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Desde hace un tiempo vengo pensando que la existencia no es una obligación, que después de haber vivido más de 30 años y teniendo una memoria lo suficientemente buena como para recordar todos los errores del pasado, una y otra vez, el único pero ante la idea de rechazar la existencia son los vínculos que el azar formó entre uno y otras pocas personas. No se trata tanto de dejar de existir, si no más bien de fantasear sobre no haber existido nunca, que el universo hubiera considerado el proyecto de mi persona como no rentable y lo hubiera dejado en espera, por el tiempo que estimara necesario, hasta que mi ser fuera compatible con lo que el existir y ser humano implica. Tal vez un mundo donde la hiperealidad no sea un sueño y sea posible construir bloque a bloque una máscara que mostrar, balanceando lo que será considerado como positivo en ese entonces con lo negativo.

Pero hace unos días brotó de pronto un nuevo pensamiento o sensación, el temor a abandonar este mundo y que nadie más allá de quienes se espera que lo recuerden a uno, nadie más allá de la distancia que cubre una infancia compartida, la distancia obligada en las salas de clase o trabajos, que nadie más pueda de pronto un día verse invadido por el recuerdo de uno, sea para bien o para mal. La sensación de temor decantó en un deseo por verter una parte de uno mismo en un objeto y transportarlo lejos, enviarlo a alguien que no sabrá como reaccionar ante el paquete tosco de cartón y scotch que retirará un día en la oficina de Correos. Seguro estará lloviendo ese día, siempre llueve en Puerto Montt, y la caja se mojará, tal vez incluso se moje el libro que irá en su interior, pero las páginas torcidas por la humedad tienen más carácter que las hojas aplastadas y de bordes precisos de un libro que vuelve a la vida al ser sacado de su urna plástica, eso creo. Porque un libro envasado y protegido de todo doblez es un libro muerto que espera renacer. Las palabras viven y mueren al ser leídas, no hay nada más antes o después.

Las hojas torcidas dirán que su lectura no será cómoda, que habrán incluso párrafos que la lluvia llegó a borronear, que el libro no encajará nunca a la perfección entre otros libros, siempre buscará definir su propio espacio, alejando al resto pero siempre mantiendolos junto a el. Pero la historia seguirá ahí, las metáforas seguirán sonando encantadoras en la mente y los pasajes que la imaginación tenga que completar recordarán que todos podemos relatar una historia, aunque sea junto a otra persona, sumando cada uno un pedacito de tiempo hasta completar la vida fantástica de personajes tan familiares como lejanos. Ojalá ella pueda ver un día, atrapada en la melancolía de la lluvia eterna del sur, o tal vez luego de olvidar echarle zapallo a las lentejas, o tal vez al ver a un hombre comiendo sandía junto a un río, que pueda ver en ese libro que empieza a enmohecer, algo de mi.

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