pico con la vida

La vida no es buena

lo bueno son los wantanes

y las palomas que bailan en círculos

o un niño aprendiendo a leer

también el sabor de

las semillas del cilantro

y el ají

una mujer que vende un Gato Alquinta bordado

una joven comiendo un completo como en un poema

o comerse uno mismo un durazno conservero, pero maduro

y sentir que volver a la tierra no debe ser tan malo

si nos podemos convertir en duraznos, en semillas o ají.

todo esto es bueno, pero no la vida.

todo esto es bueno, a pesar de la vida.

sentado en el paradero

Ayer miraba el museo

De la Memoria desde el paradero en Matucana

Tratando de adivinar si tú estarías o no

Ahí dentro, pero era sábado

No sucede mucho los sábados, los 

Periodistas descansan y piensan

En si alguien leerá lo que escriben

O no,

Solo podía mirar, un ojo en el museo

Otro en la calle por si venía la micro

Ahogarme en la fantasía de verme 

recorriendo un pasillo de terribles imágenes,

Un pasillo o lo que sea que tengan ahí,

No lo conozco, nunca he entrado,

La fantasía de verme

Arrastrando mi cuerpo rígido por sus

Pasillos o lo que fueran

Y verte apareciendo en una esquina

Primero un mechón suelto, luego tu frente

Tus dientes, tú

Tú y tu pelo trenzado

Tú y tus dedos delgados

Tú y tu ropa de cualquier color, pero aterciopelada

Tú y

Y

Pero no, no pude

No como el cabro que iba con una

Guitarra en su espalda, o tal vez un

Violonchelo, mejor que te encontraras

Con él, con su pelo, con su ropa

Y sus ojos

Yo no pude entrar, ni siquiera cruzar la calle

Tampoco pude comprarme una sopaipilla

No tenía hambre

Ni de sopaipillas

Ni de ti

...

Bah, ni yo me lo creo

tres sílabas

 Me acordé que iba una señora con el que parecía ser su nieto, en la feria, un niño de unos 2 años, o tal vez un poco más. El niño iba comiendo un trozo de plátano, ya le quedaba menos de un cuarto de un plátano promedio, y la señora le repetía "ba na na", y el niño solo la miraba, o tal vez balbuceaba algo que entre el bullicio de la feria no logré escuchar, "¿que está comiendo? ba na na", con las mismas pausas entre cada sílaba cada vez que repetía la palabra, ba na na, y no había caso con perderla, hice amagues, fintas, pausas que te pueden costar una carrera, pero demasiada gente caminando demasiado lento por una calzada demasiado angosta, y la señora volvía a aparecerse frente a mi, atrapada ella misma entre la masa de gente, una masa espesada bajo el sol que nos robaba la humedad, y la señora no cesaba en su soliloquio, ba na na, y de donde habrá sacado que el plátano se llama banana, y porque su esposo no le decía nada, que dejara comer tranquilo al niño y que mejor le ayudara a comparar precios, que no ve que los damascos están muy caros, ba na na, y el niño solo la miraba y comía su plátano, ba na na, y ya era exasperante, BA NA NA, pero por suerte llego el punto donde suelo dar media vuelta y por fin pude dejar atrás a esa señora, aunque todavía la escucho en mi mente, ba na na, y apostaría a que seguirá repitiendo esa palabra una y otra vez, por años, incluso hasta el punto en su nieto ya sepa hablar y le diga que no, que eso se llama plátano, pero que podrá evitar que la señora eluda dicho cuestionamiento con maestría y le responda, con una amplia sonrisa de satisfacción, "plá ta no".

Río Cuarto, Parte 1

 

Estaba escuchando una canción argentina, tal vez Leonardo Favio, tal vez Sandro, o quizá alguien menos conocido a este lado de la cordillera, y recordé mi viaje de hace unos años a la Argentina. Hace unos años digo, como si hubiera sido ayer, un ayer distante pero ayer al fin y al cabo, cuando en realidad han pasado ya cerca de cinco o seis años, tal vez siete. Me vino entonces la idea de relatar dicho viaje antes de olvidarlo definitivamente, relatarlo con toda su mediocridad y pasajes poco memorables, al menos para mi persona.
Como pocos deben saberlo, soy un eterno estudiante que se ha dejado arrastrar por la corriente del tiempo, nunca abandonando el curso fijado hace casi quince años y que cada día más parece un destino inalcanzable, una fantasía para mantener los días en movimiento. Motivación del viaje: mantener una colaboración con un profesor de la Universidad Nacional de Río Cuarto, quien nos había visitado por unas semanas un año atrás y quien parecía muy motivado con la idea de desarrollar un trabajo en conjunto.
- Esto lo podemos convertir en una máquina de hacer chorizos, será cosa de meterle muestras, sacar datos por el otro lado y publicar viejo, ya verás.

(No tenía como advertirle entonces a G. que nunca llegaríamos a nada, que finalmente nunca lograríamos publicar nada, pero como saberlo entonces)

Se organizó el viaje entonces bajo el apremiante cierre de un proyecto que tenía fondos comprometidos pero que nadie había usado, y quien los iba a usar si solo yo estaba trabajando en ese proyecto. Estaba decidido entonces, en una semanas más volaría a Córdoba desde donde tomaría luego un bus interurbano, interregional o interprovincial, no sé como les llamarán allá, que me llevaría a Río Cuarto, una ciudad relativamente pequeña, rodeada de planicies y ubicada en el paralelo 33, al igual que Santiago. El trazado del viaje parecía innecesariamente largo y torcido, cuando en el mapa parecía bastar levantar una pierna y luego la otra para quedar ubicado en buena posición al otro lado de la cordillera. En ese entonces y aún hoy, no sentía la confianza necesaria para contarle a nadie sobre esto hasta que no fuera estrictamente necesario. Recuerdo estar con mi madre en un centro comercial, comiendo unas fajitas insípidas y de texturas discontinuas, cuando le dije que tenía un viaje planificado a la Argentina en un par de días más y que necesitaba comprar una mochila. No recuerdo donde ni cuando compré la mochila, pero lo hice y ahora está guardada dentro del armario, con una correa rota.
El vuelo salía en la mañana, cosa de evitar cualquier complicación para el traslado posterior entre Córdoba y Río Cuarto. Mi padre me llevó en su auto al aeropuerto, tal vez todavía tenía su Toyota Yaris, su primer auto propio luego de unas temporadas con el furgón de la empresa. Ese automóvil era además símbolo y antecedente de una total independencia que lograría unos años después, un hito que marcaba su alejamiento del trabajo asalariado al fin, para hundirse cada vez más en el mundo de las terapias alternativas y la pseudociencia. No recuerdo que nos dijéramos nada más que un chao o que llegues bien, él no es de despedidas emotivas ni palabras de aliento, y yo aprendí de él esto de no expresar lo que se siente. Pues yo si sentía algo, sentía la garganta apretada y el corazón golpeándose contra los límites de su mundo. Era el viejo y conocido temor a lo desconocido, que por suerte nunca pasa a mayores y luego se difunde entre los temores menores del día a día y luego ya nada más se le olvida. Un par de horas de vuelo sin inconveniente alguno, disfrutando de ver pequeños caminos torcidos por el paisaje y el viento, entre la montaña, llevando a extraños cultivos, hacia caseríos, llevando a ningún lado en algunos casos, aunque esto seguro parecía ser así por la distancia, hacia algún lado tienen que haber llevado. Aterrizaje también sin inconvenientes más allá del nerviosismo propio del primer aterrizaje experimentado en la vida y luego la incertidumbre total sobre que hacer, con quien hablar, hacia donde ir. G. me había advertido que no tomara un taxi dentro del aeropuerto, que me cobrarían más de lo que corresponde, pero yo no estaba de ánimos para intentar nada más que lo evidente y efectivo, así que tome un taxi con el primer hombre que se ofreció y nos encaminamos hacia el terminal de buses de Córdoba. Creo que no hablamos nada en todo el viaje, o no mucho, nada que pueda recordad al menos, eso está claro.

