La
mina me dejó, se fue, hueón; no cachó que yo estaba hecho de alta fantasía y se
fue cagando y yo me quedé solo en la casa con mi vieja que hablaba puras hueás
de que extrañaba a mi papá y me fui a la chucha, culiao, a la reverenda chucha,
onda que salía en las mañanas y me paseaba por el Portal Lyon buscando a los
pendejos para jugar a las cartas y los hueones me cachaban ahí, flaco y medio
pelado y como que me tenían miedo, como que tenía pinta de pervertido pero
nada, ni un rollo, si soy más bueno que la cresta, onda que nunca me he ido a
las manos en mi vida y eso se los decía a los pendejos, les decía que tenía mis
cartas y que era fanático del profesor Tolkien y que la hueá del rollo de la
literatura fantástica me rayaba en mala y los pendejos me escuchaban y me
preguntaban hueás y yo me pasaba el día así y cuando tenía hambre me metía al
Burger King o al McDonald’s y me comía una hueá barata y volvía a sentarme en
el suelo y ellos me preguntaban por mi vida y les decía que mi mina me había
dejado, que me había mandado a la chucha pero noles contaba que a veces iba a
una cabina telefónica que había en un cibercafé y marcaba su número y le dejaba
mensajes gritándole te voy a matar, perra culiá, me cagaste la vida y ella
nunca me llamaba de vuelta y no, no les decía eso, no les decía que mi vida
valía callampa pero sí hablaba de literatura fantástica, les hablaba del
profesor Tolkien y de cómo cresta había aprendido a escribir en el alfabeto
élfico, les hablaba de la dieta de los orcos y de los hobbits y ellos me decían
que los hobbits eran todos maricones, que se gastaban parejo entre ellos, que
los culiaos eran entero huecos y que el profesor Tolkien también, que no le
creían nada y que la película era una mierda pero yo me defendía porque les
contaba que en realidad Chile tenía su propia Tierra Media en los bosques del
sur y les hablaba de una serpiente gigante mapuche y los ngechen y que los
araucanos se comían el corazón de sus enemigos y los hueones me decían eso es
grosso, suena grosso, hueón, ojalá hubieran ganado esos hueones la guerra y yo
les decía que sí, sí ganaron y me llevaba el dedo índice a la sien y agregaba
sí ganaron, sí ganaron, sí ganaron, porque están acá, hueón, están acá en la
volá de la mente y eso los españoles no lo pudieron matar, porque todos somos
caníbales, huéon, y un día vamos a despertar y nos vamos a comer el corazón de
todos y los pendejos me miraban y asentían y luego seguíamos jugando o
cambiando libros y mientras ellos se hacían más viejos yo me volvía más joven,
hueón, era un vampiro, porque me alimentaba de ellos y después, cuando
atardecía, me iba para mi casa y ahí estaba mi vieja, viendo las noticias,
pegada con Megavisión, asustada, cagada de miedo porque Chile se había llenado
de delincuentes, porque en cualquier momento alguien se iba saltar la muralla
del patio y se iba a llevar la tele, el horno microondas o esa lámpara culiá
que era de no sé cuál tía y yo escuchaba a mi madre y luego me hacía un té y me
metía con el té en mi pieza y me sentaba en el escritorio y ponía alguna
huevada de Mahler o una ópera de Wagner o algún disco de música celta y me
ponía a escribir a máquina hasta que me diera sueño y eso podía durar toda la
noche, podía durar hasta que amaneciera porque yo estaba escribiendo una
novela, hueón, una novela inmensa de la que llevaba dos mil páginas, una saga
de cinco libros, que era mi homenaje al profesor Tolkien pero también a los
guerreros mapuches del siglo XVII, una novela que se llamaba El cálix de la
serpiente y que trataba de un príncipe bastardo al que sus hermanos odiaban en
un mundo de islas hechas de pura roca volcánica que los humanos sólo podían
cruzar arriba de unas serpientes voladoras, serpientes emplumadas que eran como
dragones porque tiraban fuego por la boca y por la raja y la novela duraba
cinco tomos porque era una saga lo que estaba escribiendo y contaba cómo este
príncipe bastardo, que era el hijo de un rey manco y una muchacha demonio,
