que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (abundan los árboles caídos en los alrededores). Pobre hombre, tan falto de palabras y gestos, pero tan lleno de ideas, por muy erradas que estén muchas de ellas (mira que temerle a los pájaros porque pueden ser brujos). Me como el ulpo saboreando el regusto que le da el hambre incluso a los alimentos más llanos que hayan sido conocidos, que importancia tiene el perfecto balance entre nutrientes que aquí frente a mi, no existe. Con algo hay que llenar las tripas, y el aire que masco se me escapa por las narices, emerge como un hilillo humedecido y apurado desde las comisuras de los ojos, cuando das bufidos a nariz tapada. Algo hay que echarse adentro, y que mejor cosa que un ulpo, o más bien, un pavo, por suerte sin plumas, ni huesos ni pellejos colgantes, este es un pavo carente de toda realeza, de vivos colores, nada, es una masa informe y granulosa, me recuerda a los montículos de arena que el mar va deshaciendo, luego que las familias abandonan sus castillos de media tarde. Es verdaderamente una arenilla que no faltara a quien le raspe el buche. Una arenilla con el color de los caminos que llevan a la casa del ermitaño, en verano cuando los pastos arden y queman las picadas del tábano. Me dijo que las arenas movedizas nunca se han tragado a nadie, que más temen ellas, atrapadas dentro de los tazones enlozados, terminan siendo engullidas. Me lo decía mientras raspaba el fondo de una taza sin oreja. Los viejos antiguos, esos que levantaron las casas que ya no se ven de tantos años que tienen encima, no conocían de leseras citadinas como el almuerzo o las cucharas. A la hora del descanso, que ni siquiera una hora era en realidad, preparaban el ulpo en un tazón de barro recocido, y lo revolvían con el mismo dedo con el que después se llevaban la tibia mazamorra a la boca. El cuerpo apaleado ya no necesita más que seguir andando, arrancar de los golpes que puedan venir, no importa que muera en el camino, si total, siempre habrá algo nuevo de que morir. Dichosos eran cuando había un cuarto de azúcar. Entonces ya no pensaban en ningún charchazo viejo o por venir, se les olvidaba que la faena no cesa y que cada día renace el hambre, mientras el dulzor de la arenisca que mascaban sin querer tragar, les recordaba que en la vida algo más hay que no sean dolores.


***


Salir de la casa es salir perdiendo. El pasaje de la micro, la limosna que no perdona, la comida que quisiéramos poder ignorar. Avanzamos pero salimos para atrás, cuando el día acaba. Ratoneo en silos ajenos, me digo que todo el trigo del mundo es una ofrenda para aquellos que nunca aprendieron a sembrar o a segar, quienes, al igual que el trigo con su vaivén sobre el fuego, terminaran consumidos por el fuego, si se descuidan. Gracias. Gracias. Gracias.




el polvo en las persianas es el mismo que sobre mi cabeza

He vuelto. Nunca me fuì. De hecho, sigo donde mismo solía escribir acerca de todo, pero casi siempre sobre nada. El computador es distinto, pero sigue siendo el mismo, en esencia. Antes usaba un computador de escritorio, muy viejo, con Windows XP y que te daba tiempo de poner agua a hervir y comer un pan tostado con margarina, mientras arrancaba el sistema. Ahora, es solo un notebook casi igual de viejo, también con Windows XP, pero que te deja apenas unos momentos para mirar por la ventana mientras carga todos los archivos necesarios para su funcionamiento. La persiana está cerrada. Me parece que también es la misma persiana de en aquel entonces, porque habría de ser otra. No sabría decir tampoco, si es una u otra, esa clase de objetos me parecen todos iguales entre sí. Es como cuando me preguntan por como andaba vestida una persona el día anterior. La persiana está cerrada, lo que permite ver el polvo que tiene acumulado en sus decenas de hojas. La cantidad de polvo ha llegado a un punto donde ya no permite estimar el paso del tiempo en días, semanas o años. Quizás algún día sirva para estimar el paso del tiempo en una unidad más acorde, quizás en "vidas" o "ciclos históricos". Creo que las hojas de la persiana son metálicas, o de un plástico duro que además es resistente al sol. El color que tienen, un azul oscuro, algo sobrio pero todavía vital, parece ser el mismo que ha sido siempre. Las salpicaduras de pintura celeste no logran alterar ese aspecto de mudo testigo que tiene la persiana. La pintura es celeste, al igual que la fachada de la casa, supongo que cuando la pintaron no tuvieron suficiente cuidado de cerrar la ventana. Este computador también ha permanecido sin pronunciar palabra alguna, en todos estos años. Podría haberme vendido y entregado mis secretos a quien pudiera requerirlos, sin necesidad de amenaza o pago de recompensa alguna, como podría evitar hacerlo si no tiene contraseña. Nunca me he molestado en escoger una palabra o secuencia de números, para intentar proteger mi privacidad. El acto reflejo de llevarse las manos a la cara responde a una amenaza inminente, sabemos de antes que nuestras manos apenas haràn el golpe menos devastador, solo perderemos un diente y nos sangraran uno de los labios o encìas, por algunos dias, antes que perder mùltiples piezas dentales de un plumazo, pero aún así no podemos evitarlo. Por que habrìamos de evitar hacerlo, ademàs, intentar protegernos. Incluso los insectos más minúsculos buscan huir de aquello que perturba el equilibrio de sus cuerpos, se vuelve imperioso alejarse de aquello que les quema igual que un fuego sin dirección, que pareciera provenir desde confines difusos en torno de ellos, lo que es lo mismo, que una punzada ardiente que nace y se proyecta desde el centro mismo de sus cuerpos. Se ha establecido que existe una percepciòn de elementos nocivos, por parte de organismos como los insectos, pero dichas sensaciones, para suerte de ellos, no tienen categorías, no les es posible asociar evento o fuente algunas, que permita establecer un origen y por lo tanto, una solución. Tan solo les arde, hasta que de pronto ya no más. A veces pienso en la posibilidad que mi dolor no tenga una categoría ni origen definido, y que el acto de asociar ese malestar matutino, la tensión muscular persistente, aquella desolación que sobreviene cada vez que se proyecta ante ti una serie de escenas desafortunadas, donde parecía que todo podía suceder y al final resulto que nada ocurrió, me parece que asociar la sensación física del dolor con cualquier de estas potenciales causas u otras que pueda prononer, es una reacción casi tan instintiva como llevarse las manos al rostro para evitar recibir de lleno un golpe. El resultado suele ser bastante similar, el golpe se dispersa y se convierte en un eco que parece provenir de aquella decepción, no, en realidad proviene de aquel fracaso, o acaso no haya surgido desde un descuído ignorado. Prefiero verme como un insecto, una cucaracha o un caracol, si tuviera la posibilidad de elegir, antes que como un humano. No quiero desentrañar el origen del fuego que consume mi vivienda-cuerpo, tan solo quiero alejarme de él, dejando atrás lo que sea necesario, con tal de encontrar alivio y dejar de sentir que hay algo que necesito atender, resolver, atacar. Como un caracol, paso los días dormido, desplazándome de un lugar a otro gracias a la acción de una mano invisible que me me levanta y me lleva de aquí a allá. Solo de noche comienzo a despertar, cuando me encuentro a bordo de una oruga, recorriendo la fría noche que me separa de dos focos ardientes. ¿O será que desde mi cuerpo emana esta luz tan intensa? Nunca he sabido de luciernagas por estas tierras.

Sigo donde mismo he estado todos estos años, y aún no soy capaz de ponerle nombre a estos pequeños dolores. Sigo esperando acostumbrarme a ellos, terminas ignorando que están y persisten. Sigo donde mismo, tan solo el escritorio es nuevo, y este computador se siente igual de viejo que siempre, pero el cuerpo me parece más y más anticuado cada vez que lo uso. Pronto quedarà obsoleto.




31/12/2025

Hoy terminé de leer "El lugar sin límites", mientras iba en la micro de vuelta para la casa. He encontrado que leo mejor cuando estoy en la micro o en el Metro, antes que otros lugares más apacibles, como podría ser una habitación cerrada o un jardín. Quizás sea porque el verano ya ha comenzado y la casa nunca tuvo buena aislación térmica, así que el calor apenas comienza a decaer cuando se hace de madrugada, justo el peor momento para leer. Entonces es cuando más cuesta resistir el cansancio con el que cargamos por tener que vivir de día y no de noche. Además, ya no hay jardín, fue ocupado y tan solo quedan algunos márgenes alrededor del elemento disruptor, donde se refugian unas pocas plantas. Hay un pequeño pasillo de poco menos de un metro de ancho, junto a una reja aún a medio cubrir por la enredadera, luego que un jardinero aficionado (un vecino cualquiera, en realidad) se entusiasmara demasiado al podar. Ese margen, ese pasillo interrumpido por troncos y matas de flor del pájaro a medio morir, no es lugar para leer. 

Si tan solo la reja hubiera sido fabricada con fierros gruesos y lata, o tablas de corte preciso, cosa que no ninguna mirada se pudiera colar por ningún resquicio. Pero esta reja la tuvieron que armar con esa malla de alambres gruesos que no tapan nada, a la que no costaría nada cortarle una bonita puerta usando un napoleón, y uno de los chicos. Solo porque Dios es grande no se han entrado a robar, diría mi mamá. Con otra reja que realmente separara el patio de la calle, más allá de la delimitación de un perímetro ajustado a la norma y a los registros de bienes raíces, entonces podría tirarme a lo largo entre las malezas, los pocos troncos que sobrevivieron, e intentar leer un poco.

