Vengo llegando de visitar a mi madrina. Nos comentó de pronto, no recuerdo porque, que tenía todas sus fotos en una mochila, porque se le rajó la bolsa donde las tenía guardadas. Recorriendo los múltiples álbumes que tenía, de esos álbumes pequeños de cartón que vendían en los centros de revelado en una hora, ampliaciones y duplicados al mejor costo, de pronto me topé con una fotografía hermosa, capturaba un instante de verdadera y simple alegría, un momento irrepetible por el costo que implicaba, a pesar de lo humilde que pueda resultar ser un viaje un bus. Era una fotografía de una de las hermanas de mi abuela, la hermana que vivía en un fundo, aquel fundo dónde pasamos tantos veranos junto con mi hermana y mi abuela, en esa casa con fogón al frente, fogón donde recuerdo intentar demostrar mi fuerza a los 10 o 12 años moliendo choclo sin parar en un molinillo, la casa con el techo tapizado en moscas. Era una fotografía de dicha hermana de mi abuela junto a una nieta cuya madre, hija de dicha hermana, abandonó. Estaban corriendo en una playa de La Serena, con el pelo despeinado al viento y una sonrisa que ahora tenía un tinte melancólico, seguro andaban de visita donde el hijo de dicha hermana que ya entonces vivía en La Serena. No recuerdo que dicha hermana fuera cariñosa con su nieta, pero supongo que el cariño y el amor se demuestran y perduran en múltiples formatos, se distribuye y almacena entre recuerdos frágiles e instantáneas inmutables. La fotografía era de tiempos felices, tiempos libres de varillazos, libres de cáncer, libres de un futuro que solo ahora conocemos y sopesamos, un futuro donde se desliza una y otra vez furtiva bajo la barrera de la distancia, la idea que todo tiempo pasado fue mejor.

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