otros tiempos

 

Siempre que paso por Providencia con Ramón Carnicer me acuerdo de esa vez que fuimos a hacer un despacho a una empresa que tenía sus oficinas en un edificio de por ahí cerca, de esos edificios antiguos, con escaleras de madera. Me abrieron la puerta e ingresé con los productos, seguro era alguna clase de cable multifilar, zapatillas de esas que armabamos en la misma bodega, o algún otro producto eléctrico o de telecomunicaciones. La cosa es que, y este es en gran parte el motivo porque el que siempre me acuerdo de esa entrega, la recepcionista, secretaria, ejecutiva, ni idea que cargo tenía, era una joven muy pechugona, y además en un forma armoniosa a pesar de lo desorbitante que resultaban sus tetas, era de una delantera generosa como dirían algunos intentando aparentar, con poco éxito, cierto respeto que no es más que una calentura a medio soterrar. Dificil era enfocar la vista en otro punto, hasta para un tipo tan vergonzoso como yo, era demasiado obvio, demasiado gravitantes, y la altura del mesón no ayudaba en nada a ocultar un escote que ella no se molestaba en intentar disimular. Por suerte el procedimiento era rápido, entregar los productos, que me firmaran las guías, su hasta luego y salir cascando de ahí, antes de terminar cometiendo una imprudencia. Llegando a la camioneta, el Óscar, un hombre diríamos maduro, bordeando los 50 años tal vez, bajo pero bien paradito, como esos hombres que levantaban pesas en su juventud, me lanzó sin titubear la pregunta de rigor, ¿y estaba la secretaria, esa que es bien pechugona?. Le dije que no sabí, me traté de hacer el loco, que no me había fijado, aparentar un profesionalismo que yo no poseía en ese entonces. Pero el Juanma, que de pronto recordé me había acompañado en la entrega y se acababa de subir a la seguidilla mía, le respondió sin empacho alguno, si estaba la tetona Óscar, puta que es rica hueón, y mi compadre acá miraba y miraba, tenía los ojos sueltos parece que se le iban solos. Los dos se ríeron, cómplices de un secreto al cuál yo recién estaba accediendo, y me uní a ellos como pude, una sonrisa o una risa leve junto con un gesto de cabeza, como diciendo se pasan cabros, esperando que el asunto quedara ahí en el camino mientras el Óscar echaba a andar la camioneta. Por suerte ninguno volvió a mencionar el asunto en el resto de la ruta ni ya de vuelta hacia la empresa, supongo que para ellos, que ya llevaban años en ese trabajo, esto era parte de la rutina del día a día y que seguramente existían muchas otras mujeres repartidas por la ciudad, cada una con alguna característica que ellos destacaban, sobre las cuáles no me iban a decir nada hasta el momento preciso cuando la ruta de reparto nos llevara a ellas, y a nosotros no nos quedara más que aceptar nuestra buena suerte. Llegamos a la empresa, yo más tranquilo ya ante lo fugaz que había resultado todo, cuando aparece de pronto Don Juan, el jefe de bodega, a quien tratabamos de Don más que nada por respetar tradiciones absurdas de este país, ya que era un sujeto que podía llegar a encarnar a la perfección el significado de caer como patá en la guata, un tipo falso, que en un momento te hacía sentir como su protejido y al rato te estaba inculpando, con la cara enrojecida de una ira mal canalizada, por errores que él mismo debía supervisar que no ocurrieran, como si uno que llevaba apenas dos meses en la pega pudiera saber todos los detalles y protocolos maniáticos que el mismo había ido estableciendo, a contra pelo del resto de quienes trabajaban en la bodega. Aparece Don Juan con su sonrisa de viejo verde, de cuarentón divorciado, algo barrigón y de piernas flacas, embutidas en unos jean demasiado ajustados, su peinado de viejo incólumne gracias a la ayuda del gel, aparece y me pregunta ¿y que te pareció la tetoncita?...

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