09/02/2025

Hace calor, es domingo y estoy solo, apenas si pongo un pie en la calle, porque no hay donde ir. O sea, lugares los hay, siempre los ha habido, pero no son lugares en los que me pueda detener un momento. Y con calor no es agradable caminar sin parar. Me quedé en la casa entonces, ocupando el día con tareas fraccionadas de mantenimiento del hogar, ver un documental, comer, y escribir algo. Hasta el momento casi no he tomado el celular, ahí tampoco hay lugares donde quedarse quieto un rato, todo lo que veo invita a huir.
He comido pan fresco, que dejé leudando de ayer en la noche y cocí hoy en la mañana. Luego almorcé una ensalada enorme, tratando de reproducir aquella ensalada de nombre ya olvidado que vendían en el Pizza Hut, y que consistía, hasta donde recuerdo, en lechuga costina, cebolla en rodajas, tiras de pimentón rojo, orégano y alguna clase de salsa de color blanco. No creo haberla reproducido a cabalidad, pero la verdad apenas si recuerdo como era, ya han pasado muchos años desde la última vez que me comí una de esas ensaladas. Creo que incluso mis papás seguían juntos aquella vez, o al menos seguían intentando estarlo, pero no estoy seguro de eso, ni de la composición original de la ensalada. No importa tampoco, la lechuga y el vinagre por si solos bastan. Luego me comí unos fideos con salsa de tomate y soya, usando parte de la salsa que me quedó de ayer. La misma salsa con la que ayer acompañé unos tallarines resecos que estaban de hace dos días esperándome en el refrigerador. Estoy tratando de desperdiciar lo menos posible, y generar así la menor cantidad posible de basura. Es que siempre olvido sacarla a tiempo.
De antemano sabía que la ensalada y los fideos eran demasiada comida, hace tiempo que el estómago parece haberseme achicado un poco, un cachito al menos. De pronto las tripas sonaron como cuando escuchas los truenos a lo lejos, antes de la lluvia. Pero por suerte esto no pasó a mayores. Como también me quedan un poco de frambuesas, que en cualquier momento se pueden echar a perder, son muy delicadas las frambuesas, pensé en como las podría utilizarlas en forma más interesante que preparando jugo otra vez. Me acordé del pisco, y luego de una rápida búsqueda en internet para evitar cometer un error previsible, me hice un trago con frambuesa, pisco, un poco de jugo de limón y hojas secas de yerba buena. Se salvaron las frambuesas y de paso puedo tomar alcohol, que estos días me hace más falta que nunca, con tantas horas vacías.
El documental era sobre el robo de una pieza de arte, ocurrido hace casi 20 años en el museo de Bellas Artes en Santiago. Recuerdo haber escuchado la noticia en su momento, pero nunca le di mucha vuelta al asunto, ni nunca escuché a nadie más darle mucha vuelta al asunto. Pero ahora que vi el documental y pude conocer más detalles de la historia, con sus distintas versiones e interpretaciones, me llamó la atención el asunto. Resulta interesante como el acto de sustraer la escultura y luego retornarla, suscitó mucho más interés y discusiones, que lo que hubiera podido hacer la escultura por sola, de haber permanecer intacta en su sitial. No tenemos mayor formación artística en este país, yo incluído, y muchas veces las apreciaciones se limitan a resaltar lo bonito de una obra. O lo absurdo, cuando el significado no es tan obvio o da flojera buscarlo, o derechamente no lo hay.
Respecto a escribir, intentando superar esa idea estúpida de tener una máquina de escribir, nacida luego de leer la introducción del Diario Estúpido y pensando que yo también podría escribir una página por día, de lo que sea, pero una página, preferí optar por un humilde cuaderno Ross de tapa desteñida, que dejé abierto sobre la mesa junto a un lápiz Paper Mate Kilométrico. 
Pensé que tendría más cosas que decir, mientras me paseaba por la casa, y que esto me ayudaría a preservar ciertas frases o imágenes que de pronto le vienen a uno. Si son buenas o malas frases e imágenes, eso habrá que evaluarlo más adelante, pero difícil hacerlo si ni siquiera se es capaz de recordarlas. En primera instancia escribí:

días como un abrir y cerrar de ventanas
la primera agua de la mañana
levanta dudas como nubes de pequeñas moscas
efímeras cuestiones aladas
buscando la carne fértil donde procrear 

