pico con la vida

La vida no es buena

lo bueno son los wantanes

y las palomas que bailan en círculos

o un niño aprendiendo a leer

también el sabor de

las semillas del cilantro

y el ají

una mujer que vende un Gato Alquinta bordado

una joven comiendo un completo como en un poema

o comerse uno mismo un durazno conservero, pero maduro

y sentir que volver a la tierra no debe ser tan malo

si nos podemos convertir en duraznos, en semillas o ají.

todo esto es bueno, pero no la vida.

todo esto es bueno, a pesar de la vida.

sentado en el paradero

Ayer miraba el museo

De la Memoria desde el paradero en Matucana

Tratando de adivinar si tú estarías o no

Ahí dentro, pero era sábado

No sucede mucho los sábados, los 

Periodistas descansan y piensan

En si alguien leerá lo que escriben

O no,

Solo podía mirar, un ojo en el museo

Otro en la calle por si venía la micro

Ahogarme en la fantasía de verme 

recorriendo un pasillo de terribles imágenes,

Un pasillo o lo que sea que tengan ahí,

No lo conozco, nunca he entrado,

La fantasía de verme

Arrastrando mi cuerpo rígido por sus

Pasillos o lo que fueran

Y verte apareciendo en una esquina

Primero un mechón suelto, luego tu frente

Tus dientes, tú

Tú y tu pelo trenzado

Tú y tus dedos delgados

Tú y tu ropa de cualquier color, pero aterciopelada

Tú y

Y

Pero no, no pude

No como el cabro que iba con una

Guitarra en su espalda, o tal vez un

Violonchelo, mejor que te encontraras

Con él, con su pelo, con su ropa

Y sus ojos

Yo no pude entrar, ni siquiera cruzar la calle

Tampoco pude comprarme una sopaipilla

No tenía hambre

Ni de sopaipillas

Ni de ti

...

Bah, ni yo me lo creo

tres sílabas

 Me acordé que iba una señora con el que parecía ser su nieto, en la feria, un niño de unos 2 años, o tal vez un poco más. El niño iba comiendo un trozo de plátano, ya le quedaba menos de un cuarto de un plátano promedio, y la señora le repetía "ba na na", y el niño solo la miraba, o tal vez balbuceaba algo que entre el bullicio de la feria no logré escuchar, "¿que está comiendo? ba na na", con las mismas pausas entre cada sílaba cada vez que repetía la palabra, ba na na, y no había caso con perderla, hice amagues, fintas, pausas que te pueden costar una carrera, pero demasiada gente caminando demasiado lento por una calzada demasiado angosta, y la señora volvía a aparecerse frente a mi, atrapada ella misma entre la masa de gente, una masa espesada bajo el sol que nos robaba la humedad, y la señora no cesaba en su soliloquio, ba na na, y de donde habrá sacado que el plátano se llama banana, y porque su esposo no le decía nada, que dejara comer tranquilo al niño y que mejor le ayudara a comparar precios, que no ve que los damascos están muy caros, ba na na, y el niño solo la miraba y comía su plátano, ba na na, y ya era exasperante, BA NA NA, pero por suerte llego el punto donde suelo dar media vuelta y por fin pude dejar atrás a esa señora, aunque todavía la escucho en mi mente, ba na na, y apostaría a que seguirá repitiendo esa palabra una y otra vez, por años, incluso hasta el punto en su nieto ya sepa hablar y le diga que no, que eso se llama plátano, pero que podrá evitar que la señora eluda dicho cuestionamiento con maestría y le responda, con una amplia sonrisa de satisfacción, "plá ta no".