Traté de almorzar en el casino común, el primer día incluso comí el menú del día: polenta. Que riesgo podría tener comer polenta, maíz molido nada más. Pero olvidaba que estaba en Argentina, y yo realmente no sabía que era la polenta, así que me tocó toparme con pequeños fragmentos de animal molido hasta formar una masa irregular que ya en nada asemeja a un animal. Dejé mi plato junto con el resto de platos sucio y salí de ahí. Volví, un par de días, llevando mi almuerzo en un tupper que compré en un local de plásticos uno o dos días después del incidente de la polenta. Habían perros durmiendo en el casino, entrando y saliendo, era invierno y se estaba mejor dentro del casino. Volví, sí, pero la sensación de ser un extraño pudo más y apenas encontré una vía de escape la tomé. ¿La vía? Una cocina con lavaplatos y refrigerador en uno de los edificios de laboratorios, con una mesa recubierta de melamina y sillas duras, una iluminación estática y fría, calentar la comida, consumirla y largarse de ahí, no era un lugar en el que te gustaría ser visto o verte a ti mismo desde lejos. Un cartel advertía de no desechar los restos de yerba mate por el desagüe del lavaplatos.

Ya en el terminal parecía que las cosas no serían tan difíciles como las había imaginado, que esto de hacer cosas que nunca has hecho y nunca pensaste o quisiste hacer no era tan malo después de todo, pero como iba a saber yo que las condiciones laborales y salariales de los trabajadores de las redes de buses estaban tan mal y que ese día había paro, en principio indefinido. Nuevamente la sensación corporal del temor ante lo incierto. Llamé a G., desde un teléfono público porque mi celular no estaba habilitado para funcionar en el extranjero ni pensé en comprar un chip local. Me dijo que sí, que sabía del paro pero que no pasaba nada, que buscara donde dormir esa noche y ya tal vez al día siguiente podría tomar el bus, que aprovechara de conocer un poco. Conocer. Si tan solo él me hubiera conocido a mi no me hubiera dicho eso. Partí entonces, no recuerdo si llevando mis dos mochilas o no, en busca de un alojamiento barato y cercano al terminal de buses, ayudado por una guía que una mujer en un kiosko turístico me entregó. Hoteles y hostales, residenciales, 3 estrellas, 4, solo 2. Identifiqué un par que no estaban muy lejos y parecían cumplir con el presupuesto. Creo que pregunté en dos antes de encontrar el adecuado, demasiado costosos seguramente, hasta que llegué a un edificio que en Chile llamaríamos una residencial, un edificio añoso y de una arquitectura interesante, donde las puertas ascendian en espiral en torno a un patio central. Habían plantas cada tantas puertas, pero no se veía a nadie. Entre en mi habitación, que era basicamente una cama y un baño, pero yo no necesitaba más. Había también un televisor. No había tina, siquiera un humilde receptáculo de ladrillos, la ducha no era más que un grifo en altura y un agujero en el cemento encerado, por donde escurría el agua.

Había llegado hacían varias horas y no había comido nada desde la mañana, por lo que salí en búsqueda de algo para comer. Tal vez era sábado, o domingo, o tal vez fuera que por la hora que era ya estaba todo cerrado. Caminé y caminé por calles que veía por primera y última vez, pero no encontraba nada. Quien hubiera pensado que sería tan difícil ser vegano en un país como Argentina, y que decir vegano y además temoroso, incapaz de preguntar a nadie por ningún tipo de ayuda. Finalmente me resigné y compré unos plátanos y un frasco de mermelada de zapallo, nada más. De vuelta en mi habitación comí un par de plátanos, unas cucharadas de mermelada y me dispuse a dormir. En la televisión no había nada que ver y además yo no entendía sobre que estaban hablando. Creo haberme duchado esa misma noche o al día siguiente, para mi sorpresa descubrí que una ducha no necesita nada más que agua y un agujero en el piso por donde esta pueda escurrir. Había un espejo en el baño, pero no lo usé. Tengo el recuerdo vago de haber usado la internet de la residencial para avisar de mi situación a mi familia y luego dormí arropado con frazadas baratas pero que ahora mismo me atrevería a decir que podría añorar, o tal vez lo que añoro es sentir nuevamente como el miedo a lo incierto cede ante una experiencia imprevista que resulta cada vez más peculiar y va despertando la curiosidad de uno.

Al día siguiente por suerte, aunque en el fondo ya deseaba que no hubiera sido así, el paro había terminado y los buses volvían al camino, para el pesar de los trabajadores. El viaje entre Córdoba y Río Cuarto toma entre tres y cuatro horas según recuerdo, y se recorren kilómetros y kilómetros de lo que asumo es pampa, pastizales secos en esa época del año, siguiendo el camino incierto que constituye una carretera sin carteles. Debo haber dormido parte del viaje, a pesar de lo mucho que disfruto observar el paisaje y su evolución, a veces abrupta y otras tantas tan gradual y contenida que no te das cuenta cuando ya te encuentras en medio de una montaña o frente al mar.

Una vez en la ciudad destino, debía dirigirme al que sería mi hogar por el próximo mes, un apart hotel donde, al igual que en la residencial, gran parte de las habitaciones confluían a través de sus ventanas en un mismo patio central, solo que ahora no había patio, solo un espacio vacío entre las construcciones, quizá un accidente o un error, un mal cálculo que nadie notó a tiempo y constituyó un espacio común indeseado, porque nadie abría sus persianas, no al menos si alguien más ya las tenías abiertas. Era invierno en ese entonces, y la escasa luz se difuminaba al ir descendiendo por la hendidura formada por los edificios. El departamento tenía una precaria cocina, pero funcional. Nunca supe como encender el horno así que me limite a hacer pan en un sartén del que disponía. La ducha aparentaba mayor elegancia que la ducha de la residencial en Córdoba, con su barrera de cerámica y su cortina de baño con un diseño que no retuve. Rápidamente me daría cuenta que de nada sirve una contención que no contiene, que el agua escurre como puede haciendo uso de los intersticios que ofrece la irregularidad de los cortes en la cerámica. Por suerte había un implemento para empujar el agua, se sabía que el baño no funcionaba pero quien se molestaría en solucionar un problema que no es problema para las personas que están de paso y nada más. No había lavadora en la habitación, nunca supe si en el edificio tampoco, nunca pregunté, me limité a lavar mi ropa en el lavamanos, estrujarla y luego secarla no recuerdo donde. Tampoco recuerdo si usé jabón de manos o si llegue a comprar detergente de ropa. Había un televisor, igual que en la residencial, pero del mismo modo no había nada que ver, nada que pudiera entender. Si prendí la radio un día, y me topé con una gran canción, Génesis, de Vox Dei, pero esa fue la primera y última canción que se me apareció estando allá.

Ese primer día no hice más que instalarme en el hotel, pagar por adelantado el mes de estancia y luego salir a comprar algunos víveres. Me encontré a mi mismo nuevamente tomando mate y nada más que mate, el café me resultaba demasiado caro en esas circunstancias. Tomé mate y comí col china. Un día hice sopaipillas que comí en la soledad del departamento, quien sabe haciendo que otra cosa. Habrán sido sopaipillas con ají, tampoco nadie lo sabe ya. Pasaba por fuera de panaderías, pastelerías y restoranes, pero la amenaza silenciosa y ominosa de la manteca, la leche y la carne lo cubría todo. Si caí en la tentación de Ades y su vitamina lanar, pero eso nadie lo ha de saber. A quien le podría interesar además.

Junto con los días de universidad vino la necesidad de ver y ser visto, escuchar y tratar de ser escuchado, lo menos posible. Un estudiante de G., M., me mostró los buses que debía tomar para llegar hasta la Universidad Nacional de Río Cuarto, ubicada a las afueras de la ciudad, estimo que en dirección noroeste. Me mostró el salón de los estudiantes de posgrado y el mesón en el que podía ubicar mis cosas. El salón solía estar casi lleno de otros estudiantes, pero no recuerdo a nadie, nunca hablé con ninguno de ellos más allá de un día que me dejaron la llave o algo así. Todo el mundo se iba temprano, a las cinco de la tarde me quedaba solo, tal vez confiaban en mi, me verían como a un niño casi que sería incapaz de cometer ninguna atrocidad. Lo bueno es que me quedaba solo, y en paz. Al terminar mi jornada guardaba mis cosas y partía en rumbo al paradero de micros, buses o colectivos, como sea que les llamen, y esperaba ahí entre muchas otras personas aún más desconocidas y lejanas que aquellas del salón de estudiantes de posgrado. Esperar de pie, a veces sentado en la solera, en la banca, hasta que pasaba el bus con el número que creía era el indicado y podía al fin volver a la ciudad, más bien, volver a mi cuarto en el hotel.

Los días fueron pasando y estableciendo la rutina de una nueva monotonía que solo se veía interrumpida por desvíos en la ruta de vuelta al hotel para comprar comida, champú y lo que necesitara. Los fines de semana me agobiaban con su vacío y libertad, sentir que había tanto por ver y no saber en que dirección enfilar, y no hablo de ver grandes monumentos ni atracciones, hablo simplemente de caminar y mirar las casas y a las personas. Recuerdo haber llegado hasta una laguna artificial, que estaba junto a un zoológico sin jaulas, se podían ver ciervos a lo lejos o algún animal parecido. Buscando más información al respecto me encuentro con que el lugar se llama Parque Sarmiento, se puede ver un puente de madera roja que cruza un estrecho, una locomotora en miniatura, multitudes. No logro traer de vuelta a la memoria nada de esto, tal vez por la época en que nos encontrábamos, entrando en el invierno. De todos modos ese tipo de paseo sin un fin en particular me resultan agradables, observar como cambia la ciudad de a poco, como las calles de tierra y maicillo dan paso al asfalto, como las casas dejan de tener patio, como de pronto los árboles parecen tener un orden preestablecido; en todos lados existe la miseria y la pobreza. En otra ocasión fui al río, pero de ese paseo no rescato nada. Escribiendo esto recordé un paseo durante los primeros días en la ciudad, ver a lo lejos un grupo de hombres mayores, tal vez ancianos, jugando en una plaza un extraño juego que más bien parecía un ritual, con pétreas esferas que lanzaban a un ritmo tan acompasado que en mi paso por el lugar no tuve tiempo de comprender las reglas del juego, las instrucciones del ritual.

rama


Mi hermana criaba palotes cuando estaba en el colegio, los tenía dentro de un bidón, seguro uno de vino, al que le habían introducido hojas de pimiento y hecho decenas de perforaciones de minúsculo tamaño para que los bichos no se asfixiaran. Decían que ese era el árbol favorito de los palotes, aunque nunca he visto ninguno ni en las ramas de un pimiento ni bajo uno, un palote que ya no tuviera fuerzas para aferrarse a las ramas y hubiera caído. Ella no jugaba con ellos, no los sacaba del bidón, todo era por la ciencia y nada más, un criar palotes sin otro fin que verlos florecer y luego caer en desgracia. El origen de este cuestionable experimento estaba en una profesora de ciencias demasiado entusiasta, el solo hecho que unas niñas mostraran tal interés y compromiso en recolectar y cuidar de insectos como los palotes la dejaba satisfecha, a pesar que no hubiera hipótesis alguna por probar ni conclusiones que sacar. Esto sería tarea de las profesoras que vendrían después, ella cumplía con despertar el interés y punto. Y era loable que hubiera logrado algo así, puesto que, como pocas personas saben, los palotes son insectos en extremo peligrosos y nadie debe bajar su guardia al momento de enfrentarse a uno, claro, a menos que desean una muerte horrible. Pues verán, los palotes no son solo ávidos consumidores de las hojas y frutos del pimiento, también han desarrollado, a causa de la necesidad y el azar, un apetito malsano por los sesos de mamíferos de gran tamaño. Es probable que todo empezara con guanacos o sus ancestros buscando sombra donde reponerse, pero el pequeño tamaño de sus cerebros no compensaba lo accidentado que resulta cruzar el canal auditivo de este o cualquier animal, lo que evitó que la selección natural torciera el apacible destino de los palotes, convirtiendoles en parásitos depredadores. Todo esto cambió con la llegada de los humanos y su afán por recoger ramas y leña para realizar diversas tareas, sin pensar jamás que un insecto en apariencia inofensivo pudiera suponer riesgo alguno. Los palotes se dejaban caer sobre las cabezas y los cuerpos apenas sentían el aroma de un mamífero, o tal vez sintieran las pulsaciones eléctricas en esas masas pensantes cuyo gran tamaño pudiera generar ondas con la fuerza suficiente como para ser percibidas en lo alto de la copa de un árbol de pimiento. Las personas los tomaban por restos de ramas entre sus cabellos y nada más, muchos palotes fracasarían en forma abrupta al ser sacudidos por un par de manos y caer al suelo, pero otros lograrían ocultarse entre las cabelleras, esperando el momento oportuno. Los especímenes de menor tamaño resultaron ser los más exitosos en realizar el tortuoso viaje entre la oreja y el cerebro humanos, pudiendo sortear con menor dificultad los estrechos canales. Una vez en el cerebro, comienza un pausado festín que durará años pero que sin que nadie pueda hacer nada al respecto, llevará un día al huésped a encontrar una muerte inesperada y misteriosa. La masificación de la autopsia llegaría demasiado tarde, y la distancia que irían tomando los humanos de los árboles harían cada vez más infrecuentes los casos mortales. Tampoco ayudaría la tendencia a la calcificación que tienen dichos insectos, gracias a lo cuál, en las contadas ocasiones donde se ha practicado una autopsia a una víctima de un palote, se les ha solido confundir con malformaciones calcáreas, caprichos oseos que pudieran ser la causa de muerte pero cuyo origen seguía yaciendo en el interior de la víctima. Por suerte mi hermana nunca sintió el impulso de sacarlos de su contenedor, se limitaba a observarlos en su vaivén continuo ahi dentro, aferrados a las ramas, pretendiendo los bichos ser mecidos por el viento, un viento inexistente, sintiendo un hambre malsana que jamás deberá ser saciada.

cucarachas alemanas

En la cocina siguen habiendo cucarachas, de esas cucarachas importadas, mucho más pequeñas que las baratas aunque también puede ser que no logran sobrevivir hasta llegar a ese tamaño. Se esconden bajo el hervidor, en los recovecos que se forman entre las maderas que se recojen y expanden, o que nada más fueron mal cortadas. Salen de noche y al encender la luz huyen en todas direcciones, pero no parecieran huir con temor como los otros insectos o animales, pareciera casi no importarles haber sido descubiertas. Debe ser porque son extranjeras, otra cultura.
El resto las mata siempre que pueden, las aplastan o las envenenan, aunque hace tiempo no intentan esta segunda ruta, ante el riesgo que la abuela confunda los cristales de ácido bórico con azúcar. Pero siempre hay más cucarachas, se retiran a sus guaridas y se reagrupan, reabastecen sus filas y esperan que la próxima noche sea más larga que la anterior. Nunca hay nada para comer sobre los mesones, nada visible al ojo humano, pero las cucarachas todavía no mueren de hambre. No, mueren aplastadas. Y a veces alguna queda atrapada en el agua aposada en un ligero bache en el acero del lavaplatos, y por lo general encuentra una húmeda muerte, pero otra veces él las empuja fuera del agua, las da vuelta de ser necesario, y luego la ve huir en busca de refugio, sin saber que tan cerca estuvo de encontrar la muerte. La abuela también solía matar caracoles, los recolectaba y agrupaba, para luego pisarlos. Él nunca entendió porqué hacía esto, si no habían plantas que sirvieran para algo más que verlas, y una planta mordisqueada sigue siendo una planta digna de ser vista, si no incluso más que antes. Además, las acelgas brotaban por su propia voluntad, que derecho tenían los humanos a decidir sobre quien o qué podía alimentarse de ellas. Por suerte la abuela ya no sentía la necesidad de hurgar entre las matas en busca de caracoles, ahora que este no era su jardín. Los caracoles ya pueden dorrmir, supongo que los caracoles duermen, comer restos de lechuga, enfilar hacia una muerte segura mientras suben por la lata del cobertizo, mientras otros mueren de causas naturales y se deshacen sobre la tierra; pero todos tienen la oportunidad ahora de vivir.
Las cucarachas se niegan a vivir como los caracoles, en el exterior, prefieren correr por sus vidas, correr de y hacia la muerte, en lugar de arrastrarse bajo el cobijo de la soledad y el rocío. Ahora mismo deben estar mirando, olfateando el aire, a la espera de una noche que sea más larga que la anterior.

