16 de abril
Todo es incurable.
Me asalta la sensación de que no tengo piernas.
Esto aparte de tenerlas. Quiero decir que hay otra cosa más que
me cuelga, con movimiento y fuerza propia.
Además no he podido enterarme qué es lo que he soñado.
Me saltan, digo nuevamente inseguridades.
Hace tiempo que no escribo. Me siento casi paralizada.
Mi profesión es la poesía.
No tengo necesidades ulteriores.
No debo yo bajar a la parte norte del río. Donde me impartirán
obligaciones, como hacen con todo el que ahí entra en
intenciones de ser mejor,
Más grande, más conocido.
Las circunstancias me han llevado a seguir aparentemente esta
carrera
Cinematrográfica o de universidad
El lucimiento de la personalidad que aquí acaece no es menor
que el del celuloide.
Las almorranas que se hacen indispensables y otras actitudes
tan bien conocidas.
Me siento fría y enferma, pero se supone que no debo
quejarme. He tenido acceso a la bolsa blanca.
Y esto ya es para apartarse. El olor del invierno ya es
repugnante.
Verlo tirarse sobre mi cabeza. Llenándome de frío,
esa parte de los muslos que es la que a mí me interesa.
Mi poesía como pulpo, las ventositas chupando.
(¿si fuera algo para soliviantar?)
Además, toda esa tarde tendidos en tu barba me vino al pelo.
Encontré que había pasto peludo y pasto pelado.
Así como árboles chascones y peinados.
Árboles café claro, oscuros, raros, pelucones, llenos de larvas.
Del ciento y árboles para chocar con los aviones.
Árboles inseguros y otros mucho más gordos.
Unos dignos de elefantes, otros de mariposas.
Esta variedad es igual a la variedad humana
si se los considera bien
Y no muy seriamente para poder llevar a cabo la teoría,
cabalmente.
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