un silencio cercano

Estos son días extraños. Todo sigue más o menos igual, y allí reside el origen de esta extrañeza. Se supone que las cosas ahora son distintas, supongo en parte, que lo son, aunque sea solo en la superficie. Me surge entonces la pregunta, ¿existe una superficie que recubra los días o el tiempo, existe acaso un límite como ocurre en los árboles, entre la corteza y la albura? Albura, cámbium, liber, duramen. Quien hubiera pensado que existían tantos nombres para designar aquello que uno conoce como tronco o madera. Lo pienso unos breves momentos y me doy cuenta que No, el tiempo no puede tener una barrera o un límite, como ocurre con el espacio. No existe una multitud de tiempos que brotaran contiguos pero diferenciados, cada uno desde su propia semilla, para extenderse luego, recto o torcido, hasta terminar por encontrar cada uno su propia muerte reseca, eventualmente. No, lo vuelvo a decir, No, el tiempo es compartido, siempre, ya sea por voluntad o a la fuerza. El espacio de cada quien, en cambio, es siempre único e intransferible. Solo en el decaimiento de nuestros cuerpos acaso estaremos lo más cerca posible de borrar las barreras de la piel o el hueso, cuando se combinen nuestras moléculas con las del aire y la tierra. Quizás si lo vemos a este nivel casi atómico, los límites de nuestra corporalidad puedan resultar más difusos de lo que parecen ser a la vista. Me aventuro a postular, antes que se me adelanten, que se da una superposición de probabilidades, un poquito al menos, una interacción de nuestras ondulaciones más íntimas. El problema es que nadie tomaría en serio una conexión tan invisible, tan teórica al mismo tiempo que carente de todo fundamento matemático. Por suerte, para quienes rehuimos de los números, existen otros métodos para conectar las realidades físicas, aunque siempre sea de forma parcial. Es lo que hay. Se transmite la inquietud por los latidos del corazón, entre una madre y su feto; intercambian el mismo aliento viciado los pasajeros en un bus repleto, cerradas todas las ventanas; se transmiten una amplia variedad de fluidos, los amantes más indiscretos; se enmarañan los cabellos perdidos por tanta gente anónima, que transitan por un mismo camino. 

En todo esto pienso, mientras recibo en mi habitación el rumor confuso de una ciudad que va despertando. Logro distinguir con cierto esfuerzo el cantar de un ave a la distancia. El sonido nunca ha sido una barrera de la que haya que preocuparse.

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