ciudad desierta,
vuelo de palomas
al anochecer.
cansadas del mundo,
huyen en silencio
días como un abrir y cerrar de ventanasla primera agua de la mañanalevanta dudas como nubes de pequeñas moscasefímeras cuestiones aladasbuscando la carne fértil donde procrear
de puro aburridocomo en demasía, para aparentarque existe un cansancio por saciarcomo si estos no fueran días de vegetarcuál hongo, escondido del soltiemblan las tripas, resonando una tormentatruenos canalizados que contiene la piel del cielo
silencioescuchade pronto estoy en huepil, año 2006y las calles aún son de tierra y están vacíases tanto el calor, tan lejano el ríoun demente por ahí se dedica a reducir un troncoa preparar la leña, planea avivar el fuego y que el pueblodesaparezca y abandone su humillante agoníade conjuntos habitacionales, de viejos postrados, de pequeñasmansiones erigidas sobre pozos secos.el pueblo en llamas,se esconden las gallinas y los patos en las acequiases el año 2006 y aún llevan agua.aguantan sumergidos hasta que empieza a salirolor a cazuela.sucumben luego las chacras con sus raíces enredadas,los perros amarrados estaban abrazados con sus pulgascuando los pilló el fuego.luego es el turno de las casitas de palo y zinc,las casas de adobe quedan como platosde negra greda, vacíos.de los modernos conjuntos habitacionales, en la periferia,solo resisten los esqueletos metálicos.cientos fallecen en el lugar, y el fantasma de un trenpasa a recoger las almas de quienes no supieron partir.el cementerio, de tan retirado, salva intactopero su único sepulturero, abrumado de tantos hoyosque esperan ser vaciados,se arroja a su propio nicho.no queda nadie para darle un nombre a las rocas, para manifestarel polvo y la tierra.es el año 2006, el pueblo ha sido consumidoen la que parece ser una pesadilla febril de nunca acabar:un mes después del siniestro, las hectáreas han sidosaneadas y despejadas de sus recuerdos carbonizados,y al año siguiente,ya han brotado los primeros pinos.
Todo es incurable.
Me asalta la sensación de que no tengo piernas.
Esto aparte de tenerlas. Quiero decir que hay otra cosa más que
me cuelga, con movimiento y fuerza propia.
Además no he podido enterarme qué es lo que he soñado.
Me saltan, digo nuevamente inseguridades.
Hace tiempo que no escribo. Me siento casi paralizada.
Mi profesión es la poesía.
No tengo necesidades ulteriores.
No debo yo bajar a la parte norte del río. Donde me impartirán
obligaciones, como hacen con todo el que ahí entra en
intenciones de ser mejor,
Más grande, más conocido.
Las circunstancias me han llevado a seguir aparentemente esta
carrera
Cinematrográfica o de universidad
El lucimiento de la personalidad que aquí acaece no es menor
que el del celuloide.
Las almorranas que se hacen indispensables y otras actitudes
tan bien conocidas.
Me siento fría y enferma, pero se supone que no debo
quejarme. He tenido acceso a la bolsa blanca.
Y esto ya es para apartarse. El olor del invierno ya es
repugnante.
Verlo tirarse sobre mi cabeza. Llenándome de frío,
esa parte de los muslos que es la que a mí me interesa.
Mi poesía como pulpo, las ventositas chupando.
(¿si fuera algo para soliviantar?)
Además, toda esa tarde tendidos en tu barba me vino al pelo.
Encontré que había pasto peludo y pasto pelado.
Así como árboles chascones y peinados.
Árboles café claro, oscuros, raros, pelucones, llenos de larvas.
Del ciento y árboles para chocar con los aviones.
Árboles inseguros y otros mucho más gordos.
Unos dignos de elefantes, otros de mariposas.
Esta variedad es igual a la variedad humana
si se los considera bien
Y no muy seriamente para poder llevar a cabo la teoría,
cabalmente.
Pensaba en que otras cosas podría haber estado haciendo, y le daba rabia. Leer frases precisas, imagenes carentes de toda ambiguedad, el resultado de esfuerzos inútiles. Granitos de arena en una playa, no, en la caja de un gato, sí, este trabajo y sus resultados constituían otro hito más en el desarrollo humano que ahora dejaba enormes forados en la tierra, liberando nubes de polvo y humo, para que los gatos de personas solitarias viviendo en departamentos hermanados, una extraña familia donde no vale la pena ir más allá de los tíos, los primos, tuvieran donde defecar sin ensuciar el lugar. Las personas no están hechas para vivir así, rodeadas por todos lados, adivinando cientos de ojos en la distancia y sin tener a donde huir cuando acechan las voces apantalladas por la tabiquería. Es por esto que se ven empujadas a tener gatos y perros en miniatura, se les ve por las tardes paseando dichas alimañanas, un ojo en el teléfono y el otro en la calle, no vaya a ser que pase un lanza y se los robe, el celular o el perro. Y los dejan orinar donde sea, que extraño resulta esto, porque si en lugar de un perro con moño y correa multicolor, fuera una persona de vejiga pequeña, que tomó más líquido del recomendado y no contó con la escasez crónica de baños públicos en esta ciudad, que pensó poder apretar quien sabe que músculo hasta llegar a su casa pero no fue así y tuvo que buscar un rincón o fabricarse uno y mear y sentir un alivio que tal vez los perros que viven en departamentos también sienten cuando al fin les toca salir pero los perros son traídos al mundo por humanos solitarios, así como nosotros mismos. Que diferencia hay entonces. Entonces la gente de los perros miniatura, al ver que la tarea está cumplida y un árbol, un basurero, el pavimento o la pata de una silla en un café fueron rociados con la orina de su perro, vuelven entonces a su lar, solo para darse cuenta que olvidaron bajar la basura y vuelve a dejar al perro encerrado o quizá lo dejan salir de su claustro una vez más, aunque sea tan solo para ir hsta el basurero y dejar los desechos de alimentos malhabidos y sus envases plásticos ya inútiles. Otra tarea cumplida, cultura cívica en todo su esplendor. Más tarde vendrá un trabajador de sueldo mínimo para acarrear los enormes basureros que hieden a materia orgánica descompuesta, cerveza seca, un leve aroma a aceite rancio. Una vez en la vereda, los basureros ya son responsabilidad de los camiones de la basura y sus habitantes fosforescentes, que como insectos secuestrados por una colina invasora, acarrean el alimento maloliente para alimentar a la reina. En el internanto, a la espera del zumbido mecánico que chilla al triturar los huesos, pasa un hombre con un perro casi rídiculo, que levanta una pata, y mea uno de los basureros.
Y se supone que es este el mundo al que tengo que aspirar poder formar parte algún día. Para eso tanto esfuerzo leyendo estas frases llanas, tiesas como recién fallecidas.
vine a entender un poco lo que pasó cuando vi que estaban todos los compadres en círculo bajo un árbol, a la vuelta de la esquina. yo iba camino al almacén, el piño que cubría toda la vereda, se abrió para dejarme pasar. pude reconocer al de la basura (aún llevaba puesto el uniforme) y al guatón barbón que se bajó del auto por la derecha para cambiarse al asiento del chofer y dar vuelta la máquina, mientras otro weón más grande y con cara de malo volvía caminando desde la avenida, junto al de la basura. ahora, a la sombra del árbol, hablaban algo acerca de una falta de respeto, que al culiao no lo cachan acá y otros asuntos que no logré discernir al pasar junto a ellos. a sus pies estaban unas cinco o seis bolsas plásticas vacías con sus respectivas bombillas, de esas donde venden mojito en la feria. algunas latas de cerveza también, pero estaban piolita pasando el rato, se les notaba relajados, seguros de su posición, indiferentes al auto que había quedado con el parabrisas reventado a unas dos cuadras más allá, una hacia arriba hasta el otro pasaje y luego otra más a mano izquierda, hacia la avenida. ni idea que les habrá dicho o hecho el conductor de ese auto que quedó botado, es probable que los pasó a chocar o a pegar un topón y pensó que podría arrancar, pero los pasajes son estrechos y cortos, no tanto como en otros lugares, pero lo suficiente como para que le hubiera ido mejor metiendo chala por la calle ancha. tal vez tenía con sangre en el ojo a algunos de los que estaban reunidos bajo el árbol, tal vez les fuera un completo desconocido, quizás alguna vez fue parte del grupo ahora reunido en torno a su propia humillación. luego que ocurriera el encuentro, con su ruido de vidrios estallando y ruedas chillando al frenar, salió una vieja de esas que lo ven todo desde sus tribunas secretas, dijo que en el auto reventado andaba un hombre, que estaba a guata pelada y tenía rulos, aunque tal vez solo fue que perdió la polera tratando de zafar del weón con cara de malo, quien andaba acompañado por el de la basura. dos contra uno, así que no le quedó otra que salir apretando cuea y dejar el auto tirado en el cruce del pasaje con la avenida. fui a mirar otra vez, recién, y el auto ya no está. soldado que arranca, sirve para otra guerra, dicen.
¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...