Falta de sueño

    Tuve un sueño anoche, trataba sobre una catástrofe de nivel pre-apocalíptico, que a pesar de no alcanzar su apogeo máximo de tan breves que son los sueños, si logró sumirnos en un estado de resignación absoluta a mí y a todos los presentes. Recuerdo el sueño ahora mientras bebo mi café matutino, hago lo posible por no recrear en mi mente una escena tan macabra, pero por lo mismo impactante y difícil de hacer a un lado. Sigo viendo una y otra vez aquella escena donde una enorme roca sepultaba a la Marta, en el momento que nos sorprendía un fuerte temblor mientras nos encontrabamos dentro de una especie de túnel o caverna. El lugar me sigue siendo ajeno, pero considerando que la Marta estaba presente, esto significa que seguro era tirando hacia el sur, en algún punto de la precordillera andina en la región del Bio Bio o Ñuble. Primero vino una oleada de pedruzcos, luego la enorme roca, y Marta sepultada detrás de ella. Nadie intenta mover la roca o se cerciora siquiera que ella haya fallecido y no se encuentre sufriendo, supongo por el tamaño de la roca podemos asumir que ella murió en forma instantánea. Su temprana partida quizás fuera para mejor, considerando todo lo que está por venir.
     El café que estoy tomando ahora es el café de grano más barato que he podido encontrar. A la nariz, tiene apenas aroma a algo distinto del agua, y en la lengua deja un sabor levemente amargo, que confirma que no es agua, ni tampoco té. De todos modos, sigue siendo mucho mejor que cualquier café instantáneo que haya probado en el pasado. Pienso en el sueño de anoche y creo que lo mejor es acostumbrarse a este café barato, o derechamente, acostumbrarse a no tomar ninguna clase de café. Acostumbrarse a vivir en forma austera, a puro pan sin leudar y agua tibia, para estar preparados en el momento cuando la visión del sueño de anoche se materialice. No sería la primera vez que tengo un sueño premonitorio que al poco tiempo se cumple. Ojalá uno pudiera distinguir entre los sueños premonitorios y aquellos que no son más que burdos calcos del día a día, de esta forma sería más simple la vida. Pero no hay forma de evaluar la precisión de una profecía, hasta que se haga en parte o por completo, una realidad. Tengo cierta corazonada, respecto a este sueño del que hablo, aunque prefería estar más equivocado que nunca.
 
    Estábamos en el sur, precordillera, media tarde, y había una feria como aquellas que se instalan para las fiestas patrias o para vacaciones de verano, en los poblados del Litoral Central. Las distintas atracciones estaban dispersas entre los árboles del bosque, pero se preservaba un sentido de unidad, al contemplar la panorámica. Hay juegos mecánicos, luces que cruzan colgando de rama en rama los claros del bosque, mucha gente desconocida, algunos rostros familiares. Ruido, como de conversaciones amenas y rieles metálicos. Las personas que sí conozco son todas del sur, de las que siempre han vivido ahí o que a causa de este sueño, han vuelto a el. Mi papá, mi abuela, la Marta, y de seguro el Andrés, perdido por ahí, mi madrina. Alguien menciona a la finada Meche, pero no sé si como un recuerdo o como una presencia palpable. Nunca la pude ver, una lástima.
La feria sigue como si nada, en un comienzo, luego de un nuevo temblor, breve pero perceptible. Están, estamos todos acostumbrados a ello, y nadie abandonara su sitio por tan poca cosa. En este punto ya nos dejó la Marta, supongo que los accidentes pasan y la vida sigue, estemos de acuerdo con ello o no. De pronto, otra avalancha, también de pequeñas rocas y polvo, que avanzan por entre los árboles sin botar ninguno. Sepulta en el acto a decenas de personas que no lograron reaccionar a tiempo. Luego viene otra y otra avalancha, conformadas siempre por las mismas rocas pequeñas y el mismo polvo. Ahora sí se nota como la gente comienza a preocuparse y a gritos les dicen a los niños que se    bajen de los juegos. La cosa es seria, aunque sea un sueño.
    Además del café barato, también he estado comiendo sopas semi-instantaneas, de la marca propia de un supermercado mayorista al que voy a veces. Cuestan trescientos cincuenta pesos cuando compras de a cinco. Los fideos tienen un sabor extraño, casi como si ya estuvieran rancios, pero la sopa mejora considerablemente si uno le agrega un poco de cebolla (mejor si hay cebollín), zanahorias picadas, ajo, etc. Un poco de caldo concentrado de verduras nunca está de más, teniendo su sabor más dimensiones que la simple sal; importante, es que también son baratos, pero solo cuando compras de a doce cubos. La primera vez que compré una de estas sopas también compré una lata de arvejas en conserva, provenientes de China. La sopa también es de China, pero su calidad es mucho mejor que la de esas arvejas enanas y de sabor metálico que termine comiendo nada más para no desperdiciar la comida, la energía y el tiempo. Pensar que hay gente que, por necesidad antes que por convicción, se las tiene que comer toditas cuando preparan una ensalada de lechuga con arvejas o un pollo arvejado. No he vuelto a comprar arvejas chinas enlatadas, creo que podría sobrevivir sin ellas, cuando la profecía de mi sueño se materialice.
 
