un verano para no recordar

- Me preguntas que hice este verano, pero si tú lo sabes, es obvio, lo único que hice y que puedo recordar es haber visto muchas películas, aunque menos de las que pensaba que vería, solo vi unas 20 o 25 en estos 60 días de verano, eso es mucho menos de una al día, no sé cuanto menos, pero menos, y es que por ejemplo, ni siquiera empecé a ver de nuevo esa, ¿como se dice trilogía pero cuando son diez partes?, bueno, se entiende, esa sobre los pecados pero que en realidad no es sobre los pecados pero igual, también se entiende de que van, verla como corresponde y no a pedazos en internet, o completa en una página religiosa, porque al parecer los religiosos pensaban que realmente las películas trataban de los pecados, que eso era lo más importante, y yo esperaba lograr entender, viendo las películas otra vez, quien era el tipo ese que mira en todas y cada una de las películas, ese tipo que pareciera no estar haciendo nada, ni siquiera existir tal vez, realmente, pero que al mismo tiempo se inmiscuye en las vidas de los personajes y hasta se podría decir que define sus rumbos y destinos, pero ni siquiera vi la primera, me dediqué a ver otras que conocí por ahí, porque, claro, tú no pudiste recomendarme ninguna más, pero al menos me mostraste esa de la mujer que todo le sale mal y luego termina sentada frente al mar junto a un desconocido, esperando un fulgor verde que pareciera indicar que han entrado a otra realidad, un futuro alternativo, donde las cosas ahora si saldrán bien, al menos en lo que se refiere al amor, y hablando de amor, la última película que vi fue una japonesa, sobre dos desconocidos en internet que se topan en un foro de los 90s, donde discuten y comentan sobre películas, pero la que resultaba ser una mujer en realidad y no un hombre como dijo en un comienzo, en realidad no veía películas, imaginaba que las veía, construía la sucesión de acciones asociadas a ir a ver una película en un cine, debido a que vivía demasiado lejos de cualquier cine, utilizaba para esto el recuerdo que tenía de quien sabe cuantos años atrás, de la última vez que fue a un cine, y hablaban de todo, inventaban de todo, necesitaban sentirse interesantes, tal vez intuían que lo que sentían no podía ser solo una amistad, mucho menos una amistad que pudiera quedar circunscrita a los correos electrónicos, pero las distancias parecen ser mucho más extensas en Japón, además que en las películas solo te muestran unos cuantos segundos del viaje desde una región a otra, primero están en el andén, luego en el vagón mirando un campo verde, y luego ya están en Tokyo, la magia del cine, y siempre es un tren, les encantan los trenes, de hecho no recuerdo alguna película japonesa donde viajaran en bus, aunque tampoco he visto demasiadas, siempre viajan en automovil o tren, tal vez en bicicleta los tramos más cortos, ¿pero en bus?, jamás, quizá sea que les avergüenza reconocer que a pesar de todos los avances que han desarrollado y sufrido a lo largo de su dolorosa transformación, siguen teniendo que hacer uso de un medio de transporte como es el bus, tan tosco, tan lento, tan ruidoso, por eso solo muestran los trenes, y ojalá un shinkanzen o como sea que se llame, el tren bala japonés, porque los europeos también tienen, ¿no sabías?, por supuesto, yo viajé en uno una vez, para volver a Paris, no es la gran cosa, no sientes nada especial, la aceleración, una vez que ya logras vencer la inercia inicial, casi no se percibe en el estómago, claro que si chocara uno de esos trenes ahí que si lo sentirías, lo sentirías en tus órganos que parecen querer percolarse por los poros de tu piel, los huesos salir disparados como proyectiles, pero casi nunca chocan, es Europa después de todo, ¿te imaginas un tren así acá?, te apuesto que a la primera semana a alguien se le queda abierta una reja o capaz que hasta se la roben en un tramo más retirado, y el tren se tope de lleno con una vaca, si a las vacas las dejan sueltas no más, ni que fueran adolescentes que dejan a su suerte en la vida, para que se las arreglen solos, que aprendan a porrazos, más de los necesarios y a veces con finales irremediables, si además las vacas ni conocen este mundo que no fue creados para ellas, que se sostiene en ellas, en sus vidas y fluidos, pero no es para ellas, pero tampoco son bisontes o vacas salvajes, ellas solo deambulan, calmadas siempre, medio indiferentes, ¿sabes?, se parecen a las palomas en esto, y en sus colores, cuando se trata de palomas cafés o blancas, en que existen en un mundo que no es para ellas, pero en el que de todos modos deambulan indiferentes a esta exclusión inmmerecida, porque claro que es inmerecida, una vez que ya no fueron necesarios sus servicios como mensajeras, incluso sirviendo en tiempos de guerra, llegando algunas a ser condecoradas incluso, pasaron a ser una plaga, una peste peor que las ratas, porque tenían alas, y podían ocupar recovecos y salientes que estuvieran a la vista de todos pero al alcance de nadie, y a las vacas esto les pasa cada vez que una nace, a cada una le toca experimentar en carne propia el dilema de la inutilidad productiva, de la insolvencia y de los presupuestos en rojo, no como un pasado oscuro, sino que como un presente constante y sangriento, pero esto no sé que tiene que ver con lo que empezamos a hablar al comienzo.

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