arder



Todo es eterno hasta que desaparece.





No hablo de arboles, ni bosques ni paisajes. Tampoco de personas, acciones o valores. Nunca me he referido al tiempo ni al aire. En cada latido del propio universo está la duda del siguiente, una duda que se extiende por una eternidad silenciosa. No hay razones. No hay fines ni propósitos. Sólo un constante ir y venir por entre las falsas voluntades y las vidas mal articuladas.
Los pensamientos no son consistentes, no lo suficiente como para procrear la carne. Los pasos vacilan y el mundo se vuelve una misma mancha gris extendida si es que no hay palabras ni impresiones. No hay necesidad, ni lógica. Simplemente un ciclo de falsas y torcidas voluntades, una tras otra, intermitentes y breves.
La vida es más ligera cuando no hay un camino que tomar.




¿Y que clase de lugar es ese?, preguntó el chico.
Lugares donde el hierro ya está en la tierra, dijo el viejo. Lugares donde el fuego ha ardido.
¿Y como se encuentran?
El viejo dijo que no se trataba de encontrar un lugar así sino más bien de reconocerlo cuando se presentara. Dijo que era en lugares así donde Dios descansa y maquina la destrucción de aquellos que con tanto dolor ha creado.
Y por eso soy hereje, dijo. Por eso y nada más.
La habitación estaba a oscuras. Volvió a darle las gracias al viejo, pero este no respondió, o si lo hizo él no lo oyó. Se volvió y salió.


10:01


Ojalá algo desaparezca de forma silenciosa en medio de sombras densas. Este mundo.



No existen cosas tales como la guerra o la paz en un mundo que muere en cada instante, con cada aullido.


La eternidad alzándose como un sol muerto por sobre el hielo.






- Sabes, ni siquiera es que esté desencantado. No tenía expectativa alguna ni conocimiento de esto. Quizá de haberlo tenido lo hubiera pensando mejor. Creo que de todas formas estaría aquí hablando contigo, aunque también podríamos estar en distintos roles: yo, el hombre pequeño con una arma en mis manos, y tú, el poseedor de un secreto ya que ambos sabemos de todos modos. Mírate, temblando por dinero, sudando por un poco de papel manchado con tinta. ¿Sabes?, nunca tuve mucho dinero en mi vida y aprendí a diferenciar entre medio y fin. La cosa es que nunca podrás tener todo lo que deseas, ya que siempre habrá alguien como yo al que le importe un carajo lo que tú desees, alguien que no está interesado en hacer el bien pero tampoco en dejar libres a sujetos como tú. Puede que haya cometido un error, un pequeño error, y por eso estoy aquí, sangrando y con un dedo triturado. ¿Sabes?, yo creía que sólo en las películas la gente se ponía a hablar y reflexionar antes de morir, que en la vida real habían cosas más importantes, como recordar los buenos momentos o rezar, o tratar de zafar y esperar a la siguiente vez. No puedes dejarme con vida. Pero no debes tampoco dejarme ir, ya que sería capaz de matarte a golpes con una Biblia. No, no me mancharía mi única ropa por alguien como tú. No, no recuerdo la contraseña y no, no se su apellido. Sólo se que me pagará lo suficiente como para vivir un año o más holgadamente si le llevo una prueba. Tú sabes de que. Si, los errores se pagan caro, aunque si me conocieras mejor, sabes que unas cuantas balas no me quitarían mucho en realidad. Disfruto estas charlas, aunque nunca había estado de este lado del océano. Al menos el aire es más puro. Creo que necesitaré unos cigarrillos si quieres continuar y que apagues esa maldita radio. Lennon me hace sentir enfermo.






En este mundo, la gente odia sin pasión y le desea el bien a aquellos que nunca ha visto.
No tengo mayores complejos con que el mundo se acabe. Quizá uno de estos días comienze a desear que no suceda.




"Las ratas del cementerio", por Henry Kuttner

Esto lo tenía hace tiempo...





Las ratas del cementerio


El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió hacerlas desaparecer. Al principio colocaba cepos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.

Eran grandes, aun tratándose de la especie mus decumanus, cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.

Masson se asombraba a veces de las extraordinarias proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado al llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, oculta en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.

En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.

Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.

Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.

Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aun cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.

