LOS MAESTRITOS
PERSONAJES:
Dos expertos en electricidad
Fámula con cofia
LUGAR DE LA ACCIÓN: Barrio alto de una ciudad
«Los primeros experimentos llevados a cabo en Leipzig en relación con la bomba atómica estuvieron perseguidos por la desgracia. El físico Döpel, al desconocer las cualidades químicas del uranio, pretendió manipularlo con una pala de metal, ocasionando así un pequeño incendio. Al echarle agua al fuego se extendió aún más, y tuvieron que acudir a toda prisa los bomberos.
Slotin solía realizar los experimentos sin servirse de ninguna protección especial. Los únicos instrumentos que empleaba eran dos destornilladores, mediante los cuales, con un cuidado extremo, deslizaba dos semiesfereas por encima de un rail. Tenía que conseguir con infinita precisión el "punto crítico", es decir, el momento en que se desata la reacción en cadena, la cual se interrumpía de pronto en cuanto volvían a separarse las semiesferas. Si el manipulador rebasaba este punto o sí no reaccionaba con la suficiente celeridad, la masa podía volverse "supercrítica", ocasionando la explosión nuclear».
Robert Jungk
Más brillante que mil soles
***
Por fin dieron con la mansión de cinco pisos. El maestro de la talega tocó el timbre; vieron después a una fámula de blanco y negro con cuello de hule que sonaba al caminar por el almidón del uniforme
—Aquí le venimos a arreglar el wuafle —dijo el electricista
para impresionar, mostrando el alicates y el soplete.
—Cuidado con pisar las flores —advirtió la empleada, al
observar el paso balbuceante de los dos técnicos que apenas tenían fuerza para
levantar sus enormes zapatones sin taco, amarrados con alambre y cáñamo.
Las visitas se pegaron un codazo de mutua
sorpresa mirando las áreas verdes, los juegos de agua, las plantas y las aves
exóticas, las caballerizas.
La mujer de blanco con cofia los hizo
pasar por la entrada servidumbre.
—Estamos en pana, fíjense —dijo ella.
—Igual que nosotros —fue la respuesta—.
¿No tiene del blanco?
—Este es el plato que no me funciona —señaló
la empleada doméstica con un gesto distraído.
—¿Y cómo le va a funcionar, mi linda, si
tiene cambiado el circuito? —aseguró el maestro electricista dando una mirada
panorámica al artefacto.
—¿El berilo? —consultó el otro maestro.
—Yo creo que es el plutonio—contestó el
electricista con tono preocupado.
—Ah, eso sí.
Vaciaron la talega: queso duro, la
Biblia, alambre, plomo, grasa de carreta, la teoría de la relatividad de
Einstein, un enchufe y la partitura original de la Sinfonía N° 36 de Mozart.
—Déjeme ver por este lado —agregó el
profesional con viva curiosidad.
—Pero no tiene por qué levantarme la
enagua —protestó la mujer.
—Es que ando un poco fallo a la vista —se
disculpó el experto.
—Lo que pasa es que se ha producido una
desinteligencia entre los polos —confirmó el ayudante.
—U sea —recalcó el otro—, tenimos una
relativa modulación en la parte sensible del instrumento.—Se secó la saliva del
dedo de la chaqueta.
—Porque todo es relativo, todo es
relativo —repitió el ayudante.
—El polo sur choca con el norte y
entonces ¡chuifff!
Perdía el aire al hablar, pero se
entendió con claridad lo que quiso decir.
—U sea que mientras la corriente entra
por un polo sale por el otro y en eso se lo lleva y por eso usted no puede
cocinar, ¡m'hijita rica!
Ella hizo sonar las pestañas como
exclamando para sí: «Cuidado, no me vaya a creer». Después agregó para aliviar
la conversación:
—¿Necesitan alguna cosa?
—Mire que no vamos a necesitar —contestaron
al mismo tiempo—, ¿será del tinto, no?
—A ver, maestro —ordenó el jefe—. Demos
vuelta la cocina para medir el grado de la radioactividad.
Trabajaban con rapidez, con aparente
pericia.
—Es grave la cosa —le confirmaron a la
empleada, después de terminar el prolijo examen valiéndose de un estetoscopio.
—¿Pero tiene remedio, no?
—Pa'eso estamos nosotros. A ver, maestro —ordenó—,
prenda el soplete.
Hizo un cálculo con voz alta:
—Si le rebajamos el imperaje ya vamos a
andar en los veinticinco watios.
—Siempre que quedemos vivos con la
explosión —agregó el ayudante con toda naturalidad.
—Lo importante es que el wuafle funcione.
Porque si el wuafle anda mal todo anda mal.
—¿Y usted es soltera o casada? —preguntó
el que tenía el alicate en la mano.
—¿Yo? Solterita.
—Se le nota a la legua —contestó el
ayudante, que estaba encargado del soplete.
—Páseme la Biblia —ordenó el jefe.
Leyó al azar: «Pues he aquí que el día de
mañana, como a esta hora, haré llover granizo de tal manera grave que nunca
habrá otro como este en Egipto, desde el día en que se fundó hasta el
presente...». «Yo te he invocado y tú me responderás».
—Ahí ya no estamos tan solos —fue la
única explicación del maestro en el momento en que cerraba el libro.
Al poco rato la cocina quedó destripada,
hueca, con los hoyos vacíos de los platos.
—Vamos a simplificar el sistema —dijo
uno.
—Para que el wuafle alimente todo el
circuito, dice usted.
—Eso mismo, aunque tengo mis dudas.
—No, maestro. Así vamos bien. ¿No ve que
es el dínamo el que no permite que trabaje el amplificador?
—Acuérdese —advirtió por lo bajo el
ayudante— que no es nada una vitrola la que estamos arreglando, es una co-ci-na.
—Es la misma cuestión, la misma técnica.
—También es cierto.
—¿Dónde está la diferencia? Mientras en
la vitrola la corriente se va de un viaje a un solo plato, aquí alimenta a los
cuatro.
—Y le queda la pata de pollo, como quien
dice.
—Yo no entiendo ni palotes de lo que
están conversando —advirtió la fámula.
—Usted perdone —dijo el más caballeroso
de los maestros—. Son términos propios de la profesión, cosa de científicos, de
hombres sabios. Y eso que todavía no le hemos nombrado el uranio.
—Ni el neutrón tampoco. Así hablamos los
que le hacimos a la numismática.
—No, oh. A la cibernética.
—Eso mismo.
—¿Con qué les puedo hacer un cariñito? —preguntó
ella.
—Ah, ya es cosa suya —contestó el que
tenía la Biblia en la mano, poniéndole la mejilla izquierda.
—¿Les vendría mal un blanquito?
—¿De ese que toma el patrón?
—Del mismo —contestó la fámula con cierto
orgullo de dueña de casa.
—Bájele el volumen al soplete —ordenó el
jefe—. Mire que yo ya tengo estudiada la pana y vamos a empezar a soldar.
—¿Los interrumpo? —preguntó la mujer,
ofreciendo el vino en dos grandes vasos.
—¿Cómo, y usted?
—Yo los acompaño después —prometió ella.
—Aunque sea mójese los labios —exigió el
más experto.
—No vaya a ser cosa que me cure —dijo
ella, aceptando.
—¿Qué le va a hacer? —insistieron.
—Ahora vamos a armar la cuestión —anticipó
el ayudante.
—Tenga el plomo, firme.
Las llamas del soplete comenzaron a
ablandar el material: las gotas caían chirriando sobre los alambres.
—La cocina le va a quedar como nueva.
—Sí, ya veo —confirmó la fámula con
entusiasmo.
—¿Y a usted cómo le vendría una
soldadita? — le preguntaron.
—No me digan esas cosas —coqueteó—. Miren
que no soy de fierro.
—¿O no es verdad todo lo que se ve?
—Sí —contestó con el rostro encendido—.
Las de «ella», no.
—No me diga. ¿Y de qué son?
—Son con relleno.
—¿Como papita rellena entonces? ¿Será
porque a lo mejor no es nuevo, porque la patrona está medio retirada de las
pistas?
—Por eso tendrá que ser —concluyó la
fámula con toda inocencia.
—Tenís que tener más cuidado —alertó uno
de los maestros.
—¿Qué es lo que te pasa?
—Fíjate pa'qué lado apuntai con el
soplete.
—«Ella» usa pestañas postizas también.
—No tiene nada propio.
—¿Y con qué se amarra las pestañas? —inquirió
el más ingenuo.
—Yo creo que con goma de pegar.
—Debe ser con cemento —calculó el otro
técnico.
—Güeno, vamos a conectar el wuafle.
—Échale otra luquiada a la Biblia, por si
acaso —aconsejó el ayudante.
—Tiene toda la razón, maestro. Vamos
viendo: Salmos, capítulo 18: «Subió humo por su ira, y luego procedente de su
boca, ascuas se encendieron de él...».
—Ojalá resulte cierto —agregó el otro
maestro.
Observaron las guías de los alambres
abriéndose en cuatro direcciones.
—Ahora vamos a rematar el trabajo —dijo
el maestro que habia leído la Biblia—. Páseme el soplete.
—¿Qué no ve que no puedo, maestro?
—¿Qué le pasa, ayudante?
—Chih, qué me va a pasar. ¡Me entró la
parálisis, la polio! Se me puso dura la mano, se me agarrotaron los dedos.
—Por falta de elemento —dice usted.
—Por la absoluta escasez de berilo.
—Miren, qué torpe soy —dijo ella, dándose
cuenta de la indidrecta—. Sírvanse con toda confianza.
Les llenó los vasos.
—Pero esta vez no le vamos a aceptar
tomar solos.
—Lo que ustedes quieren es tentarme.
—No, no. Nada de eso.
—No vaya a ser cosa que se me caliente el
hocico —confesó ella con toda delicadeza.
—Por usted, m'hijita —saludaron los
maestros, haciendo sonar los vasos.
—Por ustedes —contestó ella—. Para que
todo salga bien.
Reiniciaron el trabajo, ordenando las
piezas.
—Vaya a dar la corriente —ordenó el
maestro que dirigía la obra.
Se creó un rápido suspenso, escuchándose
un chirrido agudo como la frenada brusca de un camión cargado que hace una
maniobra para evitar el choque con un ciclista.
—Parece que no enciende—dijo el ayudante.
—Vamos a tener que recorrer todo el
circuito —se justificó el otro maestro—. Hay una disparidad en la alimentación
de los neutrones.
—Parece que no estamos nada inspirados.
Esa es la cuestión —confesó el ayudante.
—Entonces abramos al tiro la otra botella
—se adelantó la fámula.
—A lo mejor nos perturba la mente —comentó el más hipócrita—.
Pero ya que usted insiste...
—Me está entrando la duda —dijo la mujer
viendo el desorden en la cocina—. ¿Quedará bien el artefacto?
—Mire que no. Si nosotros dos somos
nacidos y criados en la cuestión. Descendimos de maestros electricistas. Mi
abuelo le pegaba también y ¿sabe qué más?, ni la continua ni la alterna le
hicieron una desconocida. Nunca los patió siquiera.
—¿Pa'qué lado está el norte? —preguntó
uno de los maestros.
—Me parece que a su espalda —contestó la
fámula con cierta inseguridad.
—Claro, claro —se contestó a sí mismo el
maestro.
—¡Por fin! Faltaba el ajuste. A ver,
maestro, aplíquese por este lado.
Se pusieron a escuchar reforzando el oído
con la mano.
—Humito sale —dijo uno.
—Y olor a quemado también —agregó el
otro.
—Pero si es el refrigerador —gritó ella.
—¿Qué pasa? —preguntó uno de los maestros
con aparente tranquilidad.
—¡Está saliendo fuego del refrigerador!
—Con este invento nos hacimos ricos,
maestro.
—Oiga, parece que se le pasó la mano,
fíjese. Los platos de la cocina están helados como la piedra.
—No me diga.
—Toque, toque. ¿Qué no se está formando
hielo encima?
—Pero no ahí —advirtió la fámula,
preocupada.
—No me diga nada más, maestro. Ya la
pillé: es el trifásico.
—Yo diría que la falla anda por el lado
del barbitúrico.
—¿También puede ser, no? Algo de eso hay.
Parece que juntamos el alambre que era con el que no era.
—A ver, bájele un poco la potencia al
transformador.
—¿Así?
—Otro poco, otro poco —exigió el técnico, moviendo la mano para que el ayudante regulara la operación—. Perfecto—. confirmó.
Un mozo con tongo lustroso y guantes entró a la cocina, agitado:
—¡Está saliendo agua hervida de la
manguera! El jardín está hecho una miseria. ¡Se quemaron todas las plantas!
—Cierra la llave, pues, aturdido —le
aconsejaron al sirviente.
Se escuchó un nuevo cálculo mental.
—A ver —ordenó el jefe a su ayudante—.
Abra la llave de paso y cuando empiece a salir el agua, ¿ah?, pegue el grito.
—Pensar que la cocina no enciende y yo me
estoy quemando por dentro.
—Aguantese un segundito —dijo la fámula
ajustándose la cofia—. ¿Qué me demoro en llenarles los vasos?
—Oiga, m'hijita. ¡No sé qué daría por
ponerle pieza!
—Fíjese bien en lo que hace —argumentó
ella, desviándole las manos—. No juegue con fuego.
—Me estoy quemando vivo —gritó el
ayudante desde lejos—. ¡Se me quedóoooooo el dedooooooo pegado en laaa
mangueraaaaaaaaa!
Miró por la ventana: el ayudante estaba
rodeado por una impresionante nube de vapor, como una tintorería el viernes por
la noche.
—No hay duda de que algo anda mal.
—¿Qué le pasa, iñor?
—¡Estáaaaa saliendo músicaaaaa
hervidaaaaa por la manguera!
Puso el oído en los platos.
—Magnífico —dijo, sin dar mayores
explicaciones.
—¿Que no está saliendo música por la
cocina? —contestó incrédula la mujer de blanco.
—Tal como lo oye.
—¡Por Dios que es diablo usted!
—Ahora podrá cocinar llevando el compás —aseguró
el técnico con orgullo—. ¿Y qué nos demoramos en bailar?
—Ah, no —contestó ella con cierta
reticencia—. Yo no le bailo el valse.
—¿Y qué es lo que le gusta bailar
entonces?
—Alguna otra cosita más movida.
—Ah, de eso me encargo yo —aseguró el
profesional.
—Sí, sí —dijo ella—. Pero no se olvide de
poner la música.
—Oye —dijo el maestro que venía del
jardín—. Está quedando la crema. Ahora se congeló la manguera, quedó como palo.
Comenzó a sonar el teléfono.
—Debe ser «ella» —advirtió la fámula,
levantando el teléfono blanco.
—Dios mío —alcanzó a decir en el momento
en que le saltaba un chorro de agua en el rostro.
—Entonces no es nada el trifásico —concluyó
el maestro. Me con que tiene que ser el wuafle, no más.
—Aló, aló —exclamó la mujer con cofia,
secándose la cara con un pequeño pañuelo.
—¿Agua fría o caliente? —preguntó el
electricistas más minucioso.
—Fría como el hielo —comentó ella con
cierto escándalo—. Miren cómo me están dejando la casa.
—Déjeme tener un cuadro exacto de la
situación —dijo el más experto—. En la manguera tenimos agua caliente: correcto.
En el teléfono, agua fría: correcto. En la cocina tenimos música: correcto.
El ayudante comenzó a buscar la botella.
—¿Sabe dónde está la pana?
—Aquí —dijo el maestro más sediento—.
Aquí en la garganta.
—Póngase la otra, amorcito —pidió el más
comedido—. Después a la salida arreglamos.
—Digo yo, maestro. ¿Y si invirtiéramos
los polos?
—El agua subiría entonces por el circuito
del teléfono, ¿no?
—No importa. ¿Y qué nos demoramos en
desviar el chorro a la vitrola?
—¿Con el sistema?
—Con ese mismo contestó el más satisfecho
de los maestros.
—¿Sabís que más? —dijo uno de los
electricistas bajo cuerda—. Apreta.
—¿Qué querís que aprete? —preguntó el
otro con toda inocencia.
—Que apretís el acelerador. ¿Te dai
cuenta la media embarrada que hicimos?
Uno tomó la talega y buscó la puerta
mirando el techo, estrujando la punta de la chaqueta, tratando de disimular.
—Mire cómo son las cosas —dijo el otro
maestro—. Vamos a tenerle que hacer un recorrido completo.
—Pero no aquí —dijo la fámula—. Yo tengo
libre el domingo.
—Déjeme explicarle —continuó el experto,
que ya había quedado solo—. Tenimos que ir al mismo origen de las cosas. U sea
a la postación de la calle. De ahí viene la pana, fíjese.
—Vayan y vuelvan —contestó la empleada
con entusiasmo—. Los voy a esperar con algún postrecito.
El electricista comenzó a despedirse como
si estuviera en algún andén, ya levantando la mano, ya sacando el pañuelo
agitándolo vivamente emocionado, casi con lágrimas en los ojos. En el momento
en que abrían la pesada puerta de hierro apareció la dueña de casa con un
impresionante sombrero de rejilla.
—Papú, papú —gritó uno de los maestros
apretándole los falsos senos vacíos.
—Y era cierto —dijo el otro, pegándole un
tirón— que tenía las pestañas postizas.
Después se escuchó el traqueteo de sus enormes zapatos haciendo sonar la acera, dejando atrás las voces amenazantes.
De "El auriga Tristán Cardenilla", por Alfonso Alcalde.

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