Sonará cliché, pero vivir es morir. Se muere en nuestro propio cuerpo, y también en cada hierba del campo que cortamos, en cada minúsculo bicho que salta huyendo ante cada acometida de la segadora. Muero un poco junto a una torcaza que duerme a la orilla del camino interior, su cuello torcido, las alas quietas pero orgullosas. Moriré algún día, junto al cernícalo que languidece sobre un poste del alumbrado, y es que ya casi no se ven aves menores por el sector; arrojarse contra una bandurria sería una estupidez. Y cuando ya por cierto sea mi propio cuerpo el que muera, tan carente de cualquier clase de alas o antenitas o garras o raíces, pero de constitución tan parecida, soportado por los mismos cuatro pilares moleculares, cuando sea mi turno por desmigarme en multitud de bacterias y hongos, entonces ofreceré los átomos de mi cuerpo y cada partícula fantasma de mi espíritu, a quien en su disposición le parezca recibirlas, para así morir un poco junto a mi.
Yo no quería pasar la desbrozadora, hacia apenas unas horas había yacido largo rato contemplando la breve extensión de este campo, media hectarea, que puede parecer tanto pero en realidad es tan poco, que en esta época del año está sembrado de flores invasoras pero flores al fin y al cabo, sobre las que se posaban abejorros rechonchos que hacian inclinarse hacia el suelo los tallos de las flores, al posarse en ellas. Pero ningún tallo se quebró, ninguno, hasta que llegué yo, trayendo la devastación junto al humo y un temblor de pies y manos.
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