(ruidos)

a veces pienso que soy adicto a la música. no en un sentido de necesidad física, si no más bien en un sentido figurado, es una herramienta útil para aislarse del mundo exterior y que con el paso del tiempo se ha terminado por convertir en una necesidad o una compulsión. sirve para llenar el vacío que se siente cuando el cuerpo se queda quieto un rato, y para hacer como que uno está presente ahí en las calles y en las salas de espera, cuando en realidad uno está en otro lado. funciona como un ancla con una larga y ligera cadena que permite cruzar de un plano al otro, pero sin cortarse nunca y dejándolo a uno a la deriva.

pienso en todas las frases y conversaciones ajenas que me pierdo de escuchar a la pasada, por estar siempre que puedo, escuchando música. es por esto que en los últimos días he intentado bajar los audífonos de vez en cuando y poner mi atención fuera de mi mismo. pero, para mi sorpresa, me he encontrado nada más que con el ruido apagado de los nuevos motores eléctricos, con el sonido de una secuencia interminable de reels y videos de tiktok, y peor aún, he notado un chirrido preocupante en la unión de algunos carros del Metro, chillidos de hierro oxidado en los que antes de mi reciente lucha contra la música como escape, nunca había reparado. y eso que uso audífonos a la antigua, de esos que van sobre la oreja y que no logran una aislación perfecta del mundo exterior. por las noches el silencio resulta más evidente, cuando los asientos son ocupados por personas cansadas y que viajan sin compañía. creo que los nuevos motores eléctricos y el suave murmullo que emiten al funcionar han hecho a las personas más temorosas de hablar, ya que ahora las pueden oír desde cualquier punto en la micro.

la única conversación más o menos interesante que recuerdo de esta semana que ya termina, es la que sostenían una señora muy menuda y arrugada, a pesar de parecer estar entrando en sus cincuentas, con un hombre canoso pero al parecer más joven que ella, y más alto también. hablaban de un vecino que al parecer padecía alguna clase de trastorno psiquiatrico, llegando al punto de la violencia. ella decía que lo único que podían hacer era llamar a los pacos. él estaba de acuerdo, y añadía que lo mejor sería que estuviera internado. luego recordaban otro caso similar, más antiguo, quizá era un amigo de infancia al que habían visto sumirse de a poco en la locura. la señora se bajó en la rotonda. no tuvieron tiempo de llegar al fondo del asunto, reconocer el origen del problema y plantear una solución a largo plazo. yo tampoco he podido pensar en ninguna solución. supongo que la locura siempre termina por brotar en un lugar u otro.

nada más

Ya estoy bien. Así parece. También puede ser otra vez, que no esté, solo eso, lo cuál tendría bastante sentido. En la mañana volví a sentir raras las manos, como si alguien me las quisiera robar, tomar control de ellas y desde ahí, invadir el resto de mi cuerpo. Cerraba los ojos y veía mis brazos convertidos en prismas alargados, ya no parecidos a una elipse también alargada pero que se va deformando en su extensión. La superficia redondeada estaba ahora compuesta de segmentos facetados, como cristales o tablas de madera cepillada. Tal vez tanto la sensación como la visión de mis brazos como extraños cajones, que veía al cerrar los ojos, tuvieran su origen en la falta de sueño, no recuerdo a que hora me habré dormido la noche anterior, pero no fue antes de las 2 de la mañana. Creo que fue un poco antes, aunque la verdad no recuerdo. Si estoy seguro que luego desperté a eso de diez para las 8. Podría despertar más temprano, pero no tendría utilidad. Ya no, y por quien sabe cuanto tiempo más, seguiré despertando después de las 8. Hace unos años logré adquirir un reloj despertador de esos que simulan el amanecer, entregando una iluminación que va subiendo en intensidad dentro de un lapso de tiempo determinado, aunque guardando proporciones, claro, si es apenas más potente que una ampolleta incandescente de 45W, ¿recuerdan la calidez de las ampolletas incandescentes? El reloj cuenta con sonidos sintetizados que emulan dos clases de aves, el mar, la lluvia creo, y una melodía de origen desconocido. También está la opción de oír la radio al despertar, pero ya en ese entonces la radio tenía poco que ofrecer. Ese despertador me permitía ir reaccionando poco a poco, ir saliendo y entrando de los sueños las veces necesarias, hasta finalmente lograr salir del todo. Creo que lo programaba para que a las 6:50 o 7:00, la luz estuviera alcanzando su máxima intensidad. La intensidad del sonido o la música seleccionadas también subía en forma paralela, junto a la luz. Pero luego, ya ven, las cosas cambian y mi horario se vió trastocado, hasta nuevo aviso. Ahora despierto a eso de las 8:00, 8:30, incluso a las 9:00, y no pasa nada, más tarde se soluciona este horario de ejecutivo retrasando el retorno a la casa y por consiguente, también la hora de dormir. Se compensan y la jornada vuelve a su normalidad de 8, 8 y 8. Es un horario distinto a la mayoría, pero a la larga termina por ser equivalente, y no habría problema si es que lograra cumplir a cabalidad con sus límites. Pero por las noches pasa algo raro, de pronto pareciera que al fin estoy solo de verdad y que nada ni nadie, espera algo de mi. Entonces siento que debo mantenerme despierto, hacer cosas, todo aquello que no hice en la mañana ni durante el día. Hay un ambiente que no va más allá del alcance de mis brazos, donde se percibe la necesidad de libertad. Al final nunca hago nada, pero aún así me resisto a dormir. He optado por tomar un trago antes de dormir, así se robustece la somnolencia (no padezco de insomio, el mío es un problema absurdo, innecesario) y caigo rendido sin darme cuenta. Suelo tener sueños todas las noches, rara vez recuerdo más que cierta sensación asociada a algún encuentro o diálogo, pero es mientras sueño que más a gusto me encuentro. No tengo conciencia de mi mismo, ni de mi entorno, me encuentro absorbido en una historia a medio armar, de trama confusa pero tan lejana al mundo cotidiano de la vigilia que termina por convencer. Luego despierto por la mañana y digo "conchetumadre", casi como un murmullo.