Río Cuarto, Parte 1

 

Estaba escuchando una canción argentina, tal vez Leonardo Favio, tal vez Sandro, o quizá alguien menos conocido a este lado de la cordillera, y recordé mi viaje de hace unos años a la Argentina. Hace unos años digo, como si hubiera sido ayer, un ayer distante pero ayer al fin y al cabo, cuando en realidad han pasado ya cerca de cinco o seis años, tal vez siete. Me vino entonces la idea de relatar dicho viaje antes de olvidarlo definitivamente, relatarlo con toda su mediocridad y pasajes poco memorables, al menos para mi persona.
Como pocos deben saberlo, soy un eterno estudiante que se ha dejado arrastrar por la corriente del tiempo, nunca abandonando el curso fijado hace casi quince años y que cada día más parece un destino inalcanzable, una fantasía para mantener los días en movimiento. Motivación del viaje: mantener una colaboración con un profesor de la Universidad Nacional de Río Cuarto, quien nos había visitado por unas semanas un año atrás y quien parecía muy motivado con la idea de desarrollar un trabajo en conjunto.
- Esto lo podemos convertir en una máquina de hacer chorizos, será cosa de meterle muestras, sacar datos por el otro lado y publicar viejo, ya verás.

(No tenía como advertirle entonces a G. que nunca llegaríamos a nada, que finalmente nunca lograríamos publicar nada, pero como saberlo entonces)

Se organizó el viaje entonces bajo el apremiante cierre de un proyecto que tenía fondos comprometidos pero que nadie había usado, y quien los iba a usar si solo yo estaba trabajando en ese proyecto. Estaba decidido entonces, en una semanas más volaría a Córdoba desde donde tomaría luego un bus interurbano, interregional o interprovincial, no sé como les llamarán allá, que me llevaría a Río Cuarto, una ciudad relativamente pequeña, rodeada de planicies y ubicada en el paralelo 33, al igual que Santiago. El trazado del viaje parecía innecesariamente largo y torcido, cuando en el mapa parecía bastar levantar una pierna y luego la otra para quedar ubicado en buena posición al otro lado de la cordillera. En ese entonces y aún hoy, no sentía la confianza necesaria para contarle a nadie sobre esto hasta que no fuera estrictamente necesario. Recuerdo estar con mi madre en un centro comercial, comiendo unas fajitas insípidas y de texturas discontinuas, cuando le dije que tenía un viaje planificado a la Argentina en un par de días más y que necesitaba comprar una mochila. No recuerdo donde ni cuando compré la mochila, pero lo hice y ahora está guardada dentro del armario, con una correa rota.
El vuelo salía en la mañana, cosa de evitar cualquier complicación para el traslado posterior entre Córdoba y Río Cuarto. Mi padre me llevó en su auto al aeropuerto, tal vez todavía tenía su Toyota Yaris, su primer auto propio luego de unas temporadas con el furgón de la empresa. Ese automóvil era además símbolo y antecedente de una total independencia que lograría unos años después, un hito que marcaba su alejamiento del trabajo asalariado al fin, para hundirse cada vez más en el mundo de las terapias alternativas y la pseudociencia. No recuerdo que nos dijéramos nada más que un chao o que llegues bien, él no es de despedidas emotivas ni palabras de aliento, y yo aprendí de él esto de no expresar lo que se siente. Pues yo si sentía algo, sentía la garganta apretada y el corazón golpeándose contra los límites de su mundo. Era el viejo y conocido temor a lo desconocido, que por suerte nunca pasa a mayores y luego se difunde entre los temores menores del día a día y luego ya nada más se le olvida. Un par de horas de vuelo sin inconveniente alguno, disfrutando de ver pequeños caminos torcidos por el paisaje y el viento, entre la montaña, llevando a extraños cultivos, hacia caseríos, llevando a ningún lado en algunos casos, aunque esto seguro parecía ser así por la distancia, hacia algún lado tienen que haber llevado. Aterrizaje también sin inconvenientes más allá del nerviosismo propio del primer aterrizaje experimentado en la vida y luego la incertidumbre total sobre que hacer, con quien hablar, hacia donde ir. G. me había advertido que no tomara un taxi dentro del aeropuerto, que me cobrarían más de lo que corresponde, pero yo no estaba de ánimos para intentar nada más que lo evidente y efectivo, así que tome un taxi con el primer hombre que se ofreció y nos encaminamos hacia el terminal de buses de Córdoba. Creo que no hablamos nada en todo el viaje, o no mucho, nada que pueda recordad al menos, eso está claro.

Traté de almorzar en el casino común, el primer día incluso comí el menú del día: polenta. Que riesgo podría tener comer polenta, maíz molido nada más. Pero olvidaba que estaba en Argentina, y yo realmente no sabía que era la polenta, así que me tocó toparme con pequeños fragmentos de animal molido hasta formar una masa irregular que ya en nada asemeja a un animal. Dejé mi plato junto con el resto de platos sucio y salí de ahí. Volví, un par de días, llevando mi almuerzo en un tupper que compré en un local de plásticos uno o dos días después del incidente de la polenta. Habían perros durmiendo en el casino, entrando y saliendo, era invierno y se estaba mejor dentro del casino. Volví, sí, pero la sensación de ser un extraño pudo más y apenas encontré una vía de escape la tomé. ¿La vía? Una cocina con lavaplatos y refrigerador en uno de los edificios de laboratorios, con una mesa recubierta de melamina y sillas duras, una iluminación estática y fría, calentar la comida, consumirla y largarse de ahí, no era un lugar en el que te gustaría ser visto o verte a ti mismo desde lejos. Un cartel advertía de no desechar los restos de yerba mate por el desagüe del lavaplatos.

Ya en el terminal parecía que las cosas no serían tan difíciles como las había imaginado, que esto de hacer cosas que nunca has hecho y nunca pensaste o quisiste hacer no era tan malo después de todo, pero como iba a saber yo que las condiciones laborales y salariales de los trabajadores de las redes de buses estaban tan mal y que ese día había paro, en principio indefinido. Nuevamente la sensación corporal del temor ante lo incierto. Llamé a G., desde un teléfono público porque mi celular no estaba habilitado para funcionar en el extranjero ni pensé en comprar un chip local. Me dijo que sí, que sabía del paro pero que no pasaba nada, que buscara donde dormir esa noche y ya tal vez al día siguiente podría tomar el bus, que aprovechara de conocer un poco. Conocer. Si tan solo él me hubiera conocido a mi no me hubiera dicho eso. Partí entonces, no recuerdo si llevando mis dos mochilas o no, en busca de un alojamiento barato y cercano al terminal de buses, ayudado por una guía que una mujer en un kiosko turístico me entregó. Hoteles y hostales, residenciales, 3 estrellas, 4, solo 2. Identifiqué un par que no estaban muy lejos y parecían cumplir con el presupuesto. Creo que pregunté en dos antes de encontrar el adecuado, demasiado costosos seguramente, hasta que llegué a un edificio que en Chile llamaríamos una residencial, un edificio añoso y de una arquitectura interesante, donde las puertas ascendian en espiral en torno a un patio central. Habían plantas cada tantas puertas, pero no se veía a nadie. Entre en mi habitación, que era basicamente una cama y un baño, pero yo no necesitaba más. Había también un televisor. No había tina, siquiera un humilde receptáculo de ladrillos, la ducha no era más que un grifo en altura y un agujero en el cemento encerado, por donde escurría el agua.

Había llegado hacían varias horas y no había comido nada desde la mañana, por lo que salí en búsqueda de algo para comer. Tal vez era sábado, o domingo, o tal vez fuera que por la hora que era ya estaba todo cerrado. Caminé y caminé por calles que veía por primera y última vez, pero no encontraba nada. Quien hubiera pensado que sería tan difícil ser vegano en un país como Argentina, y que decir vegano y además temoroso, incapaz de preguntar a nadie por ningún tipo de ayuda. Finalmente me resigné y compré unos plátanos y un frasco de mermelada de zapallo, nada más. De vuelta en mi habitación comí un par de plátanos, unas cucharadas de mermelada y me dispuse a dormir. En la televisión no había nada que ver y además yo no entendía sobre que estaban hablando. Creo haberme duchado esa misma noche o al día siguiente, para mi sorpresa descubrí que una ducha no necesita nada más que agua y un agujero en el piso por donde esta pueda escurrir. Había un espejo en el baño, pero no lo usé. Tengo el recuerdo vago de haber usado la internet de la residencial para avisar de mi situación a mi familia y luego dormí arropado con frazadas baratas pero que ahora mismo me atrevería a decir que podría añorar, o tal vez lo que añoro es sentir nuevamente como el miedo a lo incierto cede ante una experiencia imprevista que resulta cada vez más peculiar y va despertando la curiosidad de uno.

