Hacia los cangrejos

¿me llamaste?

para ver los campos, las anchas huellas.

me llamaste por mi nombre, sin saber

como fue que me llamaron al nacer.

¡ven, ven rápido! que la noche se deshilvana,

tomemos una hebra, y luego de anudarla

en torno a un diente, un dedo o una espina,

echemos a andar en cada dirección,

vayamos deshaciendo este telón ya sin luces

donde nunca pudimos representar

obra alguna.

¡tú ándate hacia el mar!, me ordenaste,

mientras tus pasos ya se enfilaban

hacia naciones distantes, que te aguardaban

con sus secretos de otra lengua, de otra madre.

por más que anduvimos, cada quien por su lado,

la noche nunca se deshizo, son demasiado finas

las hebras que van uniendo

a las estrellas con sus silencios,

la noche no termina nunca,

por mucho que yo me vaya hundiendo 

en la oscuridad húmeda del abismo,

tropezando con las rocas

como los cangrejos ciegos y albinos, que me esperan. 

por mucho que tú ya estés cada vez más cerca

de contemplar el alba y ser inundada por la luz

de un nuevo Sol,

que te cantara con mil plumas

por entre las copas de los árboles.

 

 

 

****

 

Sigo pretendiendo estar a la espera de algo, algún suceso o noticia, que dictamine los siguientes pasos. Pero todos los días ocurre algo, y no me refiero a algo en algún lugar del planeta o del universo. Algo ocurre, aquí, en torno mío, todos los días, pero más que andar, pareciera que voy retrociendo, buscando alguna huella que haya perdurado luego de las lluvias y los vientos. Siempre hay algo o alguien, ocurriendo. Una mujer confundida que va tomando notas en una micro, queriendo dejar registro de las calles que ha recorrido hasta el momento. Otra mujer cuya silla de ruedas motorizada no es capaz de remontar el pequeño desnivel entre la vereda y la calle. Un hombre que sigue intentando salvar un computador que pareciera ser tan viejo como él, y así poder continuar viendo las mismas fotos, los mismos videos, que lleva viendo por años. Sucede algo que me descoloca en su recordarme, sin palabra o mirada por medio, que no soy y que quizás nunca seré. ¿Donde están mis compañeros de viaje? Seguro se extraviaron y nunca supimos del punto de encuentro. Por si alguno estuviera leyendo esto ahora, les aviso que los estaré esperando en ese paradero de micros que cada quien conoció por su cuenta, me podrán encontrar sentado ahí, cada veinte días, entre las siete de la tarde y las ocho de la noche. El día en que nos levantemos del asiento y decidamos echar a andar luego de haber esperado por horas y horas el bus de un recorrido descontinuado que nunca iba a llegar, comprenderemos que por fin nos hemos encontrado.

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