He tardado mucho en comenzar este
relato pensando en su forma. Ruda es la paradoja si se piensa que justamente
yo, abandoné los devaneos de las formas y con mirada perspicua creí haber
desentrañado la esencia de esto que malamente llamamos vivir. Una vez que hube
desecho las estériles preocupaciones estilísticas, pude dar con el relato que
dará a conocer la suerte de mis últimos años. El tono epigramático da cuenta de
tal abandono, aunque constantemente me corrijo, no he podido abandonar, como ya
se habrá notado, cierta tendencia grandilocuente a la hipérbole y la metáfora.
Mi conocimiento del lugar data de
la medianía de mi veintena. Me corrijo: conocí la escalera a los veinticinco
años. En aquellos momentos la suerte de lo que serían mis próximas décadas se
jugaba en pequeñas decisiones de las cuales yo ignoraba su importancia. Todas
mis elecciones miradas en perspectiva parecen llevar a un mismo fin; feliz o
desdichado, en ese momento parecía constituirse lo que en Grecia llamaríamos
hado.
Volviendo a la escalera, ubicada
al final de la calle Ecuador, unía el plan de Viña con el pequeño y señorial
cerro que circunda el centro de la ciudad. La escalera de 90 peldaños no es
corta. Con un descanso se logra fácilmente llegar a su parte superior, pero la
consabida modorra del chileno hace que el público que la transita sean
generalmente jóvenes o niños.
Durante todo un invierno el
tercer descanso, al que se accedía habiendo recorrido el 65% de la escalera,
fue nuestro refugio. La distancia de las dos calles de acceso nos daba una
privilegiada salida de emergencia en caso de que llegara la policía. No
repartíamos botines de asaltos ni escondíamos los cuerpos mutilados de nuestras
recientes víctimas, no se crea. Tomábamos vino y algunas veces fumábamos de la
cada vez más escasa marihuana, felonías que, junto a la mendicidad, ahora lo
sé, en Chile tienen mayor persecución que el robo con violación y asesinato.
He dicho tomábamos: estudiantes
universitarios, mediocres, semicultos, sedicientes genios, descomponíamos el
mundo y luego lo arreglábamos de acuerdo a nuestras libertarias opiniones. No
se piense que éramos unos pedantes piltrafas o unos preciosos ridículos;
algunas de nuestras virtudes intelectuales eran indubitables. El metódico
análisis del cine, la literatura o incluso la televisión que en esa época
veíamos nos hizo (les hizo) surgir ciertas capacidades que algunos de ellos
usan hoy como forma de ganarse el necesario sustento (me corrijo, para hacer
dinero). No he olvidado todos sus nombres, sólo la mayoría, y quizás los que
recuerde no quieran serlo.
El hecho es que luego de un
verano de dispersión, el grupo de la escalera se vio mermado por un par de
integrantes. Aún podíamos llamarnos grupo, si que no hicimos gran escándalo al
respecto; además las razones del alejamiento eran juiciosas e inapelables:
titulaciones, paternidades, urgían el abandono del peripatético alcoholismo.
Creo que ese invierno fuimos cuatro o cinco, número que por cierto hacía más
cómodo el ejercicio de la discusión.
Creo conveniente en este punto
dilucidar completamente las ventajas de La Escalera para que mi infortunado
lector entienda la naturaleza de nuestra fidelidad. En primer lugar había
consideraciones de tipo estéticas: la vista de la ciudad no es la más bella
quizás, pero era aceptable en comparación con otros lugares destinados a la
ingesta de sustancias ilícitas. Además, en los escalones, manos anónimas habían
pintado el poema “Porque escribí” de Enrique Lihn, de tal forma que quién la
ascendía podía, si su capacidad pulmonar y de concentración se lo permitían,
leerlo. En segundo lugar la seguridad respecto de la policía ya fue mencionada.
Básteme solo agregar que por la ventana de una iglesia que existía en calle
Ecuador se podía ver el reflejo de los autos que venían por calle Viana o
Alvares antes de que estos doblaran, lo que nos avisaba con gran anticipación
de la venida de cualquier fuerza represora (me corrijo: carabineros). Además
las casas que quedan en la parte superior de la escalera están a unos treinta
metros de distancia. Las de la parte inferior se destinan a una biblioteca
universitaria (bromeábamos en su momento que era la de Ingeniería Comercial
porque siempre estaba vacía) y la otra construcción era una iglesia carismática
en desuso. ¿O sea? Nadie a quien molestar con nuestras conversaciones.
Permítaseme dos últimos detalles. Un gran árbol lo suficientemente apartado de
la escalera que nos servía (me sirve) de urinario sin mayor indecencia. Por
último, el hecho de que fuera un buen barrio, unido a nuestra pobreza
consuetudinaria, nos permitía no temer a posibles asaltos.
¿Qué más podemos pedir?, medio en
broma repetíamos al hacer inventario de las ventajas de nuestro lugar de
convenciones. Ese segundo invierno no fue lluvioso.
Tomos gastaría en explicar el
tono y el alcance de nuestras conversaciones. ¿Tópicos favoritos? Política,
cine literatura, deportes, mujeres. Lo importante de ese segundo año fue que
por primera vez comencé a sentir una cierta tensión entre la escalera y mi vida
en general. Diversas convenciones empezaron a resquebrajarse levemente, y en
algo sentía yo que se debía a mi diaria asistencia a Ecuador sin número.
Ese fin de año fue caótico. Todos
los asistentes a la escalera fracasamos en nuestros proyectos. Por primera vez,
la asistencia a la escalera de por sí oscilante, mermó en forma absoluta. Y si
bien ninguno se arrepintió expresamente de lo hecho, salvo uno de los
contertulios, todos abandonaron la rutina. Sólo yo y mi amigo, mi antiguo
amigo, persistimos en el rito.
Además por aquellos tiempos
sucedió un hecho que de alguna manera también marcaría mis días posteriores: mi
mujer me dejó. El lector, con una muestra de indignación y sorpresa (me
corrijo: el lector), creerá difícil que una mujer aguante tal rutina. Pero el
amor no conoce de límites dicen las canciones, y de todas las personas que me
han rodeado, esa mujer creo que fue la que más sinceramente quiso quererme. Aún
conservo una foto suya. A veces cuando tengo frío o hambre, la miro y paso mis
negros dedos por su cara. A veces sollozo.
Ese tercer año comprenderán
ustedes comenzó con tono adusto. Nos conocíamos demasiado con mi amigo para
gastarnos en conversaciones inútiles. Tácito. Si hubiera de describir en una
palabra el sabor de aquellos días, este sería tácito. Pues sin acuerdo previo
nuestras estadas se alargaron, empezamos a comer, cuando podíamos hacerlo, en
la propia escalera, lo que era un lugar de encuentro se convirtió más bien en
epicentro de un ritual. ¿Qué ritual? se preguntará racionalmente el escéptico
mi lector. La respuesta no es de por sí edificante: el rito del miserable
mosto, de la tontera extática del paraguayo prensado, la leve alusión a
conversaciones ya gastadas sobre tópicos ya gastados. Pero una hermandad, por
baladí y torpe que parezca, nos embriagaba.
Transcurrieron así un año, quizá
dos, quizás más. El tiempo correo para quienes, en la vana creencia de hacer
algo importante, achacan su fracaso a su transcurso. Los pocos dineros que se
me enviaban para terminar mi carrera de historiador fueron mermando cada vez
más, hasta que su ausencia fue total, creo yo, al surgir en mis proveedores la
certeza de que mi futuro profesional era iluso.
Cuando mi amigo se fue, una
posibilidad de redención final lo esperaba, una tibia tranquilidad abarcó mi
pecho. Jamás, no es una exageración, jamás he pensado en volver a mi vieja
rutina estudiantil. El fluir del tiempo hacia mi destino ha sido tan sutil que
descarto de plano la posibilidad de un error. Incluso la primera vez que dormí
en la escalera no me sentí diferente a otras noches. Viendo durante años el
pasar agitado de las personas, su lucha incesante y fatigada, la torpeza de sus
fines, la insoslayable certidumbre de su fracaso, rompí con las ataduras
sociales y pude al fin ser aquel hombre libre por el cual tan duramente me
había fatigado en torpes lecturas. Al fin de cuentas era el liberador de las convenciones,
el guía de los rebeldes de esta torpe burguesía, era el Caronte de la buena
nueva, era el mistagogo de un ascetismo iluminado y sereno, era el fin de cuentas,
y me corrijo, un mendigo.
Ya no ansío las lecturas ni las
mujeriles comodidades. Desconozco la suma de días que llevo en esta estrada,
así como la suma de los que me queda. No hay pena que escarmiente mi camino. La
amada mujer de la foto, quizás advertida por sus conocidos, ha tenido la
decencia de no pasar nunca por éste, mi aposento. Un joven estudiante de
Teología un día de trabajo por semana (no podría precisar cuál, pero es de
trabajo puesto que está abierta la panadería que me da el duro mendrugo que me
alimenta) un día de trabajo digo, el joven se acerca a compartir los risueños
efectos de una marihuana no prensada. Cuando estoy de ánimo, intento reproducir
viejas teorías sobre la particularidad de la colonia en Chile, o sobre la
triste erudición de Mommsen. El joven con sus drogados ojos me mira
comprensivo, pareciera incluso que me escucha.
Hay días buenos y malos. Hace algún tiempo tuve un día esplendoroso: hacía hambre y mi antiguo amigo de la escalera, protegido del frío con su traje de oficina, tiró una moneda en mi jarrito sin decir una palabra. Estuvo rico ese pan amasado, que gracias a mi amigo, se iluminó con una torreja de queso.
***
Hace un tiempo ya decidí que por el momento, quiero leer cuentos antes que novelas o poesía. No importa si no terminas un libro de cuentos, y la poesía es demasiado irregular, fácil toparse con verdaderos bodrios, holgazanes que escriben 20 palabras descuadradas y ya, o casos donde el hermetismo llega a ser irritante. No así los cuentos, hasta el momento, no digamos tampoco que se trata de leer la primera recopilación que se nos pase por enfrente, pero hasta el momento no defraudan. Además, cuando un libro tiene por titulo "Once Cuentos Contra La Indecisión", sabes que te estás yendo a la segura, y así fue. Este cuento me gustó en particular porque no recurría a un elemento misterioso o culto, y me hizo recordar al cuento "Un mendigo" de Manuel Rojas, en cuanto que ambos nos sitúan junto a las circunstancias que llevaron a la mendicidad a sus personajes principales, o nos muestran al menos ciertos momentos previos a. Lástima que este parece ser otro caso de un escritor que un día dejó de escribir, en forma pública al menos y de fácil acceso para quienes nos quedan solo las bibliotecas públicas; quizás participó en revistas y concursos literarios, quizás sus intenciones fueron volver a publicar pero desistió ante la negativa de más de una editorial, vaya a saber uno que fue lo que le llevara a postergar esta faceta de su persona, teniendo bastante talento según mi opinión personal. Espero que haya sido a causa de algo que valiera la pena, o que derechamente las ideas empezaran a rehuir de él y no le quedaran energías para salir en su búsqueda, en ese caso no habría nada que recriminarle, solo nos quedarían los lamentos ante aquellos libros que no pudieron ser.
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