cosas de la vida

Despertar y oir las magnolias, leer y encontrar el momento preciso donde se pudrió todo, lamentarse una vez más, pero sentir más hambre que pena y entonces levantarse, encontrarse a si mismo cada vez más enojado con una abuela, recordar que padece demencia, sentir la necesidad de tomar sus manos para explicarle la situación y sienta cercanía pero apenas tocarlas, dos o tres puntos de contacto, nada más, pretender que la sensación perdure más que las palabras y el razonamiento, enfilar hacia el consultorio recordando esto que acaba de ocurrir y sentir de pronto ganas de llorar en plena calle, evadir la mirada de una señora de cabellos extraños, estructurados cuál árbol deformado por el viento, extendiendose hacia un costado y no otro, sacar el número 26 cuando apenas van en el 2, aunque ha sido peor otras veces, y luego no usar el número, dárselo sin pronunciar palabra a una señora con muleta, sin fijarse si el 26 ya pasó o no, salir y liberar la tos, adelantar a quien va con demasiada calma, pero yo tampoco tengo apuro, solo necesito caminar rápido, mantener un ritmo, un ritmo que nada tiene que ver con la música que voy oyendo, Roberto Carlos, cuando era un chiquillo, porque anoché me volví a topar con ese hombre que apenas canta pero algo tiene su forma de cantar y las canciones que escoge, iba cantando Amada Amante, pero me di cuenta demasiado tarde y solo alcancé a escuchar unos cuantos Amada, Amada Amante antes que diera por terminada su presentación, él mismo hombre que hace meses cantara una canción en portugues, un bossa nova desconocido, momentos antes que le robaran el teléfono a una mujer, y el cantante reclamara, casi como sintiendose culpable, tengo grabado el canto de ese día, pero no he logrado identificar la canción, no soy de aquellos que preguntan, no, y ayer iba cantando Roberto Carlos, por eso hoy quise escucharlo, y me di cuenta mientras esperaba la micro que La Ventana calzaba bastante bien con la escena de personas entrando y saliendo de una carnicería, perros entrando y saliendo, un hombre partiendo en su bicicleta, aunque yo esté en desacuerdo total con lo que significa una carnicería y con la gente que las frecuenta, cosas de la vida, choque de opiniones, y pasa la micro, de esas micros que todavía tienen ventanas de esas que si son ventanas y no solo aberturas difuminadas por las que tratar de mirar hacia afuera y asegurarse que todavía no es tu paradero, ventanas con viento, ventanas ventanas, y asientos cálidos sobre el motor, se libera el asiento del fondo, a un lado de la ventana, y voy allí sintiendome extraño, mirando todo e incluso esbozando una leve sonrisa al presenciar ciertas escenas, una joven compartiendo alcohol gel con un hombre de aspecto descuidado y casi sucio, una mano, luego la otra, y ambos sonríen, y yo sonrío desde la ventana, y la joven que se sentó en el asiento del medio de pronto decide arrimarse hacia mi, tal vez se sentiría más protegida por la placa que evita caer por la escaleras, el solo hecho de sentir su brazo derecho contra mi brazo izquierdo, sentir su pierna comprimiendo la mía, me hace sentir más humano, y es que casi nunca nadie se sienta a mi lado, como cuando nadie escogía al niño más malo para la pelota hasta el final, o al más gordo, o al más lerdo, y se siente bien a pesar que ella sea una desconocida y podamos asegurar que nunca más volveremos a compartir una micro, menos aún un asiento, además ella se tiene que bajar antes, y yo que solo ando paseando sigo de largo, pero no más allá de cierto límite, aunque pensé en tal vez cruzarlo hoy, escapar como lo solía hacer antes, pero ya no estoy para esas patriadas que hacía en busca de algo que necesitaba pero que no sabía que era, destinando tanto tiempo sin recibir nada a cambio, esperando pero inmóvil, no una espera ansiosa, anticipando, solo esperar, pero las oportunidades no esperan a nadie, se entregan abiertas pero dispersas entre los presentes, cosa que solo aquel que deba verlas logre reconocerlas, y luego ya no más, entonces son oportunidades perdidas, curiosas coincidencias que no lograron cuajar en destino, como la joven del otro día en el Metro, que de pronto me doy cuenta lleva los mismos audífonos que yo, pero ella compró otra almohadilla para las orejas, parece haber olvidado las almohadillas para la cabeza, generándose la ocasión perfecta para decirle que yo tengo un par extra, creo que desde ahora las llevaré siempre conmigo, sin que importe si nunca más hablamos después de entregarle las almohadillas, lo importante es reir en el futuro, y archivar las coincidencias, como los cuatrocientos pesos que diera a la anciana de la iglesia San Francisco, que parecía ser la misma de hace 8 años, mismos cuatrocientos pesos que luego me harían falta para comprar un par de gomas en la calle San Francisco y poder reparar la llave del lavaplatos, cuatrocientos pesos, ni más ni menos, cosas de la vida.

pasó de nuevo


Anoché volví a soñar con ella, pero no era un sueño sobre ella, fue más bien que la veía de pie contra un fondo oscuro, de personas oscuras y densas, pero ella se veía iluminada por una luz de fuente desconocida, y su rostro no era igual que fuera del sueño pero yo sabía que era ella y no otra persona, la vi dos veces, así que pude reconocerla sin problema, su pelo peinado cayendo desde el centro, la expresión dulce en su rostro, sin decir palabra alguna, que pudiera haber dicho en realidad, si somos casi desconocidos, pero eso no evita que sueñe con ella cada cierto tiempo, haciendome recordar que en la vida hay algo más, otra sustancia que la miseria, que puede sostener los pasos ya pesados, desviar nuestro camino, llevarnos flotando, conducirnos como ciegos hacia una paz ya olvidada.

solo una bolsa de papel


Una noche vi una bolsa de papel, de esas que entregan en las grandes tiendas, ocupando un asiento en una micro. Más bien ocupando el espacio que se forma entre dos asientos confrontados. La micro no iba vacía, algunas personas iban de pie, parecían preferir ir de pie antes que sentarse al lado de dicha bolsa, menos aún osar moverla. La bolsa no tenía nada que alertara peligro o que pudiera suscitar la curiosidad de nadie, tal vez por el cansancio con que carga la mayoría a esa hora del día nadie tuviera energía suficiente para destinarla a tantear las posibilidades que implica una bolsa de papel así. Yo me senté al lado de la bolsa, un poco sin darme cuenta que estaba ahí. Me preocupé luego de no perturbarla, parecía estar recostada y apoyada en el borde del asiento, la manilla de papel retorcido como una cabeza, un gran ojo mirando sin ver. No se alcanzaba a adivinar lo que pudiera haber en su interior, y la sola idea de tomarla y abrirla me pareció un error, que hay cosas dispuestas con tal cuidado por actores o fuerzas desconocidas que no nos corresponde a nosotros, que no comprendemos el porque de sus actos, el interferir. Podría haber habido cualquier cosa dentro, una bomba artesanal de relojería, un par de calcetines en oferta, restos de una comida rápida que pronto dejaría su mancha inevitable e indeleble de aceite, quizá una boleta que alguien luego necesitará para cambiar una prenda que no se pudo probar, o lo más probable, nada, y que en realidad la bolsa no estaba ahí debido al capricho de nadie, ninguna fuerza subterránea la había llevado a estar ahí, no era más que una bolsa olvidada por una pareja que fue de compras un jueves por la tarde, tal vez fue dejada a propósito, pero sin buscar generar ningún misterio o pregunta en torno a ella. Nadie se había sentado a su lado debido a que hay personas que sí prefieren ir de pie antes que sentadas, que pasaron todo el día sentadas y sus espaldas necesitan sentir que pueden sostener un cuerpo, nada más. Había pensado en escribir un relato en torno al misterio de la bolsa, sobre como un pasajero que recién subía a la micro no comprendía las explicaciones que le daba otro que ya llevaba decenas de paraderos viajando junto a la bolsa, alertando a otros de no sentarse a su lado, tratando de hacerles entender el porqué no debían tocarla o siquiera acercarse a ella. Pero no pude imaginar que posibles explicaciones pudiera dar alguien para comportarse así, sin tener que recurrir a la locura o la fantasía. Unos días después vi un bolsa similar en el piso de otra micro, pero esta bolsa estaba hecha pedazos y pisada por diferentes pies, robada de cualquier trascendencia absurda que pudiera haberle dado alguien alguna vez. La micro correspondía a otro recorrido, y ante la posibilidad que fuera la misma que la vez anterior solo que con otra numeración, confirmé que no tuvieran la misma patente. No la tenían, se trataba de una bolsa distinta, casi como gemelas o hermanas viviendo historias paralelas que nunca se cruzarían, sacrificandose una para que la otra pudiera seguir ahí, apoyada en el asiento de una micro, imperturbable, mirando con su gran ojo de papel.

espacio compartido

Como que cada vez me distancio más de mi papá, el que se haya ido a vivir a 8 horas de acá no ayuda, ya que antes al menos podíamos salir a dar una vuelta de vez en cuando o simplemente almorzar o tomar once.
No me dan ganas de llamarlo tan seguido, porque siempre terminamos hablando de lo mismo, a veces de cosas que no sé como decirle que no me interesan y con las que además no estoy de acuerdo para nada (conspiraciones, pseudoterapias, etc). Además la última vez que lo fuimos a ver se mandó unos comentarios de mierda, ya había andado inventado weás durante la pandemia que se ajustaban a su narrativa, usando la situación de mi abuela, mirando en menos a otros como si él hiciera la gran weá por su propia madre. Además él no hace mucho esfuerzo por saber más como estoy yo y yo no soy de hablar de mi mismo, siempre ha sido así, por eso también siempre terminamos hablando de cosas de él.
La vez que fui al psicólogo salió un tema parecido, yo dije que me preocupaba esa tendencia de aislarme de las personas, conocidos y familiares, con quienes no compartía un espacio físico. Tengo una tía que se fue a vivir hace unos años pal norte y también nunca la llamo ni ella me llama. Con mi hermana también ha pasado más o menos lo mismo, con los "amigos" del colegio y de la U. Ahora también recuerdo que en un como reporte anual que hacían en mi colegio, cuando iba como en octavo, la profe escribió que yo solo me relacionaba con las personas que estaban en mi proximidad en la sala, y era cierto. Con el Miguel empecé a hablar solo porque me tocó sentarme a su lado y le gustaba RATM (yo no los conocía, pero luego me gustaron igual), con otros compañeros lo mismo.

También creo que puede ser que me alejo de las personas porque en el fondo no quiero que sepan como me siento, que hay días donde anhelo el no haber existido nunca, otros días estoy piola, luego empiezo a pensar en si no sería mejor aparentar una caída accidental al canal junto con la perra, onda que la perra se cayó al canal y yo me tiré para intentar rescatarla y finalmente ambos encontramos la muerte ahí encajonados por el concreto de la canalización. Tiene que ser con la perra, porque no le dejaría ese cacho a nadie, solo yo la aguantó, en el fondo yo la malcrié.

una moneda nada más

Cualquier cosa puede ser un instrumento, dijo Chigurh. Cosas pequeñas, cosas en las que uno no se fija. Pasan de mano en mano. La gente no presta atención. Y un buen día se pasan cuentas. Y a partir de entonces ya nada es igual. Bueno, piensa uno. Es sólo una moneda. Por ejemplo. Nada especial. ¿De que podría ser instrumento? Ese es el problema. Disociar el acto de la cosa. Como si los elementos de cierto momento de la historia pudieran intercambiarse con los de otro momento distinto. ¿Como es posible? Vaya, si es sólo una moneda. Sí. Es verdad. ¿No?

Chigurh ahuecó la mano y recogió el cambio del mostrador y se metió las monedas en el bolsillo y dio media vuelta y se fue hacia la puerta. El dueño le vio marchar. Le vio subir al coche. El coche se alejó de la explanada y tomó la carretera hacia el sur. Sin encender las luces. Dejó la moneda sobre el mostrador y la miró. Puso ambas manos en el mostrador y se quedó allí apoyado con la cabeza gacha.

 Es liberador darse cuenta que en realidad no seguías enganchado de la persona como tal, si no de la persona que conociste y que ya no está, porque todo el mundo cambia, evoluciona, para bien o para mal, y la distancia hace perder la perspectiva, cuando vuelves a enfrentarte con la persona sigues creyendo que el tiempo se congeló y es posible meterlo al microondas al mínimo, para de a poco descongelar la carne y los pensamientos y retomar desde donde quedó todo, pero no se puede, no hay freezer lo suficientemente grande para contener una vida, aún menos dos, y de meterse al microondas, seguro te equivocas al poner la potencia en medio del entusiasmo inicial, y terminarás carbonizado, reseco y quebradizo, consumido por el frío fuego de la decepción.

mocha

Creo que vi un pájaro carpintero cuando venía llegando, pero no atiné a sacarle una foto, además estaba bien alto. Hace años vi otro por acá mismo, se escuchaba fuerte el sonido de cuando picoteaba el árbol, solo por eso lo caché, ya que estaba aún más alto que el de hoy, era un espécimen de mayor tamaño. Entre los sonidos de la carpintería, se asemeja al de un martillo contra un clavo, aunque no sé si saber clavar será suficiente para merecer el título de carpinteros.

Debe haber sido un Carpinterito, se parecía a los de las fotos. Antes también se solía ver una grulla que venía a comerse los peces que viven en unos estanques que hay, ahora los peces viven en paz. También se ven conejos a veces, cuando no anda nadie, en la noche, cuando pueden distinguir mejor el sonido y origen de cada pisada. Además de ratones, claro.

Igual que la grulla hay otras criaturas que desaparecieron, como los perros. También había una gata corpulenta que tenía la cola mocha, corpulenta pero todavía capaz de subir y bajar por el árbol que la conducía a su mediagua. Yo la veía porque siempre pasaba de noche por ahí, y era de esos gatos que no conocen la luz del día. Falleció hace unos años y creo que la enterraron en uno de esos jardínes medio artificiales que pusieron en la facultad de al lado. Recuerdo haber visto que pusieron una foto de la gata, pero luego la foto ya no estaba, supongo que no quedaba nadie que recordara a la gata o que sintiera la necesidad de reponer su fotografía. Tampoco nunca volví a ver a ese hombre de blanca barba y algo panzón que se paseaba con carpetas y cuadernos bajo el brazo, parecía un profesor que vivió la época hippie o tal vez fue uno de quienes disfrutaron los años de la UP. Siempre pensé que era un profesor de larga trayectoria, hasta que un día un compañero me dijo "mi hermano también lo veía cuando él estudiaba acá hueón, ese viejo viene y se mete a las clases, nadie sabe quien es, pero todos los dejan estar, sentado en la sala de clases, tomando notas en cursos de tres carreras distintas, humanidades, ingenieria, teología, de todo, nadie sabe si realmente escribía algo o si hacía garabatos nada más para pasar el tiempo, como otros jubilados, haciendo algo distinto a quedarse sentando en la casa, recordando".

envío por pagar

Desde hace un tiempo vengo pensando que la existencia no es una obligación, que después de haber vivido más de 30 años y teniendo una memoria lo suficientemente buena como para recordar todos los errores del pasado, una y otra vez, el único pero ante la idea de rechazar la existencia son los vínculos que el azar formó entre uno y otras pocas personas. No se trata tanto de dejar de existir, si no más bien de fantasear sobre no haber existido nunca, que el universo hubiera considerado el proyecto de mi persona como no rentable y lo hubiera dejado en espera, por el tiempo que estimara necesario, hasta que mi ser fuera compatible con lo que el existir y ser humano implica. Tal vez un mundo donde la hiperealidad no sea un sueño y sea posible construir bloque a bloque una máscara que mostrar, balanceando lo que será considerado como positivo en ese entonces con lo negativo.

