el polvo en las persianas es el mismo que sobre mi cabeza

He vuelto. Nunca me fuì. De hecho, sigo donde mismo solía escribir acerca de todo, pero casi siempre sobre nada. El computador es distinto, pero sigue siendo el mismo, en esencia. Antes usaba un computador de escritorio, muy viejo, con Windows XP y que te daba tiempo de poner agua a hervir y comer un pan tostado con margarina, mientras arrancaba el sistema. Ahora, es solo un notebook casi igual de viejo, también con Windows XP, pero que te deja apenas unos momentos para mirar por la ventana mientras carga todos los archivos necesarios para su funcionamiento. La persiana está cerrada. Me parece que también es la misma persiana de en aquel entonces, porque habría de ser otra. No sabría decir tampoco, si es una u otra, esa clase de objetos me parecen todos iguales entre sí. Es como cuando me preguntan por como andaba vestida una persona el día anterior. La persiana está cerrada, lo que permite ver el polvo que tiene acumulado en sus decenas de hojas. La cantidad de polvo ha llegado a un punto donde ya no permite estimar el paso del tiempo en días, semanas o años. Quizás algún día sirva para estimar el paso del tiempo en una unidad más acorde, quizás en "vidas" o "ciclos históricos". Creo que las hojas de la persiana son metálicas, o de un plástico duro que además es resistente al sol. El color que tienen, un azul oscuro, algo sobrio pero todavía vital, parece ser el mismo que ha sido siempre. Las salpicaduras de pintura celeste no logran alterar ese aspecto de mudo testigo que tiene la persiana. La pintura es celeste, al igual que la fachada de la casa, supongo que cuando la pintaron no tuvieron suficiente cuidado de cerrar la ventana. Este computador también ha permanecido sin pronunciar palabra alguna, en todos estos años. Podría haberme vendido y entregado mis secretos a quien pudiera requerirlos, sin necesidad de amenaza o pago de recompensa alguna, como podría evitar hacerlo si no tiene contraseña. Nunca me he molestado en escoger una palabra o secuencia de números, para intentar proteger mi privacidad. El acto reflejo de llevarse las manos a la cara responde a una amenaza inminente, sabemos de antes que nuestras manos apenas haràn el golpe menos devastador, solo perderemos un diente y nos sangraran uno de los labios o encìas, por algunos dias, antes que perder mùltiples piezas dentales de un plumazo, pero aún así no podemos evitarlo. Por que habrìamos de evitar hacerlo, ademàs, intentar protegernos. Incluso los insectos más minúsculos buscan huir de aquello que perturba el equilibrio de sus cuerpos, se vuelve imperioso alejarse de aquello que les quema igual que un fuego sin dirección, que pareciera provenir desde confines difusos en torno de ellos, lo que es lo mismo, que una punzada ardiente que nace y se proyecta desde el centro mismo de sus cuerpos. Se ha establecido que existe una percepciòn de elementos nocivos, por parte de organismos como los insectos, pero dichas sensaciones, para suerte de ellos, no tienen categorías, no les es posible asociar evento o fuente algunas, que permita establecer un origen y por lo tanto, una solución. Tan solo les arde, hasta que de pronto ya no más. A veces pienso en la posibilidad que mi dolor no tenga una categoría ni origen definido, y que el acto de asociar ese malestar matutino, la tensión muscular persistente, aquella desolación que sobreviene cada vez que se proyecta ante ti una serie de escenas desafortunadas, donde parecía que todo podía suceder y al final resulto que nada ocurrió, me parece que asociar la sensación física del dolor con cualquier de estas potenciales causas u otras que pueda prononer, es una reacción casi tan instintiva como llevarse las manos al rostro para evitar recibir de lleno un golpe. El resultado suele ser bastante similar, el golpe se dispersa y se convierte en un eco que parece provenir de aquella decepción, no, en realidad proviene de aquel fracaso, o acaso no haya surgido desde un descuído ignorado. Prefiero verme como un insecto, una cucaracha o un caracol, si tuviera la posibilidad de elegir, antes que como un humano. No quiero desentrañar el origen del fuego que consume mi vivienda-cuerpo, tan solo quiero alejarme de él, dejando atrás lo que sea necesario, con tal de encontrar alivio y dejar de sentir que hay algo que necesito atender, resolver, atacar. Como un caracol, paso los días dormido, desplazándome de un lugar a otro gracias a la acción de una mano invisible que me me levanta y me lleva de aquí a allá. Solo de noche comienzo a despertar, cuando me encuentro a bordo de una oruga, recorriendo la fría noche que me separa de dos focos ardientes. ¿O será que desde mi cuerpo emana esta luz tan intensa? Nunca he sabido de luciernagas por estas tierras.

Sigo donde mismo he estado todos estos años, y aún no soy capaz de ponerle nombre a estos pequeños dolores. Sigo esperando acostumbrarme a ellos, terminas ignorando que están y persisten. Sigo donde mismo, tan solo el escritorio es nuevo, y este computador se siente igual de viejo que siempre, pero el cuerpo me parece más y más anticuado cada vez que lo uso. Pronto quedarà obsoleto.




No hay comentarios.:

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: