Ya me han contado hasta ocho Desde mi cama Observo 3 pájaros en un cable de teléfono.
Uno se va Volando Luego Otro.
Queda uno, Luego También él Se va.
Mi máquina de escribir está Silenciosa como un sepulcro.
Y yo me he quedado Reducido a observar Pájaros.
Simplemente he pensado Que te lo debía Contar Cabrón.
Charles Bukowski, 1920 - 1994
Finalmente desempolvé la bicicleta, inflé sus ruedas, tomé las llaves y partí. Conecto mis oídos a la fuente finita (no hoy) de sonidos y trato de respirar calmado. Subo por la calle vacía cuando ya comienza a oscurecer. Cuando llegas a la "cima" (he llegado más arriba) te das un momento para mirar en derredor y luego continuar. Para tener el estado físico que vergonzosamente ostentas, no estás tan mal: tus piernas aún responden con fuerza y tu corazón aunque exaltado, fácilmente se relaja y disfruta el momento. Siempre es agradable ver personas corriendo y darse cuenta de que uno no hace lo que hace con una razón. Además, por aquí puedes ver camionetas gigantes, universitarios en camino al desmayo, padres e hijas paseando un perro (¿no será el perro que los pasea a ellos?), trabajadores sobre dos ruedas volviendo a sus casas, guardias con sus televisores y sus cafés humeantes, nuevas tiendas insulsas... en fin, todas las cosas que no ves si bajas del canal, ya que para río no le alcanza, cosas que no importan (te das cuenta de eso ahora) y que agradeces no vivenciar a diario. Una vez mi papá me decía que por que la gente no cuidaba las calles, y yo le dije que estaban ocupadas cuidando las de otros. Desciendo y acelero, freno un poco y sigo cayendo. Media vuelta para así poder repetirlo luego. Mientras vas sintiendo uno que otro bicho acabando sus días contra ti, te fijas en un hoyo en la calle y te das cuenta de que si hubieras pasado por el, de seguro ya estarías muerto o tratando de pensar alguna frase que decir antes de. Es que vas más rápido de lo que crees y la música que trata de inundar tu cráneo ahoga el silbido del aire. Pero nada sucede, nada más que ya termina esto y que no estás dispuesto a volver a ascender a aquellas contaminadas colinas, como lo has hecho otras veces, contaminadas de personas que aparentas cosas que de hecho tienen, pero que a nadie le importan. Pensar que todo esto antes era campo, con pastos altos y frutos en el suelo. Aunque nadie los invitó, llegaron para quedarse. Pero ahora a mi nada me importa.
estos lugares están llenos de seres desagradables en muchas formas: en su forma de hablar, de vestir, de caminar, de poner la cara como si estuvieran mirando desde arriba, desde abajo, etc. lo que importa es que los veo todos los días y nunca me digno a romperles la cara sin razón. no a todos, pero sí a los que pueda mirar directo a los ojos. al menos intentarlo. bueno, la verdad es que poco me importan.
la clave, lo medular del día, está en que a veces ves, a lo lejos o frente a tus mismísimas narices, algo que desentona: no es una sonrisa, no es ni tristeza ni felicidad: supera todo eso. cosas así se comprenden en el mismo momento en que ocurren, y así nada más, pierdes la certeza de estar vivo y tratas de mover un pie, de cerrar un ojo y superar este mundo. la existencia se reduce, por apenas unos segundos, a tratar de mirar de reojo. no sabes por que (ya eres anónimo y casi invisible) pero sigues volteando la cabeza y buscando, mirando hacia la nada que llena casi todos los rincones, aparentando. sabes que si cada vez que pasara fuera alguien más a su lado (quienquiera que sea) ni te molestarías en guardar silencio, siquiera en abrir los ojos que habías olvidado tenías cerrados desde la mañana del día anterior a tu nacimiento.
producto del resentimiento de una tarde nublada (ayer) y la extrañeza de un cuarto vacío.
no se para que le pongo "tantas" canciones a las cosas esas para escuchar musica... ni yo la escucho toda.