Al día siguiente por suerte, aunque en el fondo ya deseaba que no hubiera sido así, el paro había terminado y los buses volvían al camino, para el pesar de los trabajadores. El viaje entre Córdoba y Río Cuarto toma entre tres y cuatro horas según recuerdo, y se recorren kilómetros y kilómetros de lo que asumo es pampa, pastizales secos en esa época del año, siguiendo el camino incierto que constituye una carretera sin carteles. Debo haber dormido parte del viaje, a pesar de lo mucho que disfruto observar el paisaje y su evolución, a veces abrupta y otras tantas tan gradual y contenida que no te das cuenta cuando ya te encuentras en medio de una montaña o frente al mar.

Una vez en la ciudad destino, debía dirigirme al que sería mi hogar por el próximo mes, un apart hotel donde, al igual que en la residencial, gran parte de las habitaciones confluían a través de sus ventanas en un mismo patio central, solo que ahora no había patio, solo un espacio vacío entre las construcciones, quizá un accidente o un error, un mal cálculo que nadie notó a tiempo y constituyó un espacio común indeseado, porque nadie abría sus persianas, no al menos si alguien más ya las tenías abiertas. Era invierno en ese entonces, y la escasa luz se difuminaba al ir descendiendo por la hendidura formada por los edificios. El departamento tenía una precaria cocina, pero funcional. Nunca supe como encender el horno así que me limite a hacer pan en un sartén del que disponía. La ducha aparentaba mayor elegancia que la ducha de la residencial en Córdoba, con su barrera de cerámica y su cortina de baño con un diseño que no retuve. Rápidamente me daría cuenta que de nada sirve una contención que no contiene, que el agua escurre como puede haciendo uso de los intersticios que ofrece la irregularidad de los cortes en la cerámica. Por suerte había un implemento para empujar el agua, se sabía que el baño no funcionaba pero quien se molestaría en solucionar un problema que no es problema para las personas que están de paso y nada más. No había lavadora en la habitación, nunca supe si en el edificio tampoco, nunca pregunté, me limité a lavar mi ropa en el lavamanos, estrujarla y luego secarla no recuerdo donde. Tampoco recuerdo si usé jabón de manos o si llegue a comprar detergente de ropa. Había un televisor, igual que en la residencial, pero del mismo modo no había nada que ver, nada que pudiera entender. Si prendí la radio un día, y me topé con una gran canción, Génesis, de Vox Dei, pero esa fue la primera y última canción que se me apareció estando allá.

Ese primer día no hice más que instalarme en el hotel, pagar por adelantado el mes de estancia y luego salir a comprar algunos víveres. Me encontré a mi mismo nuevamente tomando mate y nada más que mate, el café me resultaba demasiado caro en esas circunstancias. Tomé mate y comí col china. Un día hice sopaipillas que comí en la soledad del departamento, quien sabe haciendo que otra cosa. Habrán sido sopaipillas con ají, tampoco nadie lo sabe ya. Pasaba por fuera de panaderías, pastelerías y restoranes, pero la amenaza silenciosa y ominosa de la manteca, la leche y la carne lo cubría todo. Si caí en la tentación de Ades y su vitamina lanar, pero eso nadie lo ha de saber. A quien le podría interesar además.

Junto con los días de universidad vino la necesidad de ver y ser visto, escuchar y tratar de ser escuchado, lo menos posible. Un estudiante de G., M., me mostró los buses que debía tomar para llegar hasta la Universidad Nacional de Río Cuarto, ubicada a las afueras de la ciudad, estimo que en dirección noroeste. Me mostró el salón de los estudiantes de posgrado y el mesón en el que podía ubicar mis cosas. El salón solía estar casi lleno de otros estudiantes, pero no recuerdo a nadie, nunca hablé con ninguno de ellos más allá de un día que me dejaron la llave o algo así. Todo el mundo se iba temprano, a las cinco de la tarde me quedaba solo, tal vez confiaban en mi, me verían como a un niño casi que sería incapaz de cometer ninguna atrocidad. Lo bueno es que me quedaba solo, y en paz. Al terminar mi jornada guardaba mis cosas y partía en rumbo al paradero de micros, buses o colectivos, como sea que les llamen, y esperaba ahí entre muchas otras personas aún más desconocidas y lejanas que aquellas del salón de estudiantes de posgrado. Esperar de pie, a veces sentado en la solera, en la banca, hasta que pasaba el bus con el número que creía era el indicado y podía al fin volver a la ciudad, más bien, volver a mi cuarto en el hotel.

