Es preferible tener que entenderse con patos -aunque sean cinco-, que con
las olas embravecidas. El hombre, por su tamaño, ocupa, más o menos, el punto
medio entre el átomo y la estrella; por eso le es más o menos igual ocuparse
del infinitamente pequeño o del infinitamente grande. Pero por tamaño, o por lo
que sea, ocupa un punto mucho más cercano al pato que al océano. Por lo tanto
es cosa sin sentido ocuparse de éste cuando ante su vista pasa aquel.
Prueba de ello es que si un dolor llegara de los patos -como llega de las
aguas-, mi tamaño podría, acto continuo, verificar exactamente el tamaño y la
ubicación de quien lo siente. ¡Un pato! ¡Allí va! Llego a experimentar con
nitidez su propia vida volando. Cada uno de sus aletazos golpea en mí. Pero
junto con él van cuatro más. Los englobo con mi vista. Mi punto de mira ya no
es uno, sino el triángulo agudo que surca el aire. Cada pato esfuma su vida
propia dentro de la vida propia del triángulo que marcha. Y si me colocara
alto, muy alto, hasta dominar cientos de grupos de patos volando y
evolucionando, cada pequeño triángulo se esfumaría también con vida y todo, y
aparecería únicamente vital el conjunto de todos ellos. bicho único, única
voluntad y vida. Y cada grupo -¡qué decir cada ave!-, un miembro, una célula
agitándose, como nuestros glóbulos en nuestra sangre y ella en nuestro cuerpo
entero.
¡Más alto! ¡Elevémonos más, siempre más!
Todas esas manchas escurridizas, allá abajo, formadas de diminutos
puntos negros, no serían más el inmenso bicho único sino una savia, una médula
de él que ahora sería el pedazo entero de costa y mar, la región bajo mis ojos,
viviendo, sintiendo, bullendo.
¿Y más alto? Ya tal vez la Tierra entera sólo podría ser una realidad
viviente. ¿Y mi pato?
Pasa. Allí va. Mas se me ha deshecho entre los dedos.
Me he puesto en marcha a saltos por las rocas. He marchado tratando otra
vez de no asentar los ojos sobre nada para que la vida no se multiplique o no
se unifique amplificándose. He marchado temeroso de cuanto me rodeaba, sobre
todo de los patos que sabía seguir pasando sobre mi cabeza. He marchado
sintiendo la imperiosa necesidad de meditar en calma sobre océanos, olas, pozas
y patos y llegar, con tal meditación, a fijar bien claro dónde se radica cada
vida independiente o si no se radica en parte alguna.
Bien. Aquí en esta gruta hay paz. Asiento y meditemos.
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-aquí iba un texto muy latero de como podría haber leído a Juan Emar hace muchos años, del día en que me topé con "Un año" en un remate en una librería un día domingo o sábado después de almuerzo, de como las calles de Patronato estaban desiertas (debe haber sido domingo entonces), pero que al cruzar el Mapocho me topé con multitudes que iban o venían de la Alameda por uno de esos desfiles abominables que hacen las grandes tiendas pero de los cuáles gustan mucho los niños, o eso piensan sus padres al menos, y no pude tomar la micro que me hubiera permitido realizar el viaje de ida y vuelta pagando un único pasaje, porque Compañía estaba cerrada o habían desviado el tránsito a la altura de la Plaza de Armas o antes, y aunque hubiera podido tomar la micro, se hubiera demorado un kilo y yo ya andaba cagado de hambre y sed, y sin plata más encima, porque tenía poca y ya había gastado parte en "Un año", "La amortajada" y un librito con tres cuentos de Poli Delano, así que tuve que tomar el Metro otra vez, que iba repleto de familias y globos de helio o aire, y en realidad no sé a que hora fue todo esto, no recuerdo si llegué a la casa a almorzar o a tomar once-
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podría haber conocido a juan emar mucho antes de haber buscado en ese entonces quien era el tal rudencido malleco del que hablaba una canción de cazuela de cóndor. todavía tengo pendiente leer "ayer".
buena canción, aunque prefiero mil veces la versión en vivo de su disco grabado en la radio valentin letelier, que fueron las primeras canciones que escuché allá por el año 2004-2005, gracias a que mi hermana las había descargado por ares, probablemente luego que el jipi o alguna otra persona del colegio le hablara del grupo.
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