—He comprado un buen vino blanco. Será como en los viejos tiempos.
—¿Vas a volver a ver a Tanya?
—No.
—No bebas nada hasta que llegue yo.
—De acuerdo.
—Me tengo que ir... Acaba de entrar un cliente.
—Bueno, te veré esta noche.
Sara era una mujer buena. Tenía que centrarme. Cuando un hombre necesitaba muchas mujeres, sólo era porque ninguna de ellas era buena. Un hombre podía perder su identidad jodiendo demasiado por ahí. Sara se merecía mucho más de lo que yo le daba. Ya era hora de que me portara como es debido. Me tumbé en la cama y pronto me quedé dormido.
Me despertó el teléfono.
—¿Sí? —contesté.
—¿Eres Henry Chinaski?
—Sí.
—Siempre he adorado tu obra. ¡Creo que no hay nadie que escriba mejor que tú!
Era una voz joven y sexy.
—He escrito algunas cosas buenas.
—Lo sé. Lo sé. ¿De verdad has vivido todos esos asuntos con mujeres?
—Sí.
—Oye, yo también escribo. Vivo en Los Ángeles y me gustaría ir a verte. Me gustaría enseñarte algunos de mis poemas.
—No soy editor.
—Ya lo sé. Verás, tengo 19 años. Sólo quiero pasarme a verte.
—Tengo un compromiso esta noche.
—¡Oh, cualquier noche de éstas!
—No, no puedo verte.
—¿De verdad eres Henry Chinaski, el escritor?
—Te lo puedo asegurar.
—Yo soy una chica atractiva.
—Probablemente lo seas.
—Me llamo Rochelle.
—Adiós, Rochelle.
Colgué. Lo había hecho, por una vez.
Entré en la cocina, abrí un bote de vitamina E y me tomé varias pastillas con medio vaso de agua mineral. Iba a ser una buena noche para Chinaski. El sol estaba decayendo a través de las persianas, dándole un tono familiar a la alfombra, y el vino blanco estaba enfriándose en la nevera.
Abrí la puerta y salí al porche. Había un extraño gato allá fuera. Era una criatura enorme, con una luminosa piel negra y brillantes ojos amarillos. No se asustó de mí. Se me acercó ronroneando y se frotó contra una de mis piernas. Yo era un buen tipo y él lo sabía. Los animales sabían cosas así. Tenían instinto. Volví a entrar en casa y él me siguió.
Le abrí una lata de atún blanco, conservado en aceite de primera calidad. Peso neto 7 onzas.
***
es raro, pero no me gusta pensar que un día, mientras me celebraban el cumpleaños (yo no lo hago... a ese nivel he llegado), un gran escritor moría, dejando tras de sí un mito que algunos serían capaces de dilucidar y quizá, aunque lo veo difícil, superar, y es que hacen falta más que palabras para poder hablar, o escribir.
no, la verdad no es la música yo, triste espera de una palabra que nombre lo que busco ¿y que busco? no el nombre de la deidad no el nombre de los nombres sino los nombres precisos y preciosos de mis deseos ocultos
algo en mí me castiga desde todas las vidas: -Te dimos todo lo necesario para que comprendieras y preferiste la espera, como si todo te anunciase el poema (aquel que nunca escribirás porque es un jardín inaccesible
-sólo vine a ver el jardín-)
Alejandra Pizarnik
***
que quieres que te diga así son las cosas
trato de no publicar cualquier cosa pero no puedo evitarlo... tomé aquello que llamamos CD y lo rompí de una, viendo como se doblaba primero y luego viéndolo ceder; estalló con un ruido único y dejó regados sus restos multicolores por sobre la mesa. no sé, nunca había roto un CD de esta manera. no puedo decir por que lo hice tampoco: cuando lo vi ahí a mi lado supe lo que tenía que hacer. me hizo recordar cuando en el colegio tenías la suerte de encontrarte un encendedor con algo de combustible dentro y lo hacías reventar contra alguna baldosa.
A veces pasa que uno puedo darse cuenta de que en realidad es como una isla que no existe sobre el mar: es una isla sumergida no en el fondo, si no que el paralelismo invertido de las aguas. Nada llega hasta estos páramos que los mapas no se toman la molestia en mostrar; de vez en cuando alguna fotografía manchada arriba flotando, algún mensaje escrito en el cristal de una botella con las uñas de un ser perdido en el tiempo de la inmensidad, de la profundidad. No tengo brazos, no tengo ojos: ya no soy lo que solía ser: un mal llamado ser humano.Cuando te encuentras a ti mismo sonriéndote a ti mismo, escuchando música y tratando de dar vida, o que parezca esto, a un grupo de maderas pintadas, te das cuenta de que hay algo mal. Muy pocos saben de esto. Fotografía trás fotografía. Muchos dicen saber pero en realidad apenas lo vislumbran por entre las grietas de sus muros. Yo no tengo muros que me rodeen pero sigo estando encerrado, contenido.Ahora resulta que otros saben lo que yo debería saber, pero yo no espero nada de nadie y unicamente sigo existiendo. A lo que aspiro es a quedar en la retina mental de algo. Como la imagen violenta del animal reventado que parece imposible no ver. Nada muere en vano. Yo no moriré.
Extractos de Mujeres, de Ch. Buk. (al igual que las pinturas)
14
Tuvimos otra disputa. Más tarde yo estaba en mi casa, pero no me sentía con ánimos de quedarme allí solo bebiendo. Había empezado la temporada de carreras nocturnas. Cogí una botella y me fui al hipódromo. Llegué pronto e hice juntas todas las apuestas. Para cuando finalizó la primera carrera, la mitad de la botella había desaparecido sorprendentemente.
Gané tres de las cuatro primeras carreras. Luego gané una apuesta exacta y me saqué limpios 200 dólares para el final de la quinta carrera. Me fui al bar y contemplé el totalizador. Aquella noche me habían dado buenos dividendos. Lydia se hubiera cagado en toda mi familia si me hubiera podido ver manejando toda aquella pasta. Odiaba que yo ganara en las carreras, sobre todo, cuando ella iba perdiendo.
Seguí bebiendo y apostando. Al acabar la novena carrera llevaba ganados 950 dólares y estaba completamente ebrio. Me metí la cartera en uno de mis bolsillos y caminé lentamente hacia mi coche.
Me senté dentro y contemplé a los perdedores abandonando el aparcamiento. Seguí allí sentado hasta que todos los coches se fueron, entonces puse en marcha el motor. Justo a la salida del hipódromo había un supermercado. Vi una cabina telefónica con luz en un extremo del aparcamiento, entré allí, paré y salí. Me acerqué hasta el teléfono y marqué el número de Lydia.
—Escucha —dije—, escucha, perra. Fui a las carreras nocturnas y gané 950 dolares. ¡Soy un ganador! ¡Siempre seré un ganador! ¡Tú no me mereces, zorra! ¡Has estado jugando conmigo! ¡Bueno, se acabó! ¡Fuera! ¡No te necesito a ti ni a tus malditos juegos! ¡Eso es! ¿Entiendes? ¿Captas el mensaje? ¿O tienes la cabeza más amazacotada que los tobillos?
—Hank...
—¿Sí?
—No soy Lydia. Soy Bonnie. Estoy cuidando a los niños. Ella salió esta noche.
Colgué y volví a mi coche.
17
Dee Dee tenía una casa en Hollywood Hills. La compartía con una amiga, también ejecutiva, Blanca. Blanca se había quedado con el piso de arriba y Dee Dee con el de abajo. Llamé al timbre. Eran las 8:30 de la tarde cuando Dee Dee abrió la puerta. Dee Dee tenía unos cuarenta años, el pelo negro y corto, era judía, hipster, freaky. Tenía estilo neoyorkino, conocía todos los nombres: los editores adecuados, los mejores poetas, los dibujantes de más talento, los buenos revolucionarios, a cualquiera, a todo el mundo. Fumaba hierba continuamente y seguía actuando como si fueran los primeros años sesenta y el tiempo del Amor, cuando ella había sido medianamente famosa y mucho más hermosa.
