
Estaba escuchando una canción argentina, tal vez Leonardo Favio, tal vez Sandro, o quizá alguien menos conocido a este lado de la cordillera, y recordé mi viaje de hace unos años a la Argentina. Hace unos años digo, como si hubiera sido ayer, un ayer distante pero ayer al fin y al cabo, cuando en realidad han pasado ya cerca de cinco o seis años, tal vez siete. Me vino entonces la idea de relatar dicho viaje antes de olvidarlo definitivamente, relatarlo con toda su mediocridad y pasajes poco memorables, al menos para mi persona.
Como pocos deben saberlo, soy un eterno estudiante que se ha dejado arrastrar por la corriente del tiempo, nunca abandonando el curso fijado hace casi quince años y que cada día más parece un destino inalcanzable, una fantasía para mantener los días en movimiento. Motivación del viaje: mantener una colaboración con un profesor de la Universidad Nacional de Río Cuarto, quien nos había visitado por unas semanas un año atrás y quien parecía muy motivado con la idea de desarrollar un trabajo en conjunto.
- Esto lo podemos convertir en una máquina de hacer chorizos, será cosa de meterle muestras, sacar datos por el otro lado y publicar viejo, ya verás.
(No tenía como advertirle entonces a G. que nunca llegaríamos a nada, que finalmente nunca lograríamos publicar nada, pero como saberlo entonces)
Se organizó el viaje entonces bajo el apremiante cierre de un proyecto que tenía fondos comprometidos pero que nadie había usado, y quien los iba a usar si solo yo estaba trabajando en ese proyecto. Estaba decidido entonces, en una semanas más volaría a Córdoba desde donde tomaría luego un bus interurbano, interregional o interprovincial, no sé como les llamarán allá, que me llevaría a Río Cuarto, una ciudad relativamente pequeña, rodeada de planicies y ubicada en el paralelo 33, al igual que Santiago. El trazado del viaje parecía innecesariamente largo y torcido, cuando en el mapa parecía bastar levantar una pierna y luego la otra para quedar ubicado en buena posición al otro lado de la cordillera. En ese entonces y aún hoy, no sentía la confianza necesaria para contarle a nadie sobre esto hasta que no fuera estrictamente necesario. Recuerdo estar con mi madre en un centro comercial, comiendo unas fajitas insípidas y de texturas discontinuas, cuando le dije que tenía un viaje planificado a la Argentina en un par de días más y que necesitaba comprar una mochila. No recuerdo donde ni cuando compré la mochila, pero lo hice y ahora está guardada dentro del armario, con una correa rota.
El vuelo salía en la mañana, cosa de evitar cualquier complicación para el traslado posterior entre Córdoba y Río Cuarto. Mi padre me llevó en su auto al aeropuerto, tal vez todavía tenía su Toyota Yaris, su primer auto propio luego de unas temporadas con el furgón de la empresa. Ese automóvil era además símbolo y antecedente de una total independencia que lograría unos años después, un hito que marcaba su alejamiento del trabajo asalariado al fin, para hundirse cada vez más en el mundo de las terapias alternativas y la pseudociencia. No recuerdo que nos dijéramos nada más que un chao o que llegues bien, él no es de despedidas emotivas ni palabras de aliento, y yo aprendí de él esto de no expresar lo que se siente. Pues yo si sentía algo, sentía la garganta apretada y el corazón golpeándose contra los límites de su mundo. Era el viejo y conocido temor a lo desconocido, que por suerte nunca pasa a mayores y luego se difunde entre los temores menores del día a día y luego ya nada más se le olvida. Un par de horas de vuelo sin inconveniente alguno, disfrutando de ver pequeños caminos torcidos por el paisaje y el viento, entre la montaña, llevando a extraños cultivos, hacia caseríos, llevando a ningún lado en algunos casos, aunque esto seguro parecía ser así por la distancia, hacia algún lado tienen que haber llevado. Aterrizaje también sin inconvenientes más allá del nerviosismo propio del primer aterrizaje experimentado en la vida y luego la incertidumbre total sobre que hacer, con quien hablar, hacia donde ir. G. me había advertido que no tomara un taxi dentro del aeropuerto, que me cobrarían más de lo que corresponde, pero yo no estaba de ánimos para intentar nada más que lo evidente y efectivo, así que tome un taxi con el primer hombre que se ofreció y nos encaminamos hacia el terminal de buses de Córdoba. Creo que no hablamos nada en todo el viaje, o no mucho, nada que pueda recordad al menos, eso está claro.
Traté de almorzar en el casino común, el primer día incluso comí el menú del día: polenta. Que riesgo podría tener comer polenta, maíz molido nada más. Pero olvidaba que estaba en Argentina, y yo realmente no sabía que era la polenta, así que me tocó toparme con pequeños fragmentos de animal molido hasta formar una masa irregular que ya en nada asemeja a un animal. Dejé mi plato junto con el resto de platos sucio y salí de ahí. Volví, un par de días, llevando mi almuerzo en un tupper que compré en un local de plásticos uno o dos días después del incidente de la polenta. Habían perros durmiendo en el casino, entrando y saliendo, era invierno y se estaba mejor dentro del casino. Volví, sí, pero la sensación de ser un extraño pudo más y apenas encontré una vía de escape la tomé. ¿La vía? Una cocina con lavaplatos y refrigerador en uno de los edificios de laboratorios, con una mesa recubierta de melamina y sillas duras, una iluminación estática y fría, calentar la comida, consumirla y largarse de ahí, no era un lugar en el que te gustaría ser visto o verte a ti mismo desde lejos. Un cartel advertía de no desechar los restos de yerba mate por el desagüe del lavaplatos.
Ya en el terminal parecía que las cosas no serían tan difíciles como las había imaginado, que esto de hacer cosas que nunca has hecho y nunca pensaste o quisiste hacer no era tan malo después de todo, pero como iba a saber yo que las condiciones laborales y salariales de los trabajadores de las redes de buses estaban tan mal y que ese día había paro, en principio indefinido. Nuevamente la sensación corporal del temor ante lo incierto. Llamé a G., desde un teléfono público porque mi celular no estaba habilitado para funcionar en el extranjero ni pensé en comprar un chip local. Me dijo que sí, que sabía del paro pero que no pasaba nada, que buscara donde dormir esa noche y ya tal vez al día siguiente podría tomar el bus, que aprovechara de conocer un poco. Conocer. Si tan solo él me hubiera conocido a mi no me hubiera dicho eso. Partí entonces, no recuerdo si llevando mis dos mochilas o no, en busca de un alojamiento barato y cercano al terminal de buses, ayudado por una guía que una mujer en un kiosko turístico me entregó. Hoteles y hostales, residenciales, 3 estrellas, 4, solo 2. Identifiqué un par que no estaban muy lejos y parecían cumplir con el presupuesto. Creo que pregunté en dos antes de encontrar el adecuado, demasiado costosos seguramente, hasta que llegué a un edificio que en Chile llamaríamos una residencial, un edificio añoso y de una arquitectura interesante, donde las puertas ascendian en espiral en torno a un patio central. Habían plantas cada tantas puertas, pero no se veía a nadie. Entre en mi habitación, que era basicamente una cama y un baño, pero yo no necesitaba más. Había también un televisor. No había tina, siquiera un humilde receptáculo de ladrillos, la ducha no era más que un grifo en altura y un agujero en el cemento encerado, por donde escurría el agua.
Había llegado hacían varias horas y no había comido nada desde la mañana, por lo que salí en búsqueda de algo para comer. Tal vez era sábado, o domingo, o tal vez fuera que por la hora que era ya estaba todo cerrado. Caminé y caminé por calles que veía por primera y última vez, pero no encontraba nada. Quien hubiera pensado que sería tan difícil ser vegano en un país como Argentina, y que decir vegano y además temoroso, incapaz de preguntar a nadie por ningún tipo de ayuda. Finalmente me resigné y compré unos plátanos y un frasco de mermelada de zapallo, nada más. De vuelta en mi habitación comí un par de plátanos, unas cucharadas de mermelada y me dispuse a dormir. En la televisión no había nada que ver y además yo no entendía sobre que estaban hablando. Creo haberme duchado esa misma noche o al día siguiente, para mi sorpresa descubrí que una ducha no necesita nada más que agua y un agujero en el piso por donde esta pueda escurrir. Había un espejo en el baño, pero no lo usé. Tengo el recuerdo vago de haber usado la internet de la residencial para avisar de mi situación a mi familia y luego dormí arropado con frazadas baratas pero que ahora mismo me atrevería a decir que podría añorar, o tal vez lo que añoro es sentir nuevamente como el miedo a lo incierto cede ante una experiencia imprevista que resulta cada vez más peculiar y va despertando la curiosidad de uno.
Al día siguiente por suerte, aunque en el fondo ya deseaba que no hubiera sido así, el paro había terminado y los buses volvían al camino, para el pesar de los trabajadores. El viaje entre Córdoba y Río Cuarto toma entre tres y cuatro horas según recuerdo, y se recorren kilómetros y kilómetros de lo que asumo es pampa, pastizales secos en esa época del año, siguiendo el camino incierto que constituye una carretera sin carteles. Debo haber dormido parte del viaje, a pesar de lo mucho que disfruto observar el paisaje y su evolución, a veces abrupta y otras tantas tan gradual y contenida que no te das cuenta cuando ya te encuentras en medio de una montaña o frente al mar.
Una vez en la ciudad destino, debía dirigirme al que sería mi hogar por el próximo mes, un apart hotel donde, al igual que en la residencial, gran parte de las habitaciones confluían a través de sus ventanas en un mismo patio central, solo que ahora no había patio, solo un espacio vacío entre las construcciones, quizá un accidente o un error, un mal cálculo que nadie notó a tiempo y constituyó un espacio común indeseado, porque nadie abría sus persianas, no al menos si alguien más ya las tenías abiertas. Era invierno en ese entonces, y la escasa luz se difuminaba al ir descendiendo por la hendidura formada por los edificios. El departamento tenía una precaria cocina, pero funcional. Nunca supe como encender el horno así que me limite a hacer pan en un sartén del que disponía. La ducha aparentaba mayor elegancia que la ducha de la residencial en Córdoba, con su barrera de cerámica y su cortina de baño con un diseño que no retuve. Rápidamente me daría cuenta que de nada sirve una contención que no contiene, que el agua escurre como puede haciendo uso de los intersticios que ofrece la irregularidad de los cortes en la cerámica. Por suerte había un implemento para empujar el agua, se sabía que el baño no funcionaba pero quien se molestaría en solucionar un problema que no es problema para las personas que están de paso y nada más. No había lavadora en la habitación, nunca supe si en el edificio tampoco, nunca pregunté, me limité a lavar mi ropa en el lavamanos, estrujarla y luego secarla no recuerdo donde. Tampoco recuerdo si usé jabón de manos o si llegue a comprar detergente de ropa. Había un televisor, igual que en la residencial, pero del mismo modo no había nada que ver, nada que pudiera entender. Si prendí la radio un día, y me topé con una gran canción, Génesis, de Vox Dei, pero esa fue la primera y última canción que se me apareció estando allá.
Ese primer día no hice más que instalarme en el hotel, pagar por adelantado el mes de estancia y luego salir a comprar algunos víveres. Me encontré a mi mismo nuevamente tomando mate y nada más que mate, el café me resultaba demasiado caro en esas circunstancias. Tomé mate y comí col china. Un día hice sopaipillas que comí en la soledad del departamento, quien sabe haciendo que otra cosa. Habrán sido sopaipillas con ají, tampoco nadie lo sabe ya. Pasaba por fuera de panaderías, pastelerías y restoranes, pero la amenaza silenciosa y ominosa de la manteca, la leche y la carne lo cubría todo. Si caí en la tentación de Ades y su vitamina lanar, pero eso nadie lo ha de saber. A quien le podría interesar además.
Junto con los días de universidad vino la necesidad de ver y ser visto, escuchar y tratar de ser escuchado, lo menos posible. Un estudiante de G., M., me mostró los buses que debía tomar para llegar hasta la Universidad Nacional de Río Cuarto, ubicada a las afueras de la ciudad, estimo que en dirección noroeste. Me mostró el salón de los estudiantes de posgrado y el mesón en el que podía ubicar mis cosas. El salón solía estar casi lleno de otros estudiantes, pero no recuerdo a nadie, nunca hablé con ninguno de ellos más allá de un día que me dejaron la llave o algo así. Todo el mundo se iba temprano, a las cinco de la tarde me quedaba solo, tal vez confiaban en mi, me verían como a un niño casi que sería incapaz de cometer ninguna atrocidad. Lo bueno es que me quedaba solo, y en paz. Al terminar mi jornada guardaba mis cosas y partía en rumbo al paradero de micros, buses o colectivos, como sea que les llamen, y esperaba ahí entre muchas otras personas aún más desconocidas y lejanas que aquellas del salón de estudiantes de posgrado. Esperar de pie, a veces sentado en la solera, en la banca, hasta que pasaba el bus con el número que creía era el indicado y podía al fin volver a la ciudad, más bien, volver a mi cuarto en el hotel.
Los días fueron pasando y estableciendo la rutina de una nueva monotonía que solo se veía interrumpida por desvíos en la ruta de vuelta al hotel para comprar comida, champú y lo que necesitara. Los fines de semana me agobiaban con su vacío y libertad, sentir que había tanto por ver y no saber en que dirección enfilar, y no hablo de ver grandes monumentos ni atracciones, hablo simplemente de caminar y mirar las casas y a las personas. Recuerdo haber llegado hasta una laguna artificial, que estaba junto a un zoológico sin jaulas, se podían ver ciervos a lo lejos o algún animal parecido. Buscando más información al respecto me encuentro con que el lugar se llama Parque Sarmiento, se puede ver un puente de madera roja que cruza un estrecho, una locomotora en miniatura, multitudes. No logro traer de vuelta a la memoria nada de esto, tal vez por la época en que nos encontrábamos, entrando en el invierno. De todos modos ese tipo de paseo sin un fin en particular me resultan agradables, observar como cambia la ciudad de a poco, como las calles de tierra y maicillo dan paso al asfalto, como las casas dejan de tener patio, como de pronto los árboles parecen tener un orden preestablecido; en todos lados existe la miseria y la pobreza. En otra ocasión fui al río, pero de ese paseo no rescato nada. Escribiendo esto recordé un paseo durante los primeros días en la ciudad, ver a lo lejos un grupo de hombres mayores, tal vez ancianos, jugando en una plaza un extraño juego que más bien parecía un ritual, con pétreas esferas que lanzaban a un ritmo tan acompasado que en mi paso por el lugar no tuve tiempo de comprender las reglas del juego, las instrucciones del ritual.