De chiripa pillamos una radio, una rural digo yo, siendo que los tentáculos de la urbanización se extienden en todas direcciones, que recibía pedidos y además parecía no recibir casi ninguno a pesar de mantenerse a flote a punta de anuncios publicitarios sobre implantes dentales y canciones de casi cualquier estilo, nada más, nadie hablando del clima, del tráfico, del precio de compra del maíz seco (la temporada ya pasó, la verdad), ni tampoco de nuestro señor Jesucristo como es tan común por esas tierras. Pedíamos una canción y a lo más dos canciones más tarde, ya estaba al aire. Es más, el locutor, programador, contador, conserje y quién sabe que más cargos de la radio, nos pedía más, más canciones, parecía ya haber agotado su conocimiento musical y estar pidiendo ayuda en forma solapada, su foto de WhatsApp tal vez podría ser vista como buscando mostrar cansancio, pero su descripción indicaba que seguía siendo optimista. Debemos haber pedido unas 10 canciones en el transcurso de los días, sentíamos, sin que hubiera nada que nos hiciera pensar en eso, que estábamos abusando de la radio rural, tal vez fuera un prejuicio capitalino producto de tantos años siendo el centro de atención. Digo pediamos pero en realidad yo no fui capaz de pedir ninguna canción, a pesar del gozo que significa escuchar una canción que tú pediste por la radio y no luego de escribir sus iniciales en el buscador de Youtube, te hace sentir que existes más allá de tus propias listas de reproducción, que puede haber gente haya afuera que sentirá algo parecido a ti al escuchar dicha canción. No pude pedir ninguna canción. No quería pensar que tal vez a nadie le gustaría y pasaría al olvido en un simple cambio de dial. No quise pedir ninguna porque no acostumbro llorar en público, y a veces solo puedo pensar en canciones que me cierran la garganta. Espero tener una segunda oportunidad, espero que la radio siga en pie para entonces, espero seguir yo en pie también.
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