Quebrando huesos, cortando fierros

Suelo cruzar las calles por lugares no habilitados. Es una costumbre que se arraigó en mi luego de tantos años viviendo junto a una avenida con tan pocos pasos de peatones. Luego de la última remodelación que hicieron, donde rompieron el antiguo pavimento en toda su extensión y la avenida permaneció cerrada a tramos por meses y meses, demarcaron con pintura en el suelo, algunos nuevos puntos donde cruzar en forma segura. También pusieron rejas a todo lo largo, para evitar que las personas cruzaran por donde quisieran, pero ya ven, las costumbres persisten y con las primeras protestas, el enrejado comenzó a fragmentarse. En algunos sitios sacaron nada más que un pedacito, una de las unidades mínimas que se van montando y solsando entre sí, para dar origen a la reja tan extensa como era. En otros puntos, más conflictivos, la sacaron casi de cuajo y de a tres o cinco unidades a la vez. Las usaban para bloquear las calles, aunque tampoco podría descartar que luego alguna persona apremiada por la necesidad o simplemente despreocupada, aprovechara de robarse algunos metros de reja, para vender el fierro al kilo. Cerca de donde vivo repararon la reja, pero una noche, algún vecino del sector fue con una galleta y cortó lo justo y necesario para permitir el libre tránsito. Estoy seguro que la cortaron, porque la noche anterior no hubo protesta alguna. Sobre lo que no tengo seguridad alguna, es sobre si habrán usado una herramienta a baterías o si tiraron un cable larguísimo desde alguna de las casa junto a la avenida. El corte en el fierro es limpio, tiene el acabado semi pulido que deja el paso del esmeril circular. Luego de esta acción clandestina y nocturna, las autoridades no se molestaron en reponer la reja. Además, los pasos de peatones no sirven para nada, nadie debiera depositar tanta confianza y su vida entera, en unas rayas pintadas en el suelo. No importa que tan gruesa y resistente sean las rayas, que tan brillante sea la pintura, a fin de cuentas su capacidad de protegernos siempre recaerá en los automovilistas. Y yo no confío en nadie que crea necesitar poseer y manejar un automovil para vivir, con excepción quizás, de quienes realizan fletes y despachos. Tal vez también se podrían incluir a las personas con discapacidad, a los técnicos de audio con sus mesas enormes, y algunos músicos, como arpistas, trombonistas o contrabajistas.

Los pasos de peatones no garantizan nada, serán siquiera un mínimo civilizatorio, como se suele decir, un estándar mínimo para que una ciudad sea ciudad y no tan solo un pueblo muy grande. No sirven de nada, y así lo confirman todos los muertos por atropello en un cruce cercano y donde además aún sigue el enrejado en pie y los semáforos funcionando. Ya sea por imprudencias de la gente de a pie o sobre ruedas, no ha parado de morir gente en ese cruce, incluso desde antes de la remodelación de la avenida. Cuántas veces han extendido esos plásticos anaranjados sobre el pavimento oscuro, tratando de contener la sangre. Llevan muriendo montones de personas en ese cruce, desde que yo era niño, y lo seguirán haciendo, muriendo. En cambio, aquí afuera, en el punto donde yo cruzo la avenida por un paso no habilitado, gracias a la acción encubierta de esa persona anónima que armada con su herramienta de trabajo, volvió a abrir el paso, aquí no ha muerto nadie desde que falleciera mi tío atropellado por un bus, hace más de 40 años. Es por su recuerdo que yo siempre cuido de no tener que pasar corriendo para esquivar un auto, como hacen algunas personas que arriesgan demasiado por tan poco, para ahorrarse unos segundos, quizá un minuto caminando y esperando en el paso de peatones que está unos cincuenta metros más arriba. Cruzo la avenida en calma, resguardando mi integridad física hasta donde me sea posible, pero a mí me importa más el evitar morir atropellado, que el evitar morir en si mismo. Mi tío murió atropellado, después de todo, por una micro que debe haber sido muy parecida a las hoy en día se ven. Cuando yo era cabro me decían que me parecía un poco a él, en lo ancho del cuerpo, en lo buena gente. No me parecía ni en el aspecto ni en la personalidad, tan solo en ser buena gente. Mi abuela y mi mamá llevan tantos años pasando por el mismo lugar donde murió mi tío, supongo que ya no les genera nada y, en caso que el recuerdo aparezca, de él tirado en medio de la calle, de él dentro del ataúd con su pierna torcida de tan rota que le quedó, el recuerdo ya no genera gran cosa en ellas. En mi caso no hay ningún recuerdo, de ninguna clase, porque nunca conocí a este tío, ni de guagua. Tengo cierta idea de como se veía al momento de fallecer, gracias a ese retrato iluminado que aún sigue colgado en una pared en la casa, el mismo retrato al que solían encender una vela en cada cumpleaños. Se supone que al micrero nunca le pasó nada, tal vez ni siquiera se fueron a juicio, si la familia de mi mamá era muy pobre por esos años. Creo que alguna vez lo volvieron a ver, al micrero, no recuerdo donde, si caminando en la calle o si manejando algún otro vehiculo. Es por mi tío que murió atropellado que tengo tanto cuidado al cruzar las calles por donde no se debe. Él era mucho más responsable, dudo que haya andado corriendo y metiéndose entre los autos. Aún así, terminó como terminó, como un recuerdo que ya casi no duele, sobre el cuál ya no existen dudas sobre como hubieran podido ser las cosas. Simeplemente no fueron, y eso es lo que nos tocó. Cuando yo era más cabro, a veces sentía que intentaban transferir la historia truncada de mi tío, en mi persona, tenían que estar forzando la vista, pensaba yo, si creen ver algo de él en mi, más allá del ancho de hombros o la estatura. No soy buena gente, no tanto como era él, al menos. Y como no soy buena gente, no me preocupa el no morir, más bien, siempre cuido de no morir atropellado, aunque sé que no todo depende de mi ni de la visibilidad de los pasos de peatón o de las leyes de tránsito. También depende de las personas detrás de cada volante, que ponen en riesgo sus vidas y las nuestras cada día que deciden usar sus vehículos en lugar de caminar. También podrían tomar una micro, pero como ya se sabe, muchos han caído bajo sus ruedas, y lo seguirán haciendo. Así funcionan las ciudades, después de todo. De algún modo, tan solo pido que si mi destino fuera morir atropellado y no pudiera hacer nada para evitarlo, ojalá que sea en otra esquina, lejos de aquí, en una avenida que mi abuela ya haya olvidado, o en una calle que mi mamá pueda vivir sin tener la necesidad de poner un pie sobre ella. 

