ahora danza

Tratando de recordar el nombre de otra persona, de pronto me encontré con la fotografía de una compañera del colegio, la Ignacia, del B. Nunca la conocí realmente, no a fondo o siquiera como una amistad superficial. Yo era del A, y ella había vuelto al colegio en primero medio luego de abandonarlo en algún punto de la básica que no podría precisar. Siempre he recordado que ella era la niña del parche en el ojo, cuando todos los niños compartíamos el patio común en el jardín infantil del mismo colegio. Como saber que le habrá pasado en su ojo izquierdo, debe haber sido algo importante, algo notorio o quizá algo crónico, una serie de operaciones a la vista que hacía del parche permanente la solución más limpia y efectiva de ejecutar para evitar cualquier infección o problema, tratándose de una niña de 6 o 7 años. Tal vez solo sea que en la memoria se distorsionó el tiempo de este recuerdo y lo que fue un parche por dos semanas debido a una conjuntivitis, terminó quedando registrado como un parche cubriendo un lapso de semanas o meses. 

Cuando volvió, en primero medio, ya no tenía el parche, ahora llevaba chasquilla y tenía asomados en forma tímida las paletas superiores, sin llegar a ser merecedora de ningún apodo poco ingenioso y malintencionado, pero con la visibilidad suficiente para darle un aire extraño a su rostro, como de una sonrisa permanente y sincera. Se hicieron buenas amigas con la Rocío, otra chica de chasquilla y pantalones de cuadritos blancos y negros, pantys sobrepuestas, hasta casi la rodilla, y zapatillas con caña. No estoy seguro si la Ignacia llegó compartiendo el mismo estilo de vestir o si lo fue adoptando a medida que se insertaba en el mismo colegio de la infancia pero en otro tiempo, pero luego solía llevar chalecos negros, de hilo delgado, y vestidos sobre pantalones o calzas, como era la costumbre en las jóvenes alternas de esos años. Ambas tenían gusto por la política estudiantil, por muy inútil y performativa que esta pudiera ser, a pesar de lidiar con problemas que no afectaban a casi nadie y no con la intensidad suficiente para que más que unos pocos sintieran la necesidad de hacer algo más que votar de vez en cuando en un referendo que nadie sabía si tendría algún efecto tangible o si solo era un juego inocente que los dueños del colegio nos permitían jugar y así cansarnos, de hablar y discutir entre nosotros, hacernos creer que alguna vez lograríamos cambiar algo, al menos algo en lo que ellos no estuvieran dispuestos a ceder de antemano. Tal vez fuera esta apatía la que impulsaba a personas como la Ignacia y la Rocío a inmiscuirse en estos asuntos a medio camino entre la adolescencia y la adultez. En todo caso, y debido a su propia naturaleza y personalidad, la Rocío nunca se tomó muy en serio las asambleas ni muchas cosas en realidad, ella trataba de vivir en forma libre y parecía resultarle, caminaba liviana y feliz por la vida. La Ignacia en cambio, siempre conservó un tono de seriedad en su voz y en forma ocasional en su rostro, aunque el blanco de sus dientes asomando siempre lo hacían a uno recordar que alguien como ella no era movida por intereses personales y mucho menos por rencores u odios, era demasiada la dulzura en su expresión cuando le tocaba escuchar y esperar su turno como para pensar otra cosa. A pesar de esta seriedad parcial, también supongo que era feliz y disfrutaba su juventud fuera de los problemas escolares, tal vez fuera del colegio discutía asuntos que sí valían la pena, pensaba sobre el futuro de la sociedad junto a otras personas que como ella, creían que algo debía cambiar. 

Como era de esperarse no hubieron grandes cambios en el colegio que pudieran atribuirse a la acción estudiantil organizada en asambleas y foros, aunque tampoco era un colegio que tuviera problemas de infraestructura como en los liceos más antiguos o dejados a su suerte en los sectores pobres de la ciudad y cualquier cambio posible habría sido menos evidente o visible. Más allá de problemas con los baños (que debían tener su origen en el mal uso que le deban algunos), o alguna estufa defectuosa en invierno, no había nada por lo que valiera la pena reclamar, sin quedar además como unos malcriados de clase media-alta que se quejaran de llenos nada más. Unos años más tarde sobrevinieron las protestas estudiantiles generalizadas, dudo que quedara algún colegio libre de al menos, haber tenido una protesta con pancartas y proclamas bien pensadas pero inofensivas. Luego de estas protestas por inercia venían las tomas indefinidas, un par de peldaños más arriba en la escala de intensidad, justo sobre la protesta sostenida y el cercado de alguna autoridad para ser increpada. En nuestro colegio hubo una toma, pero no recuerdo si la Ignacia o la Rocío seguían en el colegio en aquel entonces. Tampoco sé si habrán ido de visita alguna vez, para reencontrarse con los antiguos compañeros y poder compartir un plato de tallarines fríos y un poco de vino en caja. No lo sé porque en ese entonces yo carecía por completo de pensamiento político y, en retrospectiva, creo que ya empezaba a mostrar los primeros signos de este trastorno que me impide moverme entre el resto de la gente como si fuera uno más. Luego del primer día en la toma, en el que me vi rodeado por desconocidos provenientes de otros colegios y sin tener interés en ninguna de las tareas que veía realizarse por el patio, no supe que otra cosa hacer más que salir de ahí y al día siguiente decidí no volver más. Me quedé en mi casa hasta que la toma terminó, después de un mes o un poco más, lo más seguro que para tocar guitarra y masturbarme. Recuerdo ir caminando por una de las calles laterales del colegio, mirando unos álamos inmensos, y escuchar una tocata que se estaba desarrollando al interior, creo haber podido reconocer la canción que tocaban, pero ya era demasiado tarde para volver.

Ahora han pasado muchos años desde esas jornadas de asambleas inocuas y protestas estudiantiles masivas, y claro, aún más años desde la imagen de la pequeña niña con el parche en el ojo. No recordaba el nombre completo de la Ignacia, pero por suerte bajo la fotografía estaba el listado del curso, y ella era la única Ignacia. La busqué en internet, por su primer nombre y dos apellidos, con eso debiera bastar. Apareció de inmediato, pocas personas comparten su segundo apellido. Pensaba que iba a encontrar el perfil, las fotografías y videos de una artista plástica, como ha sido la tónica con las personas egresadas de ese colegio, cosa curiosa, o tal vez de una militante del Partido Comunista o, dios nos libre, del Frente Amplio. Pero no, ninguna de estas profecías o prejuicios se cumplió. Se dedica a bailar y hacer clases de danza. Su rostro y cuerpo es muy diferente al de una joven menuda de 15 años, tiene el pelo más largo y algo ondulado, su cuerpo tiene curvas pronunciadas pero suaves, es el cuerpo de una persona activa físicamente pero que tampoco está interesa en cumplir con ningún estándar social enfermizo e hipócrita. Es probable que ya haya sido madre, quizá dos veces. Se le ve feliz y realizada, bailando y guiando a otras mujeres hacia una danza grupal desenfrenada y vital, pero nunca desorganizada o carente de sentido. Entre las fotografías que tiene públicas busco y busco hasta encontrar una, al menos una, donde tenga la misma expresión que la joven de primero medio, con las paletas levemente asomadas y una sonrisa sutil pero cierta. Encuentro una, y no puedo evitar sonreír yo también.

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