Largas series de malos asuntos amorosos habían acabado acribillándola. Ahora yo estaba ante su puerta. En su cuerpo aún quedaba tela que cortar. Era menuda pero esbelta, y más de una joven hubiera deseado tener su figura.
La seguí adentro.
—¿Así que te dejó Lydia? —me preguntó.
—Creo que se fue a Utah. Las fiestas del 4 de Julio en Muleshead serán dentro de poco. Nunca se las pierde.
Me senté en la mesa de la cocina mientras Dee Dee descorchaba una botella de vino tinto.
—¿La echas de menos?
—Cristo, sí. Me entran ganas de llorar. Se me encogen las tripas. Puede que no consiga superarlo.
—Lo superarás. Te ayudaremos a pasar de Lydia. Te sacaremos del charco.
—¿Sabes cómo me siento?
—A todos nos ha ocurrido unas cuantas veces.
—Esa perra jamás se ha preocupado en experimentarlo.
—No, a ella también le pasa. Le está pasando ahora.
Decidí que era mejor estar ahí con Dee Dee en su magnífica casa de Hollywood Hills que estar sentado solo en mi apartamento bebiendo.
—Debe ser que no soy bueno con las mujeres.
—Eres lo bastante bueno con las mujeres —dijo Dee Dee—. Y eres un escritor excepcional.
—Preferiría ser bueno con las mujeres.
Dee Dee estaba encendiendo un cigarrillo. Aguardé a que acabara, entonces me acerqué a ella sobre la mesa y la besé.
—Me haces sentir bien. Lydia estaba siempre al ataque.
—Eso no significa lo que a ti te parece.
—Pero puede llegar a ser desagradable.
—Ya lo creo.
—¿Todavía no has encontrado novio?
—Todavía no.
—Me gusta este sitio, pero, ¿cómo consigues tenerlo tan limpio y cuidado?
—Tenemos una asistenta.
—¿Ah sí?
—Te gustará. Es una negra enorme, acaba su trabajo lo más deprisa que puede cuando yo me voy. Entonces se tumba en la cama a ver la televisión y comer galletitas. Todas las noches encuentro migajas de galletas en mi cama. Mañana le diré que te prepare el desayuno después de que yo me vaya.
—Bueno.
—No, espera. Mañana es domingo. Yo no trabajo los domingos. Saldremos a comer fuera. Conozco un sitio. Te gustará.
—Está bien.
—Sabes, creo que siempre he estado enamorada de ti.
—¿Qué?
—Durante años. Sabes, cuando solía ir a visitarte, primero con Bernie y luego con Jack, te deseaba. Pero tú nunca te fijabas en mí. Estabas siempre chupando algún bote de cerveza o estabas obsesionado con algo.
—Majareta, supongo, cercano a la locura. La denuncia de la oficina de Correos. Siento no haberme fijado en ti.
—Te puedes fijar en mí ahora.
Dee Dee llenó otro vaso de vino. Buen vino. Ella me gustaba. Era bueno tener un sitio donde ir cuando las cosas iban mal. Recordé los viejos tiempos en que cuando las cosas iban mal no había ningún sitio donde ir. Tal vez aquello había sido bueno para mí. Entonces. Pero ahora no estaba interesado en lo que pudiera ser bueno para mí. Me interesaba sentirme bien y saber cómo parar de sentirme mal cuando las cosas anduvieran jodidas. Cómo volver a sentirme bien otra vez.
—No quiero joderte, Dee Dee —dije yo—, a veces me porto mal con las mujeres.
—Te he dicho que te quiero.
—No lo hagas. No me quieras.
—De acuerdo —dijo ella—, no te quiero, casi te quiero. ¿Está bien así?