perder

Han cachado cuando se suben a una micro en un viaje largo pero voluntario, un viaje sin apuro, casi placentero, y digo placentero porque cuando la micro va semivacía, o semillena, que viene a ser casi lo mismo, te puedes subir, escoger el mejor asiento sin presiones ni apuros y olvidarte de todo por espacio de una hora a una hora y media, hasta que llegues a tu parada, y empiezas a ver como toda la gente que estaba desde antes que te subieras a la micro se van bajando poco a poco, de a una o en grupos, sin que hayan estado viajado juntas necesariamente, al parecer hay ciertos lugares donde confluyen las personas, tienen ese magnetismo o representan esa necesidad, y son reemplazadas por otras personas nuevas que te parecen más extrañas que las anteriores, te parece que se perdió una hermandad medio absurda pero hermandad dentro de todo, una hermandad con un aire a sala de espera, adornada por murmullos distantes sobre tal o cuál persona que puede o no estar ahí presente, usualmente no están, ni ahí en la micro ni en las facilidades del hospital, y siempre hay una o dos personas entre aquellas que viajan junto a ti que destacan, que estaban desde antes que te subieras, o que se suben un poco más allá que tú, uno o dos paraderos como mucho, esto es clave, si son más paraderos se pierde el efecto, y esas personas no se bajan junto con las demás, en ningún paradero, no importa lo magnético que este pueda ser, y se establece entonces una competencia tácita y tal vez unilateral sobre quien viaja más lejos, quien aguanta más en esa micro cacharra, esas donde el motor hace subir en cinco grados la temperatura al fondo de la micro, un calor que ninguna ventana abierta puede paliar, y en esta competencia ociosa y de inmovilidad ilusoria a veces se pierde y a veces se gana, y bueno, hoy yo gané, pero a que costo señores, a que costo...

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