontrabamos en ese momento. Ya había mencionado algo sobre un choque, al poco andar luego que tomáramos la micro, pero sin dar ningún detalle. Le dije que yo no había escuchado nada, pero él insistió, que se escuchó el chancacazo y con el amigo fueron a mirar y encontraron que no había ningún auto chocado ni volcado a la vista. Dijo que después del choque pasaron dos helicópteros, a ese nivel la cosa, aunque a decir verdad, no es raro que anden helicópteros por el sector. Entonces se me ocurrió algo para decirle, al fin, le dije que deben haber andado arrancando los del auto, que seguro el auto no quedó tan mal como pensaba él y que luego de la impresión por el choque, de espabilar un poco, rajaron no más. Por eso los helicópteros. Recuerdo que el tipo no intentó seguir el camino que yo le trazaba, y con tanto esfuerzo más encima, se limitó a guardar silencio por unos segundos, luego habló sobre un asunto menos interesante que los anteriores, creo que dijo que él también estaba cesante, o que se ganaba sus pesos en alguna tarea indeterminada.

Por suerte yo me tenía que bajar antes que él, de verdad, no porque quisiera huir de su conversación, es que no me acordé el día anterior de cargar la tarjeta y eso me impedía de tomar otra micro sin tener que subirme por atrás o saltar el torniquete (con la vergüenza que me daría hacer eso), obligado no más a tomar el Metro, aunque después tuviera que volver a pagar el pasaje. Antes de bajarme de la micro le dije "hasta luego". "Que estis bien", me respondió él, y eso sería todo. Ahora no puedo evitar pensar que todo lo que me dijo era mentira, y que era esperable que yo también le hubiera respondido cualquier cosa inventada al trote, que sí, que en mi barrio también se ven colombianos sospechosos o esperpentos manejando BMWs o Land Rovers, que mira tú las coincidencias, yo también estoy cesante pero no tengo bicicleta ni tengo amigo, así que me toca ir solito al seguro, o que tendría que haberle dado la razón con lo del choque agregando que sí, que después los tipos se metieron por mi pasaje y dejaron la zorra, botaron tres árboles, mataron un gato, se pitearon a una vieja del puro susto y le pasaron a llevar su botellón a un curaíto con un espejo lateral. Qué importaría que todo lo que alcanzáramos a decir en esos cinco minutos arriba de la micro no fueran más que cabezas de pescado, quimeras con tufo a cola de mono o energética, desvaríos o incluso balbuceos. El lenguaje responde a las necesidades, el lenguaje muta, el lenguaje muere. La cosa es hablar no más, meter un poco de bulla, mira que cuando las micros nuevas se detienen en un semáforo o paradero, el motor eléctrico ni bulla hace, casi ni vibra, y los pasajeros van todos calladitos, se siente uno como viajando atrás en una carroza, los muertos sintiendo la luz del día por última vez.



****


No sé para que insisto con esto. Caché que el Google y la ctm no muestra el blog en sus búsquedas, ni siquiera buscando por frases exactas. Y quien va a andar usando Bing, Yahoo o el pato, nadie, si aquí Google es amo y señor, se ha infiltrado en todos lados. Basta que busques X lesera en una página no asociada directamente con Google, para que te empiecen a aparecer anuncios relacionados. Al final la cosa es vender vender vender.

Aquí vendemos también, pero la pomá, la pescá. Y si no es eso lo que anda buscando, también le puedo vender mi vida, poco uso, buena base para desarrollar proyectos futuros y múltiples mejoras, único dueño y todos los papeles al día, precio conversable.

No sé para que insisto con esto. No es que necesite lectores, llevo mucho tiempo pensando leseras, escribiendo leseras por temporadas, sin que nadie sepa nada al respecto. Además, que la única vez en que me decidí a sacar la cabeza del agua, quedó la pura cagá, uff si les contara (¿con quien hablas?). No, no se trata de eso. Es más bien simple aburrimiento, y es que poca gracia tiene clamar solo en el desierto, anunciando lo que ya todo el mundo sabe: que de esta no salimos vivos.

Todas las personas con las que me crucé alguna vez en la vida están ya muy lejos, no sacaría nada con gritarles o encender una columna de fuego. El sonido no se transmite através del vacío, y no queda nada que poder quemar.

¿Lo peor? Es que cada día me importa menos todo y no logro fundirme con la esencia de lo que significa ser un ciudadano responsable. A veces ni entiendo porque tomo café por las mañanas. Bueno, mientras haya música y letras, habrá vida. Más me vale.


