De "Profeta de Bares", Silvia Rodríguez Bravo (2/2)

Noche casual

Nos ovillamos en un sólo gemido.
Tú cuerpo semejante a la noche
avanzaba como el tiempo -sin errores-
bajo el hambre sudorosa de mi cuerpo.

Y yo que juré no amar
te amo atropellando la muerte,
ésa que me espera
en medio de la ciudad
cuando camine de cara al grito
alejándome de tu voz.

Llueve, es invierno, llueve,
escucho el vacío de cada gota
el silencio de nuestra soledad
el misterio de lo que somos:
perros de la misma camada
lamiendo la vieja historia
del cuerpo.

Sabemos que es un accidente,
un encuentro casual.
Aún así,
dame la sal de tu absurda existencia
el océano ardiente de tu boca.
Déjame convencerte
que hacemos el amor
para siempre.



Amor fugaz

Mi animal, fue un gusto conocer la cálida brutalidad de tu
gemido, sentir tu boca en el océano polvoriento de mi isla
náufraga.

Mi divino endemoniado, eras una tragedia imposible de
evitar, enfermedad y remedio, muerte y resurrección, un
niño insano, un hombre bestia, que humilla y enaltece al
ser amado.

Eras filosofía ardiente, yo la eternidad fugaz de una noche.

Ambos con una falsa identidad humedeciéndonos hasta
enloquecer en este anonimato.

Mi animal, olías a niebla, yo a misterio. Ambos buscando
un albergue carnal donde satisfacer el aroma febril de nues-
tra lengua.

Y te amé con oficio de puta. Con caricias maternas besé
cada hemisferio de tu carne aún sabiendo que es inútil la
entrega, pero te amé bestial con carne de loba y besos de
inocencia.

Mi leproso, la infección de tu alma fue un brebaje divino
para mi alma-útero, me entregué cuanto quise y como
quise a la furia de tus enjambres, mientras la bestia de tus
caricias paseaba por la jungla de mi cordillera.

Después de tu, mi venenoso, otro tan amargo no he tenido.
Habría sido pecado no venerar el santuario de tu cuerpo.



Era necesario amarte

Era necesario amarte,
abotonar mi risa a tu boca,
descender a tu cuerpo
mientras caía la noche
en el trapecio de los ojos.

Te amé desesperadamente
para tener que olvidarte,
disolver tu aroma
en el humo apretado
de esta aguada noche
donde me bebo tus caricias
de un sólo trago.

Tomé tus lejanías, tus sueños,
todo dulce infierno en que vivías
los tomé los hice míos y viví
con el ruido fatigado de tu risa
hasta cansarme de ser tuya.

¿Que más podría pedirte?
¿Que más podrías darme?
Si me lo diste todo
y yo me di entera.

Te amé para que me dejaras,
para conocer otro idioma,
otro laberinto.
Te amé para sufrir y justificar
mi presencia en los bares.



Lección placentera

Hoy anhelo demigar mi cuerpo,
tenderme lujuriosa en tus muslos
para amarte suave, lenta,
profunda y brutalmente.

Desde el mes pasado hasta hoy,
tan sólo ha sido abrirme de piernas,
fingir para hacerte feliz
para que pronto me bajes
de la cruz objeto de tu instinto,
para que pronto llegues al orgasmo
y pueda dormir tranquila.

Pero esta noche no habrá tregua,
lavaré mi ansiedad
en el pulso de tu carne,
te lloveré por cada poro
hasta que aprendas de memoria
como amando se tiene sexo.

Esta noche tengo ganas
y te haré el amor
hasta complacerme.



Liberación

Hoy no habrá pan amasado,
veredas barridas, limpieza;
me declaro en huelga,
en esclava ingobernable.

Arrojo delantal, sensibilidad
el certificado del segundo sexo
al que violado y violentado
han oprimido
entre sábanas y cocina.

Dede hoy ejerceré mi poder uterino
no pariré presidentes ni senadores
no pretendo destronar a nadie
ni vengo a levantar un nuevo imperio
solamente cuelgo la escoba
y me declaro asceta de plazas y bares.

Soy mujer. Alguien lluviosa,
inconjugable.
Soy alguien que ama la libertad
más que la boca y los testículos
estampados en una libreta.



"Melania", de Incontables, por Pedro Lemebel

    



    La vida en Iloca no es siempre un pito de tren a la distancia o el parloteo de las campanas de la capilla: a veces suceden cosas. Y ese día debía ser para la Melania el acontecimiento que cambiaría su vida.

    Por fin, después de tantos años de soledad y miseria, tendría algo valioso, realmente valioso. Ella no conocía a nadie en el pueblo que tuviera un diente de oro. Debía tomar el tren de las ocho a Santiago y no llegar tarde a la consulta. Se miró por última vez al espejo y sonrió: allí estaba el boquerón que brillaría entre sus dientes. Tomó su cartera, un descolorido rectángulo, y caminó hasta la puerta. La calle serpenteaba entre latones y bacinicas cuajadas de cardenales.

    El sol tibio quebraba su sombra en las paredes mientras iba contoneando su afilado cuerpo de solterona.

    Todo era diferente aquella mañana. Al cruzar el patio de Bernardo, unas palomas que comían en un montón de basura emprendieron el vuelo tan precipitadamente que dejaron en el aire algunas plumas y papeles. Nadie supo esa partida. Aquella mañana se iría para siempre la triste y sola Melania.

    El tren se detuvo bufando. Bocanadas calientes ocultaron por un momento la estación hasta que la estructura de metal no fue más que un guion oscuro que resaltaba sobre los cerros de la costa. Tras una ventana, sus pupilas se movían como cristales rotos. El verde follaje era una cinta que corría afuera, cambiando a ratos en los sordos colores de los cerros. Emanaciones gaseosas subían como telones liberando el campo de su prisión etérea. Entonces entraba el sol formando grutas amarillas en la espesa niebla. En momentos el tren se sumergía en el vaho matinal y ella quedaba de nuevo recluida en ese vagón de tercera con su forma como un trazo cruel que rompía lo monótono de los asientos desocupados. Una y otra vez corría entonces detrás de su pasado, y su cara de gárgola se enmarcaba en la ventana para verlo pasar.

    Y fueron tantos… Era un desfilar de hombres que a veces ni siquiera tuvieron un apellido. Algunos los vio pasar meses, años, hasta que les dirigió la palabra y ellos experimentaron el sobresalto de la cara entre bruja e inocente de la Melania: esa faz de arpón contraída por el aire salino y la soledad. Pero de eso hacía tanto que ya casi no se acordaba. Ahora, en su mente la perla que sería su aval rodaba desde lejos a su encuentro, creciendo, licuándose, tomando la forma de una corona que recibía con justicia y humildad. Estiró la una mano para tocarla y desapareció, quedando como fondo el paisaje luminoso del campo.

    El reloj de la estación marcaba las doce cuando llegó a Santiago. De allí a la consulta era media hora. No tenía prisa: en su cartera apretaba los dos mil pesos que juntó durante tanto tiempo. Ella ni se movió cuando le introdujeron la pieza.



    
Al comienzo, la lengua, desacostumbrada al intruso, insistía en acomodarse en su antigua concavidad. La boca la sentía estrecha con los dientes apretujados, pero luego, al pasar por una vitrina se atrevió a sonreír, aunque fue para si misma. Y no dejó de hacerlo; la extraña mueca le trajo consigo hasta la misma estación, donde alguien le tocó el codo y ella cerró herméticamente la boca.

    En todo el pueblo se habló del increíble cambio, incluso el cura en la predica dominical hizo alusión a la extraña perla de Melona. Se la veía a toda hora exhibiendo su preciado tesoro. Hasta Bernardo, cuando lo supo, tuvo un gesto de amabilidad, pero ella no se iba a dedicar solo a Bernardo, habiendo tantos hombres a quienes sonreír. Melania no podía estar más contenta: por mucho tiempo sería la reina de ese lugar. Nadie tenía dinero para viajar a Santiago y menos aún para ponerse un diente de oro.

    No había de que preocuparse.

    Pero cuando se está más confiado es cuando suceden las cosas. Él dentista era viejo y pobre. Llegó al pueblo con una maleta como acordeón y se instaló  con grandes carteles, ofreciendo rebajas y cómodas facilidades para pagar sus trabajos. Ella lo supo al instante y después verse rodeada de tanta gente, se quedó sola una noche, mirando la luna. Ella jamás la había visto tan grande, como una naranja de hielo… pero su boca abierta ya no sería atractiva: tanta gente tendría dientes de oro que mostrar. Ese médico realmente le había hecho daño. Así es que siguió caminando por la huella de una nueva derrota hacia su casa, se tocó el diente de oro y este relampagueó con su destello decorativo, sencillamente inútil. Ese matasanos le había hecho un mal irreparable.

    Las nubes de pronto taparon el cielo, y la luna y Melania desaparecieron en la sombra azul de la noche. Los perros gruñían con fiereza tras los portones. Melania había vuelto caminando como autómata, con los ojos secos, vacíos de todo. En esa oscuridad ni siquiera el diente brillaba; su calle era una manga de tinieblas que ella recorría a trastabillones. Solo deseaba llegar a su casa, que ya debía estar cerca; tenía que buscarla a tientas, tropezando con las piedras, la noche era tan espesa…

    Entonces chocó con la puerta y fue agudo el lanzazo que se inyectó en su ojo.

    Era ese maldito clavo que sobresalía de las tablas el que se había ensartado en su cuenca como una espina. Fue un solo grito destemplado que se clavó en el cielo como una estaca de dolor. Los perros ladraron una vez más y se callaron. La luna teñida de sangre apareció de nuevo como el ojo de la noche arañado por las nubes.

    La llevaron sangrando al policlínico y de allí a la capital, porque en el pueblo nunca hubo un especialista. Un hilo de sangre destilaba de su barbilla y caía al piso del tren que nuevamente la veía partir.

    - Señora, ¿le duele mucho? ¿Fue un accidente? - el boletero le miraba su ojo tapado por un montón de gasa.

    - Si, un accidente, no se preocupe, no me duele tanto.

    Melania se dio vuelta hacia la ventana, molesta por tanta pregunta. De pronto recordó algo y tomando del brazo al hombre le preguntó:

    - ¿Sabe usted si los ojos de vidrio están muy caros?

    El hombre no sabía, pero le mintió con gesto compasivo:

    - No demasiado, es posible que encuentre uno barato.

    - ¿Conoce alguien en Iloca que tenga uno?

    - Solamente el jefe de estación, que murió el año pasado.

    - Muchas gracias.

    Melania sonrió satisfecha y se arrellanó en el asiento pensando que la vida era confusa y que los males tenían una justificación, y que, en algunos casos, eran una sugerencia para encontrarles solución a otros.






*****




El año pasado, luego de leer un relato de Álvaro Bisama que me compartió alguien, como que me volvieron esas ganas por leer que creía me habían abandonado, o que al menos habían decaído catatónicas. Leí otros libros de Bisama, que me hicieron volver a ir a la biblioteca, recordé una cita de Cortázar que alguien usara alguna vez en un escrito, siempre me había quedado en la mente esa frase pero nunca había buscado la fuente. Compré el libro de Cortázar en el cuál venía el cuento del cuál emanaba la frase que yo había leído, resultó ser Todos los fuegos el fuego, y luego compré también el libro donde está incluído el relato de Bisama, Los muertos. Los primeros libros que pedí de Bisama no eran tan buenos, luego vinieron otros mucho mejores. Seguí leyendo más cuentos de Cortázar, encontré Bestiario un día en la feria y hace poco también Las armas secretas, dándome cuenta que en mi colegio nunca nos hicieron leer a Cortázar, solo una vez tuvimos que leer Continuidad de los parques, pero ese es un cuento que, para mi gusto, abusa del factor sorpresa, de aquellos cuentos que se lo juegan el todo por el todo en el final. También me di cuenta que nunca había leído algo de Bolaño, y un día encontré un puesto en el Bío Bío, de un hombre joven, quizá de mi edad o menor, que vendía ediciones de diversas obras, realizadas por el mismo. Recuerdo ir un día en la micro y empezar a leer El ojo Silva, y no parar hasta terminarlo, por suerte era un recorrido largo (quizá lo escogí con ese propósito). Más adelante en la biblioteca pude pedir El gaucho insufrible y Putas asesinas

No he leído novelas, ya que no considero un libro de Bisama que leí como una novela propiamente tal, muy fragmentado y breve. Todavía tengo pendiente El brujo. Me animé a pedir el libro con los cuentos completos de Clarice Lispector, y para mi sorpresa, pude leer casi la mitad del libro en el período de prestámo, considerando la renovación correspondiente. Ahora estoy pensando si lo compro o si lo pido otra vez para terminarlo. Al mismo tiempo que leía el libro de Clarice Lispector, también leí una recopilación editada por Poli Delano, de cuentos chilenos, grata experiencia el leer obras de autores completamente desconocidos para uno y con estilos tan distintos. Este libro tampoco lo pude terminar, pero, por esas coincidencias de la vida, se me apareció la semana pasada en la feria, a 5000 pesos, pero te lo dejo en 4, en el mismo puesto donde me encontrara con los libros de Cortázar anteriormente (tal vez el hombre me recordaba). Buscando autores chilenos más contemporáneos, recordé que había guardado un cuento de Alejandro Zambra en los favoritos, Gracias, y que no lo había leído. Al hacerlo, tuve que pedir Mis Documentos. Ahora estoy en la incertidumbre acerca de si Zambra tiene otros libros similares o no, espero que sí, sinceramente lo anhelo.

En este mismo periodo de tiempo también empecé a leer un poco de poesía otra vez, en todas mis visitas a la biblioteca trato de traer al menos un libro de poesía y otro de narrativa. Pero, siendo yo un tipo que en realidad conoce bien de poco de literatura, y que siente cierto recelo por leer "los grandes clásicos", me encuentro cada vez más cerca de un nuevo estado catatónico, en el que otra vez mis ganas de leer mermarán hasta parecer que han desaparecido, a falta de saber que y a quienes leer. Entonces pregunté en una especie de foro, por otros autores o autoras en el estilo de Bolaño y Zambra. Me recomendaron varias obras para mi desconocidas, pero que lamentablemente no están disponibles en la biblioteca. Si estaba disponible un libro de Marcelo Mellado, que dentro de todo me gustó harto, aunque a ratos tratara acerca de personajes demasiado lejanos a los círculos por los que uno circula o que puede concebir. También me volvieron a recomendar leer a Manuel Rojas, que tiempo atrás otra persona ya me hubiera mencionado, haciendo caso omiso yo en esa primera instancia. Luego de leer un libro con algunos de sus cuentos, me pregunté por que chucha nunca nos hicieron leer algo de él en el colegio, creo que todas las personas debieran leer el cuento Un mendigo. Mencionaron a Fuguet, pero lo encontré forzado, poco creíble, y a mi poco me interesa leer relatos situados en lugares como el Apumanque o Las Condes. Al contrario, y siguiendo la línea de Manuel Rojas pero dentro de una marginalidad actualizada y más cruda, terminé leyendo Incontables, de Pedro Lemebel, en ese entonces conocido como Pedro Mardones. No sé hacer comentarios literarios, solo me puedo limitar a decir que no esperaba una prosa a ratos tan poética, o más directa y eficaz en otros pasajes, como encuentro que es con Melania. Me gustó tanto este breve cuento, y como no lo encontré publicado en internet, que decidí transcribirlo.

Recuerdo que Lemebel fue a participar de una charla en mi colegio, tal vez para una celebración del Día del Libro o algo por el estilo, pero yo era muy cabro y muy hueón como para haber valorado algo así. Creo que ese año todavía estaba la Rocío, la misma de quien hablé antes, creo que a ella sí le gustó. Supongo que habrá que intentar leer Adiós mariquita linda, a ver si podemos saltar de los cuentos a las novelas, aunque no deseo quedarme allí, todavía tengo pendiente encontrar ese cuento sobre un hombre "respetable" que por las noches atropella personas con total impunidad.

PD: En realidad si leí un par de novelas, Mientras dormías cantabas, y Crónica del niño lobo. También Cárcel de mujeres, pero esa es otra obra fragmentada, un diario realmente.

PD2: No sé que tanto saca uno con leer, ya lo dijo Bertoni, leer no basta/culear no basta/¡y va a bastar leer!, pero de alguna forma hay que convencerse que si existen historias detrás de cada persona con quien te puedas cruzar en la calle, algo debe haber detrás de tantas jornadas de trabajos mal pagados, de enfermedades, éxitos a medias y escenas inesperadas, una forma de conectar los momentos precisos con una misma voz que los va hilando y poder así reconocer lo bello o lo profundo, y no dejar que el tiempo marchando lo termine borrando todo.

Bots y manzanas




Me pregunto como será que llegan los bots a este blog dejado por la mano de dios, tan a mal traer y tan lleno de cosas que mejor sería callar y dejar tapadas por ahí adentro, con restos de café y miga de pan, que se descompongan a ver si luego no brota algo bonito de ese compost de emociones y pensamientos. ¿Habrán llegado luego que subí las fotos del museo precolombino? Es una posibilidad. Pero luego, ¿por que recorrer las otras entradas? ¿Buscarán información personal hasta en los lugares más impersonales que existen? Además, que me podrían quitar, dinero no tengo, y el que pueda recibir, lo tendré que utilizar para pagar un préstamo anónimo y subterraneo que me hizo mi abuela, sin tener ella idea. Por suerte los bots ya se calmaron y parecen haber encontrado otras tierras más fértiles y explotables.

A comienzos de año pensé buscar un trabajo de medio tiempo, había un par de ofertas, una incluso no era de hacer clases, no en colegios o preuniversitarios al menos, si no que a otros profesores. Pero entre lo incómodo de mi horario y frente a la imagen que tengo de mi mismo, la que ya fue fijada y la que invento cuando sea necesario, siempre termino pensando que nadie merece tenerme de profesor. Ni de ciencias ni de nada. Es tan poco lo que se sobre la vida, y ella que va a saber de mi, vivimos cruzándonos en cada esquina, mirando de reojo por si hoy el otro se dignará al fin a dedicar una palabra a su contraparte, pero el silencio es extenso. El silencio es flexible, o tal vez móvil. El silencio no puede ser ausencia de algo, tal vez el silencio sea la conciencia que tenemos de la soledad o el aislamiento, y la mente actúa como transductor que materializa dicha sensación. Me imagino que en estados alterados de la conciencia, es incluso posible sentir silencio a pesar de estar, por ejemplo, sentado en un banco de la Plaza de Armas. Mente sobre cuerpo dicen, y el cuerpo quedó aplastado bajo el peso de tantas cosas que piensa uno, tan densas y alquitranadas, malolientes casi.