Hacia los cangrejos

¿me llamaste?

para ver los campos, las anchas huellas.

me llamaste por mi nombre, sin saber

como fue que me llamaron al nacer.

¡ven, ven rápido! que la noche se deshilvana,

tomemos una hebra, y luego de anudarla

en torno a un diente, un dedo o una espina,

echemos a andar en cada dirección,

vayamos deshaciendo este telón ya sin luces

donde nunca pudimos representar

obra alguna.

¡tú ándate hacia el mar!, me ordenaste,

mientras tus pasos ya se enfilaban

hacia naciones distantes, que te aguardaban

con sus secretos de otra lengua, de otra madre.

por más que anduvimos, cada quien por su lado,

la noche nunca se deshizo, son demasiado finas

las hebras que van uniendo

a las estrellas con sus silencios,

la noche no termina nunca,

por mucho que yo me vaya hundiendo 

en la oscuridad húmeda del abismo,

tropezando con las rocas

como los cangrejos ciegos y albinos, que me esperan. 

por mucho que tú ya estés cada vez más cerca

de contemplar el alba y ser inundada por la luz

de un nuevo Sol,

que te cantara con mil plumas

por entre las copas de los árboles.

 

 

 

****

 

Sigo pretendiendo estar a la espera de algo, algún suceso o noticia, que dictamine los siguientes pasos. Pero todos los días ocurre algo, y no me refiero a algo en algún lugar del planeta o del universo. Algo ocurre, aquí, en torno mío, todos los días, pero más que andar, pareciera que voy retrociendo, buscando alguna huella que haya perdurado luego de las lluvias y los vientos. Siempre hay algo o alguien, ocurriendo. Una mujer confundida que va tomando notas en una micro, queriendo dejar registro de las calles que ha recorrido hasta el momento. Otra mujer cuya silla de ruedas motorizada no es capaz de remontar el pequeño desnivel entre la vereda y la calle. Un hombre que sigue intentando salvar un computador que pareciera ser tan viejo como él, y así poder continuar viendo las mismas fotos, los mismos videos, que lleva viendo por años. Sucede algo que me descoloca en su recordarme, sin palabra o mirada por medio, que no soy y que quizás nunca seré. ¿Donde están mis compañeros de viaje? Seguro se extraviaron y nunca supimos del punto de encuentro. Por si alguno estuviera leyendo esto ahora, les aviso que los estaré esperando en ese paradero de micros que cada quien conoció por su cuenta, me podrán encontrar sentado ahí, cada veinte días, entre las siete de la tarde y las ocho de la noche. El día en que nos levantemos del asiento y decidamos echar a andar luego de haber esperado por horas y horas el bus de un recorrido descontinuado que nunca iba a llegar, comprenderemos que por fin nos hemos encontrado.

Primera escena: sáltandose la fila en el estadio.

        Mi papá llegó en su auto nuevo. Estaba recién lavado y la pintura llegaba a brillar, por eso pensé que era nuevo, la primera vez que lo vi. Pero cuando entré y me senté al frente, junto a él, me di cuenta que era un auto usado. Recuerdo que era un Suzuki de esos chicos, tenía los asientos gastados al punto que se veía la espuma un poco, y durante todo el viaje nos acompañó un olor como a bencina o a aceite quemado. No tenía maletero, no de los grandes, pero ese día no teníamos muchas cosas que guardar, así que no importaba. Yo tenía que volver después del partido, así que ni siquiera salí con una mochila, como cuando hacía las veces que me iba a quedar donde mi papá.

    El auto era azul oscuro y lo tenía hace pocos meses, pero recién lo vine a ver ese día que me pasó a buscar donde mi mamá para ir al estadio. Sabía del auto, pero no me quedaba más que creer que en verdad existía, hasta poder verlo por mí mismo. Cuando le conté a mi mamá que mi papá se había comprado un auto nuevo, se enojó y empezó a hablar que claro, que para eso tiene plata, que como lo va a pagar si quedó cesante, que el hueón para acá y el hueón para allá, y ella tenía razón en parte, ahora la entiendo mejor, pero cuando uno es cabro, un auto nuevo es un evento importante como pocos. Adiós a las largas caminatas, a los permiso y tener que levantar la pata cuando te tocaba un chofer mala onda en las micros, a cruzar apurados y bien pegaditos las puerta del Metro. Además, mi papá ahora tenía otra familia y una hija nueva. Le conté del auto cuando supe, pero preferí no decirle a mi mamá que el auto tenía una radio con mp3 y que mi papá planeaba ponerle unos parlantes de esos cototos, iguales a los que debían tener los autos que pasaban por los pasajes con los bajos a tope, haciendo retumbar las casas.

    Esa noche había un partido de fútbol, la cuarta fecha del campeonato nocturno que se jugaba todos los años, creo que todavía lo siguen haciendo. Participaban equipos comunales de toda la ciudad, que pertenecían a la Tercera División B, a pesar que hubiera sido más realista llamarle Cuarta División. El estacionamiento ya estaba casi lleno, faltaban quince o veinte minutos para el partido, pero encontramos un espacio vacío al fondo. Le costó estacionar, tanto que casi se echa una de las luces traseras, cuando se pegó un topón con un árbol. Los que saben se estacionan de cola, me dijo. Estaba claro que él no todavía no sabía, lo delataba el foco trizado que se bajó a revisar, antes de cerrar el auto. Supongo que al menos lo estaba intentando, eso es lo que importa al final. No dijo nada sobre el foco y su trizadura, y volvió para subir los vidrios y cerrar el auto. Giró muchas veces la manilla en su puerta, luego me ayudó a cerrar la de mi lado porque tenía una maña y yo no lograba hacer que la ruedita agarrara por adentro y moviera el vidrio. A él le resultó a la primera. Luego le puso la alarma, pero yo ya comenzaba a preguntarme si alguien pudiera querer robarse un auto como ese.

    Mi mamá me había dado once ese día, una taza de té a la que le ponía un chorrito de leche (para hacerla rendir) y un pan con margarina y jamonada. Recién había terminado de comer cuando mi papá pasó a buscarme, así que todavía no tenía hambre. Le dije a mi papá, que no se preocupara, pero él insistió en que compráramos unos anticuchos y unas bebidas en el carrito que estaba a la entrada del estadio comunal. Ya a esa edad sabía que no sacaba nada con intentar que entendiera, así que no dije nada más y lo seguí. Por curiosidad y también para cambiar de tema, le pregunté si podía ver las entradas, mientras esperábamos en la fila del carrito. No necesitamos entradas, guachito, me respondió, antes que fuera su turno y se tuviera que acercar al vendedor. Miró por encima la parrilla que humeaba, como inspeccionando si lo que vendían cumplía con algún estándar suyo que solo él conocía. Parece que los anticuchos si cumplieron, aunque fuera apenas unos cinco pedazos irregulares de carne blancuzca atravesados por un palito de madera, además de unas cebollas a medio quemar, porque pidió dos. También pidió una Frucola para mí, y una lata de cerveza para él.

    Yendo hacia la entrada al estadio, nos hicimos a un lado y caminamos a un costado de las últimas personas que hacían fila para entrar, a pocos minutos que empezara el partido. Junto a la reja, habiendo sobrepasado a todos los demás, mi papá pegó ese chiflido que usaba siempre para avisar que había llegado a buscarme o para saludar a la distancia a algún amigo suyo, cuando andábamos en la calle. Mientras esperábamos que se acercará un hombre que lo saludó y le respondió el chiflido con otro silbido, mi papá se puso a comer su anticucho, con una pierna apoyada en la reja. Creo que el hombre era el Franco, un amigo de mi papá, porque así le dijo cuándo metió la mano entre la reja para saludarlo, ‘Wena po’ Franquito. El sonido que hicieron sus manos al chocar me pareció que solo podía ser logrado luego de ensayar y fallar muchas veces. Sonó como si una burbuja enorme se reventará de pronto. 

    - Date la vuelta hermano, entra por el costado, y pa’ que pasis’ a saludar a los cabros al camarín.

    El Franco sacó la mano por la reja para pasármela por la cabeza como queriendo despeinarme, aunque yo tenía el pelo corto. Me dijo que estaba grande, que estaba cambiado, la cara me había cambiado, dijo. Parece que él me conocía, pero yo no me acordaba de haberlo visto nunca. Sabía que era amigo o algún conocido de mi papá, porque lo había escuchado nombrar cuando hablaba con otros que debían ser amigos comunes entre ambos. Luego hablaron de la otra hija de mi papá, de la pega, del partido que se venía. Fue un recuento rápido, porque el Franco estaba trabajando y además nosotros estábamos apurados por entrar. El Franco era utilero en los partidos del campeonato nocturno, y además conocía a todos los jugadores del equipo comunal. A fin de cuentas, éramos todos vecinos de la misma comuna, población o incluso del mismo barrio en algunos casos. A mí me debía conocer de cuando guagua o de cuando chico, lo suficientemente chico como para que no pudiera acordarme de él.

    - ¿No tenis’ hambre? -, me preguntó el Franco.

    Yo no había tocado mi anticucho, realmente no tenía hambre, y hacía unas semanas atrás me había enfermado de la güata por comer mucho. Imaginaba que sería peor aún si mezclaba la cebolla asada del anticucho con la leche de la once. La cebolla y la leche pertenecían a dos mundos alejados entre sí, la cebolla iba con el almuerzo, la leche con la once o el desayuno, y debían estar separadas entre sí, por varias horas. Así no pasaba nada al comerlas y que se mezclaran adentro de uno. Cómetelo ahora, que después vai’ a tener hambre, añadió mi papá. A esa altura él ya no tenía más que un palito pelado afirmado entre los dedos, donde solo quedaban esos restos de carne que siempre se pegan a los palitos de anticucho. En la otra mano sostenía la lata de cerveza, todavía sin abrir.

    Para darle en el gusto, o quizás para que dejaran de hablar de mí y mi falta de hambre, mordí un trozo de carne y tragué el pedazo, luego de masticarlo un par de veces. Estaba seco y tenía demasiada sal, pero más tarde, luego de pasar horas y horas sin poder comer nada, terminaría por agradecer haber podido comerme ese anticucho. No habría mucho más que agradecer, ese día.

Sin título

Hay cosas que no cambian.

Alguien más podría agregar "por más que uno lo intente", pero en mi caso no aplica. Nada intento, por cambiar las cosas. Para que, sí de todos modos, siempre seguirá ocurriendo algo, un bichito que pasa volando y se posa tu oreja, una mujer temblando en unas escaleras, un candidato a diputado o senador que reparte volantes mientras va esquivando las pozas de hielo derretido y sangre que deja el carro de los pescados. Cosas chicas, cosas que parecen grandes y no lo son, cosas que ves todas las noches hasta que de pronto desaparecen y te preguntas si la mujer seguirá viva o no. Lo más probable es que esté hospitalizada nuevamente, pero estoy difariando.

¿Qué me cuente una nueva?

Pero si ya dije que no hay nada que contar, pero por ser tú haré el esfuerzo de inventar lo que no sé. Podría traer a la palestra aquella invitación a una ceremonia sobre no sé qué asunto que no me compete, y que luego de dudar un par de días, opté por declinar. Por un momento casi acepto, tratando de convencerme que es mejor hacer algo nuevo antes que lo mismo otra vez. Después de todo, la ceremonia era a las 11 de la mañana, y yo estoy libre a las 11 de la mañana, a veces voy recién saliendo de la casa a esa hora. Pero recordé lo absurda que encuentro esa película protagonizada por ese conocido comediante estadounidense, esa película donde comienza a decir que Sí a cualquier oportunidad que se le ponga por delante. ¿Meterse a un taller de fotografía? Sí. ¿Asistir a una fiesta de disfraces? Sí. ¿Comprar un objeto innecesario? Porque no. ¿Denunciar las injusticias del sistema capitalista? ¿Liberar las langostas vivas que venden en un supermercado? ¿Sabotear el funcionamiento del transporte público para acelerar la revolución (basta con prevenir el cierre de las puertas usando una inocente mochila)? ¿Orinar en pleno paseo Ahumada como protesta por la falta de baños públicos? No, No, No y recontra No. Como se le ocurre que un personaje hollywoodense se va a rebajar a tener una mente crítica, aunque termine enfocando sus esfuerzos en tareas tan absurdas, que a nadie le interesan. Aun así, prefiero decir No ante encrucijadas que me planteo a mi mismo, antes que asentir ante cualquier tontera que me pueda decir un completo desconocido. Por suerte para el protagonista de la película a la que hago referencia, todo le sale bien al final. Era que no.

Lástima que por estos lares las cosas no salgan como uno espera, incluso cuando parecieran ir acorde a los planes y antes que lamentarse, correspondería celebrar, gritar de alegría y saltar, comer canapés y beber finos tragos. Pero cuando los planes son ajenos y uno se limitó nada más a poner la firma (esto de ser corto de vista le juega malas pasadas a uno), las celebraciones se limitan a comer pan con ketchup, en silencio, sentado en la cocina con la luz baja, tomando chicha de dudoso origen y sin etiquetar (ya ven, no era ná jugo sabor tutifruti como decía la etiqueta de la botella). No es el panorama más alegre del mundo, pero la reserva de alegrías mejor guardarlas para aquellas ocasiones que sí ameriten la celebración. Por ejemplo, ahora mismo mientras describo estas circunstancias tan fantasiosas como plausibles, me siento alegre. Diría que estoy en paz. A pesar del dolor en el cuello por haber dormido chueco; a pesar del hambre que crece por no tener más que manzanas para comer; a pesar de llevar horas y horas, en este reciento de alto techo y paredes blancas, más solo que un dedo. Es tal la paz que comienzo a dudar de si no será esta mi tumba. Sería bien triste si ese fuera el caso, mira que venir a morir en tu lugar de trabajo, si es que se le pueda llamar así a esta actividad a que me entrego cada tanto.

Si estoy muerto, entonces que se diga que he muerto en paz. Tal es el poder de la escritura, que no necesita oyentes ni revisores, cuando no sirve otro propósito que plantarse frente a un mundo indiferente y decir "este soy yo, y que tanto". Sería más bonita la vida, llevadera incluso, si pudiera escribir todos los días alguna lesera sobre la cabeza traslúcida de una nueva especie de pez descubierto en el mar antártico, o sobre una nueva pomada ya a la venta y que promete sanar todos los males que aquejan a la humanidad. Pero como puede atestiguar este humilde blog, la mayoría de los días no pasa ná de ná. Hoy no fue un día perdido solo gracias a las decenas de borradores que acumulo en mi computador y otros dispositivos, los que suelo visitar una y otra vez, en busca de algo que pueda maquillar un poco para engañar la vista y salir del apuro. La frustración suele ser la respuesta más común ante aquellas tan buenas ideas que tuve un día, pero que la torpeza de mis manos y el desconocimiento de las herramientas más adecuadas para la tarea evitaron pudieran ser transmutadas en algo legible.