"Los maestritos", cuento de Alfonso Alcalde

LOS MAESTRITOS


PERSONAJES:

Dos expertos en electricidad

Fámula con cofia

LUGAR DE LA ACCIÓN: Barrio alto de una ciudad


«Los primeros experimentos llevados a cabo en Leipzig en relación con la bomba atómica estuvieron perseguidos por la desgracia. El físico Döpel, al desconocer las cualidades químicas del uranio, pretendió manipularlo con una pala de metal, ocasionando así un pequeño incendio. Al echarle agua al fuego se extendió aún más, y tuvieron que acudir a toda prisa los bomberos.

Slotin solía realizar los experimentos sin servirse de ninguna protección especial. Los únicos instrumentos que empleaba eran dos destornilladores, mediante los cuales, con un cuidado extremo, deslizaba dos semiesfereas por encima de un rail. Tenía que conseguir con infinita precisión el "punto crítico", es decir, el momento en que se desata la reacción en cadena, la cual se interrumpía de pronto en cuanto volvían a separarse las semiesferas. Si el manipulador rebasaba este punto o sí no reaccionaba con la suficiente celeridad, la masa podía volverse "supercrítica", ocasionando la explosión nuclear».

Robert Jungk

Más brillante que mil soles 

 

***


    Por fin dieron con la mansión de cinco pisos. El maestro de la talega tocó el timbre; vieron después a una fámula de blanco y negro con cuello de hule que sonaba al caminar por el almidón del uniforme

—Aquí le venimos a arreglar el wuafle —dijo el electricista para impresionar, mostrando el alicates y el soplete.

—Cuidado con pisar las flores —advirtió la empleada, al observar el paso balbuceante de los dos técnicos que apenas tenían fuerza para levantar sus enormes zapatones sin taco, amarrados con alambre y cáñamo.

    Las visitas se pegaron un codazo de mutua sorpresa mirando las áreas verdes, los juegos de agua, las plantas y las aves exóticas, las caballerizas.

    La mujer de blanco con cofia los hizo pasar por la entrada servidumbre.

    Estamos en pana, fíjense —dijo ella.

    —Igual que nosotros —fue la respuesta—. ¿No tiene del blanco?

    —Este es el plato que no me funciona —señaló la empleada doméstica con un gesto distraído.

    —¿Y cómo le va a funcionar, mi linda, si tiene cambiado el circuito? —aseguró el maestro electricista dando una mirada panorámica al artefacto.

    —¿El berilo? —consultó el otro maestro.

    —Yo creo que es el plutonio—contestó el electricista con tono preocupado.

    —Ah, eso sí.

    Vaciaron la talega: queso duro, la Biblia, alambre, plomo, grasa de carreta, la teoría de la relatividad de Einstein, un enchufe y la partitura original de la Sinfonía N° 36 de Mozart.

    —Déjeme ver por este lado —agregó el profesional con viva curiosidad.

    —Pero no tiene por qué levantarme la enagua —protestó la mujer.

    —Es que ando un poco fallo a la vista —se disculpó el experto.

    —Lo que pasa es que se ha producido una desinteligencia entre los polos —confirmó el ayudante.

    —U sea —recalcó el otro—, tenimos una relativa modulación en la parte sensible del instrumento.—Se secó la saliva del dedo de la chaqueta.

    —Porque todo es relativo, todo es relativo —repitió el ayudante.

    —El polo sur choca con el norte y entonces ¡chuifff!

    Perdía el aire al hablar, pero se entendió con claridad lo que quiso decir.

    —U sea que mientras la corriente entra por un polo sale por el otro y en eso se lo lleva y por eso usted no puede cocinar, ¡m'hijita rica!

    Ella hizo sonar las pestañas como exclamando para sí: «Cuidado, no me vaya a creer». Después agregó para aliviar la conversación:

    —¿Necesitan alguna cosa?

    —Mire que no vamos a necesitar —contestaron al mismo tiempo—, ¿será del tinto, no?

    —A ver, maestro —ordenó el jefe—. Demos vuelta la cocina para medir el grado de la radioactividad.

    Trabajaban con rapidez, con aparente pericia.

    —Es grave la cosa —le confirmaron a la empleada, después de terminar el prolijo examen valiéndose de un estetoscopio.

    —¿Pero tiene remedio, no?

    —Pa'eso estamos nosotros. A ver, maestro —ordenó—, prenda el soplete.

    Hizo un cálculo con voz alta:

    —Si le rebajamos el imperaje ya vamos a andar en los veinticinco watios.

    —Siempre que quedemos vivos con la explosión —agregó el ayudante con toda naturalidad.

    —Lo importante es que el wuafle funcione. Porque si el wuafle anda mal todo anda mal.

    —¿Y usted es soltera o casada? —preguntó el que tenía el alicate en la mano.

    —¿Yo? Solterita.

    —Se le nota a la legua —contestó el ayudante, que estaba encargado del soplete.

    —Páseme la Biblia —ordenó el jefe.

    Leyó al azar: «Pues he aquí que el día de mañana, como a esta hora, haré llover granizo de tal manera grave que nunca habrá otro como este en Egipto, desde el día en que se fundó hasta el presente...». «Yo te he invocado y tú me responderás».

    —Ahí ya no estamos tan solos —fue la única explicación del maestro en el momento en que cerraba el libro.

    Al poco rato la cocina quedó destripada, hueca, con los hoyos vacíos de los platos.

    —Vamos a simplificar el sistema —dijo uno.

    —Para que el wuafle alimente todo el circuito, dice usted.

    —Eso mismo, aunque tengo mis dudas.

    —No, maestro. Así vamos bien. ¿No ve que es el dínamo el que no permite que trabaje el amplificador?

    —Acuérdese —advirtió por lo bajo el ayudante— que no es nada una vitrola la que estamos arreglando, es una co-ci-na.

    —Es la misma cuestión, la misma técnica.

    —También es cierto.

    —¿Dónde está la diferencia? Mientras en la vitrola la corriente se va de un viaje a un solo plato, aquí alimenta a los cuatro.

    —Y le queda la pata de pollo, como quien dice.

    —Yo no entiendo ni palotes de lo que están conversando —advirtió la fámula.

    —Usted perdone —dijo el más caballeroso de los maestros—. Son términos propios de la profesión, cosa de científicos, de hombres sabios. Y eso que todavía no le hemos nombrado el uranio.

    —Ni el neutrón tampoco. Así hablamos los que le hacimos a la numismática.

    —No, oh. A la cibernética.

    —Eso mismo.

    —¿Con qué les puedo hacer un cariñito? —preguntó ella.

    —Ah, ya es cosa suya —contestó el que tenía la Biblia en la mano, poniéndole la mejilla izquierda.

    —¿Les vendría mal un blanquito?

    —¿De ese que toma el patrón?

    —Del mismo —contestó la fámula con cierto orgullo de dueña de casa.

    —Bájele el volumen al soplete —ordenó el jefe—. Mire que yo ya tengo estudiada la pana y vamos a empezar a soldar.

    —¿Los interrumpo? —preguntó la mujer, ofreciendo el vino en dos grandes vasos.

    —¿Cómo, y usted?

    —Yo los acompaño después —prometió ella.

    —Aunque sea mójese los labios —exigió el más experto.

    —No vaya a ser cosa que me cure —dijo ella, aceptando.

    —¿Qué le va a hacer? —insistieron.

    —Ahora vamos a armar la cuestión —anticipó el ayudante.

    —Tenga el plomo, firme.

    Las llamas del soplete comenzaron a ablandar el material: las gotas caían chirriando sobre los alambres.

    —La cocina le va a quedar como nueva.

    —Sí, ya veo —confirmó la fámula con entusiasmo.

    —¿Y a usted cómo le vendría una soldadita? — le preguntaron.

    —No me digan esas cosas —coqueteó—. Miren que no soy de fierro.

    —¿O no es verdad todo lo que se ve?

    —Sí —contestó con el rostro encendido—. Las de «ella», no.

    —No me diga. ¿Y de qué son?

    —Son con relleno.

    —¿Como papita rellena entonces? ¿Será porque a lo mejor no es nuevo, porque la patrona está medio retirada de las pistas?

    —Por eso tendrá que ser —concluyó la fámula con toda inocencia.

    —Tenís que tener más cuidado —alertó uno de los maestros.

    —¿Qué es lo que te pasa?

    —Fíjate pa'qué lado apuntai con el soplete.

    —«Ella» usa pestañas postizas también.

    —No tiene nada propio.

    —¿Y con qué se amarra las pestañas? —inquirió el más ingenuo.

    —Yo creo que con goma de pegar.

    —Debe ser con cemento calculó el otro técnico.

    —Güeno, vamos a conectar el wuafle.

    —Échale otra luquiada a la Biblia, por si acaso aconsejó el ayudante.

    —Tiene toda la razón, maestro. Vamos viendo: Salmos, capítulo 18: «Subió humo por su ira, y luego procedente de su boca, ascuas se encendieron de él...».

    —Ojalá resulte cierto —agregó el otro maestro.

    Observaron las guías de los alambres abriéndose en cuatro direcciones.

    —Ahora vamos a rematar el trabajo —dijo el maestro que habia leído la Biblia. Páseme el soplete.

    —¿Qué no ve que no puedo, maestro?

    —¿Qué le pasa, ayudante?

    —Chih, qué me va a pasar. ¡Me entró la parálisis, la polio! Se me puso dura la mano, se me agarrotaron los dedos.

    —Por falta de elemento —dice usted.

    —Por la absoluta escasez de berilo.

    —Miren, qué torpe soy —dijo ella, dándose cuenta de la indidrecta—. Sírvanse con toda confianza.

    Les llenó los vasos.

    —Pero esta vez no le vamos a aceptar tomar solos.

    —Lo que ustedes quieren es tentarme.

    —No, no. Nada de eso.

    —No vaya a ser cosa que se me caliente el hocico —confesó ella con toda delicadeza.

    —Por usted, m'hijita —saludaron los maestros, haciendo sonar los vasos.

    —Por ustedes —contestó ella—. Para que todo salga bien.

    Reiniciaron el trabajo, ordenando las piezas.

    —Vaya a dar la corriente ordenó el maestro que dirigía la obra.

    Se creó un rápido suspenso, escuchándose un chirrido agudo como la frenada brusca de un camión cargado que hace una maniobra para evitar el choque con un ciclista.

    —Parece que no enciende—dijo el ayudante.

    —Vamos a tener que recorrer todo el circuito —se justificó el otro maestro. Hay una disparidad en la alimentación de los neutrones.

    —Parece que no estamos nada inspirados. Esa es la cuestión —confesó el ayudante.

    —Entonces abramos al tiro la otra botella —se adelantó la fámula.

—A lo mejor nos perturba la mente —comentó el más hipócrita—. Pero ya que usted insiste...

    —Me está entrando la duda —dijo la mujer viendo el desorden en la cocina—. ¿Quedará bien el artefacto?

    —Mire que no. Si nosotros dos somos nacidos y criados en la cuestión. Descendimos de maestros electricistas. Mi abuelo le pegaba también y ¿sabe qué más?, ni la continua ni la alterna le hicieron una desconocida. Nunca los patió siquiera.

    —¿Pa'qué lado está el norte? —preguntó uno de los maestros.

    —Me parece que a su espalda —contestó la fámula con cierta inseguridad.

    —Claro, claro —se contestó a sí mismo el maestro.

    —¡Por fin! Faltaba el ajuste. A ver, maestro, aplíquese por este lado.

    Se pusieron a escuchar reforzando el oído con la mano.

    —Humito sale —dijo uno.

    —Y olor a quemado también —agregó el otro.

    —Pero si es el refrigerador —gritó ella.

    —¿Qué pasa? —preguntó uno de los maestros con aparente tranquilidad.

    —¡Está saliendo fuego del refrigerador!

    —Con este invento nos hacimos ricos, maestro.

    —Oiga, parece que se le pasó la mano, fíjese. Los platos de la cocina están helados como la piedra.

    —No me diga.

    —Toque, toque. ¿Qué no se está formando hielo encima?

    —Pero no ahí —advirtió la fámula, preocupada.

    —No me diga nada más, maestro. Ya la pillé: es el trifásico.

    —Yo diría que la falla anda por el lado del barbitúrico.

    —¿También puede ser, no? Algo de eso hay. Parece que juntamos el alambre que era con el que no era.

    —A ver, bájele un poco la potencia al transformador.

    —¿Así?

    —Otro poco, otro poco exigió el técnico, moviendo la mano para que el ayudante regulara la operación—. Perfecto—. confirmó. 

    Un mozo con tongo lustroso y guantes entró a la cocina, agitado:

    —¡Está saliendo agua hervida de la manguera! El jardín está hecho una miseria. ¡Se quemaron todas las plantas!

    —Cierra la llave, pues, aturdido le aconsejaron al sirviente.

    Se escuchó un nuevo cálculo mental.

    —A ver —ordenó el jefe a su ayudante—. Abra la llave de paso y cuando empiece a salir el agua, ¿ah?, pegue el grito.

    —Pensar que la cocina no enciende y yo me estoy quemando por dentro.

    —Aguantese un segundito —dijo la fámula ajustándose la cofia—. ¿Qué me demoro en llenarles los vasos?

    —Oiga, m'hijita. ¡No sé qué daría por ponerle pieza!

    —Fíjese bien en lo que hace —argumentó ella, desviándole las manos—. No juegue con fuego.

    —Me estoy quemando vivo —gritó el ayudante desde lejos. ¡Se me quedóoooooo el dedooooooo pegado en laaa mangueraaaaaaaaa!

    Miró por la ventana: el ayudante estaba rodeado por una impresionante nube de vapor, como una tintorería el viernes por la noche.

    —No hay duda de que algo anda mal.

    —¿Qué le pasa, iñor?

    —¡Estáaaaa saliendo músicaaaaa hervidaaaaa por la manguera!

    Puso el oído en los platos.

    —Magnífico —dijo, sin dar mayores explicaciones.

    —¿Que no está saliendo música por la cocina? —contestó incrédula la mujer de blanco.

    —Tal como lo oye.

    —¡Por Dios que es diablo usted!

    —Ahora podrá cocinar llevando el compás —aseguró el técnico con orgullo—. ¿Y qué nos demoramos en bailar?

    —Ah, no —contestó ella con cierta reticencia—. Yo no le bailo el valse.

    —¿Y qué es lo que le gusta bailar entonces?

    —Alguna otra cosita más movida.

    —Ah, de eso me encargo yo —aseguró el profesional.

    —Sí, sí —dijo ella—. Pero no se olvide de poner la música.

    —Oye —dijo el maestro que venía del jardín—. Está quedando la crema. Ahora se congeló la manguera, quedó como palo. Comenzó a sonar el teléfono.

    —Debe ser «ella» —advirtió la fámula, levantando el teléfono blanco.

    —Dios mío —alcanzó a decir en el momento en que le saltaba un chorro de agua en el rostro.

    —Entonces no es nada el trifásico —concluyó el maestro. Me con que tiene que ser el wuafle, no más.

    —Aló, aló —exclamó la mujer con cofia, secándose la cara con un pequeño pañuelo.

    —¿Agua fría o caliente? —preguntó el electricistas más minucioso.

    —Fría como el hielo —comentó ella con cierto escándalo—. Miren cómo me están dejando la casa.

    —Déjeme tener un cuadro exacto de la situación —dijo el más experto. En la manguera tenimos agua caliente: correcto. En el teléfono, agua fría: correcto. En la cocina tenimos música: correcto.

    El ayudante comenzó a buscar la botella.

    —¿Sabe dónde está la pana?

    —Aquí —dijo el maestro más sediento—. Aquí en la garganta.

    —Póngase la otra, amorcito —pidió el más comedido—. Después a la salida arreglamos.

    —Digo yo, maestro. ¿Y si invirtiéramos los polos?

    —El agua subiría entonces por el circuito del teléfono, ¿no?

    —No importa. ¿Y qué nos demoramos en desviar el chorro a la vitrola?

    —¿Con el sistema?

    —Con ese mismo contestó el más satisfecho de los maestros.

    —¿Sabís que más? —dijo uno de los electricistas bajo cuerda—. Apreta.

    —¿Qué querís que aprete? —preguntó el otro con toda inocencia.

    —Que apretís el acelerador. ¿Te dai cuenta la media embarrada que hicimos?

    Uno tomó la talega y buscó la puerta mirando el techo, estrujando la punta de la chaqueta, tratando de disimular.

    —Mire cómo son las cosas —dijo el otro maestro. Vamos a tenerle que hacer un recorrido completo.

    —Pero no aquí —dijo la fámula—. Yo tengo libre el domingo.

    —Déjeme explicarle —continuó el experto, que ya había quedado solo—. Tenimos que ir al mismo origen de las cosas. U sea a la postación de la calle. De ahí viene la pana, fíjese.

    —Vayan y vuelvan —contestó la empleada con entusiasmo—. Los voy a esperar con algún postrecito.

    El electricista comenzó a despedirse como si estuviera en algún andén, ya levantando la mano, ya sacando el pañuelo agitándolo vivamente emocionado, casi con lágrimas en los ojos. En el momento en que abrían la pesada puerta de hierro apareció la dueña de casa con un impresionante sombrero de rejilla.

    —Papú, papú —gritó uno de los maestros apretándole los falsos senos vacíos.

    —Y era cierto —dijo el otro, pegándole un tirón— que tenía las pestañas postizas.

    Después se escuchó el traqueteo de sus enormes zapatos haciendo sonar la acera, dejando atrás las voces amenazantes.


De "El auriga Tristán Cardenilla", por Alfonso Alcalde.






*****



No me enorgullece reconocerlo, pero intenté usar IA para transcribir este cuento, desde el libro "Cuentos Completos de Alfonso Alcalde", compilado por Cristián Geise, y al que llegué gracias a una entrevista a Rodrigo Fernández, luego de su reciente premio. Como me gustó tanto "Atarantado", supe que me iría a la segura leyendo algo de Alfonso Alcalde (quedan pendientes los otros nombres que mencionó). Para copiar el texto al final usé una herramienta menos inteligente, pero igual de artificiosa. Eso sí, me aseguré usando mis propios ojitos que no hubieran errores (eso espero(pero claro que habían errores)) y le di un mejor formato al texto. Esta vez, a diferencia de las anteriores, no pude realizar el inútil pero sustancioso esfuerzo de transcribir a mano, o a dedos en realidad, ya que no me da el tiempo. No, tiempo es lo que más tengo, supongo que lo que no me da son las ganas, no estoy para ponerle ñeque a nada que no sea el mínimo que permite pasar desapercibido. Además, el libro no es mío, lo tengo secuestrado desde la biblioteca y me di cuenta que copiando a mano, no alcanzo a terminar la pega a tiempo. La fecha de devolución ya está vencida hace varios días, pero uno igual tiene sus convicciones ante las que responder. No quiero ser de esas personas que dejan libros atrapados en una fecha de entrega que ya pasó que tiempo pero que nunca llega, que no deja nunca de ser un número y nada más. Quizá se les perdió el libro, o se los robaron, o lo prestaron, ingenuos, y nunca más lo vieron. Ya me pasó una vez que pedí un libro y creí perderlo, al final apareció, meses después. En esa ocasión me salvé por poco de desembolsar una millonada en multas, porque a pesar que seguía activa la política de multas por atraso, la biblioteca había estado cerrada por muchos meses, y se hizo un perdonazo. Como no había terminado de leer el libro, "El Caminante" de Natsume Soseki, aproveché de hacerlo y luego lo devolví. Ya pensaba que nunca más podría poner un pie en la biblioteca, so pena de ser sometido a un embargo forzoso de mis pertenencias a penas cruzara la puerta de entrada. Que me hubieran quitado en ese entonces, si todavía usaba un Nokia de esos con tecladas (pero con pantalla touch, una especie de híbrido en medio de dos mundos), un par de cuadernos casi en blanco, un reproductor de mp3 chino (como todos, en realidad), y una billetera con cinco lucas. Ahora ando casi siempre cargando más o menos lo mismo, salvo el teléfono (más por obligación que por gusto), pero ya no hay de que preocuparse, ahora no cobran multas por atraso. Una tremenda ayuda para personas como yo, que no saben lo que significan las palabras calendario, responsabilidad, vergüenza, o lectura veloz. Que se entienda que no devuelvo los libros a tiempo por mala voluntad, o por querer aprovecharme de vacío legal alguno. Es solo que he perdido la noción del tiempo y los días, lo que sumado a que siempre dejo para más rato lo que puedo hacer ahora, me llevan a terminar siempre olvidando tan importante compromiso. Pero bueno, este cuento en particular me hizo reir como nunca un día que venía de vuelta desde Santiago centro, ese día que fui a comprar unos fanzines a una feria. Me ayudó a darme cuenta que hay dos cosas que realmente me generan gozo en la vida: la música, y aquella literatura que de pronto le hace click a uno. No sé si estaré muy perdido, pero como que se me hace un cuento que al final trata sobre nada en particular, en términos de la narración, que el cuento está armado a puro diálogo que se da vueltas y vueltas y queda donde mismo, a pesar de haberse ido a recorrer extraños parajes, donde reina el absurdo mezclado con idiosincrasia local; un cuento donde no hay un conflicto que justifique la historia, más bien es un escenario nada más: que importa porque se echó a perder la cocina, que dificultades traerá o si finalmente la repararon o no, lo que importa es este diálogo escrito hace casi 60 años atrás, se entiende clarito todavía. Claro, hay conflictos, pero no son tan evide dentes, aunque tal vez no los haya captado bien, así que omitiré referirme a ellos. No sé si será efecto Mandela personal o algo parecido, pero tengo la sensación que mi papá o alguien en mi infancia alguna vez habló de los wuafles...

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: