Una noche vi una bolsa de papel, de esas que entregan en las grandes tiendas, ocupando un asiento en una micro. Más bien ocupando el espacio que se forma entre dos asientos confrontados. La micro no iba vacía, algunas personas iban de pie, parecían preferir ir de pie antes que sentarse al lado de dicha bolsa, menos aún osar moverla. La bolsa no tenía nada que alertara peligro o que pudiera suscitar la curiosidad de nadie, tal vez por el cansancio con que carga la mayoría a esa hora del día nadie tuviera energía suficiente para destinarla a tantear las posibilidades que implica una bolsa de papel así. Yo me senté al lado de la bolsa, un poco sin darme cuenta que estaba ahí. Me preocupé luego de no perturbarla, parecía estar recostada y apoyada en el borde del asiento, la manilla de papel retorcido como una cabeza, un gran ojo mirando sin ver. No se alcanzaba a adivinar lo que pudiera haber en su interior, y la sola idea de tomarla y abrirla me pareció un error, que hay cosas dispuestas con tal cuidado por actores o fuerzas desconocidas que no nos corresponde a nosotros, que no comprendemos el porque de sus actos, el interferir. Podría haber habido cualquier cosa dentro, una bomba artesanal de relojería, un par de calcetines en oferta, restos de una comida rápida que pronto dejaría su mancha inevitable e indeleble de aceite, quizá una boleta que alguien luego necesitará para cambiar una prenda que no se pudo probar, o lo más probable, nada, y que en realidad la bolsa no estaba ahí debido al capricho de nadie, ninguna fuerza subterránea la había llevado a estar ahí, no era más que una bolsa olvidada por una pareja que fue de compras un jueves por la tarde, tal vez fue dejada a propósito, pero sin buscar generar ningún misterio o pregunta en torno a ella. Nadie se había sentado a su lado debido a que hay personas que sí prefieren ir de pie antes que sentadas, que pasaron todo el día sentadas y sus espaldas necesitan sentir que pueden sostener un cuerpo, nada más. Había pensado en escribir un relato en torno al misterio de la bolsa, sobre como un pasajero que recién subía a la micro no comprendía las explicaciones que le daba otro que ya llevaba decenas de paraderos viajando junto a la bolsa, alertando a otros de no sentarse a su lado, tratando de hacerles entender el porqué no debían tocarla o siquiera acercarse a ella. Pero no pude imaginar que posibles explicaciones pudiera dar alguien para comportarse así, sin tener que recurrir a la locura o la fantasía. Unos días después vi un bolsa similar en el piso de otra micro, pero esta bolsa estaba hecha pedazos y pisada por diferentes pies, robada de cualquier trascendencia absurda que pudiera haberle dado alguien alguna vez. La micro correspondía a otro recorrido, y ante la posibilidad que fuera la misma que la vez anterior solo que con otra numeración, confirmé que no tuvieran la misma patente. No la tenían, se trataba de una bolsa distinta, casi como gemelas o hermanas viviendo historias paralelas que nunca se cruzarían, sacrificandose una para que la otra pudiera seguir ahí, apoyada en el asiento de una micro, imperturbable, mirando con su gran ojo de papel.
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