He pensado una vez más abandonar todo, borrar todas mis personalidades de la internet, que tampoco es que sean tantas, y así dejar solo la personalidad primigenia, que se las arregle solita o que por fin se rinda. Tengo tres o cuatro amistades que solían formar parte de un mismo núcleo, que ahora se ha ido dividiendo y sus fragmentos adoptando posiciones irregulares y traslapadas. Yo me siento un poco al medio de todos ellos, un puente que une pero no transporta nada. Todos ellos tienen otros amigos, pareja ahora o antes, e incluso vidas más o menos establecidas, en el caso particular de una de dichas amistades. Eventualmente me olvidarán, o mi recuerdo se irá deslavando y de lo que fuera un boceto en blanco y negro, no quedarán más que las formas geométrics que sirvieran de base para la construcción de la historia, de los personajes. Yo no puedo olvidar a nadie de las personas que he conocido, pero yo soy diferente, yo soy un tipo que está cagao' en este sentido, y es que he conocido a tan pocas personas que simplemente todavía no hay nuevos recuerdos que desplacen a los anteriores hacia los confines del olvido y los archivos. Además, algunas de estas personas han significado tanto en mi vida y con tan pocas palabras y horas acumuladas, que se necesitaría de aventuras cinematográficas para dejarles en segundo plano, y ese estilo no va conmigo, aunque no rechazaría una historia de cine independiente o de bajo presupuesto. Una de esas historias sobre personas extrañas, que no causan simpatía ni buscan lograrlo, pero que tampoco son malas personas, es solo que no saben bien como expresarse y desenvolverse en el mundo, que viven la vida pero sin buscar éxito tampoco, solo miran por aquí y por allá, miran las palomas antes que a las personas, a los graffitis antes que a la arquitectura, caminan y piensan, caminan más y dejan de pensar, por calles que no pisaban hacía años, y siguen caminando, solo por caminar, y como no tienen plata ni compañía, mientras caminan van aspirando el humo de cigarros ajenos, y van mirando mujeres ajenas, comiendo la fruta que esté de temporada, sin comprender porque hay tantas botellas y envoltorios plásticos en los basureros al botar el corazón de la manzana, la segunda o tercera manzana del día, y mientras camina va escupiendo pepitas de manzana que fue guardando en los recovecos de su boca, las escupe apuntando a los cuadros fértiles de tierra que están desperdigados entre el cemento, ojalá que le achunte con alguno y crezca un manzano algún día, para que así no tengamos que volver a pagar para poder comer manzanas al caminar.

No sé vivir, y el aprender este cómo se va enredando entre explicaciones pasadas y futuras, más y más, y se vuelve un entuerto que solo crece y crece, ominoso, pero que nunca se desenreda en violenta explosión. Solo crece y crece, y me mira, la certeza que nada se puede hacer, que no hay entrada ni salida de esto, tal vez la hubo en su momento y quedó una puerta olvidada por ahí en una demolición, pero ya no tengo la energía como para salir en su búsqueda. Capaz que hasta esté desarrollando anemia, si en mi inifita estupidez y ante mi incapacidad de valérmelas por mi mismo (para que, si nada hay que quiera alcanzar), decidí pagar la micro antes que comprar mi vitamina. Mejor dejo esto hasta aquí no más que ya me están dando ganas de hacer como que lloro.



PD: Al releer esto me doy cuenta que es cierto que no genero simpatía ni busco lograrlo, al menos al mostrar lo que realmente siento. Inexplicable me parece a ratos la simpatía de algunas personas para conmigo. 

De "Profeta de Bares", Silvia Rodriguez Bravo (1/2)

Prohibida estoy

Prohibida estoy de librar los tentáculos de mi mente,
las alas de mi lengua arquitectónica,
abrir el paracaídas de mis ojos
y lanzar mis deseos nocturnos a medio día.

Las miradas cercenan el sentido de este grito,
me sancionan si toco el mentón de la muerte,
si atento contra la moral y buenas costumbres
de esta sociedad disfrazada de charol.

Prohibida estoy de amanecer
bajo rocas ensombrecidas de cielo,
pedirte el regreso de mi voz uterina,
la autopsia de mi piel disecada por tu adiós.

Olvido tus manos en mi puerta -te olvido-
reciclo tragedia, rituales y tiempo
en el café bar de mis sábanas
y camino sobre el amanecer que quiere
sobre la noche que quiere
despertar el pulso de mi sangre.

El insomnio me libera y existo en soledad.
En soledad existo sin prohibirme
y no quiero vivir, amar, existir
como ellos quieren que viva, ame y exista.
Aún así,
sé que moriré como todos mueren.



Fotografía visceral

Tengo voz que sabe a sitio común
manos de pueblo con aroma a tilo
un brasero donde quemo ausencias
o algún trozo de cielo cansado.

Tengo sabor a vino
-lo siento por mis pretendientes-
pero huelo a vino, café, cigarro.
Además soy de piel celulítica,
de cadera ancha y tetas caídas.

Tengo la costumbre
de caminar hacia el día
con pasos de toronjil,
y llevar en el ombligo
el remitente de quien soy:

una mujer común con sabor a mate
alguien que sin usar ni vender
máscaras rosadas,
es femenina y misteriorsa
como la poesía.



Poeta

Fumo y fumo entre copa y copa
el mundo se destiñe, a ratos
se me destiñe como la lucidez
inductora de vértigo y de nadas.

El edén inaugura detrás del humo
una señal,
el infierno cobra sentido en cada sorbo
mientras invento versitos
que me enloquecen más que el zumbido
de esta mosca.

Y qué si fumo, bebo para escribir.
¿Te molesta?
¿Sabes como duele ser dios,
crear, eternizar lo creado en un verso,
buscar sentido a lo sin sentido,
buscar en los ombligos un volcán
y estallar
hasta el crimen?

¿Sabes lo que significa escribir?
Es asomarse al espacio del vacío
donde las comisuras duplican el rostro,
donde luzbeles y dioses de barro
juegan a la ruleta rusa,
donde los versos apuñalan
el espejo de una mirada,
donde se envejece entre renglones
y se muere página a página.

¿Quieres poesía?
Escribe.
Mira las naves de tu memoria
aquí todos nacemos poetas.
Sólo tienes que enloquecer
y detener la locura
en el último verso.



Diagnóstico psiquiátrico

Usted dice que se angustia demasiado
cuando piensa en el misterio del universo
en su propia creación o en la creación divina.
Siente que nada ni nadie es perfecto ni absoluto,
que Dios no ha logrado ser absolutamente Dios,
ni el hombre ha logrado ser absolutamente hombre.

Mírese, contemple el océano de su mirada,
el incendio gris de sus comisuras,
la cordillera de su voz arenosa:
todo en usted es una profecía cumplida
de tanto leer y escribir entre duerme-líneas.

Analice las virtudes del sufrimiento,
camine serenamente por el pasado
cierre y olvide cualquier herida
y si encuentra a Dios llorando,
dígale que usted también ha llorado.

Piense que los misterios seguirán sin respuesta
pero usted no puede seguir con esa angustia.
Duerma, relájese y escriba,
escribir le sirve o al menos le ha salvado

cuando su ojo suicida tome forma de túnel cerrado
recuerdo el segundo en que la vida le asombró
y comenzó a escribir poesía.



Pereza

Hay días como éste
sin noche ni amanecer,
tan sólo horas estrellándose
en la proa de mis sentidos.

Ignoro tráfico, palabras, voces,
ignoro la ciudad y su forma diluida,
su sabor a letargo
como este minuto
donde sonriente recibo
la anemia de los girasoles.

Sepulto mis ojos en la sábana
que aún estrangula el aroma del sol
respiro el flujo virgen y criminal
que respiran las estatuas,
ese aire receptor de soledades
de regresos y no me olvides.

Desecho la cultura de los años,
ls sabiduría de páginas teóricas
y mi cuerpo alado se contrae
con los muslos esparcidos
al continente de la pereza.

Hay días como éste,
sin hojas, sin niebla,
días bostezados de ocio
donde tan sólo duermo.



De norte a sur

Camino de norte a sur todos los días,
me enredo en la bisgra de un papel
y grito la razón por la que lustro inviernos
en mitad de un verano cualquiera.

Yazgo con ángeles ebrios
en medio de jardines apagados
en el pulmón anónimo
de un abril sin calendario.

Soy la profeta de bares y otoños
una penitencia pagada
una trotamundos
que camina de norte a sur
todos los días pendientes.

Sobre un trasnochado girasol
vuelvo de una eternidad a otra
buscando un nuevo amanecer
para llevarme a los labios.



Eternidad de una noche

Repito a diario el suicidio dejado en la mesa
el insomnio efervescente, la embriaguez necesaria
para no enloquecer en la madriguera de mis pupilas.