El tamaño de aquellos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la curiosa circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.

Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había ido formando a un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.

Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala.

Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pata y se inclinó a revisar los cierres de la caja.

De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se le habían adelantado otra vez!

En un rapto de cólera, Masson arrancó lo cierres del ataúd Metió el canto de la pata bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.

La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso: el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.

El extremo del sarcófago habla sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero. Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver de una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de sí, a la luz de la linterna, podía ver cómo las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También él trató de arrastrarse lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.

El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.

Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.

El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.

De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejé escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbré una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.

La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.

El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.

Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.

Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr. Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. De momento, lo tomó por un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.

Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.

Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar hacia Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.

Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.

Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarazarse de ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.

Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel! La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.

Se acercaban las ratas... Era el enorme ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel. La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!

Jadeando de terror, Masson avanzaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso.

Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd, en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo! Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?

Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con las uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...

Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró los ojos, sacó su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.


FIN



Henry Kuttner

cosas



Me pregunto qué deben de hacer en casa, dijo Rawlins.
John Grady se apoyó y escupió. Bueno, dijo, probablemente se divierten como nunca. Probablemente han encontrado petróleo. Yo diría que ahora están en la ciudad escogiendo sus coches nuevos y todo lo demás.
Mierda, dijo Rawlins.
Siguieron cabalgando.
¿No te sientes nunca inquieto?, preguntó Rawlins.
¿Acerca de que?
No lo sé.
De cualquier cosa.
Sólo inquieto.
A veces. Si estás en un sitio donde no debes estar, supongo que te sientes inquieto. Deberías sentirte, por lo menos.
Bueno, pues supón que estuvieras inquieto y no supieras por qué. ¿Significa esto que podrías estar, sin saberlo, en un sitio donde no deberías?
¿Que diablos te pasa?
No lo sé. Nada. Creo que voy a cantar.
Y así lo hizo. Cantó: ¿Me echarás de menos, me echarás de menos? ¿Me echarás de menos cuando me haya ido?
¿Conoces esa emisora de radio Del Río?
Sí, la conozco.
He oído decir que por las noches puedes ponerte un alambre de cerca en los dientes y captarla. Ni siquiera necesitas una radio.
¿Tú te lo crees?
No lo sé.
¿Lo has intentado alguna vez?
Sí, una. Siguieron cabalgando. Rawlins cantaba.
¿Que diablos es un florido árbol de frontera?, preguntó.
Me has pillado, primo.





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"Al atardecer ensilló su caballo y se alejó de la casa cabalgando hacia el oeste. El viento había amainado bastante y hacía mucho frío y el sol estaba rojo sangre y elíptico bajo los arrecifes de nubes rojas que tenía frente a él. Cabalgaba hacia donde siempre elegiría cabalgar, allí donde la bifurcación occidental del viejo camino comanche bajaba de la tierra kiowa en el norte y cruzaba la parte más occidental del rancho y podía verse su débil rastro hacia el sur, sobre la baja pradera que se extendía entre las confluencias norte y mediana del río Concho. En la hora que siempre elegiría cuando las sombras eran largas y el antiguo camino se perfilaba ante él a la luz rosa y oblicua como un sueño del pasado en el que los ponies pintos y los jinetes de aquella nación perdida descendían del norte con las caras enyesadas y los largos cabellos trenzados y cada uno armado para la guerra que era su vida, y las mujeres y los niños y las mujeres con niños al pecho hacían todos promesas con sangre redimibles sólo con sangre. Cuando el viento estaba en el norte se podía oír a los caballos y el aliento de los caballos y los cascos de los caballos con herradura de cuero sin curtir y el ruido de las lanzas y el arrastre constante de las narrias por la arena como el paso de una enorme serpiente y los muchachos desnudos a lomos de caballos salvajes, gallardos como jinetes de circo, y caballos salvajes arreando ante ellos y los perros corriendo con la lengua fuera y esclavos a pie siguiendo medio desnudos y dolorosamente cargados y sobre todo la queda salmodia de su canción viajera que los jinetes entonaban mientras cabalgaban, nación y fantasma de nación pasando en un coral suave a través de aquel desierto mineral hacia la oscuridad perdida para toda la historia y todo el recuerdo como un grial, la suma de sus vidas seculares, transitorias y violentas."