Pero hace unos días brotó de pronto un nuevo pensamiento o sensación, el temor a abandonar este mundo y que nadie más allá de quienes se espera que lo recuerden a uno, nadie más allá de la distancia que cubre una infancia compartida, la distancia obligada en las salas de clase o trabajos, que nadie más pueda de pronto un día verse invadido por el recuerdo de uno, sea para bien o para mal. La sensación de temor decantó en un deseo por verter una parte de uno mismo en un objeto y transportarlo lejos, enviarlo a alguien que no sabrá como reaccionar ante el paquete tosco de cartón y scotch que retirará un día en la oficina de Correos. Seguro estará lloviendo ese día, siempre llueve en Puerto Montt, y la caja se mojará, tal vez incluso se moje el libro que irá en su interior, pero las páginas torcidas por la humedad tienen más carácter que las hojas aplastadas y de bordes precisos de un libro que vuelve a la vida al ser sacado de su urna plástica, eso creo. Porque un libro envasado y protegido de todo doblez es un libro muerto que espera renacer. Las palabras viven y mueren al ser leídas, no hay nada más antes o después.

Las hojas torcidas dirán que su lectura no será cómoda, que habrán incluso párrafos que la lluvia llegó a borronear, que el libro no encajará nunca a la perfección entre otros libros, siempre buscará definir su propio espacio, alejando al resto pero siempre mantiendolos junto a el. Pero la historia seguirá ahí, las metáforas seguirán sonando encantadoras en la mente y los pasajes que la imaginación tenga que completar recordarán que todos podemos relatar una historia, aunque sea junto a otra persona, sumando cada uno un pedacito de tiempo hasta completar la vida fantástica de personajes tan familiares como lejanos. Ojalá ella pueda ver un día, atrapada en la melancolía de la lluvia eterna del sur, o tal vez luego de olvidar echarle zapallo a las lentejas, o tal vez al ver a un hombre comiendo sandía junto a un río, que pueda ver en ese libro que empieza a enmohecer, algo de mi.

 Vengo llegando de visitar a mi madrina. Nos comentó de pronto, no recuerdo porque, que tenía todas sus fotos en una mochila, porque se le rajó la bolsa donde las tenía guardadas. Recorriendo los múltiples álbumes que tenía, de esos álbumes pequeños de cartón que vendían en los centros de revelado en una hora, ampliaciones y duplicados al mejor costo, de pronto me topé con una fotografía hermosa, capturaba un instante de verdadera y simple alegría, un momento irrepetible por el costo que implicaba, a pesar de lo humilde que pueda resultar ser un viaje un bus. Era una fotografía de una de las hermanas de mi abuela, la hermana que vivía en un fundo, aquel fundo dónde pasamos tantos veranos junto con mi hermana y mi abuela, en esa casa con fogón al frente, fogón donde recuerdo intentar demostrar mi fuerza a los 10 o 12 años moliendo choclo sin parar en un molinillo, la casa con el techo tapizado en moscas. Era una fotografía de dicha hermana de mi abuela junto a una nieta cuya madre, hija de dicha hermana, abandonó. Estaban corriendo en una playa de La Serena, con el pelo despeinado al viento y una sonrisa que ahora tenía un tinte melancólico, seguro andaban de visita donde el hijo de dicha hermana que ya entonces vivía en La Serena. No recuerdo que dicha hermana fuera cariñosa con su nieta, pero supongo que el cariño y el amor se demuestran y perduran en múltiples formatos, se distribuye y almacena entre recuerdos frágiles e instantáneas inmutables. La fotografía era de tiempos felices, tiempos libres de varillazos, libres de cáncer, libres de un futuro que solo ahora conocemos y sopesamos, un futuro donde se desliza una y otra vez furtiva bajo la barrera de la distancia, la idea que todo tiempo pasado fue mejor.

 De chiripa pillamos una radio, una rural digo yo, siendo que los tentáculos de la urbanización se extienden en todas direcciones, que recibía pedidos y además parecía no recibir casi ninguno a pesar de mantenerse a flote a punta de anuncios publicitarios sobre implantes dentales y canciones de casi cualquier estilo, nada más, nadie hablando del clima, del tráfico, del precio de compra del maíz seco (la temporada ya pasó, la verdad), ni tampoco de nuestro señor Jesucristo como es tan común por esas tierras. Pedíamos una canción y a lo más dos canciones más tarde, ya estaba al aire. Es más, el locutor, programador, contador, conserje y quién sabe que más cargos de la radio, nos pedía más, más canciones, parecía ya haber agotado su conocimiento musical y estar pidiendo ayuda en forma solapada, su foto de WhatsApp tal vez podría ser vista como buscando mostrar cansancio, pero su descripción indicaba que seguía siendo optimista. Debemos haber pedido unas 10 canciones en el transcurso de los días, sentíamos, sin que hubiera nada que nos hiciera pensar en eso, que estábamos abusando de la radio rural, tal vez fuera un prejuicio capitalino producto de tantos años siendo el centro de atención. Digo pediamos pero en realidad yo no fui capaz de pedir ninguna canción, a pesar del gozo que significa escuchar una canción que tú pediste por la radio y no luego de escribir sus iniciales en el buscador de Youtube, te hace sentir que existes más allá de tus propias listas de reproducción, que puede haber gente haya afuera que sentirá algo parecido a ti al escuchar dicha canción. No pude pedir ninguna canción. No quería pensar que tal vez a nadie le gustaría y pasaría al olvido en un simple cambio de dial. No quise pedir ninguna porque no acostumbro llorar en público, y a veces solo puedo pensar en canciones que me cierran la garganta. Espero tener una segunda oportunidad, espero que la radio siga en pie para entonces, espero seguir yo en pie también.

 la naturaleza es tan sabia como un perro pegado a una perra, gruñendo estupidamente a otros perros que se acercan a contemplar el patético espectáculo. la vida solo busca crear vida, acelerar el enfriamiento universal, crear las condiciones donde no puede haber vida, nunca más.

 Basta un hombre corpulento de pie, intentando ponerse una chaqueta mientras lucha contra el vaivén del bus, para hacerlo dudar a uno si de pronto la micro que tomó hace unos minutos no era realmente un bus interurbano con destino a Curicó y que estamos prontos a llegar al terminal. La mujer que lo acompaña parece buscar algo en su cartera, o tal vez guarda algo, pero siguiendo la ilusión creada por el hombre, parece más bien estar preparando su equipaje de mano para poder levantarse rauda de su asiento y tomar el primer lugar ante la escalera para descender del bus, no alargar sin necesidad este viaje que para mi pareciera recién haber comenzado. Pero no había razón para dudar, incluso si el alumbrado deficiente y el cielo cerrado por la lluvia no dejaban distinguir fachadas ni nombres de calles, incluso si en el fondo realmente hubiera preferido estar a cientos de kilómetros de allí, recién a medio camino de Valdivia, o tal vez llegando a Puerto Montt para luego cambiar la planicie del asfalto por la ondulación salina y enfilar hacia Chiloé. No había razón para dudar, seguía estando donde debía estar según el curso que había tomado el día, pero la calle estaba desierta, todos quienes podían refugiarse de la lluvia ya estaban a salvo, aunque siempre hay nuevas goteras, siempre aparecen nuevas cavidades por donde puede fluir el agua amoldada, burlando silicona y asbesto, brotando invertida, como el más fugaz de los cristales. El curso del día, el curso del agua por la orilla de la calzada, dicen que nada es estático, a pesar que los lugares y las horas se repitan una y otra vez, siempre habrá algo nuevo, un detalle huidizo, una belleza tardía. Pero me miro y que me parta un rayo si no pareciera que esta escena no es más que un fondo reciclado de un metraje abandonado hace años, algo descolorido por el paso del tiempo, al cuál el desgaste le ha dado una nueva profundidad. Pero miro hacia el cielo entramado de nubes y pienso que nadie podría asegurarme que el agua que cae libre sobre mi no es la misma que hace años me acompañó en una noche igual a esta.

 En el pueblo donde creció mi papá, abandonado por su padre y legado por su madre a sus abuelos, ya que en los conventillos y tomas en Santiago la cosa parecía ser aún peor, aunque dificil imaginar algo peor que comer tortilla de yuyos, apilar troncos a los catorce años, o jugar con latas de conserva vacías, tal vez peor no sea la palabra, tal vez estaba más seguro, al menos había un techo y una cocina a leña, bueno, en ese pueblo una vez unos arrieros encontraron a un hombre salvaje, no se especifíca si cubierto de vellos o si solo algo despeinado, se necesitó la fuerza de al menos dos hombres de contextura más bien normal para controlarlo y poder llevarlo al pueblo, para atarle las manos mientras el pobre salvaje repetia las mismas dos palabras una y otra vez, "fillo 4", o tal vez era "filho", hijo en portugués, pero como iba a saber él que eso era Chile y no Brasil, aunque exista cierta cercanía entre ambos países, así lo confirma la popularidad de cantantes como Roberto Carlos, más destacable aún considerando que a veces pareciera hablar más que cantar, "fillo 4, fillo 4" repetía sin parar, mientras le recortaban los cabellos y afeitaban la barba que seguro le cubría el rostro, preguntarle por su nombre no tenía sentido, "fillo 4", así que le pusieron Juan de Dios Hallado, quien vivió desde entonces como un cristiano de segunda clase entre gente que ella misma estaba en el véstibulo donde esperaban quienes deseaban subir por la escalera social, intentar dejar atrás el hambre y el frío, alimentados por la indiferencia de la dictadura o por la sangre misma de algunos desafortunados, Juan de Dios Hallado, quien moriría a los pocos años, probablemente víctima del alcohol, lacra del hombre rural que no conoce descanso en medio de trigales ajenos y bosques de artificio, su lápida fue humilde como la de un buen cristiano, apenas su nombre y la marca de su deceso sobre el yeso, una lápida apenas aceptable pero que se destaca entre las demás, la lápida de un salvaje domésticado, cosa curiosa si recordamos las inclemencias que rodeaban la vida del campo, una vida salvaje donde sobrevivir , se podría decir que no había más compasión que aquella que se entregaban unos a otros los condenados, suavizando las asperezas del día a día con un poco de yerba y azúcar, con un pan negro.

Lola Gallo (Historias Extraordinarias)

Es cierto que no había preguntado nada ni sabía nada de ella. De algún modo, había sido tan extraña la forma en que ella había llegado a su vida que él había querido evitar hasta donde le fuera posible hacer cualquier pregunta, tomar cualquier decisión, exigir nada de ella. No hacer nada que pudiera llegar a espantarla, o hacer que se fuera de manera tan imprevista como había llegado. En el fondo, siempre supo que el asunto podía terminar de esa forma, pero mientras él pudiera evitarlo, o siquiera demorarlo, lo haría; haría cualquier cosa que fuera necesaria.
No había pasado una semana de que se hubieran visto por primera vez y ya estaban viviendo juntos. Él siempre sintió que ella se estaba refugiando, que para ella, él era como un último pedazo de madera para mantenerse a flote tras el naufragio. Eso de alguna manera le daba seguridad, equiparaba para él un poco las cosas, le daba un poco de manejo de la situación. Porque lo cierto es que para él, ella siempre fue como una especie de regalo de lujo que le había llegado por error, una criatura de otro mundo, una bendición casi inmerecida.
Entre los dos siempre flotó silencioso ese pacto, ninguno de los dos se engañaba. Ella se dejaba estar con él, siempre un poco distante, siempre enigmática, como un gato. Eso era lo que ella podía. Para él, era más de lo que nunca había tenido. Y así pasaban el tiempo, felices. A él, cada cosa que ella hacía le parecía reveladora, proveniente de un mundo nuevo. La manera en que hablaba, la manera en que lo miraba a la mañana temprano, siempre despertándose antes que él, la manera en que escuchaba las novedades que él le traía todos los días, como una madre enternecida con las cosas de un chico.
Por eso, cuando ella finalmente desapareció y él hizo todo el escándalo que hizo, se sintió casi un traidor. 
"Estas eran las reglas", se repetía una y otra vez. 
"Siempre estuvo claro que esto iba a pasar", y sin embargo, no podía resignarse a dejarla ir así como así, a volver mansamente a su mundo de hombres, de tractores, de tierra y de barro. Era demasiado pedirle, Lola.
"¿Pensará ella alguna vez en mi? ¿O habré sido apenas un comparsa, una parte de uno de sus disfraces? ¿Habré existido alguna vez para ella?" Se aferraba a esta pregunta como algo sagrado. Porque si algo tenía claro, es que el tiempo que había estado con ella, era la única época de su vida en la que él había sido alguien, en la que había existido realmente.

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