Ahora me doy cuenta de lo absurdo que resulta poder leer en el transporte público, a vista y paciencia de todos, y no en el patio de tu propia casa cuando has sido expuesto a la mirada de tus vecinos. En la micro no conoces a nadie y sería mucha la mala suerte de volver a toparte con las mismas personas, quizás sea este el motivo que facilita la lectura. El único otro espacio disponible que va quedando para leer en la casa, más se parece al lecho de un río seco, con su cama de piedritas y hierbas secas, antes que a un jardín que invite a la lectura. Tiene sombra, sí, gracias al arbusto de cedrón que todos los años intenta recuperar la envergadura que tuviera antes de la poda anual, pero también ese rincón es el único lugar que le queda al perro para ir a cagar, luego que todo el resto del patio fuera ocupado por el elemento disruptor. Yo siempre supe que fue un error, ceder el único jardín que nos quedaba, para construir esa casucha. Nunca lo dije en voz alta, para no quebrar la única familia que nos va quedando. Supongo que quien calla, otorga, como dicen, y en el fondo así fue.

En la mañana logré terminar el penúltimo capítulo del libro, cuando Pancho Vega hace su reaparición en la casa de la Japonesita. Estaba claro que el asunto no pintaba bien para la Manuela, pero nunca pensé que todo fuera a terminar así, a vista y paciencia del mundo, pero al mismo tiempo, soterrado por esa soledad que reina en los campos durante las noches, y durante gran parte del día también, para ser fieles a la realidad. Si no es tiempo de cosecha, desde la carretera siempre se ven vacías las plantaciones y cultivos, alguna vez se nos cruza estático algún hombre o mujer que nunca conocerán de jubilación alguna, encorvados cosechando o sembrando. El riego ocupa una pequeña fracción del tiempo cada día, y tanto la cosecha como la siembra serán unos pocos dentro del año completo. En realidad, no sé con precisión cuanto tiempo ocupen estas tareas, de todos los años que pasamos yendo al Sur, nunca nos tocó participar de ninguna de ellas. Después de todo, ni el tío Juan ni la tía Mirta tenían cultivos, no al menos que fueran lo suficientemente grandes como para requerir la ayuda de las visitas, para su cuidado. Algunos veranos recuerdo haber regado el terreno del tío Juan, en especial ese año donde intentó cultivar frutillas. Pero eran tres o cuatro surcos y ya, nada que requiriera mucho tiempo. También regábamos el durazno que estaba al fondo del terreno, que daba duraznos morados. El sitio era enorme, para uno que estaba acostumbrado al tamaño de los sitios en la población, incluso siendo esta una población con cierta holgura en cuanto al ancho de las calles y los sitios. El terreno del tío Juan, heredado de sus padres, debe haber sido incluso más grande que aquellos donde estaban emplazadas las casas de mis compañeros de curso. Es más, antiguamente solía ser el doble de grande, quizás el triple, si se supone que llegaba hasta el camino del fondo, ese que corría a un costado de los trigales y la línea del tren, de la cuál ya ni quedan los durmientes. En algún punto de la historia familiar, el dinero comenzó a escasear y fue necesario vender parte del sitio. Además, mis bisabuelos ya no podía cuidarlo, y el tío Juan trabajaba en otra área distante de las labores agrícolas: primero fue reparador de sistemas de refrigeración, y más adelante, se cambió al rubro de la construcción de mausoleos, en el cementerio del pueblo. Estructuras de líneas simples y escasa envergadura, pero más dignas que las cruces de madera reseca que apostaría siguen de pie en dicho cementerio. Dejó la mantención de sistemas de refrigeración, luego de esa vez cuando se quemó una mano, un accidente mientras manipulaba freón. No recuerdo ningún otro accidente que le hubiera sucedido y del que nos hayamos enterado (muy reservado el hombre, además de orgulloso). Creo que tampoco le pasó nada grave durante los años que alcanzó a trabajar en el cementerio. Nunca sufrió un accidente incidental, como caerse dentro de un foso recién cavado, ni dijo haber visto nunca un fantasma. Tan solo se le fue desgastando el cuerpo poco a poco, más rápido que los vivos, pero nunca llegando al nivel con que decaen los muertos. De improvisto, los huesos y cartílagos en su columna y cadera cedieron ante la presión de los años de esfuerzo. Luego fueron las arterias en su cerebro las que cedieron, y un ataque cerebrovascular terminó por dejar su cuerpo inutilizable para trabajo alguno. Vivo, medio vivo, si, pero inútil.