 




 

nada



Estoy mal. A veces no estoy, o es como si no estuviera. Después vuelvo y han pasado días en lugar de horas, y la sensación agobiante, ese peso de tantos, ¿miles, millones? de segundos que de pronto le caen encima a uno, me hacen salir, nuevamente. Imaginemos un tubo de pasta de dientes, aplastado de pronto por un enorme pie, duro de callos por tanto caminar, aplastado con desprecio por aquel que siendo algo más que pie, se limita a caminar. Que puede hacer el relleno, la pasta de dientes, si no salir expulsado de golpe y quedar regado como un hilo estirado sobre el suelo, un hilo de sangre, no, un hilo de baba, un escupitajo mal lanzado y que queda colgando. Debo estar mal, tanta tontera que pienso, cualquier cosa la transformo en una metáfora sin pies ni cabeza, miro el enorme árbol que está allá afuera y de pronto los vellos en mis brazos son hojas que no quieren caer, y se posan ideas como palomas y bichos en corteza, que siempre acaban por echarse a volar o hundirse entre la tierra. No, en realidad no estoy mal, es otra cosa. No estoy. Tampoco recuerdo cuando fuere que si estuve, bien despierto y brioso. ¿Cuando tenía 6 años y caminaba pilucho junto a la ribera de un lago? ¿Cuando tenía 14 y me escapa de la clase de música de la vieja Irene? ¿O cuando pasaba de largo en la micro, viendo a mis compañeros del preuniversitario entrar a la clase de lenguaje los jueves? Me iba en la 505 hasta Matucana, ahí tal vez tomaba otra micro, del mismo número, de vuelta a la casa, quizás el Metro, la verdad no lo recuerdo. Dificil recordar algo tan repetitivo como andar en micro, y es que no hacía nada más en esas horas, escuchaba música y miraba por la ventana, lo mismo que hago ahora. La 505, mi recorrido favorito, pausado, con diversos paisajes, te lleva desde la miseria hacia una bonanza de antaño, para luego regresarte a una pobreza no tan evidente ni tan terrible. Sé que si siguiera más allá de Matucana, llegaría a poblaciones donde la pobreza aún persiste en jubilados desnutridos, jovenes muertos por la droga y niños creciendo como el pasto en las veredas. Existe un dolor real en el mundo, nunca lo he vivido en carne propia pero es innegable. Un dolor que no es exclusivo de los humanos, para nada. Vivir es consumir, ser consumido, ignorar que vamos al despeñadero. Si das vuelta la foto, pareciera que es el mundo el que nos cae encima, con todo el peso de sus millones de años, con toda la anchura de un pie hecho roca que ya no da más de andar y andar sin destino. Sin descanso.

Estoy mal, cuando estoy. La alegría cae como una máscara, apenas la presentación termina. También llevo máscaras por dentro, y tengo empapelado con cartas ajenas los muros de habitaciones clausuradas. Se puede oir acallada la misma canción. Repetir 1. Hasta que llueva, y el viento deshoje las ramas. Caen los nidos, se quiebran las cáscaras de magníficos huevos de marfil. Pero dentro de ellos, no hay más que aire.


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