UN EMPUJON HACIA LA LOCURA










Los días no tienen nada de distintivo, se funden las imágenes, los ruidos. No me importa si tengo sueños o no. Si las personas sonríen o no. Hay un hombre, que sin ser completamente inocente, sigue en prisión cuando debería estar libre. Organizan y ríen, comen y ríen. Y no debes alimentar las aves del jardín, no debes darles esperanzas para que luego la naturaleza juegue con ellas, para que las destace y deje a merced de las moscas. El ruido de las alas dentro de la lámpara, el calor, el calor y la sed que no siente. El ruido de una mosca luchando por luchar. Una mosca no vive. Las personas si, ellas comen y ríen, se organizan, se ríen y luego comen. Creen que importa lo que cada uno tiene dentro de su cabeza. No sólo se odian por lo que piensan, también se admiran, aman o simplemente desprecian (sienten pena por el otro). La gratitud es un peso, la venganza un placer.
Hay que fijarse si alguien es muy expresivo o si muy poco. De si habla mucho o muy poco. De si le gusta cuando los pájaros cantan en la mañana o si trata de hacer que sus estados de ánimo cambien con el clima. Auto forzarnos a ser. Pensar. Como me gustaría no pensar. Los días se funden y las horas se comprimen al dormir, dormir es como un respiro, como deternerse durante la carrera más importante de tu vida y dejar que todos los demás perdedores pasen a tu lado, como si fueran a llegar a un lugar. Los días no son como ahogo, no son angustia ni nada así. No. Son simplemente una mezcolanza de imágenes, frases y silencios, extraños, anónimos. Pasar un día completo sin pronunciar palabra alguna. Los libros no sirven, pero ya ves, toda esa gente los sigue leyendo. El día que lo racional sea erradicado de mi mente, ese día finalmente todo me parecerá lo mismo, ya que no habrán palabras para nada, ni reflexiones acerca de nada. Todo será vida o muerte, luz o sombra, agua o vino, así tal cual. Sólo extrañaría la música, quizá no. O quizá sea lo único que perdure ante todo. La música, mi única amiga. Lo que daría por talento. El mundo está plagado de personas felices o amargadas, con casas grandes o de cartón, con anillos de diamantes o una que otra sonrisa sin razón. Personas que hacen algo más que existir. Muchas, parecidas muy, muy en el fondo; probablemente no. Hay un hombre, que sin ser totalmente inocente, sigue en prisión cuando debería estar libre. La vida es un don, un privilegio. Entonces, si somos tan inteligentes, ¿por que no hacemos nada provechoso con ella? No hablo de salvar al pepino de mar turquesa ni de implantar el socialismo en el mundo. Eso que importa. Bastan unos segundos de sueño para que ser reemplazado y ser lanzado a una vida sencilla. Ya me aburrió esto de pensar, reflexionar, escribir cualquier cosa. Borrador tras borrador. Y todo sigue como antes. Realmente no hay mucho por hacer. El movimiento. Todo está en el movimiento. Bastaría un río donde sacar agua. Cuando pierdo algo o alguna oportunidad o algo parecido se va, puedo llegar a sentir angustia. Luego me da lo mismo. Los lideres del futuro. Encargado de rasgar el telón antes que la película comience. Arruinarles el día. Dejar la lluvia correr. Consumir los días. Que la luz no atraviese la piel. Mantenerse sano sin hacer ejercicio alguno. Comer porquerías. Preguntarse como es que hacen el flan. No por creer las cosas cambian. No por preocuparse. Uno contra millones en una lucha que no define el destino de nada; más bien un pasatiempo, algo en lo que canalizar la frustración de una vida simplemente aceptable. Si no fuera por las personas que buscan indicaciones varias, habrían horas sin palabra alguna. Buenas horas, buenos minutos y buenas eras. Dejando el silencio sea llenado por una memoria alterada. No tengo pasado, al menos no un fijo. Todo es relativo pero eso es otra cosa que no importa. Saber y saber cada vez más. Luego mueres y aún hay miles de preguntas por responder. Debería haber pensado en eso antes. Al fin y al cabo, a mi casi nada me importa. La otra vez me preocupé de dejarles comida a los pájaros y terminaron despedazados en el suelo del jardín. Nadie más que yo lo supo. Claro, yo y quien lo hizo. Mi peor tragedia no se compara con algo tan simple. Bueno, primero tendría que inventar una gran tragedia. Dejarlo todo al alba. No muchos han sido cambiados por una jarra de cerveza. Al despertar puede que seas otra persona, puede que tu vida sea ahora más sencilla.
"No me importa como te llames, lo que seas o lo que quieras ser".
"A mi si", dijo, desapareciendo entre las sombras de aquella mañana.





SEAN HONESTOS






Al final, a nadie le importa en realidad que sucede con las personas que están en prisión. Hay veces que sí, pero hay muchas, muchas que no, y lo que importa es la mayoría, ya que si no, ¿que haríamos con la democracia por la rogamos? No es las personas libres lo deseen, pero no les molestaría que todos esos seres desaparecieran. Pero no se pueden decir cosas así por televisión, no al menos en forma seria pero quizá sí, si es que eres una persona común y esforzada (además de honesta). Entonces, ¿por que no los utilizan para algo? Digo, serán criminales asquerosos, pero podrían fabricar cosas, reparar cosas, construir carreteras con un grillete a la pierna y bajo el sol. Al final, a nadie le molestaría que lo hicieran, estando la posibilidad de que si las tareas forzosas son realizadas publicamente, los transeuntes que lo deseen podrían escupirlos o insultarlos bajo la protección de gendarmes armados y muy bien pagados.
Una vez leí que las escaleras mecánicas habían sido inventadas como forma de castigo: los tenían subiendo escaleras hasta el día de su muerte, o en su defecto, hasta el día de la liberación. Pero eso es un desperdicio de energía, de nuestra energía. Deberían utilizarlos para algo, para algunos, en este caso, para todos. Son los falsos progresistas los que creen que cosas así no deben hacerse ("abuso"), son ellos quienes creen en la rehabilitación, en el arrepentimiento ¿Que le ha pasado a los católicos de antaño, aquellos que sin cavilar cortaban las lenguas a los paganos y desmembraban a los sacrílegos? Si fueramos más practicos incluso podríamos acabar con el hambre mundial ¿Como? Eso todos lo sabemos...y si no supieramos de donde surgió la sangre en nuestro filete, no vomitaríamos. Problema resuelto y Nobel asegurado.














Si fuera presidente del país, haría volar por los aires el barrio Lastarria. Luego dimitiría y me retiraría a una base en la Antártida.

ROJO

ESPERANDO EN UN PASILLO GRACIAS A LA BUROCRACIA, ESCUCHANDO EL REEK OF PUTREFACTION COMPLETO, ESCUCHANDO A UNA PERSONA HABLAR ACERCA DE SUS PLANES DE VACACIONES Y DE LA HORA EN QUE SALE SU VUELO, CON ESA TÍPICA VOZ DE... NO SÉ SI HABRÉ ESCOGIDO LA UNIVERSIDAD CORRECTA, AUNQUE CREO QUE SI HUBIERA ENTRADO A OTRA (CHILE/USACH) ME HUBIERA PASADO LO MISMO, EN TODAS PARTES ME PASA Y ADEMÁS ESTO NO EXISTIRÍA... YO SOY EL DEL PROBLEMA AL PARECER, PERO NO ME HAGO PROBLEMA POR ELLO.


NADA... deja de mirar hacía las nubes o hacía las palabras que parecen extrañas. Son sólo formas, manchas de tinta. Puedes volver a verlas mañana o el próximo milenio, te aseguro que volverán a repetirse. No apagues sólo el televisor, apaga todo, incluso a ti mism@. No te preocupes por el medioambiente, no te preocupes por la pobreza, que no te importen los cementerios y los hospitales llenos, que no te alarmen los titulares de diario, no estudies, no trabajes, no realices ataques terroristas ni tampoco seas parte del gobierno, no te opongas a nada, no apoyes a nada ni nadie, ni a ti mism@. Si no lo haces tú otro más lo hará. Los únicos vulgares, los únicos comunes y corrientes aquí somos todos nosotros, sí, incluso los que creen que no. Todos hemos nacido algún día dentro de la vasta existencia universal y de seguro moriremos algún otro día, perdido entre la vasta existencia universal. Esto no me alegra ni me entristece. Ciertamente no me es indiferente. Ser o no ser, actuar o no. Arrepentirse y olvidar luego. Puede importar o no. Positivo o negativo. Contra o a favor de la corriente. Parte de la masa o creer que no lo eres. Es más fácil ser relativo, pero es claramente un poco cobarde y aunque pueda sonar bien en primera instancia, al igual que el ser negativo, ¿para que?¿que se gana con eso?.
Soy el pasto muerto que crece en el jardín.
Dios, como molesta mi primitiva conciencia...

OK, I'LL DO IT





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...esto es algo que nadie necesita leer...


Estaba viendo una paloma. Le tiró una piedrecilla cerca que el ave confundió con una migaja o algo así y engulló. Quizá no la confundió. No importa. El sol se cuela por entre las escasas hojas que aún cuelgan de los árboles. El suelo está cubierto por un suave acolchado de hojas. Es verano y podría recostarse un momento. La luz, conservando únicamente el azul de algún ojo olvidado, comienza a opacarse y a abandonar los despojos de vida que todavía pueblan el bosque. Se desvanecen los últimos haces vagabundos y la confusión aumenta. Despertar sería una mala idea ahora, ahora que no sabe si es el agua salada de un océano o el aire puro de un mundo lejano lo que le llena los pulmones, como si tuviera uno. Despertar sería una respuesta a dormir, pero esto no es un sueño, en sus sueños siempre hay algo de real y desea que esto no sea real. Entonces debe estar durmiendo. Un paso y luego otro, un tropiezo con una raíz saliente y el roce de una enmarañada telaraña. Correr sintiendo el peso de las horas cansa bastante. Le resulta imposible andar en círculos y algo pareciera arrastrarlo directamente hacía la espesa y desconocida realidad que se cierne fuera del bosque. Pero el bosque y sus troncos encorvados, el bosque y sus riachuelos mudos, pareciera no terminar nunca. Si al menos supiera que le espera podría dejarse de preguntar tantas cosas a ninguna persona. Personas, un buen tiempo ya que no ha visto a ninguna persona. La última fue un hombre algo afectado en su mente que era guiado por la que debía ser su hija en otro mundo. Le basto ver como sus ojos se movían uno independiente de otro y a la absurdamente aterradora muñeca sucia que llevaba la niña en una mano para alejarse de ellos sin disimulo. Una zanja, más bien un pozo lo acoge ahora mientras cae. Estaba incluso más oscuro allí que arriba, en la superficie. Al menos allí las estrellas arden más frías. Lo profundo de su conciencia debe de haberlo arrastrado a tal situación, al bosque con su pozo y su extraño resplandor, en busca de alivio para el hielo que le reemplazaba los huesos y la carne. En la ciudad las personas que aún vivían no sabía ya que hacer frente al calor. Las noches eran cada vez más parecidas a los días a medida que los astros se acercaban más y más. La televisión no funcionaba ya y los refrigeradores no exhalaban un fresco silbido al abrirlos. La modernidad. La barbarie. Ninguna había tenido la respuesta y les había tomado siglos poder saber esto. Al menos ya no cometerían el mismo error en el lugar al que fueran luego de que la locura los consumiera con una mirada cegadora y bullente de incomprensión. Una mirada astral, proveniente de las lejanas celdas que orbitaban lentamente alrededor de alguna apagada estrella. Las estrellas, incluso habían llegado hasta las profundidades de la Tierra. Él ahora las veía, o al menos eso creía. Estaba confundido ya que sentía, o creía sentir, algo entumecidas las extremidades, pero había estado corriendo hace tan poco. Bueno, quizá esa fuera la razón, puede que debajo de las camas de hojas se ocultaran otras cosas, más pútridas y abrasivas. Ahora no siente uno de sus dedos y cree sentir algo tibio recorrerle la piel, cayendo junto a él. La caverna está fría y recorre varios kilómetros antes de alcanzar uno de los últimos escondites de la ahora escasa agua. Se pasean inquietos los que aún parecen humanos. Han pasado tantos años pero el fin no los alcanza todavía. Algunos están afanados en separar lo que aún sea comestible de lo ya roído. La cabeza está intacta y aún se encuentra sumida en un mundo fantasioso y confuso, lleno de incongruencias y ardientes estrellas terrenales. Sólo el torpe filo de una roca pone fin al último vestigio de humanidad en aquel astro, que visto a lo lejos tanto parece un ojo conteniendo los fuegos del universo.


