llovía

cuando miré en rededor.
nada reconocí como mío,
mi reino no es de este mundo.
no será acaso mi reino,
el de los hongos y las bacterias,
un reino fungible donde todo se deshace
al tacto, en ríos de oro, tan delgados
cómo un hilo de lágrimas,
un llanto esporádico latente
que aflora de pronto,
desde los huesos ramificados
desde las articulaciones anudadas
o los músculos veteados.
no hagais leña del tronco caído, dejadlo
podrirse bajo la lluvia,
sucumbir a la humedad
cómo ante diminutas agujas de plata.
que broten mis feligreses,
enlazadas sus manos bajo la tierra,
la boca muda y los ojos perdidos.
sabiéndose fruto efímero,
dejarán que la semilla
siga el camino del viento,
comunicando 
la podredumbre fértil, única verdad.
mi reino no es de este mundo.

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