Primera escena: sáltandose la fila en el estadio.

        Mi papá llegó en su auto nuevo. Estaba recién lavado y la pintura llegaba a brillar, por eso pensé que era nuevo, la primera vez que lo vi. Pero cuando entré y me senté al frente, junto a él, me di cuenta que era un auto usado. Recuerdo que era un Suzuki de esos chicos, tenía los asientos gastados al punto que se veía la espuma un poco, y durante todo el viaje nos acompañó un olor como a bencina o a aceite quemado. No tenía maletero, no de los grandes, pero ese día no teníamos muchas cosas que guardar, así que no importaba. Yo tenía que volver después del partido, así que ni siquiera salí con una mochila, como cuando hacía las veces que me iba a quedar donde mi papá.

    El auto era azul oscuro y lo tenía hace pocos meses, pero recién lo vine a ver ese día que me pasó a buscar donde mi mamá para ir al estadio. Sabía del auto, pero no me quedaba más que creer que en verdad existía, hasta poder verlo por mí mismo. Cuando le conté a mi mamá que mi papá se había comprado un auto nuevo, se enojó y empezó a hablar que claro, que para eso tiene plata, que como lo va a pagar si quedó cesante, que el hueón para acá y el hueón para allá, y ella tenía razón en parte, ahora la entiendo mejor, pero cuando uno es cabro, un auto nuevo es un evento importante como pocos. Adiós a las largas caminatas, a los permiso y tener que levantar la pata cuando te tocaba un chofer mala onda en las micros, a cruzar apurados y bien pegaditos las puerta del Metro. Además, mi papá ahora tenía otra familia y una hija nueva. Le conté del auto cuando supe, pero preferí no decirle a mi mamá que el auto tenía una radio con mp3 y que mi papá planeaba ponerle unos parlantes de esos cototos, iguales a los que debían tener los autos que pasaban por los pasajes con los bajos a tope, haciendo retumbar las casas.

    Esa noche había un partido de fútbol, la cuarta fecha del campeonato nocturno que se jugaba todos los años, creo que todavía lo siguen haciendo. Participaban equipos comunales de toda la ciudad, que pertenecían a la Tercera División B, a pesar que hubiera sido más realista llamarle Cuarta División. El estacionamiento ya estaba casi lleno, faltaban quince o veinte minutos para el partido, pero encontramos un espacio vacío al fondo. Le costó estacionar, tanto que casi se echa una de las luces traseras, cuando se pegó un topón con un árbol. Los que saben se estacionan de cola, me dijo. Estaba claro que él no todavía no sabía, lo delataba el foco trizado que se bajó a revisar, antes de cerrar el auto. Supongo que al menos lo estaba intentando, eso es lo que importa al final. No dijo nada sobre el foco y su trizadura, y volvió para subir los vidrios y cerrar el auto. Giró muchas veces la manilla en su puerta, luego me ayudó a cerrar la de mi lado porque tenía una maña y yo no lograba hacer que la ruedita agarrara por adentro y moviera el vidrio. A él le resultó a la primera. Luego le puso la alarma, pero yo ya comenzaba a preguntarme si alguien pudiera querer robarse un auto como ese.

    Mi mamá me había dado once ese día, una taza de té a la que le ponía un chorrito de leche (para hacerla rendir) y un pan con margarina y jamonada. Recién había terminado de comer cuando mi papá pasó a buscarme, así que todavía no tenía hambre. Le dije a mi papá, que no se preocupara, pero él insistió en que compráramos unos anticuchos y unas bebidas en el carrito que estaba a la entrada del estadio comunal. Ya a esa edad sabía que no sacaba nada con intentar que entendiera, así que no dije nada más y lo seguí. Por curiosidad y también para cambiar de tema, le pregunté si podía ver las entradas, mientras esperábamos en la fila del carrito. No necesitamos entradas, guachito, me respondió, antes que fuera su turno y se tuviera que acercar al vendedor. Miró por encima la parrilla que humeaba, como inspeccionando si lo que vendían cumplía con algún estándar suyo que solo él conocía. Parece que los anticuchos si cumplieron, aunque fuera apenas unos cinco pedazos irregulares de carne blancuzca atravesados por un palito de madera, además de unas cebollas a medio quemar, porque pidió dos. También pidió una Frucola para mí, y una lata de cerveza para él.

    Yendo hacia la entrada al estadio, nos hicimos a un lado y caminamos a un costado de las últimas personas que hacían fila para entrar, a pocos minutos que empezara el partido. Junto a la reja, habiendo sobrepasado a todos los demás, mi papá pegó ese chiflido que usaba siempre para avisar que había llegado a buscarme o para saludar a la distancia a algún amigo suyo, cuando andábamos en la calle. Mientras esperábamos que se acercará un hombre que lo saludó y le respondió el chiflido con otro silbido, mi papá se puso a comer su anticucho, con una pierna apoyada en la reja. Creo que el hombre era el Franco, un amigo de mi papá, porque así le dijo cuándo metió la mano entre la reja para saludarlo, ‘Wena po’ Franquito. El sonido que hicieron sus manos al chocar me pareció que solo podía ser logrado luego de ensayar y fallar muchas veces. Sonó como si una burbuja enorme se reventará de pronto. 

    - Date la vuelta hermano, entra por el costado, y pa’ que pasis’ a saludar a los cabros al camarín.

    El Franco sacó la mano por la reja para pasármela por la cabeza como queriendo despeinarme, aunque yo tenía el pelo corto. Me dijo que estaba grande, que estaba cambiado, la cara me había cambiado, dijo. Parece que él me conocía, pero yo no me acordaba de haberlo visto nunca. Sabía que era amigo o algún conocido de mi papá, porque lo había escuchado nombrar cuando hablaba con otros que debían ser amigos comunes entre ambos. Luego hablaron de la otra hija de mi papá, de la pega, del partido que se venía. Fue un recuento rápido, porque el Franco estaba trabajando y además nosotros estábamos apurados por entrar. El Franco era utilero en los partidos del campeonato nocturno, y además conocía a todos los jugadores del equipo comunal. A fin de cuentas, éramos todos vecinos de la misma comuna, población o incluso del mismo barrio en algunos casos. A mí me debía conocer de cuando guagua o de cuando chico, lo suficientemente chico como para que no pudiera acordarme de él.

    - ¿No tenis’ hambre? -, me preguntó el Franco.

    Yo no había tocado mi anticucho, realmente no tenía hambre, y hacía unas semanas atrás me había enfermado de la güata por comer mucho. Imaginaba que sería peor aún si mezclaba la cebolla asada del anticucho con la leche de la once. La cebolla y la leche pertenecían a dos mundos alejados entre sí, la cebolla iba con el almuerzo, la leche con la once o el desayuno, y debían estar separadas entre sí, por varias horas. Así no pasaba nada al comerlas y que se mezclaran adentro de uno. Cómetelo ahora, que después vai’ a tener hambre, añadió mi papá. A esa altura él ya no tenía más que un palito pelado afirmado entre los dedos, donde solo quedaban esos restos de carne que siempre se pegan a los palitos de anticucho. En la otra mano sostenía la lata de cerveza, todavía sin abrir.

    Para darle en el gusto, o quizás para que dejaran de hablar de mí y mi falta de hambre, mordí un trozo de carne y tragué el pedazo, luego de masticarlo un par de veces. Estaba seco y tenía demasiada sal, pero más tarde, luego de pasar horas y horas sin poder comer nada, terminaría por agradecer haber podido comerme ese anticucho. No habría mucho más que agradecer, ese día.

Sin título

Hay cosas que no cambian.

Alguien más podría agregar "por más que uno lo intente", pero en mi caso no aplica. Nada intento, por cambiar las cosas. Para que, sí de todos modos, siempre seguirá ocurriendo algo, un bichito que pasa volando y se posa tu oreja, una mujer temblando en unas escaleras, un candidato a diputado o senador que reparte volantes mientras va esquivando las pozas de hielo derretido y sangre que deja el carro de los pescados. Cosas chicas, cosas que parecen grandes y no lo son, cosas que ves todas las noches hasta que de pronto desaparecen y te preguntas si la mujer seguirá viva o no. Lo más probable es que esté hospitalizada nuevamente, pero estoy difariando.

¿Qué me cuente una nueva?

Pero si ya dije que no hay nada que contar, pero por ser tú haré el esfuerzo de inventar lo que no sé. Podría traer a la palestra aquella invitación a una ceremonia sobre no sé qué asunto que no me compete, y que luego de dudar un par de días, opté por declinar. Por un momento casi acepto, tratando de convencerme que es mejor hacer algo nuevo antes que lo mismo otra vez. Después de todo, la ceremonia era a las 11 de la mañana, y yo estoy libre a las 11 de la mañana, a veces voy recién saliendo de la casa a esa hora. Pero recordé lo absurda que encuentro esa película protagonizada por ese conocido comediante estadounidense, esa película donde comienza a decir que Sí a cualquier oportunidad que se le ponga por delante. ¿Meterse a un taller de fotografía? Sí. ¿Asistir a una fiesta de disfraces? Sí. ¿Comprar un objeto innecesario? Porque no. ¿Denunciar las injusticias del sistema capitalista? ¿Liberar las langostas vivas que venden en un supermercado? ¿Sabotear el funcionamiento del transporte público para acelerar la revolución (basta con prevenir el cierre de las puertas usando una inocente mochila)? ¿Orinar en pleno paseo Ahumada como protesta por la falta de baños públicos? No, No, No y recontra No. Como se le ocurre que un personaje hollywoodense se va a rebajar a tener una mente crítica, aunque termine enfocando sus esfuerzos en tareas tan absurdas, que a nadie le interesan. Aun así, prefiero decir No ante encrucijadas que me planteo a mi mismo, antes que asentir ante cualquier tontera que me pueda decir un completo desconocido. Por suerte para el protagonista de la película a la que hago referencia, todo le sale bien al final. Era que no.

Lástima que por estos lares las cosas no salgan como uno espera, incluso cuando parecieran ir acorde a los planes y antes que lamentarse, correspondería celebrar, gritar de alegría y saltar, comer canapés y beber finos tragos. Pero cuando los planes son ajenos y uno se limitó nada más a poner la firma (esto de ser corto de vista le juega malas pasadas a uno), las celebraciones se limitan a comer pan con ketchup, en silencio, sentado en la cocina con la luz baja, tomando chicha de dudoso origen y sin etiquetar (ya ven, no era ná jugo sabor tutifruti como decía la etiqueta de la botella). No es el panorama más alegre del mundo, pero la reserva de alegrías mejor guardarlas para aquellas ocasiones que sí ameriten la celebración. Por ejemplo, ahora mismo mientras describo estas circunstancias tan fantasiosas como plausibles, me siento alegre. Diría que estoy en paz. A pesar del dolor en el cuello por haber dormido chueco; a pesar del hambre que crece por no tener más que manzanas para comer; a pesar de llevar horas y horas, en este reciento de alto techo y paredes blancas, más solo que un dedo. Es tal la paz que comienzo a dudar de si no será esta mi tumba. Sería bien triste si ese fuera el caso, mira que venir a morir en tu lugar de trabajo, si es que se le pueda llamar así a esta actividad a que me entrego cada tanto.

Si estoy muerto, entonces que se diga que he muerto en paz. Tal es el poder de la escritura, que no necesita oyentes ni revisores, cuando no sirve otro propósito que plantarse frente a un mundo indiferente y decir "este soy yo, y que tanto". Sería más bonita la vida, llevadera incluso, si pudiera escribir todos los días alguna lesera sobre la cabeza traslúcida de una nueva especie de pez descubierto en el mar antártico, o sobre una nueva pomada ya a la venta y que promete sanar todos los males que aquejan a la humanidad. Pero como puede atestiguar este humilde blog, la mayoría de los días no pasa ná de ná. Hoy no fue un día perdido solo gracias a las decenas de borradores que acumulo en mi computador y otros dispositivos, los que suelo visitar una y otra vez, en busca de algo que pueda maquillar un poco para engañar la vista y salir del apuro. La frustración suele ser la respuesta más común ante aquellas tan buenas ideas que tuve un día, pero que la torpeza de mis manos y el desconocimiento de las herramientas más adecuadas para la tarea evitaron pudieran ser transmutadas en algo legible.

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: