Ángeles, espíritus regocijándose

Al pasar la curva que hace la calle, frente al jardín infantil abandonado, fui sorprendido por una humareda que se desplazaba lenta, siendo arrastrada por los escasos vehículos que circulaban a esa hora. Pensé que se estaba quemando alguna casa por ahí cerca, pero no sé oían ni sirenas de alarma ni gritos de auxilio. Avancé unos metros más, y descubrí que el humo emanaba desde el patio de una casa que tenía un portón cuyos tablones estaban demasiado separados entre sí. Miré hacia adentro por entre las maderas, evitando inclinar demasiado la cabeza para no ser sorprendido espiando, y vi que en el patio se encontraba un hombre sentado ahí, solo, junto a una parrilla encendida que humeaba como si estuviera lista para alimentar a decenas de personas. Mas no había nadie junto al hombre sentado ahí en su patio, solo, vigilando la parrilla y acompañándose con las cumbias que escogiera como la música para preparar el ambiente. La puerta que daba al patio estaba abierta y se veía el interior de la casa iluminado, pero no alcancé a ver ningún ir y venir de platos, piernas y vasos ahí dentro. Me pregunto que habrá estado celebrando o conmemorando, aquel hombre solo.

Más adelante en mi trayecto, ya en otra calle, ví a lo lejos una hilera de mesas con sus respectivas sillas plásticas, dispuestas en la pista sur de la calzada. Dos conos anaranjados servían para darle el carácter de oficial e inamovible a los toldos que darían abrigo a quienes llegaran a ocupar las mesas y sus sillas. También tenían música festiva y alguien probaba un micrófono, pero no se veía a nadie más sentado ni de pie cerca de las mesas. Entonces me di cuenta que en todo este tiempo que llevaba caminando me había cruzado con poquísimas personas, quizás cuatro, como mucho cinco o seis. A continuación noté que la mayoría de las casas estaban en silencio y aparentaban estar igual de deshabitadas que las calles y los pasajes. La única música que pude escuchar saliendo de alguna de las casas fue aquella que escuchaba el hombre solo, junto con la que sonaba ahora, junto a las mesas vacías. Ningún otro sonido distinto a una vibración de motores o un murmullo indistinto, de personas ocultas entre las sombras o tras portones de maderas continuas.

Miento, si recuerdo otro sonido, una campana tañía a la distancia, antes de haber llegado a la curva y verme envuelto por el humo. Al principio pensé que era algún sonido que formaba parte de la música que iba escuchando, pero bajé mis audífonos y comprobé que el sonido venía de una fuente lejana, una capilla lo más seguro. Yo venía caminando calle arriba, luego de haberme topado por casualidad con mi primo. Me pidió que lo acompañará a comer algo, dijo sentir temor de caminar solo a esa hora. Es invierno y se oscurece muy temprano, y las calles tan vacías no ayudaban. Aún así no entendí porque podría tener miedo, si él ha vivido gran parte de su vida en el sector y nunca se ha distinguido por ser una persona que siempre volviera a su casa antes de caer el sol. La única diferencia sería que en esta ocasión andaba solo, mientras que en sus tiempos de juventud siempre se le veía junto a uno o más amistades, caminando de madrugada. Dudé por unos instantes si acompañarlo o no, pero al final acepté ir con él, asegurándome a mí mismo que sería cuestión de unos minutos y ya.

Fuimos al local de completos, y allí claro que encontramos a más personas, pero muy pocas hablaban, en especial un par que poseían un aire taciturno. Verlos, de reojo, era como mirar aquella famosa pintura de Hopper, pero sin los trajes, los sombreros ni los grandes ventanales. El hombre que preparaba los completos si llevaba puesto un gorro de tela blanco, herencia más o menos inconsciente de un linaje y cultura extranjeras nacidas al alero de la comida rápida. Al sentarnos en una de las mesas dispuestas a un costado de la vereda, de inmediato mi primo se vio invadido por la atmósfera melancólica que una tira de luces navideñas, enroscadas a lo largo de los tubos que sostenían el precario techo que nos cubría, no lograban disipar.

Resultó que tenía más problemas de los que yo hubiera esperado para alguien como él, problemas con su pareja y un reciente diagnóstico psiquiátrico que de momento se encontraba sin ser tratado, la constante falta de dinero y de ambiciones, una necesidad no dicha por irse lejos, tan lejos como Canadá, de retornar a Australia, o, por último, de irse al Norte Grande y probar suerte, una vez más. Pero no era cosa de dejar todo, armar la mochila y mandarse a cambiar, como dejar sola a su pareja, que ya no tenía más que una amiga, sola en la casa con los dos perros, uno nuevo que no da problemas, pero el otro es un perro viejo y sordo que ya se anda meando en todos lados. Después me dijo algo sobre tener tantos años, pero nada seguro todavía. No hay porque preocuparse tanto, remató, todo tiene solución. O no la tiene, y en ese caso no sirve de nada preocuparse. Creo que eso me dijo.

Al despedirnos, me advirtió muy sereno que tal vez no nos veríamos más, que le tenía toda la fe a esa pega en Canadá, la llamada con la respuesta la recibirá en los próximos días. O quizás nadie lo llame, y además la pega no tiene nada que ver con lo que estudió, y nunca ha estado en una tormenta de nieve, pero que de todos modos aquí en el barrio no se iba a quedar. Me dio vueltas en la cabeza por un rato, esa frase, "tal vez no nos veamos más": la idea de un fin que ignoramos se nos está acercando, que ya se cierne sobre nosotros, y ni cuenta nos damos. 

Pensaba en la conversación con mi primo y la aparente desolación de las calles, bastante extraña siendo esta noche tan parecida a otras donde las luces y los gritos se cruzaban de lado a lado, cuando de pronto la música tan caótica que iba escuchando hasta ese momento cambió sin previo aviso. Se abrió paso una balada muy triste pero igual de rabiosa, sonaba como una profecía, y el saxofonista parecía querer dar testimonio de una verdad que fuera humillada muchas veces en el pasado. Comprendí de inmediato porque tañían las campanas a la distancia, el motivo de tan melancólicas celebraciones, y es que mañana se termina el mundo. No me había dado cuenta, pero la triste solemnidad de la balada completó el cuadro y le dio un contexto a todas las sensaciones que la noche trajo consigo. Me confundió el que las personas no estuvieran reaccionando como era previsto. Si fuera verdad que se acabará el mundo, no creo que haya mucho que podamos hacer al respecto. Tal vez de esto hablaba mi primo, lo intuía, al decir que quizás no nos viéramos más, que hay problemas a los que mejor no dedicarles ni un minuto de nuestro tiempo. Ya había caminado demasiado como para volver y confirmar si él también entendía lo que estaba ocurriendo.

Seguí caminando, dejando atrás la promesa del caos, a mí espalda quedaban los hombres solos con sus fiestas para uno, mi primo con sus completos y sus problemas, olvidadas quedaron las familias en silencio dentro de sus casas, las sillas vacías en medio de la calle y esa voz que llamaba a los vecinos a sumarse a la actividad. No supe que actividad sería, no me quedé a esperar que comenzara. Por mi parte, pasé a comprar un par de limones, no vaya a ser que en una de esas si se termine por acabar el mundo mañana, quien sabe. O capaz que todo el asunto no sea más que una falsa alarma y a la larga se desinfle igual que tantas veces en el pasado, pero no quise arriesgarme a perder el brócoli que quedó cocido del otro día. Si voy a comer brócoli, tiene que ser con limón. También aproveché y pasé a la botillería para comprar unas cervezas y un paquete de papas fritas, en caso que hubiera algo que celebrar, para bien o para mal. La gata del negocio dormía sobre el mesón. No quise llamar su atención y así evitar despertarla. Que la pille dormida y en paz, lo que sea que esté por ocurrir.

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