aprendía a volar una de las serpientes y luego tomaba posesión de las islas hasta
que el poder lo corrompía, porque lo que yo estaba escribiendo era una tragedia,
hueón, una tragedia artúrica, una historia sobre el ascenso y la caída de este
rey que en un momento dejaba embarazada a su hermana y mandaba a degollar a una
aldea llena de elfos y nadie se le oponía, nadie le decía nada porque tenía la
magia del mundo en sus manos, hueón, tenía la magia y los elfos no la tenían
porque ya no les quedaba demasiado tiempo en este mundo, y eso sí, la verdad,
eso, se lo había copiado al profesor Tolkien, lo mismo que los hobbits, que no
se llamaban hobbits sino jabbings, hueón, y toda la historia la contaba un jabbing
castrado que vivía en el centro de una biblioteca que había sido construida
dentro de una de esas islas de roca volcánica y el jabbing hablaba de este rey
y de cómo lo traicionaban y le rompían el corazón y se enamoraba de su hermana
y se le aparecía el fantasma de su padre con la cara llena de gusanos a guiarlo
cuando andaba perdido, mostrándole pasos secretos en los mapas de ese mundo que
se llamaba Storm Archipiélago y el rey bastado lo escuchaba e intercalaba ahí
un mapa que había dibujado con tinta china con el orden y las coordenadas y los
territorios de ese mundo y en el centro del mapa estaba la ciudad de Estigia,
conocida por sus fabulosos prostíbulos y por su población de jabbings y orcos
parlantes de tres cabezas, y en el centro de esa ciudad había un castillo cuyos
subterráneos llegaban hasta el centro de la tierra y era ese fuego el que daba
la energía para que funcionara la ciudad y el rey a veces bajaba hasta el
subterráneo, digamos que más o menos bajaba una vez cada quinientas páginas, y
negociaba con unos demonios de fuego algo que recién se sabía en el cuarto
tomo, que era su inmortalidad a cambio de la vida de su hijo y los demonios
aceptaban y él iba al mundo interior que estaba bajo la ciudad de Estigia y les
pasaba la guagua y ahí todo se iba a la cresta, mi novela se volvía oscura
porque en el quinto tomo la guagua había crecido y volvía a vengarse de su
padre y ya no tenía rostro porque no tenía cabeza, hueón, por los hombres de
fuego se la habían sacado y habían puesto ahí una llama de luz azul y eterna y
todo terminaba con un final apocalíptico, con una guerra total donde el rey
bastardo peleaba con su hijo en medio de un campo lleno con las cabezas
cortadas de mil jabbings mientras las serpientes voladoras bailaban en el
cielo, mientras mi madre gritaba de alegría en su pieza porque veía un programa
de mierda de Megavisión donde los pacos entraban a la fuera a la casa de unos
narcos y ella se alegraba porque estaban barriendo a esa basura, estaban
apresando a esos delincuentes que le daban droga a los niños de Chile, a los asesinos
que traían ese flagelo que había enfermado al país, gritaba mientras yo escribía
sobre ese duelo final entre padre e hijo, un duelo cuyos únicos testigos eran
los ojos muertos de un millón de jabbings cuyas cabezas desolladas cantaban una
canción de amor –la del rey por su hermana—y el fantasma agusanado del padre
flotaba mientras abría su mortaja y sacaba un mapa al que se le borraban las
líneas con cada estocada que se pegaban el rey y su hijo y yo escribía todo eso
y llenaba todo de una prosa fantástica, hueón, una prosa épica que ya se la quisiera
cualquier poeta culiao, donde alguien levantaba su flamígera espada hacia el cielo
azafranado dibujando un arco de centellas que se abría paso sobre los broches
dorados de una armadura forjada de soles, hueón, y escribía eso mientras
pensaba cómo cerrar el arco narrativo, porque aquí había un arco narrativo,
conchetumadre, el medio arco narrativo, culiao, porque yo había hecho la pega y
me había leído tres libros gringos sobre cómo escribir novelas y construir
personajes y ambientes que me había prestado un amigo que sabía más que la
cresta porque se leía como mil libros cada año y esos manuales estaban la raja