Los días fueron pasando y estableciendo la rutina de una nueva monotonía que solo se veía interrumpida por desvíos en la ruta de vuelta al hotel para comprar comida, champú y lo que necesitara. Los fines de semana me agobiaban con su vacío y libertad, sentir que había tanto por ver y no saber en que dirección enfilar, y no hablo de ver grandes monumentos ni atracciones, hablo simplemente de caminar y mirar las casas y a las personas. Recuerdo haber llegado hasta una laguna artificial, que estaba junto a un zoológico sin jaulas, se podían ver ciervos a lo lejos o algún animal parecido. Buscando más información al respecto me encuentro con que el lugar se llama Parque Sarmiento, se puede ver un puente de madera roja que cruza un estrecho, una locomotora en miniatura, multitudes. No logro traer de vuelta a la memoria nada de esto, tal vez por la época en que nos encontrábamos, entrando en el invierno. De todos modos ese tipo de paseo sin un fin en particular me resultan agradables, observar como cambia la ciudad de a poco, como las calles de tierra y maicillo dan paso al asfalto, como las casas dejan de tener patio, como de pronto los árboles parecen tener un orden preestablecido; en todos lados existe la miseria y la pobreza. En otra ocasión fui al río, pero de ese paseo no rescato nada. Escribiendo esto recordé un paseo durante los primeros días en la ciudad, ver a lo lejos un grupo de hombres mayores, tal vez ancianos, jugando en una plaza un extraño juego que más bien parecía un ritual, con pétreas esferas que lanzaban a un ritmo tan acompasado que en mi paso por el lugar no tuve tiempo de comprender las reglas del juego, las instrucciones del ritual.

rama


Mi hermana criaba palotes cuando estaba en el colegio, los tenía dentro de un bidón, seguro uno de vino, al que le habían introducido hojas de pimiento y hecho decenas de perforaciones de minúsculo tamaño para que los bichos no se asfixiaran. Decían que ese era el árbol favorito de los palotes, aunque nunca he visto ninguno ni en las ramas de un pimiento ni bajo uno, un palote que ya no tuviera fuerzas para aferrarse a las ramas y hubiera caído. Ella no jugaba con ellos, no los sacaba del bidón, todo era por la ciencia y nada más, un criar palotes sin otro fin que verlos florecer y luego caer en desgracia. El origen de este cuestionable experimento estaba en una profesora de ciencias demasiado entusiasta, el solo hecho que unas niñas mostraran tal interés y compromiso en recolectar y cuidar de insectos como los palotes la dejaba satisfecha, a pesar que no hubiera hipótesis alguna por probar ni conclusiones que sacar. Esto sería tarea de las profesoras que vendrían después, ella cumplía con despertar el interés y punto. Y era loable que hubiera logrado algo así, puesto que, como pocas personas saben, los palotes son insectos en extremo peligrosos y nadie debe bajar su guardia al momento de enfrentarse a uno, claro, a menos que desean una muerte horrible. Pues verán, los palotes no son solo ávidos consumidores de las hojas y frutos del pimiento, también han desarrollado, a causa de la necesidad y el azar, un apetito malsano por los sesos de mamíferos de gran tamaño. Es probable que todo empezara con guanacos o sus ancestros buscando sombra donde reponerse, pero el pequeño tamaño de sus cerebros no compensaba lo accidentado que resulta cruzar el canal auditivo de este o cualquier animal, lo que evitó que la selección natural torciera el apacible destino de los palotes, convirtiendoles en parásitos depredadores. Todo esto cambió con la llegada de los humanos y su afán por recoger ramas y leña para realizar diversas tareas, sin pensar jamás que un insecto en apariencia inofensivo pudiera suponer riesgo alguno. Los palotes se dejaban caer sobre las cabezas y los cuerpos apenas sentían el aroma de un mamífero, o tal vez sintieran las pulsaciones eléctricas en esas masas pensantes cuyo gran tamaño pudiera generar ondas con la fuerza suficiente como para ser percibidas en lo alto de la copa de un árbol de pimiento. Las personas los tomaban por restos de ramas entre sus cabellos y nada más, muchos palotes fracasarían en forma abrupta al ser sacudidos por un par de manos y caer al suelo, pero otros lograrían ocultarse entre las cabelleras, esperando el momento oportuno. Los especímenes de menor tamaño resultaron ser los más exitosos en realizar el tortuoso viaje entre la oreja y el cerebro humanos, pudiendo sortear con menor dificultad los estrechos canales. Una vez en el cerebro, comienza un pausado festín que durará años pero que sin que nadie pueda hacer nada al respecto, llevará un día al huésped a encontrar una muerte inesperada y misteriosa. La masificación de la autopsia llegaría demasiado tarde, y la distancia que irían tomando los humanos de los árboles harían cada vez más infrecuentes los casos mortales. Tampoco ayudaría la tendencia a la calcificación que tienen dichos insectos, gracias a lo cuál, en las contadas ocasiones donde se ha practicado una autopsia a una víctima de un palote, se les ha solido confundir con malformaciones calcáreas, caprichos oseos que pudieran ser la causa de muerte pero cuyo origen seguía yaciendo en el interior de la víctima. Por suerte mi hermana nunca sintió el impulso de sacarlos de su contenedor, se limitaba a observarlos en su vaivén continuo ahi dentro, aferrados a las ramas, pretendiendo los bichos ser mecidos por el viento, un viento inexistente, sintiendo un hambre malsana que jamás deberá ser saciada.

