Suelo cruzar las calles por lugares no habilitados. Es una costumbre que se arraigó en mi luego de tantos años viviendo junto a una avenida con tan pocos pasos de peatones. Luego de la última remodelación que hicieron, donde rompieron el antiguo pavimento en toda su extensión y la avenida permaneció cerrada a tramos por meses y meses, demarcaron con pintura en el suelo, algunos nuevos puntos donde cruzar en forma segura. También pusieron rejas a todo lo largo, para evitar que las personas cruzaran por donde quisieran, pero ya ven, las costumbres persisten y con las primeras protestas, el enrejado comenzó a fragmentarse. En algunos sitios sacaron nada más que un pedacito, una de las unidades mínimas que se van montando y solsando entre sí, para dar origen a la reja tan extensa como era. En otros puntos, más conflictivos, la sacaron casi de cuajo y de a tres o cinco unidades a la vez. Las usaban para bloquear las calles, aunque tampoco podría descartar que luego alguna persona apremiada por la necesidad o simplemente despreocupada, aprovechara de robarse algunos metros de reja, para vender el fierro al kilo. Cerca de donde vivo repararon la reja, pero una noche, algún vecino del sector fue con una galleta y cortó lo justo y necesario para permitir el libre tránsito. Estoy seguro que la cortaron, porque la noche anterior no hubo protesta alguna. Sobre lo que no tengo seguridad alguna, es sobre si habrán usado una herramienta a baterías o si tiraron un cable larguísimo desde alguna de las casa junto a la avenida. El corte en el fierro es limpio, tiene el acabado semi pulido que deja el paso del esmeril circular. Luego de esta acción clandestina y nocturna, las autoridades no se molestaron en reponer la reja. Además, los pasos de peatones no sirven para nada, nadie debiera depositar tanta confianza y su vida entera, en unas rayas pintadas en el suelo. No importa que tan gruesa y resistente sean las rayas, que tan brillante sea la pintura, a fin de cuentas su capacidad de protegernos siempre recaerá en los automovilistas. Y yo no confío en nadie que crea necesitar poseer y manejar un automovil para vivir, con excepción quizás, de quienes realizan fletes y despachos. Tal vez también se podrían incluir a las personas con discapacidad, a los técnicos de audio con sus mesas enormes, y algunos músicos, como arpistas, trombonistas o contrabajistas.
Los pasos de peatones no garantizan nada, serán siquiera un mínimo civilizatorio, como se suele decir, un estándar mínimo para que una ciudad sea ciudad y no tan solo un pueblo muy grande. No sirven de nada, y así lo confirman todos los muertos por atropello en un cruce cercano y donde además aún sigue el enrejado en pie y los semáforos funcionando. Ya sea por imprudencias de la gente de a pie o sobre ruedas, no ha parado de morir gente en ese cruce, incluso desde antes de la remodelación de la avenida. Cuántas veces han extendido esos plásticos anaranjados sobre el pavimento oscuro, tratando de contener la sangre. Llevan muriendo montones de personas en ese cruce, desde que yo era niño, y lo seguirán haciendo, muriendo. En cambio, aquí afuera, en el punto donde yo cruzo la avenida por un paso no habilitado, gracias a la acción encubierta de esa persona anónima que armada con su herramienta de trabajo, volvió a abrir el paso, aquí no ha muerto nadie desde que falleciera mi tío atropellado por un bus, hace más de 40 años. Es por su recuerdo que yo siempre cuido de no tener que pasar corriendo para esquivar un auto, como hacen algunas personas que arriesgan demasiado por tan poco, para ahorrarse unos segundos, quizá un minuto caminando y esperando en el paso de peatones que está unos cincuenta metros más arriba. Cruzo la avenida en calma, resguardando mi integridad física hasta donde me sea posible, pero a mí me importa más el evitar morir atropellado, que el evitar morir en si mismo. Mi tío murió atropellado, después de todo, por una micro que debe haber sido muy parecida a las hoy en día se ven. Cuando yo era cabro me decían que me parecía un poco a él, en lo ancho del cuerpo, en lo buena gente. No me parecía ni en el aspecto ni en la personalidad, tan solo en ser buena gente. Mi abuela y mi mamá llevan tantos años pasando por el mismo lugar donde murió mi tío, supongo que ya no les genera nada y, en caso que el recuerdo aparezca, de él tirado en medio de la calle, de él dentro del ataúd con su pierna torcida de tan rota que le quedó, el recuerdo ya no genera gran cosa en ellas. En mi caso no hay ningún recuerdo, de ninguna clase, porque nunca conocí a este tío, ni de guagua. Tengo cierta idea de como se veía al momento de fallecer, gracias a ese retrato iluminado que aún sigue colgado en una pared en la casa, el mismo retrato al que solían encender una vela en cada cumpleaños. Se supone que al micrero nunca le pasó nada, tal vez ni siquiera se fueron a juicio, si la familia de mi mamá era muy pobre por esos años. Creo que alguna vez lo volvieron a ver, al micrero, no recuerdo donde, si caminando en la calle o si manejando algún otro vehiculo. Es por mi tío que murió atropellado que tengo tanto cuidado al cruzar las calles por donde no se debe. Él era mucho más responsable, dudo que haya andado corriendo y metiéndose entre los autos. Aún así, terminó como terminó, como un recuerdo que ya casi no duele, sobre el cuál ya no existen dudas sobre como hubieran podido ser las cosas. Simeplemente no fueron, y eso es lo que nos tocó. Cuando yo era más cabro, a veces sentía que intentaban transferir la historia truncada de mi tío, en mi persona, tenían que estar forzando la vista, pensaba yo, si creen ver algo de él en mi, más allá del ancho de hombros o la estatura. No soy buena gente, no tanto como era él, al menos. Y como no soy buena gente, no me preocupa el no morir, más bien, siempre cuido de no morir atropellado, aunque sé que no todo depende de mi ni de la visibilidad de los pasos de peatón o de las leyes de tránsito. También depende de las personas detrás de cada volante, que ponen en riesgo sus vidas y las nuestras cada día que deciden usar sus vehículos en lugar de caminar. También podrían tomar una micro, pero como ya se sabe, muchos han caído bajo sus ruedas, y lo seguirán haciendo. Así funcionan las ciudades, después de todo. De algún modo, tan solo pido que si mi destino fuera morir atropellado y no pudiera hacer nada para evitarlo, ojalá que sea en otra esquina, lejos de aquí, en una avenida que mi abuela ya haya olvidado, o en una calle que mi mamá pueda vivir sin tener la necesidad de poner un pie sobre ella.