Prioridades

debiera ir al dentista 

debiera ir al psicólogo

debiera hacerme un chequeo general de salud

y saber si mis huesos ya no son más que astillas

si mis glóbulos, mis óvulos o mis flageloides

siguen vivitos y coleando, rodando, pataleando,

o si ya encontraron una nueva morada, aguas abajo.

que vayan y purifiquen

que fertilicen

y se multipliquen por las tuberías de esta ciudad,

hasta llegar a infectar el mar.

 

debiera comprarme otro par de pantalones, unas camisas blancas

y un traje nuevo,

hasta cuando con esto de caminar arriesgando tamaña vergüenza

si de pronto las telitas de cebolla que llevo por ropa,

cedieran, se rasgaran y me hicieran llorar en medio de la calle.

es cierto que los bolsillos van mudos de monedas,

pero que me costaría mandar a arreglar esos jeans

que de pronto me comenzaron a quedar grandes y más grandes,

me fui consumiendo por un hambre muy cordial, que nunca

sacó a la luz mis costillas

pero que tampoco nunca me soltó las tripas.

si la costurera me viera cara de príncipe mendigo

esperando un ojo en parte de pago, las córneas como abono fértil

para el nacimiento de su capital semilla,

entonces, por último, ser capaz de comerme las horas

con su aire infinito, y estando enchido de multitud de nubes 

tratar de hacer el cuerpo sustancioso otra vez,

como antaño cuando las monedas rodaran

y los billetes danzaran, de mano en mano.

ojalá pudiera dejar de deshacerme

en vapores de aceite y hierbas

poder llenar hoy el volumen que hasta ayer me perteneciera,

poder así usar los pantalones viejos que hoy se me escapan

se me deslizan fuera, son una piel ajena.

no queda espacio para nuevas heridas

en este cinturón de pellejo y corcho.

un silencio cercano

Estos son días extraños. Todo sigue más o menos igual, y allí reside el origen de esta extrañeza. Se supone que las cosas ahora son distintas, supongo en parte, que lo son, aunque sea solo en la superficie. Me surge entonces la pregunta, ¿existe una superficie que recubra los días o el tiempo, existe acaso un límite como ocurre en los árboles, entre la corteza y la albura? Albura, cámbium, liber, duramen. Quien hubiera pensado que existían tantos nombres para designar aquello que uno conoce como tronco o madera. Lo pienso unos breves momentos y me doy cuenta que No, el tiempo no puede tener una barrera o un límite, como ocurre con el espacio. No existe una multitud de tiempos que brotaran contiguos pero diferenciados, cada uno desde su propia semilla, para extenderse luego, recto o torcido, hasta terminar por encontrar cada uno su propia muerte reseca, eventualmente. No, lo vuelvo a decir, No, el tiempo es compartido, siempre, ya sea por voluntad o a la fuerza. El espacio de cada quien, en cambio, es siempre único e intransferible. Solo en el decaimiento de nuestros cuerpos acaso estaremos lo más cerca posible de borrar las barreras de la piel o el hueso, cuando se combinen nuestras moléculas con las del aire y la tierra. Quizás si lo vemos a este nivel casi atómico, los límites de nuestra corporalidad puedan resultar más difusos de lo que parecen ser a la vista. Me aventuro a postular, antes que se me adelanten, que se da una superposición de probabilidades, un poquito al menos, una interacción de nuestras ondulaciones más íntimas. El problema es que nadie tomaría en serio una conexión tan invisible, tan teórica al mismo tiempo que carente de todo fundamento matemático. Por suerte, para quienes rehuimos de los números, existen otros métodos para conectar las realidades físicas, aunque siempre sea de forma parcial. Es lo que hay. Se transmite la inquietud por los latidos del corazón, entre una madre y su feto; intercambian el mismo aliento viciado los pasajeros en un bus repleto, cerradas todas las ventanas; se transmiten una amplia variedad de fluidos, los amantes más indiscretos; se enmarañan los cabellos perdidos por tanta gente anónima, que transitan por un mismo camino. 

En todo esto pienso, mientras recibo en mi habitación el rumor confuso de una ciudad que va despertando. Logro distinguir con cierto esfuerzo el cantar de un ave a la distancia. El sonido nunca ha sido una barrera de la que haya que preocuparse.

perro o paloma

 

 

 LOS PERROS 

 

los perros pueden ser muy idiotas

y los pájaros también.

pero compare:

los perros ladran muerden y mueren.

los pájaros vuelan.

¿y Ud.? 

 

Claudio Bertoni 




Lo siento Claudio, aún no aprendo a volar como pájaro aunque empeño no falta. Quizás lo que falte sea tornar las vellosidades en plumas y ahuecar los huesos, o comprar unas ala delta y buscar la antena más alta a la vista. Si nada de esto llegase a funcionar, y terminara estrellándome contra el suelo, al menos después podría tomar uno de mis huesos rotos y tocar la flauta un rato, mientras siga consciente. Me pregunto en qué nota estarán afinados el húmero o el radio, que armónicos genera un hueso chueco y hueco, ¿Se podrá fabricar una ocarina rudimentaria usando el hueso de la cadera?

Lo que si te puedo decir, Claudio, emplazado en esta pieza, la misma de siempre desde aquella vez, es que al menos he podido leer un poco de Cioran, un poquito que sea, gracias a una imprenta pirata que encontré por internet (de algo que sirva la tontera esta). Por ahora no pasa nada con Weil: falta la plata, los viajes largos en bus o tren, y falta también ser valiente, apretar los dientes (nunca la lengua), y buscar a quien darle unos charchazos hasta borrarle las orejas (quizás este mal interpretando el mensaje de Weil, mis disculpas si así fuera el caso, aún no leo ninguna de sus obras, siquiera una frase suya en algún post no-tan-viral de internet). Me ha hecho bien leer uno que otro de los aforismos de Cioran, y aunque no creo entender del todo lo que dice, pienso que me han ayudado a sentirme menos solo en mi equivocación, o más orgulloso de este desacierto diario que es mi vida. Ya me tenían chato las respuestas genéricas de psicólogos/as que por mucho que lo quieran negar, siempre habrá una parte de ellos que va a ir detrás del billete antes que del paciente. Es natural, si a fin de cuentas son tan humanos como usted o yo, ni que fueran notarios o conservadores de bienes raíces. Además, por muy obvio que pueda parecer, tener un techo cuesta caro, tener pan en la bolsa cuesta sus monedas día a día, y el gas sube pero ya a nadie le importa, porque bajaron los limones y las manzanas, las sopaipillas vuelven a costar 300 pesos y la gente comienza a creer que es solo cosa de tiempo para que vuelvan a costar 100. Esta nueva precariedad, tan rica en pectina pero tan baja en metano, se convierte en la nueva norma o línea base, y de a poco vamos olvidando lo que hubo antes. Nos reconfortarnos pensando que mañana todo podría estar peor, pedimos al cielo que así no sea, sin pronunciar palabras alguna, tan solo mirando hacia arriba desde una ventana en alguna oficina céntrica o bus urbano.

mil disculpas

si no es lo uno, será lo otro

todas las rocas se parecen un poco, en el lecho del río

uno, uno no es ninguno, la unidad es cosa divina

y como acá nos sangran hasta los pellizcos,

habrá que hacerse a la idea no más, de ser una roca

que el agua va desgastando, tal como lo hace

con todas las rocas con que nos rodeamos

fantaseo con ríos, con ríos que siempre serán el mismo

cuando vuelvas a sumergirte en ellos, que van a saber los sabios antiguos

si un río no se define ni por sus moléculas rocas o sauces

un río puede ser desde el devenir de las masas subiendo y bajando escaleras

hasta el tiempo que se va cuesta abajo en su cascada eterna

porque el tiempo no es circular ni la historia se repite, vivimos creyendo

nada más lo que queremos creer

pero esto solo sirve para sustentar teorías de la mente o la sociología

porque por más que intente convencerme a mi mismo, creer, por fin creer,

que he ido caminando hacia arriba y no para abajo, de lado y de costado,

rodando magullado, a ratos

a veces congelado de miedo ante negros espectros con sus voces de paño

o corriendo porque de pronto había que correr, saltar o darse de voltereta

que se yo, pintar el mono y pretender que bailando todo se olvida,

que la fruta no esconde gusanos ni los dientes alguna carie

como creer lo contrario, y pensar que no he estado dando vueltas como perro amarrado

acortando el cordel con cada giro

hasta que se me tuerza el cuello y se me pongan los ojos, así, medio saltones

como ese actor de cine en sepia, que tanto me gusta 

 

El Chupacabras

El otro día en la mañana no sé porque chucha estaban hablando del Chupacabras en el matinal del Mega, después de tantos años sin darle bola al asunto. Demás que han ocurrido otros ataques, como se iba a desaparecer el bicho ese así sin dejar rastro, sin que nadie supiera nada. Estaban los conductores, ignorantes totales sobre la tradición del Chupacabras, mostrando los mismos dibujos ridículos de siempre, acompañados por el chanta de turno. La "noticia" era que a un señor allá por Chuchunco o quien sabe dónde, le habían matado unas gallinas, la noche anterior al día del reportaje. Las pobres fueron atacadas mientras dormían arriba de un árbol, las que sobrevivieron seguían ahí mismo entre las ramas (árbol al cuál subían gracias a una rudimentaria escalera dispuesta junto al tronco, era un árbol alto después de todo). La cosa es que después entrevistaron a otro tipo, otro campesino con pinta de cuentero, pero como yo miraba la tele mientras hacía otras cosas, no entendí si el suyo era otro caso de ataque del Chupacabras, o tan solo necesitaban alargar el reportaje lo más posible, pidiendo la opinión de alguien que tuviera cercanía con la noticia. La verdad, es que incluso si no hubiese estado ocupado haciendo otras cosas y me pudiera haber enfocado con toda mi atención en la tele, al final igual iba a terminar desconectando el cerebro, si era el matinal del Mega, después de todo. La cosa, ahora sí que esto si es la cosa, el meollo del asunto, la motivación detrás de este palabreo, es que mientras le hacían diversas preguntas al segundo hombre, se podían ver detrás de él varias hileras de esos típicos gallineros dónde tienen a las ponedoras, unas jaulas minúsculas de alambre oxidado, donde las gallinas ponen huevos hasta la muerte. Se de primera mano que así es como funciona el negocio, me lo contó una vez el David, el ex de mi madrina, quien por ese entonces trabajaba en la avícola de Chacayal Sur. 

Falta de sueño

    Tuve un sueño anoche, trataba sobre una catástrofe de nivel pre-apocalíptico, que a pesar de no alcanzar su apogeo máximo de tan breves que son los sueños, si logró sumirnos en un estado de resignación absoluta a mí y a todos los presentes. Recuerdo el sueño ahora mientras bebo mi café matutino, hago lo posible por no recrear en mi mente una escena tan macabra, pero por lo mismo impactante y difícil de hacer a un lado. Sigo viendo una y otra vez aquella escena donde una enorme roca sepultaba a la Marta, en el momento que nos sorprendía un fuerte temblor mientras nos encontrabamos dentro de una especie de túnel o caverna. El lugar me sigue siendo ajeno, pero considerando que la Marta estaba presente, esto significa que seguro era tirando hacia el sur, en algún punto de la precordillera andina en la región del Bio Bio o Ñuble. Primero vino una oleada de pedruzcos, luego la enorme roca, y Marta sepultada detrás de ella. Nadie intenta mover la roca o se cerciora siquiera que ella haya fallecido y no se encuentre sufriendo, supongo por el tamaño de la roca podemos asumir que ella murió en forma instantánea. Su temprana partida quizás fuera para mejor, considerando todo lo que está por venir.

Ángeles, espíritus regocijándose

Al pasar la curva que hace la calle, frente al jardín infantil abandonado, fui sorprendido por una humareda que se desplazaba lenta, siendo arrastrada por los escasos vehículos que circulaban a esa hora. Pensé que se estaba quemando alguna casa por ahí cerca, pero no sé oían ni sirenas de alarma ni gritos de auxilio. Avancé unos metros más, y descubrí que el humo emanaba desde el patio de una casa que tenía un portón cuyos tablones estaban demasiado separados entre sí. Miré hacia adentro por entre las maderas, evitando inclinar demasiado la cabeza para no ser sorprendido espiando, y vi que en el patio se encontraba un hombre sentado ahí, solo, junto a una parrilla encendida que humeaba como si estuviera lista para alimentar a decenas de personas. Mas no había nadie junto al hombre sentado ahí en su patio, solo, vigilando la parrilla y acompañándose con las cumbias que escogiera como la música para preparar el ambiente. La puerta que daba al patio estaba abierta y se veía el interior de la casa iluminado, pero no alcancé a ver ningún ir y venir de platos, piernas y vasos ahí dentro. Me pregunto que habrá estado celebrando o conmemorando, aquel hombre solo.

Buitres


Los buitres vienen por oleadas, sobrevuelan el territorio por un par de días, y luego desaparecen sin dejar rastro. No necesitan mas tiempo para estudiar e identificar la geografía, nada ha cambiado gran cosa desde la última vez, y los pequeños detalles se les escapan a la distancia. 

Nunca bajan a tocar tierra, a pesar de los cuerpos desperdigados por la zona, que sucumben ante distintos grados de descomposición. Tan lejos estarán que el aroma les resulta indescifrable, les llega como una sutil mezcla de olivas maduras, cuero crudo, pintura reseca que endurece las briznas de un pincel. Tal vez sea que si logran percibir el olor de la carne, pero estos buitres tengan sus estándares y no se conformen con cualquier cosa que encuentren por ahí tirada. 

Yo les grito cosas desde aquí abajo, que digan o hagan algo, que se lancen en picada o se dejen caer como palomas ajusticiadas, que al menos graznen y rían ante el penoso espectáculo, lo que sea, pero que se dejen de vigilar ominosos desde su sitial, envueltos en el silencio que acompaña a las distancias, físicas y verbales, conjurando una amenaza o un fin que nunca llegan.

10/02/2025

 

ciudad desierta,

vuelo de palomas

al anochecer.

cansadas del mundo,

huyen en silencio

09/02/2025

Hace calor, es domingo y estoy solo, apenas si pongo un pie en la calle, porque no hay donde ir. O sea, lugares los hay, siempre los ha habido, pero no son lugares en los que me pueda detener un momento. Y con calor no es agradable caminar sin parar. Me quedé en la casa entonces, ocupando el día con tareas fraccionadas de mantenimiento del hogar, ver un documental, comer, y escribir algo. Hasta el momento casi no he tomado el celular, ahí tampoco hay lugares donde quedarse quieto un rato, todo lo que veo invita a huir.
He comido pan fresco, que dejé leudando de ayer en la noche y cocí hoy en la mañana. Luego almorcé una ensalada enorme, tratando de reproducir aquella ensalada de nombre ya olvidado que vendían en el Pizza Hut, y que consistía, hasta donde recuerdo, en lechuga costina, cebolla en rodajas, tiras de pimentón rojo, orégano y alguna clase de salsa de color blanco. No creo haberla reproducido a cabalidad, pero la verdad apenas si recuerdo como era, ya han pasado muchos años desde la última vez que me comí una de esas ensaladas. Creo que incluso mis papás seguían juntos aquella vez, o al menos seguían intentando estarlo, pero no estoy seguro de eso, ni de la composición original de la ensalada. No importa tampoco, la lechuga y el vinagre por si solos bastan. Luego me comí unos fideos con salsa de tomate y soya, usando parte de la salsa que me quedó de ayer. La misma salsa con la que ayer acompañé unos tallarines resecos que estaban de hace dos días esperándome en el refrigerador. Estoy tratando de desperdiciar lo menos posible, y generar así la menor cantidad posible de basura. Es que siempre olvido sacarla a tiempo.
De antemano sabía que la ensalada y los fideos eran demasiada comida, hace tiempo que el estómago parece haberseme achicado un poco, un cachito al menos. De pronto las tripas sonaron como cuando escuchas los truenos a lo lejos, antes de la lluvia. Pero por suerte esto no pasó a mayores. Como también me quedan un poco de frambuesas, que en cualquier momento se pueden echar a perder, son muy delicadas las frambuesas, pensé en como las podría utilizarlas en forma más interesante que preparando jugo otra vez. Me acordé del pisco, y luego de una rápida búsqueda en internet para evitar cometer un error previsible, me hice un trago con frambuesa, pisco, un poco de jugo de limón y hojas secas de yerba buena. Se salvaron las frambuesas y de paso puedo tomar alcohol, que estos días me hace más falta que nunca, con tantas horas vacías.
El documental era sobre el robo de una pieza de arte, ocurrido hace casi 20 años en el museo de Bellas Artes en Santiago. Recuerdo haber escuchado la noticia en su momento, pero nunca le di mucha vuelta al asunto, ni nunca escuché a nadie más darle mucha vuelta al asunto. Pero ahora que vi el documental y pude conocer más detalles de la historia, con sus distintas versiones e interpretaciones, me llamó la atención el asunto. Resulta interesante como el acto de sustraer la escultura y luego retornarla, suscitó mucho más interés y discusiones, que lo que hubiera podido hacer la escultura por sola, de haber permanecer intacta en su sitial. No tenemos mayor formación artística en este país, yo incluído, y muchas veces las apreciaciones se limitan a resaltar lo bonito de una obra. O lo absurdo, cuando el significado no es tan obvio o da flojera buscarlo, o derechamente no lo hay.
Respecto a escribir, intentando superar esa idea estúpida de tener una máquina de escribir, nacida luego de leer la introducción del Diario Estúpido y pensando que yo también podría escribir una página por día, de lo que sea, pero una página, preferí optar por un humilde cuaderno Ross de tapa desteñida, que dejé abierto sobre la mesa junto a un lápiz Paper Mate Kilométrico. 
Pensé que tendría más cosas que decir, mientras me paseaba por la casa, y que esto me ayudaría a preservar ciertas frases o imágenes que de pronto le vienen a uno. Si son buenas o malas frases e imágenes, eso habrá que evaluarlo más adelante, pero difícil hacerlo si ni siquiera se es capaz de recordarlas. En primera instancia escribí:

días como un abrir y cerrar de ventanas
la primera agua de la mañana
levanta dudas como nubes de pequeñas moscas
efímeras cuestiones aladas
buscando la carne fértil donde procrear 

Y es que hace calor, y por lo general la primera acción luego de despertar es abrir las ventanas. Además, siempre dejo restos de frutas o verduras en la cocina, estando solo no siento impulso alguno por mantener la limpieza en forma constante, una vez al día basta, y esto atrae a las pequeñas moscas que vuelan como cenizas a merced del soplido ardiente del fuego.
Más tarde, luego de almorzar, apunté:
de puro aburrido
como en demasía, para aparentar
que existe un cansancio por saciar
como si estos no fueran días de vegetar
cuál hongo, escondido del sol
tiemblan las tripas, resonando una tormenta
truenos canalizados que contiene la piel del cielo
Más tarde, volviendo a sentir ese silencio que se ha instalado en las tardes de verano en el barrio, recordé que lo mismo ocurría cuando pasábamos los veranos en el sur, en un pueblo tanto o más caluroso que esta ciudad. Tratábamos de dormir siesta, mientras se escuchaba a lo lejos un viejo con su motosierra:

silencio
escucha
de pronto estoy en huepil, año 2006
y las calles aún son de tierra y están vacías
es tanto el calor, tan lejano el río
un demente por ahí se dedica a reducir un tronco
a preparar la leña, planea avivar el fuego y que el pueblo
desaparezca y abandone su humillante agonía
de conjuntos habitacionales, de viejos postrados, de pequeñas
mansiones erigidas sobre pozos secos.
el pueblo en llamas,
se esconden las gallinas y los patos en las acequias
es el año 2006 y aún llevan agua.
aguantan sumergidos hasta que empieza a salir
olor a cazuela.
sucumben luego las chacras con sus raíces enredadas,
los perros amarrados estaban abrazados con sus pulgas
cuando los pilló el fuego.
luego es el turno de las casitas de palo y zinc,
las casas de adobe quedan como platos
de negra greda, vacíos.
de los modernos conjuntos habitacionales, en la periferia,
solo resisten los esqueletos metálicos.
cientos fallecen en el lugar, y el fantasma de un tren
pasa a recoger las almas de quienes no supieron partir.
el cementerio, de tan retirado, salva intacto
pero su único sepulturero, abrumado de tantos hoyos
que esperan ser vaciados,
se arroja a su propio nicho.
no queda nadie para darle un nombre a las rocas, para manifestar
el polvo y la tierra.
es el año 2006, el pueblo ha sido consumido
en la que parece ser una pesadilla febril de nunca acabar:
un mes después del siniestro, las hectáreas han sido
saneadas y despejadas de sus recuerdos carbonizados,
y al año siguiente,
ya han brotado los primeros pinos.

Nada que ver, pero ayer al fin fui a la Feria del Libro Usado, más por dar la vuelta que por esperar encontrar algo, y a buen precio, además. No sabría decir si estaba cara o no, siendo yo una persona acostumbrada a comprar libros por dos lucas en la feria de los domingos. Una señora hablaba que ya había gastado 50 lucas (!). Pero de todos modos, no me deja de sorprender como se me aparecen los libros, como ayer que altiro se me apareció uno de un autor nacional de quien quería leer algo hace un tiempo. También estaban dos tomos de En Busca del Tiempo Perdido, el segundo y el tercero, a 9 lucas cada uno, pero que hago si no tengo el primero (tengo solo la mitad, comprado a luca en la feria, pero aún no lo empiezo). O quizás no es que los libros se le "aparezcan" a uno, quizá las probabilidades no son mínimas, en lo absoluto, pero para que dejen de ser cero, se necesita salir a la calle, aunque sea para caminar sin detenerse en ningún lado. 
 
 

 

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