la naturaleza es tan sabia como un perro pegado a una perra, gruñendo estupidamente a otros perros que se acercan a contemplar el patético espectáculo. la vida solo busca crear vida, acelerar el enfriamiento universal, crear las condiciones donde no puede haber vida, nunca más.

 Basta un hombre corpulento de pie, intentando ponerse una chaqueta mientras lucha contra el vaivén del bus, para hacerlo dudar a uno si de pronto la micro que tomó hace unos minutos no era realmente un bus interurbano con destino a Curicó y que estamos prontos a llegar al terminal. La mujer que lo acompaña parece buscar algo en su cartera, o tal vez guarda algo, pero siguiendo la ilusión creada por el hombre, parece más bien estar preparando su equipaje de mano para poder levantarse rauda de su asiento y tomar el primer lugar ante la escalera para descender del bus, no alargar sin necesidad este viaje que para mi pareciera recién haber comenzado. Pero no había razón para dudar, incluso si el alumbrado deficiente y el cielo cerrado por la lluvia no dejaban distinguir fachadas ni nombres de calles, incluso si en el fondo realmente hubiera preferido estar a cientos de kilómetros de allí, recién a medio camino de Valdivia, o tal vez llegando a Puerto Montt para luego cambiar la planicie del asfalto por la ondulación salina y enfilar hacia Chiloé. No había razón para dudar, seguía estando donde debía estar según el curso que había tomado el día, pero la calle estaba desierta, todos quienes podían refugiarse de la lluvia ya estaban a salvo, aunque siempre hay nuevas goteras, siempre aparecen nuevas cavidades por donde puede fluir el agua amoldada, burlando silicona y asbesto, brotando invertida, como el más fugaz de los cristales. El curso del día, el curso del agua por la orilla de la calzada, dicen que nada es estático, a pesar que los lugares y las horas se repitan una y otra vez, siempre habrá algo nuevo, un detalle huidizo, una belleza tardía. Pero me miro y que me parta un rayo si no pareciera que esta escena no es más que un fondo reciclado de un metraje abandonado hace años, algo descolorido por el paso del tiempo, al cuál el desgaste le ha dado una nueva profundidad. Pero miro hacia el cielo entramado de nubes y pienso que nadie podría asegurarme que el agua que cae libre sobre mi no es la misma que hace años me acompañó en una noche igual a esta.

 En el pueblo donde creció mi papá, abandonado por su padre y legado por su madre a sus abuelos, ya que en los conventillos y tomas en Santiago la cosa parecía ser aún peor, aunque dificil imaginar algo peor que comer tortilla de yuyos, apilar troncos a los catorce años, o jugar con latas de conserva vacías, tal vez peor no sea la palabra, tal vez estaba más seguro, al menos había un techo y una cocina a leña, bueno, en ese pueblo una vez unos arrieros encontraron a un hombre salvaje, no se especifíca si cubierto de vellos o si solo algo despeinado, se necesitó la fuerza de al menos dos hombres de contextura más bien normal para controlarlo y poder llevarlo al pueblo, para atarle las manos mientras el pobre salvaje repetia las mismas dos palabras una y otra vez, "fillo 4", o tal vez era "filho", hijo en portugués, pero como iba a saber él que eso era Chile y no Brasil, aunque exista cierta cercanía entre ambos países, así lo confirma la popularidad de cantantes como Roberto Carlos, más destacable aún considerando que a veces pareciera hablar más que cantar, "fillo 4, fillo 4" repetía sin parar, mientras le recortaban los cabellos y afeitaban la barba que seguro le cubría el rostro, preguntarle por su nombre no tenía sentido, "fillo 4", así que le pusieron Juan de Dios Hallado, quien vivió desde entonces como un cristiano de segunda clase entre gente que ella misma estaba en el véstibulo donde esperaban quienes deseaban subir por la escalera social, intentar dejar atrás el hambre y el frío, alimentados por la indiferencia de la dictadura o por la sangre misma de algunos desafortunados, Juan de Dios Hallado, quien moriría a los pocos años, probablemente víctima del alcohol, lacra del hombre rural que no conoce descanso en medio de trigales ajenos y bosques de artificio, su lápida fue humilde como la de un buen cristiano, apenas su nombre y la marca de su deceso sobre el yeso, una lápida apenas aceptable pero que se destaca entre las demás, la lápida de un salvaje domésticado, cosa curiosa si recordamos las inclemencias que rodeaban la vida del campo, una vida salvaje donde sobrevivir , se podría decir que no había más compasión que aquella que se entregaban unos a otros los condenados, suavizando las asperezas del día a día con un poco de yerba y azúcar, con un pan negro.

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: