me encontré de pronto en la infima sala destinadaa los pueblos que habitaran y habitan este claustro
llamado Chile, yo estaba ahí por error nada más,
y en medio de la oscuridad de la sala, la cuál no será jamás suficiente
para ocultar las historias cercenadas, había un guardia
sentado en una silla, en una postura extraña, sin saberse si
estaba reclinado hacia un costado o hacia atrás, pero
lo que si es seguro, es que dormía plácido y silencioso
y pensé en los sueños que pudiera estar teniendo ese guardia
del museo precolombino, durmiendo en medio de vestigios mudos,
turistas mal aseados y connacionales sin nada mejor que hacer una tarde de domingo,
un guardia que duerme durante su turno
y es sorprendido por un sueño tribal donde se le aparece una figura oscura y pulida,
y la figura corresponde a un ídolo mesoamericano
a una deidad menor tolteca, para ser precisos,
una figura que se ubica en otra sala distante de su sitial somnoliento, pero que él cree haber visto
en sus rondas matutinas, y mientras soñaba con un amigo que a él ya lo olvidó,
se le aparece esta figura que lo aterra en el sueño con sus ojos hendidos,
parecen haber sido hechos con un cuchillo de obsidiana,
o tal vez fuera una máscara, pero sea lo que fuere,
los ojos no parpadean, no tienen párpados, y de la boca surgen ruidos
y entre los ruidos se reconoce una voz, pero lo boca, así como los ojos, no se mueve
pero él entiende lo que la deidad le dice, le advierte sobre el advenimiento de una era lunar
descenderá un dios de piel duplicada, piel de mono sobre piel humana, y descenderá
trayendo la calamidad y la enfermedad, el maíz se pudrira en su tallo, los animales se rebelerán y
destrozaran sus jaulas, los árboles lucharán entre sí para acaparar las últimas lluvias
que recibirá la tierra en mucho tiempo, pero los árboles terminarán cayendo rendidos
ante un sol permanente, y aunque ahora no lo parezca, será una era lunar,
ya que se añorará su luz fría y el vaivén de los fluidos en nuestra carne originado
en su mecer de madre protectora, de faro que inspira en medio de la perdición de las noches,
y la deidad le advierte que no hay nada que él ni nadie pueda hacer para desvíar este destino,
que los planes futuros de un dios mayor para con la tierra solo le han sido revelados en sueños
a modo de broma cruel, para sembrar la desesperanza en su corazón,
y el hombre, el guardia del museo, no sabe si llorar o lanzar un grito de rabia, ante la visión
de este futuro que se caerá como escamas de un árbol, un futuro
que ya se deshace en su podredumbre de basurales y deforestaciones,
pero rapidamente se da cuenta, incluso en sueños,
que su mundo ya lleva años y años descamándose y descomponiéndose, que nunca soñó con
ser un guardia en un museo en el cuál nunca pasa nada, que si al día siguiente encontrara, al despertar,
que el museo donde ahora duerme,
que la casucha donde arrienda una pieza,
que los buses que lo arrastran día a día entre sueño y sueño,
que las recurrentes calles enegrecidas y las desconocidas huellas precordilleranas,
que las palomas arrulladoras y los gatos indiferentes,
que su ex-esposa y su primer amor que nunca fue y ya no será,
que si todo esto de tuviera fecha de pronto término, que si el contrato que lo mantiene
aquí en este mundo caducara junto con sus beneficios por antiguedad, una antiguedad
tan infima al verse día a día entre rocas y tejidos de mil años,
que si todo desapareciera al cerrar los ojos o tal vez al despertar de un sueño,
él mismo sería una deidad en medio de una blancura cegadora o un semidios entre quienes
abandonaron este mundo sin saber lo que él sabía, ignorando que en cada cabeza
que cabecea en medio de las falsas noches que crean el concreto y lo subterraneo, nacen y perecen
infinitos mundos con sus infinitos habitantes, cumpliendo con las probabilidades de
infinitos designios susurrados en la distancia que sostiene el tiempo, conjuros recogidos en rocas
y tejidos mudos, en la sangre que tiñe la arcilla,
y así se lo explica a la deidad tolteca, así le arrebata todo su poder que brotara desde el miedo
y la desesperanza, y la deidad va muriendo, su piel que se agrieta y pierde su pulido brillo,
las grietas se hacen más hondas hasta que sucumbe y se desmorona, y el hombre despierta
antes que cualquier deidad mayor de piel duplicada o invertida aparezca, pero despierta
y se encuentra sentado en la sala oscura, un hilillo de saliva mojando su ropa corporativa,
se lamenta no ser semidios alguno que salvara a esta humanidad que ahora lo rodea,
y trata de convencerse antes de levantarse de su sitial para dirigirse
al segundo nivel al cambio de turno, se convence que en la distancia del sueño sigue existiendo
todavía
un mundo que él salvó entregando su propia miseria al fuego, consumiendose en la vergüenza,
y ya en el segundo nivel busca alguna representación de una deidad de profunda y brillante obscuridad,
alguna figura terrible de ojos como heridas sangrantes y una piel duplicada,
para convencerse que no todo lo que presenció surgió de su propia imaginación,
pero no encuentra ninguna que se les parezca,
así que tan solo se sienta en una nueva sala, anhelando sumirse en un nuevo sueño,
pero esta sala está demasiado iluminada y sus visitantes hablan demasiado, en otros idiomas,
y él se resigna y acepta que por hoy su divinidad lo ha abandonado, que por hoy
solo podrá ser uno más entre estos turistas mal aseados, entre estos connacionales
que no tenían nada mejor que hacer un domingo por la tarde