A veces pasa que uno puedo darse cuenta de que en realidad es como una isla que no existe sobre el mar: es una isla sumergida no en el fondo, si no que el paralelismo invertido de las aguas. Nada llega hasta estos páramos que los mapas no se toman la molestia en mostrar; de vez en cuando alguna fotografía manchada arriba flotando, algún mensaje escrito en el cristal de una botella con las uñas de un ser perdido en el tiempo de la inmensidad, de la profundidad. No tengo brazos, no tengo ojos: ya no soy lo que solía ser: un mal llamado ser humano. Cuando te encuentras a ti mismo sonriéndote a ti mismo, escuchando música y tratando de dar vida, o que parezca esto, a un grupo de maderas pintadas, te das cuenta de que hay algo mal. Muy pocos saben de esto. Fotografía trás fotografía. Muchos dicen saber pero en realidad apenas lo vislumbran por entre las grietas de sus muros. Yo no tengo muros que me rodeen pero sigo estando encerrado, contenido. Ahora resulta que otros saben lo que yo debería saber, pero yo no espero nada de nadie y unicamente sigo existiendo. A lo que aspiro es a quedar en la retina mental de algo. Como la imagen violenta del animal reventado que parece imposible no ver. Nada muere en vano. Yo no moriré.
Tuvimos otra disputa. Más tarde yo estaba en mi casa, pero no me sentía con ánimos de quedarme allí solo bebiendo. Había empezado la temporada de carreras nocturnas. Cogí una botella y me fui al hipódromo. Llegué pronto e hice juntas todas las apuestas. Para cuando finalizó la primera carrera, la mitad de la botella había desaparecido sorprendentemente.
Gané tres de las cuatro primeras carreras. Luego gané una apuesta exacta y me saqué limpios 200 dólares para el final de la quinta carrera. Me fui al bar y contemplé el totalizador. Aquella noche me habían dado buenos dividendos. Lydia se hubiera cagado en toda mi familia si me hubiera podido ver manejando toda aquella pasta. Odiaba que yo ganara en las carreras, sobre todo, cuando ella iba perdiendo.
Seguí bebiendo y apostando. Al acabar la novena carrera llevaba ganados 950 dólares y estaba completamente ebrio. Me metí la cartera en uno de mis bolsillos y caminé lentamente hacia mi coche.
Me senté dentro y contemplé a los perdedores abandonando el aparcamiento. Seguí allí sentado hasta que todos los coches se fueron, entonces puse en marcha el motor. Justo a la salida del hipódromo había un supermercado. Vi una cabina telefónica con luz en un extremo del aparcamiento, entré allí, paré y salí. Me acerqué hasta el teléfono y marqué el número de Lydia.
—Escucha —dije—, escucha, perra. Fui a las carreras nocturnas y gané 950 dolares. ¡Soy un ganador! ¡Siempre seré un ganador! ¡Tú no me mereces, zorra! ¡Has estado jugando conmigo! ¡Bueno, se acabó! ¡Fuera! ¡No te necesito a ti ni a tus malditos juegos! ¡Eso es! ¿Entiendes? ¿Captas el mensaje? ¿O tienes la cabeza más amazacotada que los tobillos?
—Hank...
—¿Sí?
—No soy Lydia. Soy Bonnie. Estoy cuidando a los niños. Ella salió esta noche.
Colgué y volví a mi coche.
Dee Dee tenía una casa en Hollywood Hills. La compartía con una amiga, también ejecutiva, Blanca. Blanca se había quedado con el piso de arriba y Dee Dee con el de abajo. Llamé al timbre. Eran las 8:30 de la tarde cuando Dee Dee abrió la puerta. Dee Dee tenía unos cuarenta años, el pelo negro y corto, era judía, hipster, freaky. Tenía estilo neoyorkino, conocía todos los nombres: los editores adecuados, los mejores poetas, los dibujantes de más talento, los buenos revolucionarios, a cualquiera, a todo el mundo. Fumaba hierba continuamente y seguía actuando como si fueran los primeros años sesenta y el tiempo del Amor, cuando ella había sido medianamente famosa y mucho más hermosa.
Largas series de malos asuntos amorosos habían acabado acribillándola. Ahora yo estaba ante su puerta. En su cuerpo aún quedaba tela que cortar. Era menuda pero esbelta, y más de una joven hubiera deseado tener su figura.
La seguí adentro.
—¿Así que te dejó Lydia? —me preguntó.
—Creo que se fue a Utah. Las fiestas del 4 de Julio en Muleshead serán dentro de poco. Nunca se las pierde.
Me senté en la mesa de la cocina mientras Dee Dee descorchaba una botella de vino tinto.
—¿La echas de menos?
—Cristo, sí. Me entran ganas de llorar. Se me encogen las tripas. Puede que no consiga superarlo.
—Lo superarás. Te ayudaremos a pasar de Lydia. Te sacaremos del charco.
—¿Sabes cómo me siento?
—A todos nos ha ocurrido unas cuantas veces.
—Esa perra jamás se ha preocupado en experimentarlo.
—No, a ella también le pasa. Le está pasando ahora.
Decidí que era mejor estar ahí con Dee Dee en su magnífica casa de Hollywood Hills que estar sentado solo en mi apartamento bebiendo.
—Debe ser que no soy bueno con las mujeres.
—Eres lo bastante bueno con las mujeres —dijo Dee Dee—. Y eres un escritor excepcional.
—Preferiría ser bueno con las mujeres.
Dee Dee estaba encendiendo un cigarrillo. Aguardé a que acabara, entonces me acerqué a ella sobre la mesa y la besé.
—Me haces sentir bien. Lydia estaba siempre al ataque.
—Eso no significa lo que a ti te parece.
—Pero puede llegar a ser desagradable.
—Ya lo creo.
—¿Todavía no has encontrado novio?
—Todavía no.
—Me gusta este sitio, pero, ¿cómo consigues tenerlo tan limpio y cuidado?
—Tenemos una asistenta.
—¿Ah sí?
—Te gustará. Es una negra enorme, acaba su trabajo lo más deprisa que puede cuando yo me voy. Entonces se tumba en la cama a ver la televisión y comer galletitas. Todas las noches encuentro migajas de galletas en mi cama. Mañana le diré que te prepare el desayuno después de que yo me vaya.
—Bueno.
—No, espera. Mañana es domingo. Yo no trabajo los domingos. Saldremos a comer fuera. Conozco un sitio. Te gustará.
—Está bien.
—Sabes, creo que siempre he estado enamorada de ti.
—¿Qué?
—Durante años. Sabes, cuando solía ir a visitarte, primero con Bernie y luego con Jack, te deseaba. Pero tú nunca te fijabas en mí. Estabas siempre chupando algún bote de cerveza o estabas obsesionado con algo.
—Majareta, supongo, cercano a la locura. La denuncia de la oficina de Correos. Siento no haberme fijado en ti.
—Te puedes fijar en mí ahora.
Dee Dee llenó otro vaso de vino. Buen vino. Ella me gustaba. Era bueno tener un sitio donde ir cuando las cosas iban mal. Recordé los viejos tiempos en que cuando las cosas iban mal no había ningún sitio donde ir. Tal vez aquello había sido bueno para mí. Entonces. Pero ahora no estaba interesado en lo que pudiera ser bueno para mí. Me interesaba sentirme bien y saber cómo parar de sentirme mal cuando las cosas anduvieran jodidas. Cómo volver a sentirme bien otra vez.
—No quiero joderte, Dee Dee —dije yo—, a veces me porto mal con las mujeres.
—Te he dicho que te quiero.
—No lo hagas. No me quieras.
—De acuerdo —dijo ella—, no te quiero, casi te quiero. ¿Está bien así?
—Es bastante mejor que lo otro.
gracias por llegar hasta aquí... chao.
1 comentario:
Me leí todo, el que está escrito en azul me parece haberlo leído antes...
Una amiga de una amiga se ganó unas entradas para ver Bastardos sin Gloria e invitó a mi amiga a verla con ella... me dijo que era buenísima, y de ese día me quedé con las ganas de verla... ilusiones ópticas también me tinca...
Saludos!
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