Hoy no hice más que ir mirando por una ventana, escuchando y asintiendo, como entendiendo lo que significan experiencias que jamás viví ni viviré nunca. No hice nada, pero aún así me duelen las plantas de los pies, tengo entumecidas piernas y brazos, como luego de una jornada deambulando bajo el sol en busca del pan. Tan solo me desperté mucho más temprano de lo habitual, a las 5:45, creíamos que esto nos daría alguna ventaja en esta carrera contra la muerte. Tan equivocados no estábamos, pero a la larga la muerte siempre gana.
Más tarde, sabiendo que nuestra derrota era inminente y que ningún truco bajo la manga serviría de nada, decidí dormir una siesta y tratar de olvidar el asunto. Desperté cuando ya el cielo estaba rojo y el día moría una vez más. El silencio era quebrado solo por el zumbido circular de alguna especie de mosca atrapada en un lugar indeterminado de la casa. Iba y venía, se le notaba cansada también, a la mosca. Resultó ser un coliguacho de un deslucido color verdoso, se golpeaba una y otra vez contra la ventana y luego caía, de espalda, exhausto o quizás mareado de tantos golpes inútiles acometiendo contra una barrera invisible. Lo atrapé con ayuda de un vaso y un trozo de papel, nunca tan ingenuo como para tomarlo con las manos. Lo llevé afuera, abrí su trampa temporal y lo eché a volar. Me hubiese gustado acompañarlo en su vuelo, pero perdí mis alas hace mucho, y además seguía cansado. Regamos los frutales pasmados, de troncos roídos y plagados de pequeñas lágrimas cristalizadas. Nos quedamos en silencio un momento, queriendo adivinar la presencia de ratones entre los pastos. No se escuchó nada. Luego volví a la cama, y seguí durmiendo.
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