Y es que hace calor, y por lo general la primera acción luego de despertar es abrir las ventanas. Además, siempre dejo restos de frutas o verduras en la cocina, estando solo no siento impulso alguno por mantener la limpieza en forma constante, una vez al día basta, y esto atrae a las pequeñas moscas que vuelan como cenizas a merced del soplido ardiente del fuego.
Más tarde, luego de almorzar, apunté:
de puro aburrido
como en demasía, para aparentar
que existe un cansancio por saciar
como si estos no fueran días de vegetar
cuál hongo, escondido del sol
tiemblan las tripas, resonando una tormenta
truenos canalizados que contiene la piel del cielo
Más tarde, volviendo a sentir ese silencio que se ha instalado en las tardes de verano en el barrio, recordé que lo mismo ocurría cuando pasábamos los veranos en el sur, en un pueblo tanto o más caluroso que esta ciudad. Tratábamos de dormir siesta, mientras se escuchaba a lo lejos un viejo con su motosierra:

silencio
escucha
de pronto estoy en huepil, año 2006
y las calles aún son de tierra y están vacías
es tanto el calor, tan lejano el río
un demente por ahí se dedica a reducir un tronco
a preparar la leña, planea avivar el fuego y que el pueblo
desaparezca y abandone su humillante agonía
de conjuntos habitacionales, de viejos postrados, de pequeñas
mansiones erigidas sobre pozos secos.
el pueblo en llamas,
se esconden las gallinas y los patos en las acequias
es el año 2006 y aún llevan agua.
aguantan sumergidos hasta que empieza a salir
olor a cazuela.
sucumben luego las chacras con sus raíces enredadas,
los perros amarrados estaban abrazados con sus pulgas
cuando los pilló el fuego.
luego es el turno de las casitas de palo y zinc,
las casas de adobe quedan como platos
de negra greda, vacíos.
de los modernos conjuntos habitacionales, en la periferia,
solo resisten los esqueletos metálicos.
cientos fallecen en el lugar, y el fantasma de un tren
pasa a recoger las almas de quienes no supieron partir.
el cementerio, de tan retirado, salva intacto
pero su único sepulturero, abrumado de tantos hoyos
que esperan ser vaciados,
se arroja a su propio nicho.
no queda nadie para darle un nombre a las rocas, para manifestar
el polvo y la tierra.
es el año 2006, el pueblo ha sido consumido
en la que parece ser una pesadilla febril de nunca acabar:
un mes después del siniestro, las hectáreas han sido
saneadas y despejadas de sus recuerdos carbonizados,
y al año siguiente,
ya han brotado los primeros pinos.

Nada que ver, pero ayer al fin fui a la Feria del Libro Usado, más por dar la vuelta que por esperar encontrar algo, y a buen precio, además. No sabría decir si estaba cara o no, siendo yo una persona acostumbrada a comprar libros por dos lucas en la feria de los domingos. Una señora hablaba que ya había gastado 50 lucas (!). Pero de todos modos, no me deja de sorprender como se me aparecen los libros, como ayer que altiro se me apareció uno de un autor nacional de quien quería leer algo hace un tiempo. También estaban dos tomos de En Busca del Tiempo Perdido, el segundo y el tercero, a 9 lucas cada uno, pero que hago si no tengo el primero (tengo solo la mitad, comprado a luca en la feria, pero aún no lo empiezo). O quizás no es que los libros se le "aparezcan" a uno, quizá las probabilidades no son mínimas, en lo absoluto, pero para que dejen de ser cero, se necesita salir a la calle, aunque sea para caminar sin detenerse en ningún lado. 
 
 

 

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