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Just let me walk alone
I don't wanna be nobody


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Se que los laboratorios están por terminar, pero me enferma (sobre todo antes de dormir la siesta) saber que el próximo semestre tendré los mismos que ahora, más otro ¡¡TRES JODIDOS LABORATORIOS QUE NI SIQUIERA DEBERÍAN LLAMARSE ASÍ!! Preferiría ceder mi lugar a algún pirata somalí que quisiera aprender del mundo. La razón de por que no me gustan es fácil de dilucidar y va más allá de las actividades en sí. Además (¿además de que?), en la última tarea del curso supermusical, hay que crear algo que dure más de tres minutos y meterle sonidos creados por síntesis y lo que uno quiera. Yo nunca digo que la música sea mala, sólo digo que me aburre y es por que sé lo difícil que puede ser crear simplemente una canción (eso que no he logrado ni siquiera una o la mitad de una). Los compositores clásicos en general, deberían ser alabados más que nada por sus prolíficas carreras más que por otra cosa (basta poner alguna radio que toque esa clase de cosas para darse cuenta de muchos no valen la pena). Quién haya intentado hacer algo así lo comprenderá, a menos que tenga un maldito don. ¿Por que será que lo único de lo que puedo hablar es de música? ¿Por que pareciera que pregunto tantas cosas estúpidas cuando en realidad no es así?
En fin, suerte y que el mundo les sonría al despertar...







¿No te habras creído eso de más arriba verdad?




¿Dissection? No gracias, yo paso...

things i see

... go unnoticed by some.






I multiply and the air gets thinner and dirty
I take up space
I smell
I consume
But I produce nothing
I abuse
I have no reason to exist
The toilets clogged in this world of shit



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Ibamos en dirección al colegio, yo y otra persona, cuando me doy cuenta de quién es el conductor de aquel destartalado bus. Le explico a mi acompañante que resulta ser un asesino prófugo que acribillo a tiros, con las pistolas que lleva en la cintura en este mismo momento, a las personas que trasladaba en un bus, quizá este mismo, hace algún tiempo. Dicen que se levantó de su asiento y con un movimiento desenfundó, y, sin tener tiempo como para decir de forma justa quien vive y quien no, descargó sobre los trastornados rostros de los inocentes su plomo ardiente y veloz, pasando a la historia, no como un gran político, ni como artista revolucionario. Tampoco como una gran persona que siempre pensaba en los demás. Simplemente como alguien que decidió hacer estallar todo de una vez por todas. Tal como sucedería dentro de unos momentos nuevamente, mi sangre incluida.
No sabía como es que yo sabía tanto de aquel sujeto, pero comenzé a explicarle a mi compañero de asiento mi plan: el conductor-asesino era un músico frustrado que había grabado un par de discos poco exitosos y ya olvidados, por lo que iba a intentar entablar algún tipo de conexión emocio-musical con él para ver si nos dejaba en libertad, sin evidenciar claro está, que yo sabía quien era.
Me acerqué y frente a él (un bus extraño) le dije que su cara me resultaba familiar, que la había visto en algún lugar antes. Me miró algo nervioso y soltando una mano del volante, cuando agregé rapidamente que había sido en la portada de un LP de 11" (disco extraño) y que había comprado ya que me pareció interesante. Su rostro cambió de inmediato y comenzó a explicar, sin mayor dificultad y sin que nadie se lo hubiera preguntado, como es que la música solía llenar su vida y como era que había llegado a grabar tales discos. Quizá si le hubiera preguntado por Hank Williams en lugar de John Fahey se hubiera olvidado del por que se había levantado en la mañana (matar personas inocentes). Por suerte le gustaba la única canción que yo conocía. El paradero de nuestro colegio estaba cerca, y le digo que allí nos bajamos con mi hermana. Luego de que ella logró bajar (necesitó mi ayuda ya que la puerta estaba casi cerrada) comenzamos a caminar rápida pero disimuladamente por aquellas calles en dirección del edificio. Me preguntaba ella que que le iba a pasar a los que quedaron arriba del bus. Le dije que no sabía (pero en realidad no me importaba). Además, aquel músico-asesino parecía ser una buena persona en el sentido más individualisto posible, capaz de decir mucho más en una canción de minuto y medio que muchas otras personas. Nunca pienso en el futuro así que dejé el tema en el olvido.
La cosa es que, luego de atravesar una puerta que conecta dos calles distintas, escucho como es que el, ya infernal y rojizo, bus viene a toda marcha, arrasando con cuanto vehículo o árbol se interpusiera en su camino. El conductor debe haber creído que lo engañamos y decidió darnos caza. Comenzamos a correr, pero, aunque parezca un cliché, siempre me sucede que en los sueños me cuesta correr, ni siquiera es que camine rápido.
Por suerte alcancé a entrar en aquel distinguido establecimiento educacional y comienzo mi frenética búsqueda por un escondite inmediatamente.
Luego me encuentro a mi mismo buscando un arma ya que recordé que aquel sujeto portaba dos o más junto a él. Probablemente muchas más. Me dirijo a donde se maneja el dinero del colegio convencido de que un arma es necesaria para protejer tales lugares. Registro cada cajón que el tiempo me permite, pero, a través de una ventana pintada, veo su sombra. Es raro, pero aún no se oye disparo o súplica alguna.
Entra y se dirije hacía mí, con su mirada de hombre loco. Pero en lugar de golpearme con la culata de su Magnum, se pone a buscar unos papeles.
- Debes buscar todo tus registros, todo lo que indique que existes.- dice en una mezcla de alegría apremiante con confianza.
Ya aliviado, le ayudo en su tarea. Encontramos una carpeta con mi nombre, rebosante de mi existencia transcrita al papel.
Le apunto a la secretaria (o lo que fuera) con mi pistola (que no sé por que llevo en la mano de pronto) y le digo que borre todos mis datos, a mi persona, de su computador, en el cual se almacena la información de todos y cada uno de nosotros.
- Por favor no me mate, tengo familia, hijos.- me dice, muy calmada por cierto.- ¿No tiene usted familia?
- Tranquila, ni siquiera tengo el dedo en el gatillo, pero sé que si se lo pido amablemente, no lo va a hacer. Por eso la pistola. Ahora, bórreme de su archivo.
Lo hace sin dudarlo ni un segundo. Hago pasar los papeles de la carpeta una y otra vez por la picadora de papel (siempre me gustó hacer eso).

- Sabes que esto es lo que deseas- me dice mi maniatico aliado.- Siempre lo has sabido, cada mañana que despiertas y a cada momento en que odias ver el sol aparacer por entre las nubes.

- Lo sé, pero nunca he tenido ni el valor ni la locura como para hacerlo.- le respondo.

- Por eso es que estoy aquí, por eso es que te dejé bajar del bus, por eso es que aún vives. Yo sé que hacer, siempre lo has sabido.

Lo miro ya más como a un amigo que como a un asesino buscado por la policía, acusado de horribles crímenes.
- Por eso que me creaste, para ayudarte a terminar con esto, pero sin rendirte antes los pies de ningún creador, ni terrenal ni celestial- fueron sus últimas palabras.
La secretaria ya no esta, ya no queda nadie en el mundo, o al menos en esta ciudad. Me da igual, y comienzo a caminar para salir de aquel confuso lugar e intentar comprender que es lo que acaba de acontecerme.
El bus arde en la esquina siguiente, quien sabe con que macabra escena en su interior que nadie más verá. Lo vuelvo a mirar y ya no hay nada.


Siempre supe quién era aquel sujeto que me ayudó a alcanzar algo parecido a la libertad, al menos por unos minutos, horas o segundos, no sé, pero si lo digo, incluso yo no creería que esto sucedió en realidad... ya que, ¿como pueden ustedes, al otro lado de la pantalla, saber si esto fue real o no?