En esta noche él construye mi lamento,
su abandono y ausencia reparten angustias
a todo habitante de mi ser.
En esta noche él acaricia y se entrega
a cristales ajenos a mi piel.

Duermen y mientras duermen,
aúllo sobre las paredeces
que sostienen mi rostro enlagrimado,
el insomnio rompe las vísceras del sentir,
descuartiza la cordura que tengo
en esta hora sin remitente.

Trasnochada con mi espalda de bronce
recojo las quemadas cruces,
el caudal de mis ojeras,
las súplicas elevadas al infierno.

Y fumo y mientras fumo
veo como la angustia se baña en el café
y lloro,
al saber que en esta noche es otra
quien se evapora junto al hombre que amo.



Bajo los pies de la noche

Bajo los pies de la noche
lo veo,
lo presiento besando estrellas
que no son de mi galaxia,
de este firmamento
donde los ocasos se rompen
sin el huésped de su voz.

Acaricio los pupitres de esta hora,
el invierno juega con su amarilla infancia,
amanece
y se agrava el eclipse de mi piel
que aún espera el río de su boca.

La ausencia de sus manos ahoga
el pulmón de mi grito.
La eternidad y el infierno son pequeños
ante la herida de mi alma,
ante esta parálisis donde siento el dolor
en su más cruel y nítida pureza.

500 galaxias, un ciego, dos gatas, 100 palomas


a veces escucho sirenas o alarmas y no estoy seguro si provienen del exterior distante, o si nacen en este exterior más cercano que son los audífonos. a veces oigo susurros y más de una vez me he sobresaltado ante la sorpresa de una grito o declamación inesperadas, que se escucha como viniendo oblicuo desde un costado de cada oreja. hace un rato se escuchó una sirena, y por un momento pensé que no existía más allá del aire que llena mis canales auditivos, pero no, si había una patrulla allá afuera, o una ambulancia, y también una calle y luces nocturnas y emergencias que pasarán desapercibidas para la mayoría que ya duerme. al día siguiente, en la micro, de pronto sonará una armónica rudimentaria, y me parecerá por un momento que es aquel hombre ciego que años atrás solía subirse a tocar armónica a la micro, en otro recorrido y avenida, pero al no encontrarlo entre la gente, me daré cuenta que la armónica es parte de una canción y que además ese hombre ya falleció hace mucho, es lo más seguro.

anoche también escuché lo que parecía ser un gato intentando abrir una ventana, sin éxito. un gato que cree, que por ser gato y poder realizar saltos improbables, por equilibrar las patas en una hilera que ondea sobre una orilla, por ser gato libre, entonces tiene derecho a pasearse por donde le plazca y cuando así lo dictamine su naturaleza de gato. pero yo ya no estoy para servir de atajo o túnel para ningún otro gato. he decidido que estas dos gatas que el falso azar humano, que la voluntad de alguien por ahí trajo a mi vida, serán las últimas. aunque debo reconocer que yo también les dije, a mi modo, "aquí pueden yacer dentro de lo que las posibilidades permitan". me gustaría algún día reconfortar a una paloma, hacer el mismo trato con ellas, decirles, a mi modo, que aquí pueden descansar, refugiarse o yacer como estimen necesario, en un lugar donde no habrán jaulas, solo un techo y semillas varias, un poco de agua y el eco del arrullo de cien palomas.

uno más



me encontré de pronto en la infima sala destinada

a los pueblos que habitaran y habitan este claustro

llamado Chile, yo estaba ahí por error nada más,

y en medio de la oscuridad de la sala, la cuál no será jamás                                                 suficiente

para ocultar las historias cercenadas, había un guardia

sentado en una silla, en una postura extraña, sin saberse si

estaba reclinado hacia un costado o hacia atrás, pero

lo que si es seguro, es que dormía plácido y silencioso

y pensé en los sueños que pudiera estar teniendo ese guardia

del museo precolombino, durmiendo en medio de vestigios mudos,

turistas mal aseados y  connacionales sin nada mejor que hacer una                                                 tarde de domingo,

un guardia que duerme durante su turno

y es sorprendido por un sueño tribal donde se le aparece una figura                                                 oscura y pulida,

y la figura corresponde a un ídolo mesoamericano

a una deidad menor tolteca, para ser precisos,

una figura que se ubica en otra sala distante de su sitial                                 somnoliento, pero que él cree haber visto

en sus rondas matutinas, y mientras soñaba con un amigo que a él ya                                                     lo olvidó,

se le aparece esta figura que lo aterra en el sueño con sus ojos hendidos,

parecen haber sido hechos con un cuchillo de obsidiana, 

o tal vez fuera una máscara, pero sea lo que fuere,

los ojos no parpadean, no tienen párpados, y de la boca surgen ruidos

y entre los ruidos se reconoce una voz, pero lo boca, así como los                                                 ojos, no se mueve

