En la cocina siguen habiendo cucarachas, de esas cucarachas importadas, mucho más pequeñas que las baratas aunque también puede ser que no logran sobrevivir hasta llegar a ese tamaño. Se esconden bajo el hervidor, en los recovecos que se forman entre las maderas que se recojen y expanden, o que nada más fueron mal cortadas. Salen de noche y al encender la luz huyen en todas direcciones, pero no parecieran huir con temor como los otros insectos o animales, pareciera casi no importarles haber sido descubiertas. Debe ser porque son extranjeras, otra cultura.
El resto las mata siempre que pueden, las aplastan o las envenenan, aunque hace tiempo no intentan esta segunda ruta, ante el riesgo que la abuela confunda los cristales de ácido bórico con azúcar. Pero siempre hay más cucarachas, se retiran a sus guaridas y se reagrupan, reabastecen sus filas y esperan que la próxima noche sea más larga que la anterior. Nunca hay nada para comer sobre los mesones, nada visible al ojo humano, pero las cucarachas todavía no mueren de hambre. No, mueren aplastadas. Y a veces alguna queda atrapada en el agua aposada en un ligero bache en el acero del lavaplatos, y por lo general encuentra una húmeda muerte, pero otra veces él las empuja fuera del agua, las da vuelta de ser necesario, y luego la ve huir en busca de refugio, sin saber que tan cerca estuvo de encontrar la muerte. La abuela también solía matar caracoles, los recolectaba y agrupaba, para luego pisarlos. Él nunca entendió porqué hacía esto, si no habían plantas que sirvieran para algo más que verlas, y una planta mordisqueada sigue siendo una planta digna de ser vista, si no incluso más que antes. Además, las acelgas brotaban por su propia voluntad, que derecho tenían los humanos a decidir sobre quien o qué podía alimentarse de ellas. Por suerte la abuela ya no sentía la necesidad de hurgar entre las matas en busca de caracoles, ahora que este no era su jardín. Los caracoles ya pueden dorrmir, supongo que los caracoles duermen, comer restos de lechuga, enfilar hacia una muerte segura mientras suben por la lata del cobertizo, mientras otros mueren de causas naturales y se deshacen sobre la tierra; pero todos tienen la oportunidad ahora de vivir.
Las cucarachas se niegan a vivir como los caracoles, en el exterior, prefieren correr por sus vidas, correr de y hacia la muerte, en lugar de arrastrarse bajo el cobijo de la soledad y el rocío. Ahora mismo deben estar mirando, olfateando el aire, a la espera de una noche que sea más larga que la anterior.
El resto las mata siempre que pueden, las aplastan o las envenenan, aunque hace tiempo no intentan esta segunda ruta, ante el riesgo que la abuela confunda los cristales de ácido bórico con azúcar. Pero siempre hay más cucarachas, se retiran a sus guaridas y se reagrupan, reabastecen sus filas y esperan que la próxima noche sea más larga que la anterior. Nunca hay nada para comer sobre los mesones, nada visible al ojo humano, pero las cucarachas todavía no mueren de hambre. No, mueren aplastadas. Y a veces alguna queda atrapada en el agua aposada en un ligero bache en el acero del lavaplatos, y por lo general encuentra una húmeda muerte, pero otra veces él las empuja fuera del agua, las da vuelta de ser necesario, y luego la ve huir en busca de refugio, sin saber que tan cerca estuvo de encontrar la muerte. La abuela también solía matar caracoles, los recolectaba y agrupaba, para luego pisarlos. Él nunca entendió porqué hacía esto, si no habían plantas que sirvieran para algo más que verlas, y una planta mordisqueada sigue siendo una planta digna de ser vista, si no incluso más que antes. Además, las acelgas brotaban por su propia voluntad, que derecho tenían los humanos a decidir sobre quien o qué podía alimentarse de ellas. Por suerte la abuela ya no sentía la necesidad de hurgar entre las matas en busca de caracoles, ahora que este no era su jardín. Los caracoles ya pueden dorrmir, supongo que los caracoles duermen, comer restos de lechuga, enfilar hacia una muerte segura mientras suben por la lata del cobertizo, mientras otros mueren de causas naturales y se deshacen sobre la tierra; pero todos tienen la oportunidad ahora de vivir.
Las cucarachas se niegan a vivir como los caracoles, en el exterior, prefieren correr por sus vidas, correr de y hacia la muerte, en lugar de arrastrarse bajo el cobijo de la soledad y el rocío. Ahora mismo deben estar mirando, olfateando el aire, a la espera de una noche que sea más larga que la anterior.
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