cucarachas alemanas

En la cocina siguen habiendo cucarachas, de esas cucarachas importadas, mucho más pequeñas que las baratas aunque también puede ser que no logran sobrevivir hasta llegar a ese tamaño. Se esconden bajo el hervidor, en los recovecos que se forman entre las maderas que se recojen y expanden, o que nada más fueron mal cortadas. Salen de noche y al encender la luz huyen en todas direcciones, pero no parecieran huir con temor como los otros insectos o animales, pareciera casi no importarles haber sido descubiertas. Debe ser porque son extranjeras, otra cultura.
El resto las mata siempre que pueden, las aplastan o las envenenan, aunque hace tiempo no intentan esta segunda ruta, ante el riesgo que la abuela confunda los cristales de ácido bórico con azúcar. Pero siempre hay más cucarachas, se retiran a sus guaridas y se reagrupan, reabastecen sus filas y esperan que la próxima noche sea más larga que la anterior. Nunca hay nada para comer sobre los mesones, nada visible al ojo humano, pero las cucarachas todavía no mueren de hambre. No, mueren aplastadas. Y a veces alguna queda atrapada en el agua aposada en un ligero bache en el acero del lavaplatos, y por lo general encuentra una húmeda muerte, pero otra veces él las empuja fuera del agua, las da vuelta de ser necesario, y luego la ve huir en busca de refugio, sin saber que tan cerca estuvo de encontrar la muerte. La abuela también solía matar caracoles, los recolectaba y agrupaba, para luego pisarlos. Él nunca entendió porqué hacía esto, si no habían plantas que sirvieran para algo más que verlas, y una planta mordisqueada sigue siendo una planta digna de ser vista, si no incluso más que antes. Además, las acelgas brotaban por su propia voluntad, que derecho tenían los humanos a decidir sobre quien o qué podía alimentarse de ellas. Por suerte la abuela ya no sentía la necesidad de hurgar entre las matas en busca de caracoles, ahora que este no era su jardín. Los caracoles ya pueden dorrmir, supongo que los caracoles duermen, comer restos de lechuga, enfilar hacia una muerte segura mientras suben por la lata del cobertizo, mientras otros mueren de causas naturales y se deshacen sobre la tierra; pero todos tienen la oportunidad ahora de vivir.
Las cucarachas se niegan a vivir como los caracoles, en el exterior, prefieren correr por sus vidas, correr de y hacia la muerte, en lugar de arrastrarse bajo el cobijo de la soledad y el rocío. Ahora mismo deben estar mirando, olfateando el aire, a la espera de una noche que sea más larga que la anterior.

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