pero él entiende lo que la deidad le dice, le advierte sobre el                                         advenimiento de una era lunar

descenderá un dios de piel duplicada, piel de mono sobre piel humana,                                                     y descenderá

trayendo la calamidad y la enfermedad, el maíz se pudrira en su                                     tallo, los animales se rebelerán y

destrozaran sus jaulas, los árboles lucharán entre sí para acaparar                                             las últimas lluvias

que recibirá la tierra en mucho tiempo, pero los árboles terminarán                                                     cayendo rendidos

ante un sol permanente, y aunque ahora no lo parezca, será una era                                                                 lunar,

ya que se añorará su luz fría y el vaivén de los fluidos en nuestra                                                 carne originado

en su mecer de madre protectora, de faro que inspira en medio de la                                             perdición de las noches,

y la deidad le advierte que no hay nada que él ni nadie pueda hacer                                     para desvíar este destino,

que los planes futuros de un dios mayor para con la tierra solo le                                         han sido revelados en sueños

a modo de broma cruel, para sembrar la desesperanza en su corazón,

y el hombre, el guardia del museo, no sabe si llorar o lanzar un                                         grito de rabia, ante la visión

de este futuro que se caerá como escamas de un árbol, un futuro 

que ya se deshace en su podredumbre de basurales y deforestaciones, 

pero rapidamente se da cuenta, incluso en sueños,

que su mundo ya lleva años y años descamándose y descomponiéndose,                                                     que nunca soñó con

ser un guardia en un museo en el cuál nunca pasa nada, que si al día                                 siguiente encontrara, al despertar,

que el museo donde ahora duerme, 

que la casucha donde arrienda una pieza, 

que los buses que lo arrastran día a día entre sueño y sueño,

que las recurrentes calles enegrecidas y las desconocidas huellas                                                        precordilleranas,

que las palomas arrulladoras y los gatos indiferentes,

que su ex-esposa y su primer amor que nunca fue y ya no será,

que si todo esto de tuviera fecha de pronto término, que si el                                                     contrato que lo mantiene

aquí en este mundo caducara junto con sus beneficios por antiguedad,                                                       una antiguedad

tan infima al verse día a día entre rocas y tejidos de mil años,

que si todo desapareciera al cerrar los ojos o tal vez al despertar                                                 de un sueño,

él mismo sería una deidad en medio de una blancura cegadora o un                                             semidios entre quienes

abandonaron este mundo sin saber lo que él sabía, ignorando que en                                                     cada cabeza

que cabecea en medio de las falsas noches que crean el concreto y lo                                     subterraneo, nacen y perecen

infinitos mundos con sus infinitos habitantes, cumpliendo con las                                                 probabilidades de

infinitos designios susurrados en la distancia que sostiene el                                     tiempo, conjuros recogidos en rocas

y tejidos mudos, en la sangre que tiñe la arcilla,

y así se lo explica a la deidad tolteca, así le arrebata todo su                                     poder que brotara desde el miedo

y la desesperanza, y la deidad va muriendo, su piel que se agrieta y                                             pierde su pulido brillo,

las grietas se hacen más hondas hasta que sucumbe y se desmorona, y                                                 el hombre despierta

antes que cualquier deidad mayor de piel duplicada o invertida                                             aparezca, pero despierta

y se encuentra sentado en la sala oscura, un hilillo de saliva                                             mojando su ropa corporativa,

se lamenta no ser semidios alguno que salvara a esta humanidad que                                                     ahora lo rodea,

y trata de convencerse antes de levantarse de su sitial para                                                     dirigirse

al segundo nivel al cambio de turno, se convence que en la distancia                                         del sueño sigue existiendo

todavía

un mundo que él salvó entregando su propia miseria al fuego,                                         consumiendose en la vergüenza,

y ya en el segundo nivel busca alguna representación de una deidad de                                     profunda y brillante obscuridad,

alguna figura terrible de ojos como heridas sangrantes y una piel                                                             duplicada,

para convencerse que no todo lo que presenció surgió de su propia                                                             imaginación,

pero no encuentra ninguna que se les parezca,

así que tan solo se sienta en una nueva sala, anhelando sumirse en un                                                         nuevo sueño,

pero esta sala está demasiado iluminada y sus visitantes hablan                                         demasiado, en otros idiomas,

y él se resigna y acepta que por hoy su divinidad lo ha abandonado,                                                     que por hoy

solo podrá ser uno más entre estos turistas mal aseados, entre estos                                                     connacionales

que no tenían nada mejor que hacer un domingo por la tarde

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