    De vuelta en la montaña, las personas ya han asumido que algo malo ocurre y nos recorre a todos un cierto aire de desesperación. La gente mayor, en particular quienes andan en sillas de rueda o tienen dificultad para moverse, optan por quedarse y pasar sus últimos momentos junto a viejas amistades y a otras nuevas nacidas ante la inminencia del fin. Yo me veo yendo de un lado a otro, creo que en búsqueda de algún vehículo u otro medio que nos permita bajar de la montaña y escapar de la catástrofe que se ha desencadenado. En cierto punto, incluso consideramos la posibilidad de tirarnos rio abajo y tratar de aguantar a puro nado. Estamos en esto, evaluando posibilidades pero sin concretar nada, cuando estallan múltiples volcanes en forma sucesiva, a lo largo de la cadena montañosa. Nadie sabía que estaban ahí dichos volcanes, quizá se acaban de formar a causa de la enorme magnitud y presión del cataclismo subterráneo. En ningún momento la tierra a dejado de moverse bajo nuestros pies.
 
    Cuando tenía trece o catorce años, soñé que el Papá Juan Pablo II había muerto. Desperté y encendí la televisión, para ver como las noticias de la mañana confirmaban mi presagio. Mi mamá me dijo si acaso no fue que la tele se encendió mientras estaba dormido, y que tan solo soñé lo que escuchaba hablar en las noticias. Entonces usaba la televisión como alarma para despertar, no existían los celulares, o yo al menos no tenía uno. Tampoco tenía un reloj alarma. Buenos tiempos, dónde uno usaba lo que tenía a mano y punto. Luego dejé de ver televisión, y tuve que conseguir un reloj alarma. Hoy en dìa, tanto la televisión como los relojes han sido desplazados por un mismo aparato, el cuál a pesar de su complejidad tan superior, al final termina supliendo las mismas necesidades de antaño y poco más.
En otra ocasión, siendo niño, soñé que mi bisabuelo iba conmigo de la mano, caminando por la calle Lientur que era la calle que nacía o terminaba en su casa, nunca supe bien como era. En el sueño, la calle es todavía un camino de tierra, como lo fuera hasta hace unos años nada más, cuando pavimentaron casi todo el pueblo. No alcanzamos a caminar mucho cuando él me suelta la mano y se queda atrás. Al mirar de vuelta hacia él, lo veo haciendo un gesto con la mano. Se está despidiendo, no hay dudas. Fallece a los pocos días, mientras seguía internado en el hospital luego de sufrir un segundo infarto. La noticia de su muerte no salió en ningún noticiario. Tan solo fue anunciado por la radio local, ya que el locutor lo conocía de toda la vida.

    Los volcanes estaban latentes, ya fuera como elemento geográfico o mera posibilidad, y finalmente han emergido, arrojando chorros de lava que con sus gotitas incandescentes iluminan la noche. Las pocas personas que quedamos en el bosque nos limitamos a mirar la escena, comprendiendo que ya no hay hacia donde escapar y que mejor haríamos con tener fe. La lava comienza a brotar desde múltiples puntos y baja abriéndose camino en distintas direcciones, deslizándose por entre las rocas. A medida que avanza cuesta abajo, va consumiendo los arboles que encuentra a su paso y así se abre un camino cada vez más ancho, más difuso. Es cosa de tiempo nada más para que alguno de los brazos ardientes llegue hasta donde estamos reunidos a la espera. Se deslizan pegados a la tierra como no queriendo perder sus nuevos dominios reclamados, diciendo "esto es mío y de nadie más". Mi abuela está sentada en una silla de mimbre, conversando con otra señora, de espaldas hacia la montaña. Yo le digo:

- Mire abuela, igualito que en esa historia que contaba sobre el terremoto del '48, cuando se fueron a dormir con sus papás debajo de un roble, por temor que se les fuera a caer la casa encima. ¿Se acuerda? Decia que veían clarito el fuego bajando desde el volcán, iluminando la noche.

Y entonces despierto. Decido no encender ninguna radio, televisor o telefono celular. No vaya a ser que otra vez le haya achuntado y algún pueblito perdido por ahí esté siendo destruido de un puro aletazo, en un parpadeo, como si de un sueño o un juego se tratara.


*****

Que esta entrada me sirva como recordatorio que hay cosas por las que no vale la pena perder mucho el sueño.

No hay comentarios.:

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: