En el pueblo donde creció mi papá, abandonado por su padre y legado por su madre a sus abuelos, ya que en los conventillos y tomas en Santiago la cosa parecía ser aún peor, aunque dificil imaginar algo peor que comer tortilla de yuyos, apilar troncos a los catorce años, o jugar con latas de conserva vacías, tal vez peor no sea la palabra, tal vez estaba más seguro, al menos había un techo y una cocina a leña, bueno, en ese pueblo una vez unos arrieros encontraron a un hombre salvaje, no se especifíca si cubierto de vellos o si solo algo despeinado, se necesitó la fuerza de al menos dos hombres de contextura más bien normal para controlarlo y poder llevarlo al pueblo, para atarle las manos mientras el pobre salvaje repetia las mismas dos palabras una y otra vez, "fillo 4", o tal vez era "filho", hijo en portugués, pero como iba a saber él que eso era Chile y no Brasil, aunque exista cierta cercanía entre ambos países, así lo confirma la popularidad de cantantes como Roberto Carlos, más destacable aún considerando que a veces pareciera hablar más que cantar, "fillo 4, fillo 4" repetía sin parar, mientras le recortaban los cabellos y afeitaban la barba que seguro le cubría el rostro, preguntarle por su nombre no tenía sentido, "fillo 4", así que le pusieron Juan de Dios Hallado, quien vivió desde entonces como un cristiano de segunda clase entre gente que ella misma estaba en el véstibulo donde esperaban quienes deseaban subir por la escalera social, intentar dejar atrás el hambre y el frío, alimentados por la indiferencia de la dictadura o por la sangre misma de algunos desafortunados, Juan de Dios Hallado, quien moriría a los pocos años, probablemente víctima del alcohol, lacra del hombre rural que no conoce descanso en medio de trigales ajenos y bosques de artificio, su lápida fue humilde como la de un buen cristiano, apenas su nombre y la marca de su deceso sobre el yeso, una lápida apenas aceptable pero que se destaca entre las demás, la lápida de un salvaje domésticado, cosa curiosa si recordamos las inclemencias que rodeaban la vida del campo, una vida salvaje donde sobrevivir , se podría decir que no había más compasión que aquella que se entregaban unos a otros los condenados, suavizando las asperezas del día a día con un poco de yerba y azúcar, con un pan negro.
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