Hoy terminé de leer "El lugar sin límites", mientras iba en la micro de vuelta para la casa. He encontrado que leo mejor cuando estoy en la micro o en el Metro, antes que otros lugares más apacibles, como podría ser una habitación cerrada o un jardín. Quizás sea porque el verano ya ha comenzado y la casa nunca tuvo buena aislación térmica, así que el calor apenas comienza a decaer cuando se hace de madrugada, justo el peor momento para leer. Entonces es cuando más cuesta resistir el cansancio con el que cargamos por tener que vivir de día y no de noche. Además, ya no hay jardín, fue ocupado y tan solo quedan algunos márgenes alrededor del elemento disruptor, donde se refugian unas pocas plantas. Hay un pequeño pasillo de poco menos de un metro de ancho, junto a una reja aún a medio cubrir por la enredadera, luego que un jardinero aficionado (un vecino cualquiera, en realidad) se entusiasmara demasiado al podar. Ese margen, ese pasillo interrumpido por troncos y matas de flor del pájaro a medio morir, no es lugar para leer.
Si tan solo la reja hubiera sido fabricada con fierros gruesos y lata, o tablas de corte preciso, cosa que no ninguna mirada se pudiera colar por ningún resquicio. Pero esta reja la tuvieron que armar con esa malla de alambres gruesos que no tapan nada, a la que no costaría nada cortarle una bonita puerta usando un napoleón, y uno de los chicos. Solo porque Dios es grande no se han entrado a robar, diría mi mamá. Con otra reja que realmente separara el patio de la calle, más allá de la delimitación de un perímetro ajustado a la norma y a los registros de bienes raíces, entonces podría tirarme a lo largo entre las malezas, los pocos troncos que sobrevivieron, e intentar leer un poco.
Ahora me doy cuenta de lo absurdo que resulta poder leer en el transporte público, a vista y paciencia de todos, y no en el patio de tu propia casa cuando has sido expuesto a la mirada de tus vecinos. En la micro no conoces a nadie y sería mucha la mala suerte de volver a toparte con las mismas personas, quizás sea este el motivo que facilita la lectura. El único otro espacio disponible que va quedando para leer en la casa, más se parece al lecho de un río seco, con su cama de piedritas y hierbas secas, antes que a un jardín que invite a la lectura. Tiene sombra, sí, gracias al arbusto de cedrón que todos los años intenta recuperar la envergadura que tuviera antes de la poda anual, pero también ese rincón es el único lugar que le queda al perro para ir a cagar, luego que todo el resto del patio fuera ocupado por el elemento disruptor. Yo siempre supe que fue un error, ceder el único jardín que nos quedaba, para construir esa casucha. Nunca lo dije en voz alta, para no quebrar la única familia que nos va quedando. Supongo que quien calla, otorga, como dicen, y en el fondo así fue.
En la mañana logré terminar el penúltimo capítulo del libro, cuando Pancho Vega hace su reaparición en la casa de la Japonesita. Estaba claro que el asunto no pintaba bien para la Manuela, pero nunca pensé que todo fuera a terminar así, a vista y paciencia del mundo, pero al mismo tiempo, soterrado por esa soledad que reina en los campos durante las noches, y durante gran parte del día también, para ser fieles a la realidad. Si no es tiempo de cosecha, desde la carretera siempre se ven vacías las plantaciones y cultivos, alguna vez se nos cruza estático algún hombre o mujer que nunca conocerán de jubilación alguna, encorvados cosechando o sembrando. El riego ocupa una pequeña fracción del tiempo cada día, y tanto la cosecha como la siembra serán unos pocos dentro del año completo. En realidad, no sé con precisión cuanto tiempo ocupen estas tareas, de todos los años que pasamos yendo al Sur, nunca nos tocó participar de ninguna de ellas. Después de todo, ni el tío Juan ni la tía Mirta tenían cultivos, no al menos que fueran lo suficientemente grandes como para requerir la ayuda de las visitas, para su cuidado. Algunos veranos recuerdo haber regado el terreno del tío Juan, en especial ese año donde intentó cultivar frutillas. Pero eran tres o cuatro surcos y ya, nada que requiriera mucho tiempo. También regábamos el durazno que estaba al fondo del terreno, que daba duraznos morados. El sitio era enorme, para uno que estaba acostumbrado al tamaño de los sitios en la población, incluso siendo esta una población con cierta holgura en cuanto al ancho de las calles y los sitios. El terreno del tío Juan, heredado de sus padres, debe haber sido incluso más grande que aquellos donde estaban emplazadas las casas de mis compañeros de curso. Es más, antiguamente solía ser el doble de grande, quizás el triple, si se supone que llegaba hasta el camino del fondo, ese que corría a un costado de los trigales y la línea del tren, de la cuál ya ni quedan los durmientes. En algún punto de la historia familiar, el dinero comenzó a escasear y fue necesario vender parte del sitio. Además, mis bisabuelos ya no podía cuidarlo, y el tío Juan trabajaba en otra área distante de las labores agrícolas: primero fue reparador de sistemas de refrigeración, y más adelante, se cambió al rubro de la construcción de mausoleos, en el cementerio del pueblo. Estructuras de líneas simples y escasa envergadura, pero más dignas que las cruces de madera reseca que apostaría siguen de pie en dicho cementerio. Dejó la mantención de sistemas de refrigeración, luego de esa vez cuando se quemó una mano, un accidente mientras manipulaba freón. No recuerdo ningún otro accidente que le hubiera sucedido y del que nos hayamos enterado (muy reservado el hombre, además de orgulloso). Creo que tampoco le pasó nada grave durante los años que alcanzó a trabajar en el cementerio. Nunca sufrió un accidente incidental, como caerse dentro de un foso recién cavado, ni dijo haber visto nunca un fantasma. Tan solo se le fue desgastando el cuerpo poco a poco, más rápido que los vivos, pero nunca llegando al nivel con que decaen los muertos. De improvisto, los huesos y cartílagos en su columna y cadera cedieron ante la presión de los años de esfuerzo. Luego fueron las arterias en su cerebro las que cedieron, y un ataque cerebrovascular terminó por dejar su cuerpo inutilizable para trabajo alguno. Vivo, medio vivo, si, pero inútil.
La casa donde vivía, una enorme construcción erigida en madera y nada más que madera, yace hoy abandonada, a la espera de una demolición cuya fecha se sigue aplazando, pero que ha de resultar inevitable. La casa se sostiene, pero resultaría inhabitable para cualquier persona moderna. Fue construida en otro tiempo, cuando las necesidades eran distintas, o quizás eran las mismas que ahora, solo que podían ser satisfechas con menos algarabía. Las habitaciones del segundo piso son oscuras y de techos bajos; todas las paredes y el techo carecen de aislación térmica, cosa que no había sido inventada todavía o que solo estaba reservada para las familias más acaudaladas; la escalera es angosta y los peldaños han sido pulidos de tantas pisadas sobre ellos, que es dificil no resbalar; la ducha tiene una ventana mirando hacia la calle y la llave del lavamanos a veces da la corriente, muy suave, pero se alcanza a sentir la electricidad; por último, en al menos una esquina de cada habitación o pasillo, hay una crucecita de palqui, dos palitos entre amarillo y blanco, atados por una lana roja tal como indicaba la sabiduría popular para la protección contra malos espíritus y brujerías varias. Aún así, no son pocos quienes han tenido terribles pesadillas o han escuchado ruidos inexplicables en dicha casa. Una vez, junto con mi hermana, creímos oir que alguien caminaba por el segundo piso, haciendo un sonido como de cadenas siendo arrastradas, pero no había nadie. Un primo soñó que una mujer desconocida lo ahogaba con una almohada, pero pudo despertar a tiempo, faltándole el aire pero vivo todavía. Mi papá alguna vez, cuando niño, vió espectros hundirse en la tierra, en esas noches que tenía la mala suerte de tener que usar el baño, el que estaba fuera de la casa. La sabiduría popular, nuevamente, indica que en dichos sitios donde los fantasmas descienden y pareciera que la tierra se los va tragando, seguro hay un entierro. Recuerdo que existen métodos precisos para definir el día y momento en que el entierro se puede recuperar, trayendo a la luz sus ollas de barro repletas de oro, pero ahora mismo me eluden los detalles. Los entierros se mueven, dice la gente, y no se dejan desenterrar tan facilito.
Como he dicho, la casa se encuentra en un estado de abandono casi total, incluso aunque hayan algunos arrendatarios esporádicos, puestos que nadie ha pretendido nunca restaurarla y traerle de vuelta su porte antiguo. El pueblo ya está asentado, calculo que tiene electricidad desde hace más de 50 años, y tendría que ocurrir una catástrofe gigantesca como para que fuera borrado del mapa. Hay un volcán cerca, que es visible incluso en días nubosos. Cuando haga erupción, porque alguna vez tendrá que volver a activarse, es probable que cubra el pueblo en ceniza y fragmentos de roca ardiente. Solo entonces el pueblo desaparecerá. Hasta que llegué aquel último día, solo las casas como aquella donde solía vivir mi tío Juan, habrán tenido que sufrir la condena de una dejadez tan avergonzante. Debí haberle tomado más fotografías cuando pude, ahora ya no tiene sentido, nada de lo que queda en pie se asemeja a lo que ha quedado guardado en mi memoria.
Hoy es víspera de año nuevo. Nunca me llamó mucho la atención esta celebración. Pero tampoco es que hayan otras celebraciones que me llamen la atención particularmente. Aún así, hay algo dificil de explicar en el Año Nuevo que me resulta demasiado arbitrario, carente de un significado arraigado en otra cosa distinta a una convención social. No me molesta la fiesta en sí, me gustaría que la gente tuviera un mayor número de celebraciones en el año, a lo largo de sus vidas. Quizás mi problema radica en el sentir agradecimiento, mi imposibilidad para agradecer es lo que me impide participar del ánimo general que se comienza a instalar desde temprano, con el cierre de los negocios y el vaciamiento de las calles. Iba en la micro leyendo "El lugar sin límites", eran cerca de las seis y media, pero en la micro habían asientos libres para regodearse. No lo pensé muy bien y me senté en el lado donde da el Sol. Por la avenida hay tantos edificios que al final no fue tan terrible. Las últimas frases del libro me pillaron con la guardia baja y me trajeron una pena que se me está haciendo cada vez más común en mi, a veces pienso que soy demasiado sensible, más de lo que necesito ser en realidad. Quizás Donoso debiera haber intercambiado el orden de esas dos últimas frases, me parece que el impacto hubiera sido mayor, pero quien soy yo para andar corrigiendo a alguien de su talla, o de cualquier otra. No sé, aquella noche final se me hubiese vuelto más oscura, el final del pueblo, más cercano.
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