porque eran escritos por unos hueones secos, unos hueones a los que hubiera
abrazado de conocerlos porque me habían enseñado cómo era estructurar una narración
y a separar los capítulos tal y como lo hacía el profesor Tolkien, como lo
hacían esa minita que escribía Las nieblas de Avalon y ese guatón culiao del
Juego de Tronos y Robin Hobb y el seco, sequísimo, de Steve Ericsson que me encantaba
porque todos ellos me rayaban y tenía sus libros en el estante de la pieza,
justamente al lado de los manuales de escritura y mis libros de hadas y mitología
mapuche; todos esos libros que miraba cuando se me iba la energía del cuerpo y
me quedaban como cien páginas para terminar y no me decidía si el hijo del fuego
azul mataba a su papá o el papá mataba al hijo o el hijo quemaba con un abrazo
al fantasma agusanado porque era una decisión cabrona, hueón, una decisión
compleja porque ahí se me iba a la cresta el arco narrativo, ahí se me iba la
vida, me la jugaba todo por el todo en ese cierre, chuchetumadre, y no sabía si
iba a funcionar pero yo confiaba en los manuales que tenía y en las ciento
catorce veces que había leído El Silmarillion mientras pensaba que ojalá
termine esto pronto porque quería estar despejado para la partida de cartas de
mañana y porque les quería contar a los pendejos del Portal Lyon que había
terminado mi saga y que duraba como cinco mil páginas, que duraba miles de
hojas que reposaban en varias pilas amarradas cada una con un elástico sobre el
escritorio: los tomos I, II, III, IV y V, una saga completa, una mundo
completo, un planeta hecho de los huesos de un billón de jabbings muertos que
había salido entero de mi cabeza, hueón, y que latía ahí sobre la mesa como un
animal vivo mientras yo traba de dormirme, mientras mi madre, iluminada sólo
por el resplandor de la tele sintonizaba en una carta de ajuste, soñaba con
delincuentes y asesinos ahorcados en una alameda tapizada con sangre seca.
Álvaro Bisama, 2014
*****
Fueron largos minutos tecleando, pero menos de los que pensaba, y mientras lo hacía fantaseaba con que tal vez me iría bien transcribiendo, si a ratos logro escribir sin mirar las teclas y sin cometer tantos errores. Transcribiendo desde las fotos de cada página, siendo atrapado por el ritmo implacable del relato, releyéndolo una vez más y notando, además de ciertos errores de edición, detalles sobre el relato mismo en que no había reparado en las ocasiones anteriores. ¿Es acaso la madre de quien relata, la señora que vive pegada a las noticias del Megavisión, un reflejo de esa sed de sangre primigenia? ¿Cómo se condice esa búsqueda entre los mitos de esta tierra con la disposición a seguir reglas emanadas desde otros tiempos y naciones? A fin de cuentas, es solo fantasía, en realidad no importa la fuente de inspiración ni las reglas, todo esto puede ser creado y, para los neofitos, podría parecer que nació de la nada, que no hay antecedentes ni tradiciones antes las que responder.
Este cuento se ubica, respecto a su estilo narrativo, en una especie de contraposición al que lo antecede en el libro, titulado "Patria automática", donde la narración está basada en frases cortas y puntos seguidos. No tenía sentido transcribir este otro cuento, que es mi favorito del libro y en general también, ya que está disponible en este LINK. Fue gracias a este cuento que empecé a leer otra vez, a fines del 2022. He leído varios libros más de Bisama desde entonces, aún me faltan un par de los que me llaman la atención. Pienso que debiera comprar otro más que sea, además de "Los muertos", considerando que el autor sigue vivo.
Actualmente estoy tratando de no volver a caer en esta incapacidad de leer que menciono, y que viene y va con los años. Digo tratando, porque siento que ya me tiene tomado por las patas, trepa un poquito hacia arriba por las piernas, día a día, aferrandose a mis vellos. Lo siento en una picazón sin origen, que me invade por las noches.
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