callao te veis más bonito



Siempre me recrimino a mí mismo que debería hablar más con las personas y aprovechar cada oportunidad que se me presente. Me convenzo que ahora sí, que este será el día en que por fin el mundo oirá mi voz, se las voy a cantar bien claritas, sabrá acerca de todas las injusticias cometidas en contra mía y de tantos otros (¿sabrá?). Pero la promesa se desinfla, despacio, un globo mal anudado, y estos pulmones tiesos y esta boca seca no logran devolverle su porte gallardo de sincera autosuperación, el pecho henchido de orgullo. No. Al final, siempre es lo mismo, una de tres, o no digo nada, o nada más que unas pocas palabras al no saber que decir, o pasa que no puedo hablar en serio y hoy en día nadie tiene tiempo para tristes payasos.

Para peor, no falta la gente en la calle que me preguntan cosas o me meten conversa. Siempre hay algún anciano desorientado que viene de Buin y no sabe llegar a la Plaza de Maipú, estando en camino a Puente Alto. Cuando estoy sentado esperando en un paradero, aparecen los borrachitos pidiendo cigarros (¿tendré pinta de fumador?) o contándome su vida y la de un hijo electricista, orgullo familiar. En casos de mayor extrañeza, se manifiestan cabros en volá de quien sabe que, clamando que el Wallmapu, la anarquía y el copete son su Santa Trinidad, pidiendo un teléfono para llamar a su abuelita y avisarle que llega mañana, que le va a llevar pizza, pero sin decirle que esta noche será de ron de a quina y vino en caja. Me hablan, esperando por mi ayuda o solo por hablar con alguien, que alguien les escuche, y yo no sé que responder, más allá de las indicaciones que pueda dar sobre cómo llegar a tal o cuál lugar. Al menos de estoy seguro, que siempre tendré una respuesta para el caminante perdido. Útil o no, eso habrá que verlo en su momento.

Por ejemplo hoy, un tipo me preguntó si la micro que estaba justo detenida en el paradero llegaba a Pedro de Valdivia, le dije que sí, que todas, y ambos subimos. Pensé que eso sería todo, un cliente satisfecho y a esperar al siguiente, pero el hombre justo tenía que pararse junto a mí, en el espacio reservado para las sillas de ruedas, coches y personas con cajas o sacos llenos de latas de bebida (mi lugar favorito para ir de pie). Entonces me empezó a meter conversa. Me hablaba sobre balazos en su barrio a las 3 AM, diez balazos para matar a algún hueón (aunque nunca supo a quien mataron), de colombianos a guata pelada tasando el ambiente antes del combate por el territorio en contra de los traficantes locales, mientras los hueones que se andaban salvando trataban de pasar piola, mirando para todos lados como quien no quiere la cosa, esperando a ver si les tocaría algo a ellos en medio de la trifulca. También me dijo que hoy andaba con un amigo que quedó cesante, tenían que ir a Providencia a tramitar su seguro de cesantía, y el amigo le dijo que fueran en bicicleta, pero él no andaba en bici y el amigo sí, así que no les quedó otra que irse cada quien por su camino y juntarse allá, no sé bien dónde, una oficina del Seguro de Cesantía o algo así. Me dijo que venía del gimnasio, es probable que anduviera entrenando en ese nuevo que inauguraron acá cerca hace unos meses. Era bajito el tipo, unos 10 o 15 cm más bajo que yo, pero tenía los brazos al aire y se le veían los hombros fuertes. Por suerte no me habló del gimnasio, ahí si que me hubiera perdido como oyente. La cosa es que el tipo me hablaba y yo no sabía que responderle, trataba de poner cara como que estaba poniendo atención, a ratos la micro metía harto ruido al acelerar o frenar y en realidad no podía escuchar y entender todo lo que me decía, luego esbozaba una especie de sonrisa, cuando correspondiera, pero no sabía que decirle. Por donde vivo no es cuicolandia, ni siquiera es como los barrios viejos de clase media, pero hacen años que no hay enfrentamientos a balazos y los robos a casas cesaron luego de la pandemia. Siempre hay hueones raros parados en algunas esquinas, pero de esos que saludan a los viejos y te dan la pasada cuando están tapando el paso. 

Lo último que me dijo fue que recién habia visto un manso choque, que habría tenido lugar un par de paraderos más arriba del punto de la avenida en que nos encontrabamos en ese momento. Ya había mencionado algo sobre un choque, al poco andar luego que tomáramos la micro, pero sin dar ningún detalle. Le dije que yo no había escuchado nada, pero él insistió, que se escuchó el chancacazo y con el amigo fueron a mirar y encontraron que no había ningún auto chocado ni volcado a la vista. Dijo que después del choque pasaron dos helicópteros, a ese nivel la cosa, aunque a decir verdad, no es raro que anden helicópteros por el sector. Entonces se me ocurrió algo para decirle, al fin, le dije que deben haber andado arrancando los del auto, que seguro el auto no quedó tan mal como pensaba él y que luego de la impresión por el choque, de espabilar un poco, rajaron no más. Por eso los helicópteros. Recuerdo que el tipo no intentó seguir el camino que yo le trazaba, y con tanto esfuerzo más encima, se limitó a guardar silencio por unos segundos, luego habló sobre un asunto menos interesante que los anteriores, creo que dijo que él también estaba cesante, o que se ganaba sus pesos en alguna tarea indeterminada.

Por suerte yo me tenía que bajar antes que él, de verdad, no porque quisiera huir de su conversación, es que no me acordé el día anterior de cargar la tarjeta y eso me impedía de tomar otra micro sin tener que subirme por atrás o saltar el torniquete (con la vergüenza que me daría hacer eso), obligado no más a tomar el Metro, aunque después tuviera que volver a pagar el pasaje. Antes de bajarme de la micro le dije "hasta luego". "Que estis bien", me respondió él, y eso sería todo. Ahora no puedo evitar pensar que todo lo que me dijo era mentira, y que era esperable que yo también le hubiera respondido cualquier cosa inventada al trote, que sí, que en mi barrio también se ven colombianos sospechosos o esperpentos manejando BMWs o Land Rovers, que mira tú las coincidencias, yo también estoy cesante pero no tengo bicicleta ni tengo amigo, así que me toca ir solito al seguro, o que tendría que haberle dado la razón con lo del choque agregando que sí, que después los tipos se metieron por mi pasaje y dejaron la zorra, botaron tres árboles, mataron un gato, se pitearon a una vieja del puro susto y le pasaron a llevar su botellón a un curaíto con un espejo lateral. Qué importaría que todo lo que alcanzáramos a decir en esos cinco minutos arriba de la micro no fueran más que cabezas de pescado, quimeras con tufo a cola de mono o energética, desvaríos o incluso balbuceos. El lenguaje responde a las necesidades, el lenguaje muta, el lenguaje muere. La cosa es hablar no más, meter un poco de bulla, mira que cuando las micros nuevas se detienen en un semáforo o paradero, el motor eléctrico ni bulla hace, casi ni vibra, y los pasajeros van todos calladitos, se siente uno como viajando atrás en una carroza, los muertos sintiendo la luz del día por última vez.



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No sé para que insisto con esto. Caché que el Google y la ctm no muestra el blog en sus búsquedas, ni siquiera buscando por frases exactas. Y quien va a andar usando Bing, Yahoo o el pato, nadie, si aquí Google es amo y señor, se ha infiltrado en todos lados. Basta que busques X lesera en una página no asociada directamente con Google, para que te empiecen a aparecer anuncios relacionados. Al final la cosa es vender vender vender.

Aquí vendemos también, pero la pomá, la pescá. Y si no es eso lo que anda buscando, también le puedo vender mi vida, poco uso, buena base para desarrollar proyectos futuros y múltiples mejoras, único dueño y todos los papeles al día, precio conversable.

No sé para que insisto con esto. No es que necesite lectores, llevo mucho tiempo pensando leseras, escribiendo leseras por temporadas, sin que nadie sepa nada al respecto. Además, que la única vez en que me decidí a sacar la cabeza del agua, quedó la pura cagá, uff si les contara (¿con quien hablas?). No, no se trata de eso. Es más bien simple aburrimiento, y es que poca gracia tiene clamar solo en el desierto, anunciando lo que ya todo el mundo sabe: que de esta no salimos vivos.

Todas las personas con las que me crucé alguna vez en la vida están ya muy lejos, no sacaría nada con gritarles o encender una columna de fuego. El sonido no se transmite através del vacío, y no queda nada que poder quemar.

¿Lo peor? Es que cada día me importa menos todo y no logro fundirme con la esencia de lo que significa ser un ciudadano responsable. A veces ni entiendo porque tomo café por las mañanas. Bueno, mientras haya música y letras, habrá vida. Más me vale.


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