Estoy mal. A veces no estoy, o es como si no estuviera. Después vuelvo y han pasado días en lugar de horas, y la sensación agobiante, ese peso de tantos, ¿miles, millones? de segundos que de pronto le caen encima a uno, me hacen salir, nuevamente. Imaginemos un tubo de pasta de dientes, aplastado de pronto por un enorme pie, duro de callos por tanto caminar, aplastado con desprecio por aquel que siendo algo más que pie, se limita a caminar. Que puede hacer el relleno, la pasta de dientes, si no salir expulsado de golpe y quedar regado como un hilo estirado sobre el suelo, un hilo de sangre, no, un hilo de baba, un escupitajo mal lanzado y que queda colgando. Debo estar mal, tanta tontera que pienso, cualquier cosa la transformo en una metáfora sin pies ni cabeza, miro el enorme árbol que está allá afuera y de pronto los vellos en mis brazos son hojas que no quieren caer, y se posan ideas como palomas y bichos en corteza, que siempre acaban por echarse a volar o hundirse entre la tierra. No, en realidad no estoy mal, es otra cosa. No estoy. Tampoco recuerdo cuando fuere que si estuve, bien despierto y brioso. ¿Cuando tenía 6 años y caminaba pilucho junto a la ribera de un lago? ¿Cuando tenía 14 y me escapa de la clase de música de la vieja Irene? ¿O cuando pasaba de largo en la micro, viendo a mis compañeros del preuniversitario entrar a la clase de lenguaje los jueves? Me iba en la 505 hasta Matucana, ahí tal vez tomaba otra micro, del mismo número, de vuelta a la casa, quizás el Metro, la verdad no lo recuerdo. Dificil recordar algo tan repetitivo como andar en micro, y es que no hacía nada más en esas horas, escuchaba música y miraba por la ventana, lo mismo que hago ahora. La 505, mi recorrido favorito, pausado, con diversos paisajes, te lleva desde la miseria hacia una bonanza de antaño, para luego regresarte a una pobreza no tan evidente ni tan terrible. Sé que si siguiera más allá de Matucana, llegaría a poblaciones donde la pobreza aún persiste en jubilados desnutridos, jovenes muertos por la droga y niños creciendo como el pasto en las veredas. Existe un dolor real en el mundo, nunca lo he vivido en carne propia pero es innegable. Un dolor que no es exclusivo de los humanos, para nada. Vivir es consumir, ser consumido, ignorar que vamos al despeñadero. Si das vuelta la foto, pareciera que es el mundo el que nos cae encima, con todo el peso de sus millones de años, con toda la anchura de un pie hecho roca que ya no da más de andar y andar sin destino. Sin descanso.
Estoy mal, cuando estoy. La alegría cae como una máscara, apenas la presentación termina. También llevo máscaras por dentro, y tengo empapelado con cartas ajenas los muros de habitaciones clausuradas. Se puede oir acallada la misma canción. Repetir 1. Hasta que llueva, y el viento deshoje las ramas. Caen los nidos, se quiebran las cáscaras de magníficos huevos de marfil. Pero dentro de ellos, no hay más que aire.

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