La casa donde vivía, una enorme construcción erigida en madera y nada más que madera, yace hoy abandonada, a la espera de una demolición cuya fecha se sigue aplazando, pero que ha de resultar inevitable. La casa se sostiene, pero resultaría inhabitable para cualquier persona moderna. Fue construida en otro tiempo, cuando las necesidades eran distintas, o quizás eran las mismas que ahora, solo que podían ser satisfechas con menos algarabía. Las habitaciones del segundo piso son oscuras y de techos bajos; todas las paredes y el techo carecen de aislación térmica, cosa que no había sido inventada todavía o que solo estaba reservada para las familias más acaudaladas; la escalera es angosta y los peldaños han sido pulidos de tantas pisadas sobre ellos, que es dificil no resbalar; la ducha tiene una ventana mirando hacia la calle y la llave del lavamanos a veces da la corriente, muy suave, pero se alcanza a sentir la electricidad; por último, en al menos una esquina de cada habitación o pasillo, hay una crucecita de palqui, dos palitos entre amarillo y blanco, atados por una lana roja tal como indicaba la sabiduría popular para la protección contra malos espíritus y brujerías varias. Aún así, no son pocos quienes han tenido terribles pesadillas o han escuchado ruidos inexplicables en dicha casa. Una vez, junto con mi hermana, creímos oir que alguien caminaba por el segundo piso, haciendo un sonido como de cadenas siendo arrastradas, pero no había nadie. Un primo soñó que una mujer desconocida lo ahogaba con una almohada, pero pudo despertar a tiempo, faltándole el aire pero vivo todavía. Mi papá alguna vez, cuando niño, vió espectros hundirse en la tierra, en esas noches que tenía la mala suerte de tener que usar el baño, el que estaba fuera de la casa. La sabiduría popular, nuevamente, indica que en dichos sitios donde los fantasmas descienden y pareciera que la tierra se los va tragando, seguro hay un entierro. Recuerdo que existen métodos precisos para definir el día y momento en que el entierro se puede recuperar, trayendo a la luz sus ollas de barro repletas de oro, pero ahora mismo me eluden los detalles. Los entierros se mueven, dice la gente, y no se dejan desenterrar tan facilito.

Como he dicho, la casa se encuentra en un estado de abandono casi total, incluso aunque hayan algunos arrendatarios esporádicos, puestos que nadie ha pretendido nunca restaurarla y traerle de vuelta su porte antiguo. El pueblo ya está asentado, calculo que tiene electricidad desde hace más de 50 años, y tendría que ocurrir una catástrofe gigantesca como para que fuera borrado del mapa. Hay un volcán cerca, que es visible incluso en días nubosos. Cuando haga erupción, porque alguna vez tendrá que volver a activarse, es probable que cubra el pueblo en ceniza y fragmentos de roca ardiente. Solo entonces el pueblo desaparecerá. Hasta que llegué aquel último día, solo las casas como aquella donde solía vivir mi tío Juan, habrán tenido que sufrir la condena de una dejadez tan avergonzante. Debí haberle tomado más fotografías cuando pude, ahora ya no tiene sentido, nada de lo que queda en pie se asemeja a lo que ha quedado guardado en mi memoria.

Hoy es víspera de año nuevo. Nunca me llamó mucho la atención esta celebración. Pero tampoco es que hayan otras celebraciones que me llamen la atención particularmente. Aún así, hay algo dificil de explicar en el Año Nuevo que me resulta demasiado arbitrario, carente de un significado arraigado en otra cosa distinta a una convención social. No me molesta la fiesta en sí, me gustaría que la gente tuviera un mayor número de celebraciones en el año, a lo largo de sus vidas. Quizás mi problema radica en el sentir agradecimiento, mi imposibilidad para agradecer es lo que me impide participar del ánimo general que se comienza a instalar desde temprano, con el cierre de los negocios y el vaciamiento de las calles. Iba en la micro leyendo "El lugar sin límites", eran cerca de las seis y media, pero en la micro habían asientos libres para regodearse. No lo pensé muy bien y me senté en el lado donde da el Sol. Por la avenida hay tantos edificios que al final no fue tan terrible. Las últimas frases del libro me pillaron con la guardia baja y me trajeron una pena que se me está haciendo cada vez más común en mi, a veces pienso que soy demasiado sensible, más de lo que necesito ser en realidad. Quizás Donoso debiera haber intercambiado el orden de esas dos últimas frases, me parece que el impacto hubiera sido mayor, pero quien soy yo para andar corrigiendo a alguien de su talla, o de cualquier otra. No sé, aquella noche final se me hubiese vuelto más oscura, el final del pueblo, más cercano.

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