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El pozo y el pendulo


El Pozo y el Péndulo

Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal; les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento. Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en contacto con el hilo de una batería galvánico. Y las formas angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno. Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad. Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido. En medio del más profundo sueño.... ¡no! En medio del delirio.... ¡no! En medio del desvanecimiento.... ¡no! En medio de la muerte..., ¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado. Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. Y ¿cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas, mientras, maravillados, nos preguntarnos de dónde proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotando en el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar; no será el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta entonces. En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío, hubo instantes en que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos, en que he llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia. Muy confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del infinito en descenso. También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón. Luego, el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable. De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde. únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo vagamente. No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada. A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la sentencia, y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente muerto. A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas, Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz. Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra. Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba negro. Respiré con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían reservado no era el más espantoso de todos. Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los horrores de Toledo corrían. Sobre esos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de tinieblas, y qué muerte más terrible quizá me esperaba? Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el resultado era la Muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía. Mis extendidas manos encontraron, por último, un sólido obstáculo, Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña. Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía; pero no había tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella posición. Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquéllo era una cueva. No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando cruzarlo en línea recta. De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome caer de bruces violentamente. En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué el brazo y me estremecí descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida. Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura que me aguardaba. Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos; pero en aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio infernal de quien los había concebido. Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed abrasadora, y de un trago vacié el cántaro. Algo debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al de la muerte No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban. Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel. Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las medidas de aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela. Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha. También me había equivocado por lo que respecta a la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos, deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creía mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones. Toda la superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes de horror más realista, llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo. Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne cruelmente salada. Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y pareciese mucho, por su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención. Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza, la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo, de vigilar su fastidioso movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda. Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas. Transcurrió media hora, tal vez una hora —pues apenas imperfectamente podía medir el tiempo—, cuando, de nuevo, levanté los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por una media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba moviéndose en el espacio. Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión como la última Tule de todos los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabía que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce. ¡Más dulce! En mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí. ¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando. Pasaron días, tal vez muchos días, antes de que llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre. Hería mi olfato el olor del acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido, sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete precioso. Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían detener la vibración. Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojó en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota. La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran dimensión de la curva recorrida —unos treinta pies, más o menos— y la silbante energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje. Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pagar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron. Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aunaba y reía alternativamente, según me dominase una u otra idea. Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha. Siempre más bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de la Inquisición. Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje. Y con esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez, pensé por vez primera. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de mí cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza no bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida. Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla a la práctica. Hacía varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos rojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa. «¿A qué clase de alimento —pensé— se habrán acostumbrado en este pozo?» Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para impedirlo, habían devorado el contenido del plato. Mi mano se acostumbró a un movimiento de vaivén hacia el plato; pero a la larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia. Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar. Al principio, lo repentino del cambio y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más de un instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos de las más atrevidas se encaramaron por el caballete y olisquearon la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarráronse a la madera, la escalaron y a centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba, ni el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mí garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios. Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba constantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que la operación habría terminado. Sobre mí sentía perfectamente la distensión de las ataduras. Me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana, continué inmóvil. No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. La estameña de mi traje había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me deslicé fuera del abrazo de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre. ¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza invisible. Aquella fue una lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en un principio no pude apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno de ensueños y de escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes. Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendiese en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido. Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario. ¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda con respecto al deseo de mis verdugos, los más despiadados, los más demoníacos de todos los hombres. Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo. El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondido mi rostro entre las manos, lloré con amargura. El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez más los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y ése efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto, obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste. En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. «¡La muerte! —me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!» ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión? Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible. Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos... Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió el mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.


Edgar Allan Poe

(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)




***


lo leí el otro día en la noche, y no comprendo como es que el bueno de Edgar no fue capaz de acabar con la vida del sujeto... lo esperé y lo esperé, pero no sucedió... y resulta que en las bibliotecas de la "universidad" tienen libros de demonología y cosas por el estilo, de los cuales dos están disponibles para los "estudiantes" comunes y (en algunos-muchos casos) corrientes, mientras que los otros son considerados demasiado raros y valiosos como para que los podamos ver siquiera... si los días nublados son "buenos" días, los lluviosos resultan ser perfectos, aunque no los distinga de otros días nada más que por la lluvia, aunque eso sí, hoy hubo un trueno realmente explosivo, que me hizo congelarme en el acto e hizo sonar la alarma de automóvil algo cobarde. .. es lo más cercano que se puede estar de algo "hermoso" (pésima palabra) y/o "majestuoso" (otra mala palabra), al menos eso digo yo... la luz me llegó a cegar por breves instantes... otros rugidos se sincronizaban muy bien con lo que yo escuchaba en ese momento... extrañamente bien en algunos casos...





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