3 de febrero, 35º

Otra vez un curaito en el paradero, en el mismo paradero del año pasado donde otro hombre, también curaito, pensara que yo era un electricista. Pero esta vez no hubo oportunidad de cruzar palabras, porque su micro, la que supongo era su micro, llegó altiro. El curaito se paró como pudo y vi que tenía los codos pelados, con sangre fresca todavía y ningún asomo de cicatriz. Al poco rato apareció el hombre que viera unos minutos antes en el baño del supermercado, lavándose los pies, creo haberlo escuchado cantar, algo tímido, el coro de Light My Fire mientras entrábamos al baño, él por delante. La micro de este hombre también pasó rápido, antes que la mía, que al final no pasó, o sí pasó, pero en segunda fila. Al final caminé en busca de otro recorrido más confiable, menos indiferente. En el nuevo paradero estaba el charanguista nocturno comprando sopaipillas, pero no se subió en mi micro, tampoco lo hizo un violinista que esperó paciente a ver si le habrían la puerta, pero no. Supongo que la indiferencia no distingue recorridos de micro.

Luego, ya en camino a la junta de vecinos, hay un auto chocado, una SUV, y están los pacos cortando el paso en una calle y observando como suben el auto a un camión grúa. No hay ningún árbol o poste caído, ni tampoco otro auto chocado a la vista, por suerte tampoco se ven vestigios de víctima alguna, humana o no humana, ¿se habrá volcado? Una vez vi un auto volcarse en un día de lluvia, pero solo se deslizó por el pavimento unos metros antes de detenerse. En la plaza que rodea fragmentada la intersección del choque, hay dos mujeres evangélicas, evangelizando por su cuenta, sin pedirle permiso a entidad gubernamental o celestial alguna, nadie más las acompaña, no hay guitarra ni pandero, pero conservan la solemnidad usual, y es que la mujer que vocifera tiene un pedestal de madera donde reposa su Biblia, supongo que leen la Biblia, y uno se pregunta si habrán dispuesto un paño bajo el pedestal para protegerlo de las piedrecillas de la plaza. Hay niños jugando, escuchando la prédica a la fuerza, que habla sobre como los hijos pueden ser el orgullo o la vergüenza de sus padres, y solo una mujer en silla de ruedas pareciera estar escuchando por gusto, aunque tal vez solo está mirando a su nieta columpiarse, con orgullo de ella, pero tal vez con vergüenza de la madre de la niña, su propia hija. Un último giro de cadena y el auto chocado ya está arriba del camión. Supongo que Dios no es copiloto de nadie en realidad.

No hay comentarios.:

Último post

que será del viejo claudio, que se reponía con harina tostada de las paladas y las carretilladas

¿Que tenemos hoy para comer? Un rico ulpo, cortesía del ermitaño que tuesta granos sobre su estufa a leña, quizás su posesión más valiosa (a...

Lo más visto: